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Primero Francisco

Seis de la mañana y María no contesta el teléfono. Su madre la ha estado llamando desde las 8 de la noche del día anterior. Con esta ya son 267 llamadas las que ha realizado a lo largo de la noche. Mientras tanto, entre la desesperación de no ver llegar a su hija a casa, Laura ha reyado las paredes de su habitación e incluso ha intentado cortarse las venas, bien sabiendo que no lo haría de veras y bien sabiendo también donde se encontraba su hija esa noche. Sabía que estaba con Francisco, un hombre de 39 años, sólo 4 menor que ella, mientras que María tenía 22 recién cumplidos.

María era bella e inteligente, no se sabía si más bella que inteligente o viceversa, pues poseía en palabras de Francisco “esa belleza tan sublime que duele” y había poseído desde siempre una inteligencia muy superior a la de sus contemporáneos. Quizá era justamente esa inteligencia la que daba a su mirada esa profundidad shamánica que sólo las sabias mujeres mayores de los pueblos nativos llegan a cultivar a través de los años. A su corta edad era capaz de hablar perfectamente español, francés, e inglés, y entendía claramente el italiano y el portugues. Su ávida pasión por la lectura y el conocimiento, le habían conferido la habilidad no sólo de leer un gran volumen de libros, ensayos y revistas, sino de interiorizar cada historia y cada reflexión, a tal punto, que al evocarlos no sentía de estar recordando un pasaje de un libro, sino su propia vida. Esto era lo que provocaba a los hombres. Todo el que la conocía, por lo general en los lugares que ella frecuentaba: el teatro del barrio Las Casas y el del centro, el cine público distrital, los bares bohemios de la sexta, la biblioteca de la U Central y el pequeño cine independiente de La Pradera donde se la podía encontrar sin falta todos los días de lunes a viernes, y uno que otro sábado en función vespertina, caía completamente rendido y estupefacto ante su inminente integridad. Quien la quería encontrar sabía que la vería en todo concierto, exposición o evento cultural de la ciudad. A fin de cuentas, esta no es una ciudad muy grande.

Francisco era perfectamente conciente de la belleza y autenticidad de María, así como era conciente de su pasión hacia ella. Era honesto consigo mismo, y si bien sabía que era una joven encantadora, sabía también que aún le quedaba mucho trecho para convertirse en una mujer. Sabía que su atracción hacia ella no solo se generaba por su pensamiento y su vivacidad, sino por la frescura de sus labios, de sus pechos, de su sexo. Él, que era un hombre ya bien experimentado en el tema del amor, el sexo y las mujeres, que había recorrido del mundo y estudiado en las mejores universidades de Europa, perdía completamente la cabeza cuando se trataba de María. La conoció en una charla sobre Steiner, en la cual él era el moderador, y donde ella se levantó a afirmar, con un humilde modo a la vez imponente, que toda poesía era filosofía y luego alababa con lujo de detalles el libro por el cual había conocido el pensamiento del filósofo francés “La poesía del pensamiento”. Francisco quien le había dado la palabra minutos antes, al fijar sus ojos en la muchachita que hablaba con dulzura sobre milenios de filosofía occidental, sintió un calor tan denso dentro de su cuerpo que cuando trató de retomar la charla, su voz había quedado arrinconada en lo profundo de su diafragma. Le tomó un par de segundos normalizar su respiración y volver a dirigir la conversación sin demostrar al público la perturbación que la joven le había causado. Se tranquilizó un poco al notar que dos de los panelistas hacían comentarios sobre ella y que él no había sido el único en caer ante sus beldades.

Casualmente, la encontró al día siguiente en uno de los bares bohemios de la sexta. Se sorprendió al verla sola tomando un vino caliente y leyendo un libro de Steiner, uno de los que se había hablado el día anterior. Francisco, quien estaba acompañado de Simona, una treintañera italiana que visitaba el país, deseó con todas sus fuerzas que la milanesa desapareciera de su lado y así quedarse libre para cortejar a María el resto de la noche. Al ver a María de lejos, tomó a Simona de la mano y diciéndole “está muy lleno, vamos al de al lado que el barista es amigo mío” la sacó del lugar antes de que María lo viera e imaginara que estaba comprometido. Fue una reacción natural que afloró instantáneamente del galán que es. Mientras Simona hablaba en su confuso español, y él se fijaba en las manchas cafés de sus dientes a causa del tabaco y en la belleza marchita de la italiana, no dejaba de imaginar a María sola, en el bar de al lado, leyendo a Steiner. Pensaba en cuánto le habría gustado levantarse de la mesa, y volver a verla, primero en silencio, oculto, detrás de la ventana del bar escondido donde no pudiera verlo, y luego acercarse a ella con el pretexto obvio de la charla del día anterior para entonces hablar de filosofía y poesía y literatura, y verla diáfana, divina, hablando con sus labios carnosos y rojos, sobre la vida con esa ilusión que los jóvenes poseen cuando apenas van a salir a ver el mundo.

