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Touch me now

0:45 Una música calma llena el ambiente, la experiencia del amor finalmente empieza a dar sus frutos, unos frutos rojos y sanos cargados de dulce sabor y fresco aroma. Me dejo llevar por una nube de sentimiento calentada por el tungsteno. Toda una vida que cobra sentido, el perdón al haber nacido, la confianza para todos los años venideros. En este lugar donde el sol sale y se oculta siempre a la misma hora, el tiempo parece no avanzar, me he quedado suspendido en un estado alegre del alma. Un abrazo infinito. Un suspiro que llena cada célula como cada espacio de duda. Cualquier otra cosa se desvanece y se hace frágil ante una potencia tan fuerte. La luz de la calle entra a través de la cortina, se refleja en el espejo, llega hasta mi rostro y me acaricia. La casa está bajo llave, nadie habita aquí más que yo, en este lugar selvático y pacífico al mismo tiempo, la puerta permanece cerrada y del otro lado cualquier cosa es posible, alguien que espera, alguien que lee, alguien que sueña en su propia soledad. La noche cae entre el sonido de una trompeta, se desliza suave e imperceptible, pero furiosa, cargada de sensaciones. Una gota de sudor se desliza por mi espalda. La filosofía se reduce a su mínima expresión, esa dónde ella misma no puede hacer nada: la calma profunda de la noche, el infinito mundo interior que no se ve apabullado ante el silencio y los perros que vigilan la calle sin pavimento. Nosotros que en algún momento corrompimos nuestra vida utópica con una demoníaca y pecaminosa sed de curiosidad, que decidimos concientemente retar el secreto; cuando hay secreto, la respuesta está asegurada y sólo hay que descubrirla, aunque a veces resulte fácil sentirse frustrado ante la ferocidad con la que está resguardado ese secreto. Las miles de veces en las que aniquilamos nuestras ilusiones simplemente desaparecen como si nunca hubiesen existido. Los niños se duermen con el sonido de las palmeras, mientras permanezco extendido en la cama. Un sonido me saca de la reflexión, la puerta de mi habitación rechina, siento el vértigo en mi estomago.

1:17 El invierno ya está aquí. El frío se lee a través de la ventana, dentro es cálido y no provoca salir de la estancia, no provoca alejarse del fuego. La noche se divorcia de la melancolía, la copa de vino para uno jamás fue tan agradable, los pequeños recuerdos amorosos llenan el espacio; nunca antes la belleza en todas sus expresiones, fue tan trascendental. Cualquier movimiento por más suave que sea, deja una estela al pasar, una estela que permanece en la eternidad, miles de fotogramas que sobreviven en el gran álbum de la historia y de la relatividad del tiempo. Estar aquí evoca todas las noches anteriores, pero el fuego de la chimenea hoy no guarda escenas de falsa compañía o ridícula soledad, hoy brilla con un rojo especial, casi como si hablara, como si comprendiera. Espero algo. Miro el reloj que parece andar más rápido que mi pensamiento. Imagino algo: algún paraje extraño a mi cotidianidad donde de todos modos he dejado una parte de mí y que vive allí solitaria como use único lucero que esta noche acompaña a la luna. Sí. Es la misma luna y es el mismo lucero. Una energía superior nos abraza, latimos al unísono con la misma trompeta. La fatalidad de la existencia se disuelve entre las palabras y me conforta. Hoy he sido absuelto una vez más de la nimiedad y a cambio de muy poco. Aquél árbol frente a casa ya perdió casi todas sus hojas. Dicen que mañana será un día frío y nublado. Dicen que el próximo año habremos superado la crisis. Dicen que existe algo que se llama sociedad, y existo yo lejos de ella. Dicen de mí que soy un loco que escribe largas cartas al amanecer. Y cada día llega uno nuevo, o quizá el mismo que se repite hasta el infinito. Aquí me quedaré sentado hasta que el rey sol me alumbre a través de la ventana, cuando me sorprenderá dormido en mi viejo sillón con algunas brasas aún calientes. Es la eterna soledad, entre la multitud, o en pleno orgasmo, nunca cambia, nunca se va. Permanece. Y eso que permanece somos nosotros. Quienes nunca se han sentido solos no serán nunca capaces de reconocerse. Suspiro. Río en mis adentros. Miro a mi alrededor. Una luz se enciende del otro lado de la puerta. El ritmo del corazón se acelera subitamente. Una silueta humana se acerca silenciosa en la penumbra.

