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Llorar en Silencio

Quedar sepultado en la oscuridad, con cientos de kilos de tierra sobre ti y pedir auxilio. No entender qué pasa. Negar. Quedarse sin oxígeno en el fondo, lejos de la superficie, luchando contra el reflejo involuntario de abrir la boca para tomar aire. Perder el casco del traje en una caminata espacial. Ahogarse. Quedarse inmóvil y con miedo en una pesadilla; queriendo gritar, queriendo correr, queriendo golpear y sin poder hacerlo. Desesperarse. Ignorar. Ir en un tren que se descarrila, ver morir a la propia familia en el accidente, y quedar vivo, solo. Ver noticias de muertos, guerras, hambre, injusticia, en la gris comodidad del hogar. Dormir todo el día. Saber que alguien muy cercano está próximo a la muerte, verlo sufrir, verlo desaparecer, y no tener la cura, el remedio, el menjurje que logre devolverle la energía. Tocar lo imposible. Rabia. Desechar la esperanza y al mismo tiempo aferrarse a ella. Retornar a dios en la última instancia, después de haberlo negado por años y negándolo aún mientras le ruegas. Frustrarse. Recordar en el lecho de muerte aquello que no se hizo, aquello que avergüenza, aquello que duele y aquello que enoja. Lanzarse de un edificio y quedarse vivo en el intento, cuadrapléjico. Haber renunciado al amor, pero buscándolo en cada cara. Levantarse con los ojos hinchados. No tener hambre, ni deseo, ni ánimos, ni perspectiva. Pensar en los sueños propios como elementos del pasado y no del futuro. Descubrir que las pocas certezas que habían tardado años en madurarse, no son más que pajas mentales. Descubrirse solo, cada día, a cada momento, noche y día. Pensar que todo va a estar mejor y morir sentado esperando ese día. Tener de cerca la felicidad y un obstáculo enorme entre los dos. Un obstáculo ajeno, puesto por el destino – o por dios – fuera del control humano. Una piedra de setecientas toneladas. Pensar que es una prueba de la vida y enojarse porque le tocó a uno. Pensar que es un chiste de mal gusto y sentirse humillado por la propia existencia. Querer pensar en un hermoso después, pero saber, con una certeza desconsoladora, que nunca llegará.

Allá y Luego

Lunes por la tarde y ella aún no despierta. Siempre me regañaba por dormir hasta tarde, ahora es ella quien no se alza de la cama. Con esfuerzo entreabre los ojos mira a su alrededor y vuelve a caer dormida, sin fuerzas, desvanecida. A veces balbucea una que otra palabra, creo que me habla, pero luego caigo en cuenta de que está confundiendo su sueño con la realidad; toma partes de aquí y de allá, del ahora y del después, las une, y termina flotando en un limbo onírico que toca la orilla de la realidad, siendo que finalmente sueño y realidad, vigilia y profundidad, superficie y fantasía conviven en la misma playa.

Miércoles a medianoche. No sé cuántos días han pasado desde que duerme, sé que va al baño y que come algo pero pareciera que elige el momento en el que estoy distraído o fuera de casa para hacer estas labores. Una vez la vi levantarse mientras su mente permanecía sumergida en su otra realidad, sé que no sale de allí y que permanece atrapada no sé si en contra de su voluntad o queriéndolo concientemente. Puede ser una mezcla de ambas cosas, su alma simplemente está allá y allí es feliz, aunque racionalmente no lo haya escogido. Aún así, qué otra cosa más voluntaria que la elección natural del alma hacia su destino?

Viernes de madrugada. Abre los ojos súbitamente se queda mirando fijamente algo que no está. Está concentrada y absorbida por ello. La observo en silencio, agotado pero esperando una respuesta, o mejor, una resolución. La tensión del momento es tan aguda que la escena parece adquirir una luminosidad mayor de la normal y todo alrededor se enfoca finamente como queriendo contar dentro de la historia pero sin conseguirlo. Ella despega su espalda de la cama y se levanta lentamente con la mirada clavada en el misterio. Permanece sentada. Se desploma nuevamente en la cama. Toma con fuerza una última bocanada para volver a sumergirse.  No sé si esta vez será la definitiva, yo sólo sé que estoy aquí en la orilla mientras la observo, la acompaño y la dejo explorar esa profundidad que no es ni el aquí, ni el ahora.