“Che cazzo pensi?” le dice Simona entre risas y él solo nota las arrugas de sus ojos, se fastidia con lo que ve y en un flashforward ve exactamente lo que pasará un par de horas después cuando la lleve a su apartamento y la desvista. No puede evitar hacer una vaga reflexión sobre la belleza efímera de la mujer, sobre la ligereza de las relaciones que entablaba y lo insulso que le resultaba el sexo con sus amantes casuales. “Ou! Ma sei proprio andato via!” le llama la atención Simona con cierta simpatía, Francisco se despierta sintiéndose algo culpable de los pensamientos que ha tenido y del rechazo  que ha sentido hacia ella y sus 32 años. Pero luego pensó en María y supo que a ella nunca le pasaría lo mismo. Mientras muchas otras a esa edad habrían perdido ya su belleza física y se habrían desgastado por los golpes de la vida, María no perdería nunca esa belleza acentuada por la sabiduría que ya le había sido conferida. María sería bella siempre, las canas y las arrugas no acabarían nunca con esa poderosa mirada tan exquisita y rara. El resto de la noche hizo su mejor esfuerzo para apartar la imagen de María de su cabeza, pero no tuvo éxito. Simona se dirigió al baño, Francisco pagó la cuenta y salió a fumarse un cigarro, aprovechó la ocasión para asomarse por la ventana del bar contiguo y ver si María seguía allí. Pesimista, pues ya había pasado más de dos horas, Francisco se acerca a la ventana tranquilo y desprevenido, quizá por ello el golpe de frío en el pecho que se llevó al verla fue tan fuerte como para dejarlo nuevamente sin aliento. “Sei qua! Vamos?” Dice Simona. “Si, si” responde Francisco y se va, sintiendo que comete un gran error.

Esa noche, después de prácticamente “echar” a Simona de su apartamento después de follarla, Francisco permaneció solo en la sala, pensando en María. Recordando cada uno de sus gestos y palabras, todos los que su memoria le permitiese. Esa noche decidió no volver a ver a ninguna de sus amantes y se propuso en cambio volver a ver a María y hablar al menos una vez con ella. Sentía que sólo así iba a romper el hechizo.

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Proyecciones

Vuelvo, fracturado y cansado, el entusiasmo antes vivo ahora anda pesado y sollozante. En el único día de la vida, nada parece pasar en vano, y aún así todo se olvida como si nunca hubiera sucedido. Cada momento se sobrepone al anterior con brutalidad tal que condena cualquier recuerdo al fatuo olvido. Un olvido que se asemeja más a una gran mole de concreto que a la libertad. No debería el olvido aligerar el paso? Y en cambio no, todo lo que se echa al olvido en cambio pesa, y es que todo se olvida, y ese todo aunque olvidado existe en alguna parte del espacio-tiempo. No hay remedio. La experiencia se impone. El corazón reina, y todo lo demás se recompone en alguna parte de nuestra historia; para el corazón no hay ayeres ni mañanas, sólo hoyes de enigmática complexión. Y camina. Dale, camina! Muevo la pierna y siento el peso de eso que no me permite correr, ni volar, ni nadar, ni moverme. Camina! Anda! –No puedo, pesa demasiado- Conciente de estar volviendo, sin saber de dónde, sin recordar cuándo me he ido, veo el camino como una larga cueva oscura, un siempre y/o un jamás que parecen ser un mismo castigo. Y aún así todo esto no me parece el caos, sino la normalidad, una tediosa normalidad. Vuelvo por un camino que ya conozco, nada me es ajeno, todo es tan cotidiano, tan jodidamente lo mismo, ese hombre que se me cruza por el camino, los tejados de estas casas, el graffiti de la esquina, la avenida que tomo cada día para bajar a casa, incluso hasta los pensamientos que tengo son los mismos de siempre: el trabajo, las cuentas, los sueños aplazados miles de veces, esa compañía  falta de pasión, las auto recriminaciones, los anhelos, los deberes, y todo eso que se opone entre mí y ese imaginario desenfocado de felicidad que existe en el fondo de mi desear, como una voz que de cierta manera me lleva hacia un algo y en lo cual de cierta manera confío.