“Te estaba esperando”

“Yo también”

“Sólo era cuestión de abrir la puerta”

Una noche en una calle

    • … Oye y tus penas de amor, cómo terminaron??

    • Como uno siempre sospecha. Lo mas terrible del amor es que se olvida. Es así de simple. La amaste, te amó. Y se termina. Algo queda siempre. Y según pasa el tiempo, se hace un recuerdo mas lejano, hasta el punto de convertirse en una anécdota.

    • Terrible. Es terrible.. es justamente esto lo que me perturba. Cuando pienso en los amores que tuve no puedo evitar sentir un vértigo. Parece que todo finalmente se esfuma. Cómo puedes volver entonces a querer meterte en esto?

    • Porque uno se olvida. De verdad. Es como no recordar un accidente de coche. O un trauma infantil. Es un sistema de protección. O depronto lo recuerdas pero aniquilas el recuerdo del sufrimiento, y como amar es sufrir…

    • Pero no! Yo quiero creer que es más sublime que un simple archivo perdido en el disco duro de la memoria. Pero creo que tienes razón, basta volver a amar para volver a soñar, a sufrir…basta volver a amar para olvidar.

    • No lo sé. Yo por lo menos funciono así. Olvido muy rápido.

    • Te olvidaste de ella?

    • ¿De ella? No, de ella no. De lo doloroso que fue todo, si.

    • La amas todavía?

    • ¿Ahora? No. Ahora estoy con Tania. Pero ella siempre será alguien importante en mi vida, seguramente más ella para mí que yo para ella.

    • Eres libre… Todavía recuerdo cuánto sufriste. Al menos te liberaste del sufrimiento.

    • Eso es una ilusión. Ahora soy de otra.

    • Y amas a Tania?

    • Si… Amar después de la primera vez parece mas natural.

    •  Para mí en cambio, se me hace difícil  amar así como la primera vez. Entre más amores, más desamores, entre más desamores, más heridas, entre más heridas, más paranoias y miedos, y entre más paranoias menos libertad…. Me acuerdo hace un tiempo que me decías que nunca podrías olvidarla, que era la mujer de tu vida, que soñabas con estar con ella por siempre… y más…

    • Lo fue. Pero uno vive muchas vidas. Muchos Ahoras.

    • Pero siempre traté de decirte eso… y te ponías super testarudo..

    • Estar enamorado no es ser el hombre mas razonable.

    • Cierto, y eso es justamente lo que me encanta… ser capaces de perder toda lógica, toda razón…ha de ser por esto que sufrimos.

    • ¿Cuando querrás dejar de sufrir por tus propias cavilaciones?
    • Perdona pero porqué otra cosa se supone que uno deba sufrir sino por nuestras propias reflexiones nocturnas?
    • Venga . Vámonos de cerveza. Vinos. Whisky. Vámonos.
    • Somos dos putos gatos tu y yo, vagando entre los basureros de la ciudad.
    • Una gata y un perro… Me gusta la diferencia.

En la vida

En la vida. Recuerdo con clara memoria aquella tarde en la finca, un calor atróz sofocaba el ambiente, la arena y las hojas secas de los palitos de mango cubrían el piso. Una hamaca mecía un bebé durmiendo, el amo y señor del único abanico. Los demás niños estaban jugando cerca de las vacas, yo preferí quedarme sola con mis muñecas dentro de la casa, cerca del abanico.

Un zumbido desesperado.

Una mosca gigante trataba de salir de la casa por una de las ventanas. Para la mosca allí fuera estaba el jardín, no requería mucha astucia para saber que allí fuera se encontraba su espacio natural, donde no hay techos ni paredes, sólo árboles, flores, agua, viento, sol. Pero este vidrio transparente la separaba de su ideal. Depronto entró a la casa atraída por el olor de la comida, pero una vez satisfecha era hora de volver al hábitat.

Hoy, 20 años después, me siento exactamente igual a esa mosca. Me golpeo una y otra vez contra este vidrio que me separa del jardín. A veces doy vueltas por la casa, busco comida, observo al niño que duerme en la hamaca, pero tarde o temprano siento esta imperiosa necesidad de salir de este encierro. Cómo hace una simple mosca para atravesar un vidrio?