A Missed Message

Comienza el descenso, ya puedo sentirlo dentro de mi cuerpo, el ritmo cardíaco comienza a ralentizarse, los pensamientos poco a poco comienzan a desaparecer. La habitación se congela, no importa la temperatura real, las paredes se cubren con una fina capa de hielo, la cama, la cobija, el techo, las puntas de mis pies. Miro a mi alrededor, inmovilizado, busco una pista, algo dónde poner a descansar mi mente mientras mi cuerpo comienza el viaje. Un largo hibernar. Un golpe de frío directo en el corazón. Lucidez extrema, de pronto recuerdo todo contemporáneamente. Oscura la ciudad. Corría mirando siempre a mis espaldas. Las luces de los bares abiertos se refleja en el asfalto húmedo. La gente habla, ríe, se seduce, todos juntos en masa, perfumados, labios rojos, zapatos relucientes, chaquetas finas, medias de malla, belleza, alcohol, humo. Nadie me sigue, pero la sensación de ser vigilado constantemente me perturba. El rugido de la fiesta, del sexo y la banalidad es un estruendo lejano, dentro de mí sólo existe atención para lo que voy buscando, la clave para comprender todo este infortunio. Se me acerca una joven mujer con un trago en la mano, lleva los labios pintados de violeta, ríe, sus ojos están desorbitados por el alcohol, trata de organizar sus pensamientos e hilar alguna frase “todos te quieren a ti y tú a quién quieres?” me dice mientras su sonrisa comienza a desdibujarse de su rostro, súbitamente su expresión pasa del éxtasis a la tragedia, comienza el llanto “todo es tan oscuro dentro de mí que los demás se dan cuenta, buscan en mí sólo una cosa, mi cuerpo, mi oscuridad nadie la quiere, pero es esto lo que soy, entonces es a mí a quién no quieren, sino esto… esta cara, esta piel, esta boca que lame y gime, este coño, y yo? mis entrañas?” dice entre lágrimas, un grito adolorido sale desde el fondo de su garganta, me recrimina, me odia, deposita en mí todos sus pesares, todas sus penas, yo sigo inmóvil pensando en sus palabras y mirándola fijamente a los ojos. En un instante fugaz su mirada se recompone, se vuelve brillante y consciente, pero no expresa positivismo alguno, por el contrario veo un profundo odio, una llama iracunda. En este arranque de rabia y frustración la joven revienta el vaso contra el suelo, se quita los aretes, con las manos se borra el labial, la pintura de los ojos, el llanto no cesa, destruye el peinado que tanto le había costado hacerse, se deshace de todas las alhajas, anillos, cadenas, brazaletes. “Mírame, esta soy, sin adornos, sin plumas o flores o colores, ya no quiero cargar con el peso de mis ovarios, qué condena ha sido esta, ser mujer sin belleza, tu eres un hombre joven y bello, yo en cambio qué tengo? un  cuerpo que cada día es menos deseable, que no se me engañe, que poco es lo que les interesa lo que pueda expresar, pensar o sentir. Es como si la inteligencia pasara siempre a un segundo plano. La belleza es siempre lo primero. Es inútil el latido sexual predomina. Mi padre incluso de 70 años aún gira la cabeza detrás de un par de piernas” Se mira de las manos, se toca las caderas, busca algo en su cuerpo, observa detenida y profundamente sus senos. Algo la atemoriza.  La mujer que ante el paso del tiempo y la pérdida de su belleza física se siente como quien está frente a la guillotina, fatalidad, su útero sale de la oferta, no es más un codiciado tesoro, está condenada a su propio cuerpo y a cada trozo de carne en que la sociedad lo ha convertido. No dejo de mirarla, fría, seria, la conozco, entiendo sus palabras y su ira, la abrazo mientras ella llora, qué le ha hecho la sociedad a nuestras mujeres, qué les ha hecho el hombre, qué se han hecho ellas mismas… me pregunto con un poco de ansiedad. “Vete a casa, habla con tu madre” le digo, ella me devuelve la mirada y se aleja cabizbaja. Estoy solo nuevamente, entonces vuelvo a lo mío, cada vez me adentro más en el bosque, árboles con formas humanas, troncos podridos llenos de parásitos, todo aquí me huele a muerto, a putrefacción, allí está ese hombre de cabellos largos y tatuajes, o esa chica de culo apretado y escote pronunciado, o ese otro que parece marcar territorio como los perros, y yo existo para ellos? Qué aspecto tengo? Soy igual de mediocre, nada nos separa, no somos vidas que florecen, sino vidas que se consumen, y ninguno de ellos parece hacer nada al respecto. Entonces descubro el fin de mi búsqueda, un alma que brille entre toda esta multitud, una flor en medio del bosque muerto. Sigo caminando sin razonar sólo olfateando, cuando vuelvo a ser conciente me encuentro en un parque iluminado por una tenue luz pública, no hay nadie a la vista, pero sé que no estoy solo, de pronto simplemente en el centro de la tensión. Me detengo y respiro. Busco mis cigarrillos, no los encuentro. En el piso, perdido y brillante, un brazalete femenino, una delicada cadenilla de oro. Súbitamente el parque ya no es un lugar atemorizante.  Es este el momento justo en el que me doy cuenta de que estoy soñando, las superficies se vuelven transparentes, la gente, los árboles, la noche. Entreabro los ojos, busco la sábana para cubrirme y darme calor, tiemblo y sudo. En el delirio vuelvo a cerrar los ojos. Veo a la mujer fugitiva ya anciana pero aún bella. Algo quiso decirme, pero sus palabras se esfumaron en mi confusión.