No obstante, el destino, el azar o la fatalidad, o dios, o el voodoo, hacen coincidir las situaciones y los rostros menos esperados, en una fuga de lo plana que puede ser la realidad a veces. Camino a casa, el sonido eléctrico de un televisor que suena a alto volumen me llama la atención. Una voz femenina habla, hace preguntas y espera respuestas que no son contestadas sino dejadas en el silencio. La mujer alza el tono de la voz, pero sin rabias, más bien con la seguridad de estar expresando un pensamiento legítimo y digno de ser contestado. Busco la fuente del sonido y alcanzo a ver que al final de la rampa de un parqueadero subterráneo, dos sujetos están sentados frente a un agujero de donde se emite la luz y el sonido. No logro ver la pantalla. Sólo la luz proyectada hacia fuera. Camino hasta allí fascinado por esta voz fuerte y poderosa que reclama un no sé qué con un ímpetu tal que siento que fuese mi propia voz exigiendo al azar otro no sé qué definitivo. Al llegar, me doy cuenta de que los dos hombres de frente a la pantalla están dormidos o muertos, no me interesa tampoco investigar, están inconscientes  Me giro y allí me encuentro de frente a esta pantalla de dimensiones enormes, extremadamente blanca y luminosa. Trato de reconocer la figura o el rostro de la mujer, pero me es difícil, veo sólo un juego de sombras y luces que emergen del recuadro. Entonces la voz vuelve y con ella logro entrever la silueta de la persona que habla y que pareciera acercarse a mí personalmente, de no ser que es sólo un holograma que se filtra dentro de mi cabeza a través de mis ojos. No existe ni fuera ni dentro. Fuera no es más que luz, dentro no es más que electricidad. “No tienes ningún poder sobre el universo simbólico, si acaso sobre el universo real, y ni siquiera” La figura es de tamaño humano y pareciera estar frente a mí y hablarme mirándome a los ojos. Es una figura indiscutiblemente femenina, de belleza sublime, vestidos holgados y claros, cabellos sueltos y desordenados, rostro sereno. La belleza no me permite pronunciar palabra, estoy conmovido, la conozco de siempre y de nunca, su presencia no me inquieta, por el contrario me provoca una claridad tal, que súbitamente logro comprenderlo todo… Este es el artificio en su más elevada potencia.

Un pensamiento que se comunica a través de una pantalla, un cuerpo que en realidad es sólo un haz de luz, la anatomía se ha esfumado, queda sólo una apariencia incluso más verdadera que la forma de la cual ha sido proyectada. Una apariencia que al no poseer una fuente material verificable al instante, posee un poder aún más radical, no pertenece a nada ni a nadie y allí reside su poder. La apariencia juega sólo con mi mente, destruye toda noción de tiempo o espacio, me desubica y debo alcanzar la abstracción máxima para captar de ella el mensaje. Busco a la mujer de nuevo, apretando los ojos para tratar de ver algo, entonces sobre la pantalla su feminidad resalta vibrante y caliente, como una musa, como una bruja. Sus ojos expresan la perversión y la ferocidad, la dualidad sexual a la que está atado el humano. Sus ojos expresan la dualidad entre superficie y profundidad, característica exclusiva de la feminidad. Entonces estallo de deseo. Su secreto resulta a mis ojos la verdad del mundo, el santo grial de la perfección, el remedio para mi tediosa normalidad plana. Ella representa el caos en sí misma. El caos que me va buscando y que voy buscando. El caos que da origen al todo. El caos incierto y oscuro, como sus ojos, como su boca, como su vagina. Un mar de locura dónde perderme. La pulsión del universo, de mi universo, cuya fuerza de gravedad comienza a concentrarse en mi pene. En un arranque de deseo carnal me aviento contra ella dirigiendo mi mano masculina hacia su entrepierna, quiero poseerla, dejar mi marca sobre ella, mancillarla, he ahí el desafío que me enloquece. Pero no encontré ningún cuerpo, sólo una tela inerte, rígida. Ella permanece inmóvil, pero observándome seria y analíticamente. Su encanto supera la materia, y ahora lo comprendo. Vine hasta aquí seducido por una luz, por una voz, por una situación atípica que atraía mi curiosidad y mi interés, pero el haber querido calmar una pulsión que poco  puede hacer frente a la magia del pensamiento y del abstracto, me deja sólo vacío y estúpido.