Cómo hago yo para atravesar el umbral de la vida?

Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan

Domingo frío y solitario en casa. Desesperadamente quiero huir de la ciudad y de la monotonía. Así que esta tarde me fui a dar un paseo a las afueras de la ciudad, me sumergí en un inmenso bosque de eucaliptos, enmarañado entre hilos constantes de agua y árboles que jugaban con el cielo. Caminé y caminé hasta encontrar el sitio perfecto donde pudiese recostarme en la grama para conectarme frente a frente con la luz fuerte, cálida y amarilla del sol. Aqui dónde estoy, estoy sola, perdiéndome entre el sutil sonido de las hojas, los sapos, las cascadas y los pájaros. Cerré los ojos. Empecé a sentir suaves gotas que empapaban mis mejillas y un frio que lentamente empezaba a subir por mi cuerpo. Cuando abrí los ojos, el cielo ya no era azul y las copas de los eucaliptos se habían desvanecido. Así como todo alrededor. La neblina se había apoderado de todo a su paso, encarcelando la luz, encarcelando el color, encarcelando también mi mente. El camino de regreso a casa sería muy difícil sin lograr ver ningún punto de referencia. Sin embargo, caminé. Debo admitir que sentía un poco de miedo, no sé de qué, talvez del caminar sola en un camino donde es imposible ver algo.

Ya habrían pasado unos 30 minutos de camino en el medio del bosque. En el recorrido me adentré en las conversaciones secretas de los sapos y en la suave y delicada línea que separa el verde del blanco. A unos 5 metros de distancia comienza a aparecer entre la niebla la silueta de una casa. Me acerqué. Era una casa grande y vieja, con vigas de madera mojada que apenas lograban sostener el techo. La poca luz que se filtraba a través de las ventanas dibujaba formas y fantasmas, gritos y pasado en las paredes y en el piso de la vieja casa. Una bandada de pensamientos pequeños y negros comenzaron a volar sobre mi cabeza, formaban hermosas figuras en el cielo de mi mente, de modo homogéneo pero desacomodado daban vueltas alrededor de mi subjetividad, y en su vuelo graznaban despavoridas frases:

“Pero no hay olvido, ni sueño: carne viva.”

“Eres sólo la imagen del sueño, en el sueño de alguien más”

“No existe el tiempo, ni el despertar, sólo el sueño y nuestra vida acaba en uno”

Basta! grité y los cuervos desaparecieron de mi mente. Tomé una fuerte bocanada de aire con intenciones de despertar, pero aún estaba en la casa. Me reincorporé para encontrar sentado en una de las viejas poltronas de la sala a un hombre. Un hombre joven y viejo a la vez, de esos hombres que físicamente tienen poco más de un cuarto de siglo pero en sus ojos miles de años de sabiduría acumulada,  de mirada perdida pero curiosa, por más que no recordaba su rostro y que a duras penas podía verlo con claridad, sabía quien era y no sentí miedo, al contrario, alivio. Con dulces palabras me pidió que dejara el miedo afuera, que no tenía ningún motivo para temer. “No estás soñando, esto es tan real como la vida a la que llamas real, mira tu reloj, qué horas son?”

Absurdo. Siempre me ha pasado. No logro ver los números, se distorsionan, se mueven, no sé qué horas son, la desesperación me atrapa, necesito saber qué hora es, cual es la realidad de mi tiempo-espacio, dónde estoy, cuántos años he vivido, cuantos segundos me quedan. Me asusto y me despierto en mi cama, me cuesta trabajo abrir los ojos, mala señal, miro a mi alrededor la neblina no se ha ido, está allí fuera de mi ventana, y mi amigo me está observando fijamente desde la puerta de la habitación. Trato de hablarle, pero siento mi lengua pegada al paladar. Trato de levantarme pero no tengo fuerzas, por más que lo intento con toda mi energía. Comienza la angustia. Mi amigo se acerca, coloca suavemente su mano cálida sobre mi frente “te extrañaría aunque no te conociera” dice. Caigo profundamente dormida otra vez. Lograré despertar?