Noir

Esta mañana me desperté con el corazón apretado por una angustia insoportable. Mi cuerpo estaba completamente afectado por microorganismos diabólicos. Abrí los ojos y fue inmediato, sabía que había vuelto a entrar a un túnel oscuro. No sé cuántos días han pasado desde que estoy así, pero me parece una eternidad. La última imagen o recuerdo que tengo de mí en buen estado físico y mental me parece de hace siglos, o incluso como si nunca hubiese sucedido. Quisiera encontrar un culpable a mi malestar. No hay explicaciones, todo misticismo me es ajeno, si a alguien hay que señalar que sea a mí mismo… por qué razón? La que sea. Quizá la eterna estupidez del humano, la mía, que me ha llenado el pasado con cientos de errores. Mi hermano dice que no debemos sentirnos estúpidos por cometer errores, si es la primera vez que erramos obedece a la lógica del “ensayo y error”, una experimentación legítima. La estupidez es volver a caer en el mismo error una y otra vez. He errado muchas veces por necesidad de probar, otras, debo admitirlo, por estupidez. Mi hermano también dice que todos somos estúpidos y que no debería sentirme mal por haber actuado estúpidamente un par de veces, algunas veces, muchas veces. Todos somos ridículos, todos somos patéticos, todos somos estúpidos, es parte del ser humano. La gente que me rodeaba una a una se ha ido marchando, no han necesitado de mi compañía, o quizá simplemente no les agrada, y quién necesita tener un enfermo cerca? Quién necesita tener a alguien cerca? Lentamente cada persona es más consciente de su soledad en el mundo, curiosamente en un mundo que es cada vez más poblado de nuestros similares, y precisamente preferimos encerrarnos en nuestras pequeñas burbujas individuales repitiendo el mismo mantra de la soledad “a fin de cuentas estamos solos”, como una gran implosión individualista a la que todos llegamos en algún momento, sobre todo en los estados peores del existir. Hace poco iba en un bus con mi hermano, algo raro me pasaba, mientras él hablaba podía escucharlo perfectamente, pero cada vez que quería decir palabra, expresar alguna idea, movía mis labios y mi lengua y creía articular una idea, veía que mi hermano me escuchaba atento, pero yo no podía escuchar lo que yo mismo estaba diciendo, entraba en conflicto pues no tenía la confirmación de estar diciendo eso que estaba pensando, eso que creía compartir. De pronto no era importante eso que decía, de pronto sólo era momento de callar y escuchar, de pronto mi mente ya estaba cansada de escuchar mi propia voz. Sin embargo simultáneamente esta imposibilidad de escucharme, me hacía sentir atrapado bajo una capa espesa de barro, como ese sueño que tuve en una de mis tantas siestas de enfermo, en el que me encontraba en algún espacio lleno de fango, pero un fango sucio y maloliente, no importaba cuánto me esforzaba por salir de él, era inútil, dejaba solo cansancio e impotencia. Mi hermano dice que esos sentimientos son sólo catalizadores de los procesos naturales que experimentamos como individuos conscientes. Pero a veces se me hace que la tristeza llega al cuerpo y le causa malestar a la conciencia, odio hacia el hecho de estar vivo, al tener obligaciones fisiológicas que ni siquiera están determinadas por nosotros mismos. La tristeza llega al cuerpo como cualquier otra enfermedad, quita el hambre, el sueño, adelgaza, disminuye las defensas. Mi hermano dice que la enfermedad es un estado de aberración del bienestar que se da por un desequilibrio del organismo en cuestión. Y estamos siempre en desequilibrio, nosotros. Él dice que cuando se rompe el equilibrio entre lo que te ataca y lo que te defiende, entre lo que entre lo que entra y lo que sale, entre lo que muere y lo que vive, la enfermedad gana sobre el cuerpo. Le pregunto entonces por el desequilibrio emocional, a lo que responde que los sentimientos en cambio necesitan el desequilibrio, son estados que necesitan de la contraposición, del sopesarse una cosa con la otra, y cada mínimo movimiento en una de ellas sopesa a la otra, ergo un vaivén constante. Tengo ganas de vomitar, pudo haber sido lo que he comido o bebido en estos días, o algunos bichos aprovechados de mis bajas defensas en mis días de desamor. O pudo haber sido todo al mismo tiempo. Cuerpo, alma, conciencia, historia, trabajo, futuro, todo junto, todo revuelto, dado en una píldora de malestar holístico y cuando nada funciona, ni el espíritu, ni el colón, ni los oídos, ni la cabeza, la habitación desaparece, el calor, el frío, la noche, el día, el almuerzo o el desayuno, es siempre ahora y es siempre mal, todos los órganos, todo el sistema. Mi hermano me ayuda a tenderme en la cama, me dice que me relaje y sea consciente de mi enfermedad, pronto mejoraré y volveré a estar bien como siempre. Pero es cierto que no recuerdo qué significa estar bien y mucho menos como siempre. No recuerdo la última risa, la última tranquilidad, el último buen sueño. Cierro los ojos e intento olvidarme, dejar que mi cerebro descanse de tanto dolor. Quiero terminar este largo día con una muerte. “Hay que acoger esa muerte, mañana renacerás” dice mi hermano.