La pantalla se apaga. Todo queda en silencio y en la oscuridad. Me siento frustrado. Suspiro profundo tratando de comprender lo que sucedió y el sentimiento que la reciente experiencia dejó en mí. Su imagen sigue grabada en mi mente clara y contundente, entonces recuerdo las únicas palabras que logré entender antes de arruinar el encuentro con mis afanes fálicos “No tienes ningún poder sobre el universo simbólico, si acaso sobre el universo real, y ni siquiera” La maldita ya  lo sabía desde antes, y agrega ese ni siquiera a lo último para dejarme clara mi impotencia. Hubiera podido demostrarle mi inteligencia y mi profundidad de no haber sido por el instinto que inequívocamente se me despierta ante la intriga. Demostrar mi inteligencia hubiera sido continuar con el juego de la seducción. Caí frío sobre el pavimento, sobre mí las estrellas, allí cerca los hombres dormidos que no se percatan de mi presencia. Cierro los ojos. Pienso en ella, en cuánto falsa era, y en cuánto cierta. Una imagen, un pensamiento que no cede ante el poder corporal, un poder  que vuela por una ruta mucho más alta de todas las que conocí hasta hoy, de todas las mujeres que conocí, viví y toqué hasta ahora. Y ella era sólo una proyección, una imagen astral, un alguien que hasta el momento de mi equivocación guardó complicidad conmigo, una invitación cordial y erótica a un laberinto de signos… Unos pasos se acercan, puedo sentir las suaves vibraciones en el suelo donde ahora yazco, poco a poco el sonido de los pasos se hace más fuerte y más concreto. Mi mente se alegra de tener un descanso y dejar a los sentidos encargados de la situación. Sé que es ella, no hace falta ni siquiera confirmarlo. Viene a burlarse de mí en mi cara, de mi debilidad. Y aún así no puedo evitar sentirme excitado y atraído sólo de saber su presencia cerca de mí. Los pasos se detienen junto a mis oídos, sin abrir los ojos sé que me está mirando. Lentamente los abro. Ya está amaneciendo. Veo un par de zapatos de tacón, unos pantalones largos negros y una chaqueta negra, no logro ver su rostro a contraluz, pero por su atuendo me doy cuenta de que es una mujer que va a trabajar, probablemente en una oficina, vista la hora y la vestimenta. La imagen se volvió carne y ya no me importa nada. Ella me mira durante unos instantes y luego se aleja apurada, mientras yo todavía trato de comprender qué pasa, dónde estoy, quién soy. Pero no importan los esfuerzos que haga para encontrar un significado, una explicación, una revelación, no hay ningún secreto, no hay nada que entender. Son sólo signos. Indicios. Señales. Tensión.

A Missed Message

Comienza el descenso, ya puedo sentirlo dentro de mi cuerpo, el ritmo cardíaco comienza a ralentizarse, los pensamientos poco a poco comienzan a desaparecer. La habitación se congela, no importa la temperatura real, las paredes se cubren con una fina capa de hielo, la cama, la cobija, el techo, las puntas de mis pies. Miro a mi alrededor, inmovilizado, busco una pista, algo dónde poner a descansar mi mente mientras mi cuerpo comienza el viaje. Un largo hibernar. Un golpe de frío directo en el corazón. Lucidez extrema, de pronto recuerdo todo contemporáneamente. Oscura la ciudad. Corría mirando siempre a mis espaldas. Las luces de los bares abiertos se refleja en el asfalto húmedo. La gente habla, ríe, se seduce, todos juntos en masa, perfumados, labios rojos, zapatos relucientes, chaquetas finas, medias de malla, belleza, alcohol, humo. Nadie me sigue, pero la sensación de ser vigilado constantemente me perturba. El rugido de la fiesta, del sexo y la banalidad es un estruendo lejano, dentro de mí sólo existe atención para lo que voy buscando, la clave para comprender todo este infortunio. Se me acerca una joven mujer con un trago en la mano, lleva los labios pintados de violeta, ríe, sus ojos están desorbitados por el alcohol, trata de organizar sus pensamientos e hilar alguna frase “todos te quieren a ti y tú a quién quieres?” me dice mientras su sonrisa comienza a desdibujarse de su rostro, súbitamente su expresión pasa del éxtasis a la tragedia, comienza el llanto “todo es tan oscuro dentro de mí que los demás se dan cuenta, buscan en mí sólo una cosa, mi cuerpo, mi oscuridad nadie la quiere, pero es esto lo que soy, entonces es a mí a quién no quieren, sino esto… esta cara, esta piel, esta boca que lame y gime, este coño, y yo? mis entrañas?” dice entre lágrimas, un grito adolorido sale desde el fondo de su garganta, me recrimina, me odia, deposita en mí todos sus pesares, todas sus penas, yo sigo inmóvil pensando en sus palabras y mirándola fijamente a los ojos. En un instante fugaz su mirada se recompone, se vuelve brillante y consciente, pero no expresa positivismo alguno, por el contrario veo un profundo odio, una llama iracunda. En este arranque de rabia y frustración la joven revienta el vaso contra el suelo, se quita los aretes, con las manos se borra el labial, la pintura de los ojos, el llanto no cesa, destruye el peinado que tanto le había costado hacerse, se deshace de todas las alhajas, anillos, cadenas, brazaletes. “Mírame, esta soy, sin adornos, sin plumas o flores o colores, ya no quiero cargar con el peso de mis ovarios, qué condena ha sido esta, ser mujer sin belleza, tu eres un hombre joven y bello, yo en cambio qué tengo? un  cuerpo que cada día es menos deseable, que no se me engañe, que poco es lo que les interesa lo que pueda expresar, pensar o sentir. Es como si la inteligencia pasara siempre a un segundo plano. La belleza es siempre lo primero. Es inútil el latido sexual predomina. Mi padre incluso de 70 años aún gira la cabeza detrás de un par de piernas” Se mira de las manos, se toca las caderas, busca algo en su cuerpo, observa detenida y profundamente sus senos. Algo la atemoriza.  La mujer que ante el paso del tiempo y la pérdida de su belleza física se siente como quien está frente a la guillotina, fatalidad, su útero sale de la oferta, no es más un codiciado tesoro, está condenada a su propio cuerpo y a cada trozo de carne en que la sociedad lo ha convertido. No dejo de mirarla, fría, seria, la conozco, entiendo sus palabras y su ira, la abrazo mientras ella llora, qué le ha hecho la sociedad a nuestras mujeres, qué les ha hecho el hombre, qué se han hecho ellas mismas… me pregunto con un poco de ansiedad. “Vete a casa, habla con tu madre” le digo, ella me devuelve la mirada y se aleja cabizbaja. Estoy solo nuevamente, entonces vuelvo a lo mío, cada vez me adentro más en el bosque, árboles con formas humanas, troncos podridos llenos de parásitos, todo aquí me huele a muerto, a putrefacción, allí está ese hombre de cabellos largos y tatuajes, o esa chica de culo apretado y escote pronunciado, o ese otro que parece marcar territorio como los perros, y yo existo para ellos? Qué aspecto tengo? Soy igual de mediocre, nada nos separa, no somos vidas que florecen, sino vidas que se consumen, y ninguno de ellos parece hacer nada al respecto. Entonces descubro el fin de mi búsqueda, un alma que brille entre toda esta multitud, una flor en medio del bosque muerto. Sigo caminando sin razonar sólo olfateando, cuando vuelvo a ser conciente me encuentro en un parque iluminado por una tenue luz pública, no hay nadie a la vista, pero sé que no estoy solo, de pronto simplemente en el centro de la tensión. Me detengo y respiro. Busco mis cigarrillos, no los encuentro. En el piso, perdido y brillante, un brazalete femenino, una delicada cadenilla de oro. Súbitamente el parque ya no es un lugar atemorizante.  Es este el momento justo en el que me doy cuenta de que estoy soñando, las superficies se vuelven transparentes, la gente, los árboles, la noche. Entreabro los ojos, busco la sábana para cubrirme y darme calor, tiemblo y sudo. En el delirio vuelvo a cerrar los ojos. Veo a la mujer fugitiva ya anciana pero aún bella. Algo quiso decirme, pero sus palabras se esfumaron en mi confusión.