Siento una fuerte agitación en el pecho, mi respiración se acelera, cuando abro los ojos estaba bajando una colina a toda velocidad, como si estuviera huyendo de algo. Bajaba corriendo en medio de los árboles por un angosto camino de lodo. No tengo idea hacia dónde me dirijo. Sólo sé que mis piernas se mueven, que corro, que estoy bajando la montaña, pero la montaña se mueve, cambia de forma cada segundo, el árbol que veo ahora(pasado del próximo “ahora”) no es el mismo que veo ahora (futuro del anterior “ahora”), el paisaje cambia ante mis ojos, una piedra que no estaba antes, un riachuelo en medio del camino, es el paisaje que se mueve o soy yo? Estoy detenida en el tiempo y es el universo el que se mueve en otro tiempo? O somos nosotros los que atravesamos el umbral del destino y de la eternidad? No logro comprender qué soñé, qué fue real, esto es real? Es la percepción del tiempo la que cambia constantemente, a veces se hace eterno como en un trip de ácido, un minuto puede ser infinito, el minuto se mueve en otra dimensión y en otra dirección, nosotros en cambio hiper-reflexionamos en lo que pareciera el minuto antes de la propia muerte, eternidad. A veces en cambio se hace corto, muy corto, diminuto, como toda nuestra vida vista en la línea del tiempo del universo. Un parpadeo.

Me detengo un segundo para tomar aire y sacar todos estos pájaros que dan vueltas vertiginosas en mi cabeza, miro a mis espaldas, y me doy cuenta que la niebla va bajando también entre los árboles a toda velocidad, haciendo blanco todo a su paso y se acerca muy rápidamente hacia mi. Tal cual como su forma gaseosa y húmeda disuelve todo a su paso, así mismo sopla desde lo alto una nube de sueño universal.

Turbación

El día no fue fácil, los avatares del sistema nuevamente te obligaron a sucumbir en tu lucha por una utopía. Es la vez número 3487 que la sociedad mató en ti cualquier atisbo de esperanza. Recuerdas entonces a aquella mujer que conociste en la fiesta del sábado, era hermosa cierto? Tenía esa sonrisa encantadora, aunque su vestimenta no era la más apropiada se veía menos común del resto de las mujeres de la noche, así que te acercaste a ella buscando compañía y porqué no, un romance. Te acercaste con esa intención con la que siempre te acercas por primera vez a una mujer, sexo, obvio, pero en el fondo buscando ese calor que sólo sentiste con tu primera novia en secundaria a la cual dejaste por aquella otra mujer casada comedora de jovencitos vírgenes.

Esta chica parecía tener algo especial, estaba allí alejada de la gente mirando a todos los alrededores buscando una mirada masculina, y entonces estabas tu, dispuesto a darle una mirada y mucho más. La charla inicia con las típicas frases tristes  y sin sentido “cómo estás, porqué tan sola… bla bla bla” charlatanerías. Recuerdas entonces las miles de charlas que tuviste entre cervezas y música con tus amigos de siempre, “Hay que trabajarla. No le demuestres tus intenciones de sexo directamente. Sé tierno y sensible. Interésate por ella. Trátala como una reina a ver si te la suelta” Y aplicas las estrategias una vez más. Es así entonces como entre tragos y falsas sonrisas ella empieza a mirarte maliciosamente, y tu a ella, un poco de baile improvisado y obligado tratando de cruzar la menor cantidad de palabras posibles. Entonces cometes el primer error, mover tu mano indebidamente hacia su espalda baja. Ella reacciona rápidamente cambiando de dama seductora a mujer de bien. Después de un cigarro para relajarte, vuelves a tu misión coñística. Ella se deja seducir nuevamente, pero segundo error, lo que pensabas que era una señal positiva estará pronto por convertirse en el tercer error.

Entonces inicias una escuálida charla sobre la vida y el sistema, de lo mal que te sientes en la oficina tratando de vender cada puto día de tu vida esos seguros de vida que roban el dinero de los más honrados que quieren, en caso de morir, dejar algo de estabilidad a su familia. Además de conflicto ético sientes la presión de vender más, para tener más dinero, y ser alguien en la sociedad. Le confiesas que no ganas tanto dinero, pero que finalmente no te importa, porque ya perdiste la fe en aquello que te inculcaron de pequeño. Le confiesas que tus días de soledad te agobian, y que por las noches sollozas por tu madre. Le confiesas que cada noche te fumas un porro para olvidar el peso de la jornada y para liberarte de la cárcel de oro que el establecimiento nos ha construido. Le confiesas que odias a tu jefe, las noticias, la tarjeta de crédito, y hasta aquellos zapatos viejos que te hacen parecer un don nadie. Le confiesas que tú también en lo profundo deseas lujos y placeres, que el dinero no te alcanza para pertenecer a la élite o aparentar serlo, justo cómo a ella le gustaría. Le confiesas que sufres por aquellos que mueren de hambre, no por falta de comida, sino por la violencia social, es decir, la pobreza. Le confiesas tu inconformismo y a la vez tu impotencia y frustración.