Asmodeo

Basta un segundo para comprenderlo todo en los ojos de alguien más, basta poco, un gesto, una señal. Lo sé bien que es fácil equivocarse: creer que la hubo, aunque no, y viceversa, creer que no la hubo, para luego darse cuenta de que era necesario un poco más de tiempo. En todo caso, son excepcionales, esas veces que sucede de golpe, instantáneo, y luego, como por arte de magia el contacto se establece, busca su natural punto de equilibrio y logra finalmente perdurar en el tiempo. Míralo: hace años arribado de lejanas tierras empujado hasta esta orilla por aires vagabundos, según Plinio el Viejo, había nacido con una sonrisa en los labios, lo que auguraba su sabiduría. Cómo no notarlo. Primero la confusión, luego la rendición, pero obviamente él también se ha rendido, un pequeño pacto secreto nace de un momento de rendición total, un equilibrio fino y delgado que camina sobre el filo de una navaja. Seducción, deseo carnal, amor por lo profano. Todo puede saberse desde el principio, todo puede decidirse desde el principio, siendo concientes de que  decisiones de este tipo comportan una gran apuesta que no siempre estamos dispuestos a aceptar, quizá por cuestiones de pura conveniencia, y sin embargo, cuya tensión es una corriente de energía poderosa que atrae y recarga. Potencia. Despierta. Sacude. Renueva. Así pues nos hemos encontrado en algún punto del camino, siendo quienes somos ahora, tan diversos y tan distantes. Él se beneficia tanto de mí como de él, aunque cada vez se invade un poco más el espacio del otro, y no obstante, si es un juego de estrategia bien pensado, puede resultar entretenido y gratificante. Noches de música en antiguos lugares olvidados  por la civilización enmarcaron nuestros casuales encuentros. Rocío, castillos, luces tenues, sonrisas, vinos, palabras cordiales, primeros planos sobre los ojos, ciao, sonrisa, mirada, de nuevo sonrisa, suspiro, arrivederci, mirada, mirada, mirada, suspiro, media vuelta y camino. Fugitivos contactos físicos, dedos inquietos que buscan un poco más de piel. Jugar a ser poetas malditos, románticos fuera de tiempo, galanes de filmes en blanco y negro. Una espiral de arte movida por un instinto primario de eterna seducción; difícil calcular hasta dónde se está dispuesto a llegar cuando dentro del estomago la pasión y la curiosidad por lo desconocido suena como una campana que llama a misa, a una ceremonia donde se es al mismo tiempo, carnífice y víctima, una ceremonia cuya experiencia nos ha demostrado una y otra vez la estupidez del humano, quien no satisfecho con el encuentro y sus bondades siente sed de poder, placer macabro y ávido, y todo placer quiere eternidad. Hasta dónde más estás dispuesto a caer? Cuánto más peso puede resistir nuestra delicada tela de araña tejida con frágiles inquietudes, deseos, fantasías, dudas y perversiones?  