Touch me now

0:45 Una música calma llena el ambiente, la experiencia del amor finalmente empieza a dar sus frutos, unos frutos rojos y sanos cargados de dulce sabor y fresco aroma. Me dejo llevar por una nube de sentimiento calentada por el tungsteno. Toda una vida que cobra sentido, el perdón al haber nacido, la confianza para todos los años venideros. En este lugar donde el sol sale y se oculta siempre a la misma hora, el tiempo parece no avanzar, me he quedado suspendido en un estado alegre del alma. Un abrazo infinito. Un suspiro que llena cada célula como cada espacio de duda. Cualquier otra cosa se desvanece y se hace frágil ante una potencia tan fuerte. La luz de la calle entra a través de la cortina, se refleja en el espejo, llega hasta mi rostro y me acaricia. La casa está bajo llave, nadie habita aquí más que yo, en este lugar selvático y pacífico al mismo tiempo, la puerta permanece cerrada y del otro lado cualquier cosa es posible, alguien que espera, alguien que lee, alguien que sueña en su propia soledad. La noche cae entre el sonido de una trompeta, se desliza suave e imperceptible, pero furiosa, cargada de sensaciones. Una gota de sudor se desliza por mi espalda. La filosofía se reduce a su mínima expresión, esa dónde ella misma no puede hacer nada: la calma profunda de la noche, el infinito mundo interior que no se ve apabullado ante el silencio y los perros que vigilan la calle sin pavimento. Nosotros que en algún momento corrompimos nuestra vida utópica con una demoníaca y pecaminosa sed de curiosidad, que decidimos concientemente retar el secreto; cuando hay secreto, la respuesta está asegurada y sólo hay que descubrirla, aunque a veces resulte fácil sentirse frustrado ante la ferocidad con la que está resguardado ese secreto. Las miles de veces en las que aniquilamos nuestras ilusiones simplemente desaparecen como si nunca hubiesen existido. Los niños se duermen con el sonido de las palmeras, mientras permanezco extendido en la cama. Un sonido me saca de la reflexión, la puerta de mi habitación rechina, siento el vértigo en mi estomago.