Cuando vas por el octavo caipirinha, y tu moral por el octavo círculo del infierno dantesco, ese del fraude, vuelves tu mirada en sus ojos buscando el calor que sólo da esa mirada solidaria que lo ha entendido todo, y que sufre las mismas penas buscando en unos ojos una soledad contigua. Todo esto para darte cuenta que ella hace tiempo dejó de escuchar tus penurias, para escribir quien sabe qué cosas en su BlackBerry. Entonces desciendes al noveno círculo del infierno, traición, traición de tu especie y del género femenino a la vida misma, a los sabios, a la filosofía, a la historia, al pensamiento. Miras a tu alrededor perdido y agobiado, casi con una sensación de claustrofobia a la inversa,  buscas algo que calme tu desconcierto y te reconforte. Pero lo único que encuentras es una manada de alcohólicos y periqueros descerebrados; quienes buscan sexo, quienes buscan diversión, quienes buscan locura, quienes viven porque sí y quienes quieren por un segundo no ser nadie y camuflarse entre la masa.

Entonces te vas de la fiesta completamente borracho, después de haber visto a Satanás en los ojos, sales desesperado en el medio de un aguacero tomas el primer taxi y te dejas estafar porque sólo quieres llegar a casa cueste lo que cueste. Te desprendes con odio de las llaves, del celular, de la billetera, de los zapatos y con la ropa todavía mojada te tiras a la cama imaginando que es un manantial de agua tibia que traerá relajación y regocijo, para encontrarte con una cama helada y solitaria. Con un impulso involuntario pero salido desde el fondo de la desesperación, te agarras el pene, estrujándolo, raspándolo, lastimándolo con furia, haciéndole pagar por las frustraciones acumuladas en el día, queriéndolas arrancar del fondo de tu alma de una vez y para siempre en un orgasmo efímero y letal.

Tu mano está ahora bañada con tu esperma perdida, lejos de su óvulo, de su célula compañera. Sientes pereza de ir al baño a buscar papel higiénico o a lavarte las manos, así que dejas tu plasta en la cama. Pensaste que te ibas a librar de tu agobio? Pues No. Ahora yaces en tu cama vacía y oscura, la cabeza te da vueltas, no entiendes dónde estás, y no te queda más que mirar al techo y recorrer tu vida para encontrar justo ese instante en el que dejaste de ser feliz, para convertirte en el ser inconforme y decadente que eres hoy.

Boys by Aneta Bartos

Empiezas entonces a desear y lentamente a vislumbrar una abundante cabellera negra, unos labios, unos senos, una piel, y lentamente la pesadumbre va desapareciendo para dar paso al sueño, al descanso, a la salida de ese laberinto que es cada maldito día. Pasó ya otro día con su noche. Sobreviviste a sus obstáculos, sobreviviste un día más a la maldad, a la sociedad y su vacío, a la incertidumbre y a la soledad, sobreviviste un día más a ti.

Sombra y Liberación



Te ha pasado alguna vez que vas caminando solo y sientes que alguien te persigue con aires malintencionados, te volteas rápidamente para encarar al malhechor en un acto valiente pero temeroso al mismo tiempo, y esperando encontrar la cara de la persona que te acecha, sólo encuentras tu sombra?Tu sombra, que se queda inmóvil en el suelo o en la pared, tu sombra, un pobre efecto de luz carente de alma.

Me suele pasar a menudo. Hoy precisamente me pasó en una de las calles más transitadas de la ciudad que siendo fin de semana estaba semi vacía. Al girarme y darme cuenta que no era más que mi sombra quien me perseguía, sólo sentí repudio por ella… “deja de seguirme!!” le grité con odio. Pero cómo va a dejar de seguirme? Si soy yo, es obvio, soy yo dibujada por el sol. Sólo que no tengo rostro, ni nombre, pero existo, y esa sombra es la prueba más fiel de ello.