La carne reclama su parte, el batido del corazón que con cada golpe envía calor a las zonas erógenas del cuerpo, el ritmo cardíaco que se escucha dentro de los propios oídos como un cronómetro diabólico, que asusta, que persigue, que desea, que excita. La oscuridad de la noche que envuelve los sentidos con un manto de complicidad, haz lo que quieras, la luz no te observa. El rugido del bosque que ahoga cualquier gemido o grito de socorro. Salgo de mi fantasía y abro los ojos: me despierto cercada por las frustraciones de los demás, sus miedos, sus represiones, su falta de libertad, su aburrimiento, sus odios, sus tragedias, necesidad enferma de coaptar la libertad del otro, porque el otro es imperfecto como uno mismo y es justamente esa imperfección del otro lo que nos reconforta, y hasta no encontrar esa imperfección el juego de la seducción se mantiene vivo. Eres tu la perfección que también estás hecho de carne y ego? No, somos todos hijos del hombre. Te escondes detrás de tu aire solemne, no respondes a todas las preguntas sobre tu vida, pues bien sabes que tú también eres débil, llevas el placer hasta su nivel extremo (al menos esos placeres que puedes dominar), los otros los miras solo de reojo, atento a no perder el control de tu respiración, pero basta solamente un nuevo encuentro, uno más próximo, una palabra susurrada al oído, una mirada fuerte y determinada.

Turbación

El día no fue fácil, los avatares del sistema nuevamente te obligaron a sucumbir en tu lucha por una utopía. Es la vez número 3487 que la sociedad mató en ti cualquier atisbo de esperanza. Recuerdas entonces a aquella mujer que conociste en la fiesta del sábado, era hermosa cierto? Tenía esa sonrisa encantadora, aunque su vestimenta no era la más apropiada se veía menos común del resto de las mujeres de la noche, así que te acercaste a ella buscando compañía y porqué no, un romance. Te acercaste con esa intención con la que siempre te acercas por primera vez a una mujer, sexo, obvio, pero en el fondo buscando ese calor que sólo sentiste con tu primera novia en secundaria a la cual dejaste por aquella otra mujer casada comedora de jovencitos vírgenes.

Esta chica parecía tener algo especial, estaba allí alejada de la gente mirando a todos los alrededores buscando una mirada masculina, y entonces estabas tu, dispuesto a darle una mirada y mucho más. La charla inicia con las típicas frases tristes  y sin sentido “cómo estás, porqué tan sola… bla bla bla” charlatanerías. Recuerdas entonces las miles de charlas que tuviste entre cervezas y música con tus amigos de siempre, “Hay que trabajarla. No le demuestres tus intenciones de sexo directamente. Sé tierno y sensible. Interésate por ella. Trátala como una reina a ver si te la suelta” Y aplicas las estrategias una vez más. Es así entonces como entre tragos y falsas sonrisas ella empieza a mirarte maliciosamente, y tu a ella, un poco de baile improvisado y obligado tratando de cruzar la menor cantidad de palabras posibles. Entonces cometes el primer error, mover tu mano indebidamente hacia su espalda baja. Ella reacciona rápidamente cambiando de dama seductora a mujer de bien. Después de un cigarro para relajarte, vuelves a tu misión coñística. Ella se deja seducir nuevamente, pero segundo error, lo que pensabas que era una señal positiva estará pronto por convertirse en el tercer error.