1:17 El invierno ya está aquí. El frío se lee a través de la ventana, dentro es cálido y no provoca salir de la estancia, no provoca alejarse del fuego. La noche se divorcia de la melancolía, la copa de vino para uno jamás fue tan agradable, los pequeños recuerdos amorosos llenan el espacio; nunca antes la belleza en todas sus expresiones, fue tan trascendental. Cualquier movimiento por más suave que sea, deja una estela al pasar, una estela que permanece en la eternidad, miles de fotogramas que sobreviven en el gran álbum de la historia y de la relatividad del tiempo. Estar aquí evoca todas las noches anteriores, pero el fuego de la chimenea hoy no guarda escenas de falsa compañía o ridícula soledad, hoy brilla con un rojo especial, casi como si hablara, como si comprendiera. Espero algo. Miro el reloj que parece andar más rápido que mi pensamiento. Imagino algo: algún paraje extraño a mi cotidianidad donde de todos modos he dejado una parte de mí y que vive allí solitaria como use único lucero que esta noche acompaña a la luna. Sí. Es la misma luna y es el mismo lucero. Una energía superior nos abraza, latimos al unísono con la misma trompeta. La fatalidad de la existencia se disuelve entre las palabras y me conforta. Hoy he sido absuelto una vez más de la nimiedad y a cambio de muy poco. Aquél árbol frente a casa ya perdió casi todas sus hojas. Dicen que mañana será un día frío y nublado. Dicen que el próximo año habremos superado la crisis. Dicen que existe algo que se llama sociedad, y existo yo lejos de ella. Dicen de mí que soy un loco que escribe largas cartas al amanecer. Y cada día llega uno nuevo, o quizá el mismo que se repite hasta el infinito. Aquí me quedaré sentado hasta que el rey sol me alumbre a través de la ventana, cuando me sorprenderá dormido en mi viejo sillón con algunas brasas aún calientes. Es la eterna soledad, entre la multitud, o en pleno orgasmo, nunca cambia, nunca se va. Permanece. Y eso que permanece somos nosotros. Quienes nunca se han sentido solos no serán nunca capaces de reconocerse. Suspiro. Río en mis adentros. Miro a mi alrededor. Una luz se enciende del otro lado de la puerta. El ritmo del corazón se acelera subitamente. Una silueta humana se acerca silenciosa en la penumbra.

“Te estaba esperando”

“Yo también”

“Sólo era cuestión de abrir la puerta”

Asmodeo

Basta un segundo para comprenderlo todo en los ojos de alguien más, basta poco, un gesto, una señal. Lo sé bien que es fácil equivocarse: creer que la hubo, aunque no, y viceversa, creer que no la hubo, para luego darse cuenta de que era necesario un poco más de tiempo. En todo caso, son excepcionales, esas veces que sucede de golpe, instantáneo, y luego, como por arte de magia el contacto se establece, busca su natural punto de equilibrio y logra finalmente perdurar en el tiempo. Míralo: hace años arribado de lejanas tierras empujado hasta esta orilla por aires vagabundos, según Plinio el Viejo, había nacido con una sonrisa en los labios, lo que auguraba su sabiduría. Cómo no notarlo. Primero la confusión, luego la rendición, pero obviamente él también se ha rendido, un pequeño pacto secreto nace de un momento de rendición total, un equilibrio fino y delgado que camina sobre el filo de una navaja. Seducción, deseo carnal, amor por lo profano. Todo puede saberse desde el principio, todo puede decidirse desde el principio, siendo concientes de que  decisiones de este tipo comportan una gran apuesta que no siempre estamos dispuestos a aceptar, quizá por cuestiones de pura conveniencia, y sin embargo, cuya tensión es una corriente de energía poderosa que atrae y recarga. Potencia. Despierta. Sacude. Renueva. Así pues nos hemos encontrado en algún punto del camino, siendo quienes somos ahora, tan diversos y tan distantes. Él se beneficia tanto de mí como de él, aunque cada vez se invade un poco más el espacio del otro, y no obstante, si es un juego de estrategia bien pensado, puede resultar entretenido y gratificante. Noches de música en antiguos lugares olvidados  por la civilización enmarcaron nuestros casuales encuentros. Rocío, castillos, luces tenues, sonrisas, vinos, palabras cordiales, primeros planos sobre los ojos, ciao, sonrisa, mirada, de nuevo sonrisa, suspiro, arrivederci, mirada, mirada, mirada, suspiro, media vuelta y camino. Fugitivos contactos físicos, dedos inquietos que buscan un poco más de piel. Jugar a ser poetas malditos, románticos fuera de tiempo, galanes de filmes en blanco y negro. Una espiral de arte movida por un instinto primario de eterna seducción; difícil calcular hasta dónde se está dispuesto a llegar cuando dentro del estomago la pasión y la curiosidad por lo desconocido suena como una campana que llama a misa, a una ceremonia donde se es al mismo tiempo, carnífice y víctima, una ceremonia cuya experiencia nos ha demostrado una y otra vez la estupidez del humano, quien no satisfecho con el encuentro y sus bondades siente sed de poder, placer macabro y ávido, y todo placer quiere eternidad. Hasta dónde más estás dispuesto a caer? Cuánto más peso puede resistir nuestra delicada tela de araña tejida con frágiles inquietudes, deseos, fantasías, dudas y perversiones?  La carne reclama su parte, el batido del corazón que con cada golpe envía calor a las zonas erógenas del cuerpo, el ritmo cardíaco que se escucha dentro de los propios oídos como un cronómetro diabólico, que asusta, que persigue, que desea, que excita. La oscuridad de la noche que envuelve los sentidos con un manto de complicidad, haz lo que quieras, la luz no te observa. El rugido del bosque que ahoga cualquier gemido o grito de socorro. Salgo de mi fantasía y abro los ojos: me despierto cercada por las frustraciones de los demás, sus miedos, sus represiones, su falta de libertad, su aburrimiento, sus odios, sus tragedias, necesidad enferma de coaptar la libertad del otro, porque el otro es imperfecto como uno mismo y es justamente esa imperfección del otro lo que nos reconforta, y hasta no encontrar esa imperfección el juego de la seducción se mantiene vivo. Eres tu la perfección que también estás hecho de carne y ego? No, somos todos hijos del hombre. Te escondes detrás de tu aire solemne, no respondes a todas las preguntas sobre tu vida, pues bien sabes que tú también eres débil, llevas el placer hasta su nivel extremo (al menos esos placeres que puedes dominar), los otros los miras solo de reojo, atento a no perder el control de tu respiración, pero basta solamente un nuevo encuentro, uno más próximo, una palabra susurrada al oído, una mirada fuerte y determinada.