Trato siempre de escapar de mí, de adoptar miles de trajes, y formas, y acentos, y caras, y máscaras para no encontrarme, pero lo he hecho tanto que ya no recuerdo cómo soy en realidad. Sin embargo, sea la forma que sea, vivo constatemente sumida en el lado oscuro de todo. En lugar de la virtud, que es elevada y sabia, prefiero el placer, que es bajo y vulgar. En lugar de ir al templo, me encuentro siempre en las tabernas. Pero el placer cuánto más me deleita, más se extingue. Y aveces siento que lo he extinguido todo. Entonces busco desesperadamente algo que hasta ahora no volví a encontrar, la felicidad que da la serenidad. Serenidad que sólo se alcanza cuando logramos ceñirnos a los propios límites.

La muerte acecha la vida a cada segundo y cuando empezamos a darnos cuenta de ello, y a aceptarlo, el transcurrir de la vida se hace más llevadero. Como cuando estás teniendo la peor de las pesadillas, te levantas súbitamente asustado y sudando, sólo para abrir los ojos y ver el cielo azul, el sol, y un nuevo día que inicia. Sí, un nuevo día, en el bien y en el mal. Recién un amigo me dijo que cuando uno se da cuenta de que la felicidad no existe, es mucho más fácil ser feliz. Y creo que tiene razón, llevo muchos años persiguiendo la idea que tengo de felicidad, sin éxito alguno. Pero porque la idea que tengo de ella, es  infantil y precoz, y aunque es la mejor felicidad de la vida, por su ingenuidad y libertad, debemos aceptar que no volverá.

Empezamos entonces a conformarnos con otro tipo de felicidad, una felicidad más reposada, hecha de milisegundos, menos pretensiosa. Parte de la adultez, en la sociedad en la que vivimos, es la falta de libertad que obedece a factores puramente económicos que finalmente nos obliga a revaluar nuestros índices de felicidad. Comprendemos que hay obstáculos, que la lucha por la sobrevivencia actual connota una pelea perenne con la propia especie, y esta lucha nos vuelve perversos. Comprendemos que hay injusticia y con ello nuestra impotencia, comprendemos que el universo no tiene origen y que es inmenso, que tiene una lógica distante de la nuestra, que habrán siempre preguntas sin respuesta, y es así, como entendemos nuestra nimiedad. Puede haber felicidad más grande que esa?

Después de estas reconfortantes reflexiones, resumo con que todo puede irse a la mierda con sólo cruzar la calle, y el saber que está fuera de nuestro poder, es otra liberación.

Si la dignidad es sólamente humana… entonces?

Lo que vi esa noche quedará grabado en mi memoria, grabado como después de una tortura con choques eléctricos.

En un país desconocido, pero conocido al mismo tiempo, llegué sin un plan, sin una guía, sin una idea. Me dejé llevar por el fluir del viento hacia donde él quisiera llevarme. Así terminé allí esa noche, preguntándome una y otra vez el porqué de mi desdichada suerte. Debo admitir que no fue sólo la noche, desde la mañana la cosa empezaba a tomar forma. Como una buena extranjera no tenía ni idea dónde iba a terminar tal desenfreno.

La excusa es una sola palabra: Carnaval. Y realmente después de esta experiencia ahora tengo dudas de lo que yo creía, era el carnaval; una muestra folclórica y cultural de un lugar. Pero va mucho más allá de eso fuera de los límites de mi ciudad. Cada pueblo del mundo tiene un carnaval y la justificación no es más que una, el desaforo y la violación de las leyes, al menos por un día. Debo reconocer que para violar las leyes en mi ciudad no se necesita esperar a un día especial en el año, se violan cada minuto a diario, y la gente tampoco necesita un día en especial para ser alegres y espontáneos. Caso contrario, a mi punto de vista, el de los pueblos andinos. Uno que vive acostumbrado a verlos siempre tranquilos, silenciosos y sumisos, es verdaderamente shockeante verlos fuera de sus ropas de siempre.