Entonces inicias una escuálida charla sobre la vida y el sistema, de lo mal que te sientes en la oficina tratando de vender cada puto día de tu vida esos seguros de vida que roban el dinero de los más honrados que quieren, en caso de morir, dejar algo de estabilidad a su familia. Además de conflicto ético sientes la presión de vender más, para tener más dinero, y ser alguien en la sociedad. Le confiesas que no ganas tanto dinero, pero que finalmente no te importa, porque ya perdiste la fe en aquello que te inculcaron de pequeño. Le confiesas que tus días de soledad te agobian, y que por las noches sollozas por tu madre. Le confiesas que cada noche te fumas un porro para olvidar el peso de la jornada y para liberarte de la cárcel de oro que el establecimiento nos ha construido. Le confiesas que odias a tu jefe, las noticias, la tarjeta de crédito, y hasta aquellos zapatos viejos que te hacen parecer un don nadie. Le confiesas que tú también en lo profundo deseas lujos y placeres, que el dinero no te alcanza para pertenecer a la élite o aparentar serlo, justo cómo a ella le gustaría. Le confiesas que sufres por aquellos que mueren de hambre, no por falta de comida, sino por la violencia social, es decir, la pobreza. Le confiesas tu inconformismo y a la vez tu impotencia y frustración.

Cuando vas por el octavo caipirinha, y tu moral por el octavo círculo del infierno dantesco, ese del fraude, vuelves tu mirada en sus ojos buscando el calor que sólo da esa mirada solidaria que lo ha entendido todo, y que sufre las mismas penas buscando en unos ojos una soledad contigua. Todo esto para darte cuenta que ella hace tiempo dejó de escuchar tus penurias, para escribir quien sabe qué cosas en su BlackBerry. Entonces desciendes al noveno círculo del infierno, traición, traición de tu especie y del género femenino a la vida misma, a los sabios, a la filosofía, a la historia, al pensamiento. Miras a tu alrededor perdido y agobiado, casi con una sensación de claustrofobia a la inversa,  buscas algo que calme tu desconcierto y te reconforte. Pero lo único que encuentras es una manada de alcohólicos y periqueros descerebrados; quienes buscan sexo, quienes buscan diversión, quienes buscan locura, quienes viven porque sí y quienes quieren por un segundo no ser nadie y camuflarse entre la masa.

Entonces te vas de la fiesta completamente borracho, después de haber visto a Satanás en los ojos, sales desesperado en el medio de un aguacero tomas el primer taxi y te dejas estafar porque sólo quieres llegar a casa cueste lo que cueste. Te desprendes con odio de las llaves, del celular, de la billetera, de los zapatos y con la ropa todavía mojada te tiras a la cama imaginando que es un manantial de agua tibia que traerá relajación y regocijo, para encontrarte con una cama helada y solitaria. Con un impulso involuntario pero salido desde el fondo de la desesperación, te agarras el pene, estrujándolo, raspándolo, lastimándolo con furia, haciéndole pagar por las frustraciones acumuladas en el día, queriéndolas arrancar del fondo de tu alma de una vez y para siempre en un orgasmo efímero y letal.

Tu mano está ahora bañada con tu esperma perdida, lejos de su óvulo, de su célula compañera. Sientes pereza de ir al baño a buscar papel higiénico o a lavarte las manos, así que dejas tu plasta en la cama. Pensaste que te ibas a librar de tu agobio? Pues No. Ahora yaces en tu cama vacía y oscura, la cabeza te da vueltas, no entiendes dónde estás, y no te queda más que mirar al techo y recorrer tu vida para encontrar justo ese instante en el que dejaste de ser feliz, para convertirte en el ser inconforme y decadente que eres hoy.