Aquí no se ha escrito nada

Nunca pienso en los lugares donde estaré, sino en las fotos que tomaré.

Siempre me olvido de comprar un cuaderno de notas.

Es en los márgenes donde habita la furia caliente.

Cuando mi mirada se pierde en algún momento, es que estoy mirándome como quien mira una escena de una película.

Esta ciudad es tan alta, que las nubes vuelan entre sus edificios.

Mi rostro es bastante asimétrico, como mi personalidad.

La mujer blanco-burguesa estigmatizó a las hembras del planeta. Así somos menos peligrosas para el sistema.

“La paz no es el fín, la paz es el camino” dice el dicho, pero la paz sí es el fín y la psicodelia el camino!

“¿El progreso significa la muerte, don Hernández?”, pregunto yo. Y él, cuando el último tren arranca, dice: “No. No significa nada”.   -Tierras de Frontera

Recientemente encontré una página web llamada “El cyberpastor”.

El futuro es, al menos para mí, bastante claro… nada, por más trágico, bonito, loco que sea, podría sorprenderme.  (Pensarlo me eriza la piel)

“El amor es como una paloma, llega, te caga y se va” – Del Facebook de alguien.

Creo en la construcción del saber a partir del deseo y el instinto… así sea improbable.

Esperanza? América Latina. Sin duda.

Ser mujer es un asunto tan complicado y oscuro que a veces me asusta.

El bar donde trabajo se llama Dirty Sanchez.

A la hora del sexo normalmente él se desviste, yo en cambio, me desnudo.

Para el calor: Agüita ‘e coco bien helada.

Generalmente me siento vieja, como una mujer de 80 años. Física, emocional y animalmente.

Hace poco conocí a un filósofo, uno de verdad. La filosofía tiene una larga barba blanca.

Mi piel aguanta cualquier clima.

La frase: “Si me hablás de Dios, me hablás de Maradona o de Cerati”                                                   -Walter (Argentina).

Las certezas las tengo, sólo me falta un incierto en el cual creer.

Ella usó mi cabeza como un revólver

Odio a los músicos

La música sin duda es el misterio más grande de la humanidad. Es un cálculo matemático, es ciencia. Pero al mismo tiempo, y en contraposición, es alma, es sentimiento, es “espíritu”.  Neurólogos de todo el mundo han tratado de comprender los complejos procesos neuro-anímicos que se producen en el cerebro cuando se hace música, sin éxito alguno.  Nunca he creído en la vida después de la muerte, ni en el “alma”, pero cuando escucho ciertos temas todo mi paradigma científico se ve reducido de tal modo que en lo único que creo es en la existencia de un Dios. Y en un Dios que come LSD con Hendrix, Janis, y se transforma en humano cuando canta Hocus Pocus haciéndose pasar por el cantante de Focus (Pensaste que no nos daríamos cuenta, ah Viejo?). Pasa sus noches tomando buen vino oyendo a Chopin, a Bach y Liszt, se fuma los porros en alguna playa de brasil con Lennon y Bob oyendo a Tom Zé,  baila cuando escucha la guitarra de Oliver Mtukuvsky o la voz de Lavoe; come hongos en los campos de Islandia con la loca de Bjork y los amigos de Sigur Ros; y es fan enloquecido de Gardel y de Piazzola.   Si “dios” no existe, amigos míos, díganme cómo es posible semejante milagro.

Bien sea un Dios o un demonio, la música nos saca de cualquier dimensión “real” para elevarnos a un estado mucho más puro y trascendente. Y benditos sean los músicos del mundo! – no hace falta aclarar que hablo de los músicos de verdad-Ellos son los únicos dioses verdaderos, por quienes hacemos rituales, a quienes veneramos y amamos, porque  nos alimentan el alma, son la esperanza de este mundo putrefacto y nos recuerdan que somos mucho más que carne y hueso. Pero los odio. Perdónenme pero los odio.