Pasa que Latinoamerica no es Venezia, aunque en algunos lugares se ha logrado educar a la gente alrededor de la conciencia y la convivencia en el carnaval, pareciera que muchos otros pueblos de nuestro continente –  gracias a nuestra historia de colonización –  han olvidado realmente sus culturas, para “asemejarse” o “mal imitar” comportamientos occidentales carnestoléndicos que poco tienen que ver con nuestras verdaderas tradiciones. Nuestras culturas contaminadas por un catolicismo represor y malvado, requiere necesariamente de un espacio que permita burlarse de Dios, de los curas, de la represión sexual, etc. Tanto que el carnaval se rige por la semana santa, y ésta directamente por la luna.

Ha sido entonces el legado religioso occidental que ha propendido por la desaparición de la dignidad, como de todos los males actuales de la humanidad. No se trata de esta gente, o de este pueblo andino en particular. Es una secuela dolorosa de una sociedad que logró acaparar al mundo con sus virtudes, pero también con sus defectos. Mientras que antes de la conquista, nuestras sociedades ofrecían fiestas al sol y a la luna, a la fertilidad, y a la naturaleza, los occidentales se revolcaban en el delirio y la desesperación que les provocaban los diez fatídicos mandamientos, las reglas de oro que han tratado de recortar nuestra autonomía hasta el punto de hacernos sacrificar cualquier cosa con tal de gozar al menos de un instante de completa libertad.

Entra entonces la pregunta sobre la libertad. Todos fuimos libres, desde los griegos a los aztecas, desde los mongoles hasta los nórdicos. La primera representación escrita del concepto “libertad” se cree que es la palabra cuneiforme sumeria Ama-gi. Se cree que es la primera instancia de los seres humanos utilizando la escritura para representar a la idea de “libertad”. Traducido literalmente, significa “volver a la madre” , No volver “al Padre” (divino, celestial e invisible). La frase volver a la madre, pienso yo, se refiere a la madre naturaleza, a la naturaleza humana. Y es propio de ella y únicamente de ella: la libertad y de la mano la dignidad.

Escuché decir a un viejo sabio, que la “dignidad” es el único valor que en la naturaleza únicamente se puede atribuir al hombre. Es decir, un perro puede ser tierno, un gato grosero, un delfín inteligente y etc – al menos así me lo enseñaron las fabulas- pero la dignidad es esa característica únicamente humana que se nos atribuye justamente al hecho de poseer un pensamiento y una personalidad propia. Es el sentimiento, que como indica su nombre en latin dignus, hace referencia a la cualidad humana de sentirnos valiosos, gracias al raciocinio y al ejercicio de la libertad.

Ahora bien, está más que claro que la dignidad no siempre ha tenido el significado que tiene. Desde siempre ha habido gente capaz de sacrificar su dignidad por comida, o techo, o… no sé qué más. Y el mundo moderno no es la excepción, por el contrario. Dicho esto, me cuestiono todavía, si es el carnaval una excusa para perder la dignidad sin necesidad de hacerlo.

El degenere comenzó a las 1o am más o menos, cuando un grupo de gente empezó a agruparse a lo largo de una de las calles de la ciudad – o del pueblo diría yo, aunque signifique un insulto para sus habitantes – a las 2 de la tarde comienza un “desfile”, desfile que a la gente poco interesaba, la cultura no era el valor principal del encuentro. La cultura de este lugar se reducía a una sola cosa: la espuma. La diversión era bañar a la gente desconocida, de cualquier edad con este químico tóxico, directamente en los ojos. Pero, estamos en Carnaval!!! decían, pero y dónde queda la tradicón, la música, el folclor?? Los grupos folclóricos indígenas que bailaban en el desfile, luchaban con la muchedumbre para hacerse paso, mientras tenían que soportar a cientos de personas agrediéndolos con espuma, tinta,  agua y demás sustancias líquidas.

Realmente es fuerte la dececpción que se vive de la raza humana cuando se le ve agredirse a si misma, cuando el valor intrínseco con el que nacemos se ve olvidado, o quizá nunca aprendido.  El carnaval parece representar el deseo de la gente de renunciar a su condición humana, porque aunque la locura es también una condición humana, es elogiada justamente por su carácter intelecutal… La pérdida de la dignidad no obedece a la locura, obedece a la ignorancia, pero sobre todo al rechazo de la propia razón, de la personalidad y del verdadero sentido de la libertad.