Boys by Aneta Bartos

Empiezas entonces a desear y lentamente a vislumbrar una abundante cabellera negra, unos labios, unos senos, una piel, y lentamente la pesadumbre va desapareciendo para dar paso al sueño, al descanso, a la salida de ese laberinto que es cada maldito día. Pasó ya otro día con su noche. Sobreviviste a sus obstáculos, sobreviviste un día más a la maldad, a la sociedad y su vacío, a la incertidumbre y a la soledad, sobreviviste un día más a ti.

Viaje al fondo de las pupilas

Me gusta cenar sola y de pié en la vieja cocina de Quito. Cenar, o desayunar un poco tarde: huevos, pan y jugo de naranja. Tengo que esperar a que llegue el domicilio con las anticonceptivas, soy tan floja como para salir de mi guarida, claro, si alguien me invitase a recordar porqué me tomo las pepas sagradamente cada noche, de pronto sí, me animaría a salir. Nunca leí los libros que he dicho que he leído, ni todas esas películas de culto que todos vieron, en cambio, oculto como gran secreto que me deleito viendo documentales sobre mecánica cuántica, leyendo la teoría del vacío y de las cuerdas, y talvez uno que otro ensayo postmoderno.

Soy mucho más joven de lo que podrían pensar. Recién cumplí 22 años, nací en el caribe y he vivido en Quilmes, en los alpes marítimos, en Kingston, en Ciudad de Panamá, en Valparaíso, en Jujuy, en la selva amazónica, en Quito, que es donde me encuentro ahora. En Quito, o en el cuarto de la lavandería, mucho mejor. La luz no funciona muy bien, a veces prende, a veces no. Como todo. Es pequeño, húmedo, azul, frío, solitario. Como yo. Me declaro una amante empedernida, una diva en decadencia, una musa indiferente, un demonio sin poderes, una reina sin corona y una diosa sin creyentes. En pocas palabras,  soy un maldito desastre.

Para hacerme el par de huevos que me estoy comiendo, tuve que quemar la sartén. Me quemé cuando la puse en el lavaplatos para que “se enfriara”. Derramé el poco de chocolate que me hice, lo serví fuera del pocillo. Tengo que limpiar, y derramo el chocolate en el piso. La imagen que presencio en este ridículo momento, es el de una tipa con el cabello más enredado que wikileaks, con pantalones que se caen por mi extrema delgadez, y esta pañoleta enrollada en el cuello, comprada de segunda en el centro de mi amada ciudad.  Estoy de pié, estoy comiendo mi par de huevos con tostadas, y no lo soporto. El estómago quiere vomitar cualquier bocado que ingiera. Diarrea constante. Son los gusanos de la vida que viven dentro de mí como un ejército de viles canallas, que hacen que cada sentimiento, experiencia, conocimiento se vuelva mierda. Mierda líquida, dolorosa y maloliente.

Pero tengo que comer, el organismo me lo pide.  Sola en casa, con la vida que se deshace cada segundo. Es un lento transitar por una calle desolada y oscura. Sólo falta que llueva. Y mierda! Llueve. Cuando todo parece aclararse, no te alegres, significa que volverá a estar oscuro. Es un lento transitar entre la neblina, cuando crees que estás viendo algo, es sólo una imagen desenfocada. Yo lo sé mejor que nadie, por la noche la azotea del edificio es un mar de humo, y por la mañana… también. Por la mañana, muy en la mañana, tipo 6. Ahora, cómo es posible que este demonio nocturno conozca la niebla de las seis de la mañana, sencillo, tengo que trabajar. Así es. Trabajo en una oficina, en un computador, con una luz blanca en el techo. Si yo, la diva en decadencia, la diosa sin creyentes, la musa sin poderes, la reina sin corona. Trabajar, Trabajar y Trabajar, cuánto te recuerdo querido ex presidente Uribe. Y así me presento, sin bañar, con el cabello más emproblemado que Gadafi, con la ropa del día anterior, con las mismas botas viejas que fueron a medio mundo y volvieron, las mismas que dejan filtrar el agua por las suelas, y en Quito siempre llueve. Los jeanes rotos, con las pantaletas que hacen gala cuando mis caderas inexistentes dejan resbalar el pantalón hacia abajo. Con los ojos rojos, y con una expresión en la cara que dice: a esta puta hora no-se-tra-ba-ja. Pero bueno, alargo la lista del proletariado, ese que trabaja para los demás. O en palabras de Cantinflas: Algo malo debe tener el trabajo, o los ricos ya lo habrían acaparado. Lo bueno es que mi trabajo tiene algo de sentido, al menos no me siento en tan en deuda con el mundo. Entonces olvido todo lo demás, y lo hago con gusto.