Sexo, Religión y Poder


Era una fría noche en la capital,  el encuentro se daría en un viejo bar ubicado en un barrio antiguo de la ciudad, alejado de los sitios IN o de los vallenatos. La noche pintaba interesante con un grupo de nombre raro y música aún más rara, inspirada en algunos sonidos viejos del caribe, con ritmos robotizados del norte. Al grupo le seguía una banda de esos lugares del país que sólo conocen los que viven allí, y que casi nunca son reconocidos por su música. Pues la banda de Chicamocha nos sorprendió con su irreverencia, y los músicos con su genialidad. Estoy segura que todos los asistentes a la velada salimos muy contentos con ambas presentaciones. Terminado el concierto, me topé de frente con el cantante de la banda estelar de la noche, quien durante una hora me tuvo atónita con su destreza para disparar palabras y darle un orgasmo a la guitarra. Xeh: “Qué más?” Dios: “Quemas” .

Aquella otra noche conocí a este compositor-bajista quien tiempo después se convertiría en el protagonista principal de mis sueños eróticos. Un tipo corriente, con un aire de pesimista profesional a cuestas, caminado desencantado y actitud antipática. Nada especial. Un tipo más del común. A la fuerza pasamos mucho tiempo juntos, por compromisos laborales que nos obligaban, nos llegamos a conocer y a hacernos amigos. Hasta el día que me invitó a una presentación suya con la banda en la que toca el bajo. Ese día descubrí el poder que tiene el bajo sobre la vagina, corríjanme mujeres si me equivoco, cada tonada es una pequeña vibración que se produce allí, nos moja las pantaletas y convierte la velada en toda una experiencia sexual. Cómo era posible que aquél antipático solitario de repente se había convertido en la reencarnación de Eros. Sería su experticia para tocar el bajo? O de pronto su actitud de dueño y señor, de poseedor?  Serían las pequeñas sonrisas que soltaba cada vez que se daba cuenta que era Dios?

De vuelta en mi amada ciudad asistí a una verbena de mi generación, los artistas invitados no podían ser mejores y “la chusma enardecida” es la frase que mejor se acomoda para describir el desenfreno del público. A diferencia del pequeño sitio en la capital, este era un sitio amplio, al aire libre, con palmeras bailando alrededor, y una tarima gigante y psicodélica. Cuatro de las cinco bandas invitadas eran caribeñas, la única -la segunda en presentarse- “extranjera” era esa misma que había visto ya en la capital. Y allí estaban ellos en su tarima. Y allí estábamos nosotros en el cemento, apretujándonos los unos con los otros, gritando y bailando sus canciones. En el medio de la euforia me detuve a observarlos y los odié por lo que ví.

El baterista que sudaba como buen cachaco en tierra caliente, desde su altar de platillos y bombos, se desvivía pegándole a esa batería como queriéndonos sacar el alma del cuerpo con cada golpe, nos observaba perder la cabeza y movernos como locos y se burlaba malvadamente de nosotros, supongo que de nuestra debilidad para contener la excitación. El bajista quien se movía suavemente deslizaba sus dedos en su instrumento con cierto morbo al cual las mujeres, como ya expliqué, no podíamos escapar. Miraba a su público con esta mirada tranquila y esa sonrisa maliciosa; nos tenía en su poder, manejaba la masa con tal sencillez que se sentía dios y nosotros sus discípulos. Y él, el cantante y líder de la banda, ese mismo del “quemas” de aquella noche en la capital, nos quitaba de encima cualquier educación católica con su lírica rápida y vulgar, mientras guiaba a su grupo hacia la batalla de sonido con la actitud de un Hitler con hambre de muerte, siempre con la mirada fría, impávida, imponente e impenetrable, pero determinada a dejar claro quién es quién. Las mujeres se calentaban entre ellas en una especie de orgía lésbica y poética, como bien significa la palabra “música”: el arte de las musas.

“Oro por el porro, lloro por el poporo, corro delante del toro.. sangre no quiero ver” La nube de marihuana no tardó en esparcirse en el ambiente. Algunos dejaban soltar el humo a los pies de los músicos en una especie de ritual religioso, y es que lo que se vivía era, efectivamente, un ritual, ritual de masas, de euforia colectiva. Del cual los músicos son dueños y nosotros esclavos, ellos sacerdotes y nosotros fieles. Ellos son los únicos con la capacidad de oficiar el rito, de manejar nuestras almas, de transportarnos por un amplio espectro de estados anímicos, pensamientos, sensaciones, vivencias y viajes psicodélicos. Nosotros no podemos resistirnos, somos sus súbditos, súbditos de la música. Siendo la música un secreto divino sólo posible gracias a la existencia de un dios, nosotros somos súbditos de ese dios. Siendo los músicos los únicos con la capacidad de bajar la música del cielo y hacerla pagana, cada uno ellos es dios. Y dios tiene el poder. Un poder fálico y húmedo.