Yo, la reina sin reino, soy fanática del tetris y de los juegos de cartas, ahora mismo mientras se me ocurre cualquier parolaccia, estoy jugando solitario. Ahora que lo pienso, el solitario es el juego del amor por excelencia. Todos quieren jugar en solitario, finalmente, horas y horas, derrota tras victoria, y viceversa. Y las cartas son todas al maldito azar. Desde hace unos meses no he logrado superar el puntaje. Sin embargo esta semana logré picos bien altos, pero bueno, aposté todo y perdí todo. La adicción al juego, será.

Soy buena para el juego, tengo esta maldita cara de diva en decadencia a la que nadie puede negarse. Pueden pasar dos cosas, o te asustas, o te intrigas. La mayoría de la gente opta por la primera opción, salen corriendo. Supongo que la diva en decadencia se puede comparar casi a una bruja malévola. Pero no se asusten, no tengo poderes. Esta mirada fría e irreductible, guarda mucho más. O bueno, será precisamente esto lo que asusta, la profundidad del vacío.

Mis ojos son negros, negrísimos, igual que mi cabello. Mi piel es morena, quemada por el sol. He sufrido múltiples picaduras de insectos en la selva, conservo aún algunas marcas. Me gustan. Me recuerdan lo duro que es el mundo real. Tengo estos labios desahuciados, hinchados por la sed, y violetas por el frío. Pocas veces se les ve sino es en su forma natural de boca inmóvil. Mi mirada se pierde constantemente en el vacío. En un punto fijo e inexistente. Es difícil seguirme. Lo sé. Tengo estas manos cadavéricas, largas y huesudas, muy largas. Los pintores con ellas se vuelven locos, los hombres comunes… también. Ni tan comunes, pues los comunes siempre se intimidan con estos ojos, y la verga no se les para. No tengo tiempo para perder, querido.

El hombre que me desee tiene que soportar esta mirada fría y de muerte, y clavarme para redimirme. Tiene que lograr dominarme mentalmente. Es la guerra, y quiero ser la víctima mortal. Hubo un par de valientes en mi historia de amante empedernida, unos más que otros. El primero terminó huyendo. El segundo todavía resiste, huye y vuelve, huye y vuelve.  Hubo otro, pero no supo ser lo suficientemente perverso. Y hay un músico hermitaño que ahora mismo debe estar encerrado en sus cuatro paredes, frente a la pantalla, igual que yo, y lo amo puramente. Recién conocí uno, uno de verdad. ¿Hablar de él? Difícil.

Para resumir puedo decir que es el cielo y el infierno, en el mismo tiempo y en el mismo espacio.  Yo, la musa indigente, puede tener sus pretensiones de vez en cuando, ¿no? Pero el cielo no es para mí. Tampoco el infierno. Finalmente vivo y merezco vivir en un limbo sin tiempo, ni espacio. Sólo oigo el pasar de los motores, respiro el humo de sus enormes chimeneas, me alimento de sus químicos,  y a veces, rara vez, sueño. Pero ni eso vale la pena. Si quiero me toco el alma un segundo, y reflexiono sobre el maledetto amore. La casa está vacía, puedo desnudarme por completo. Pero estoy segura de que no querrán ver esta escena, tan perturbadora.

Me estoy matando de hambre, no terminé mi desayuno nocturno. Soy un cadáver, ormai, sumida en la desolación. Sentada sola frente al mirador de la propia ruina. Pienso en todo y pienso en nada. Luego recuerdo las palabras de mi padre: Relájate, es sólo un paseo. Qué susto, el timbre! Llegaron las pastillas anticonceptivas, pago por mi egoísmo. Finalmente, son el signo de una naturaleza reprimida, pero a la vez de una humanidad liberada. Es tarde y ya estoy harta de pensar y deshacerme, trataré de dormir.

Mañana es sábado. Mañana es lunes. Mañana es viernes. Mañana es la esperanza de un despertar menos doloroso. Pero me es imposible sentir el deseo de abrir los ojos.