Archivo de la categoría: Absurdos mentales

El perfume del día 30

Este texto no presenta una historia, es más bien una recopilación de sensaciones recogidas a través de una ventana en un arco temporal de exactamente treinta días. Una ventana en un cuarto piso. En el día treinta ya se empiezan a percibir los días de sol y calor que se acercan. Lo primero que irrumpe de manera decidida es el aroma único que se mueve libre entre las calles del laberinto desierto. Trae delicadas notas de ajo y tomates preparados en una salsa por unas manos tiernas y arrugadas llenas de pecas antiguas. Trae sal y risas del mar, saltos desde las rocas, y corrientes frescas marinas que se envuelven en los pies de vez en cuando. Ráfagas de frescura de pino de montaña y nieve derretida alcanzan el rostro, trayendo consigo el olor de los pasos sobre las hojas y las ramas secas, y el olor de los paisajes de los picos aledaños. Se sienten también suaves perfumes de mujer y de hombre de marcas renombradas que caminan hacia el teatro o hacia el cine recubiertos por las noches de las primaveras de todos los siglos. Hasta el cuarto piso sube sin preaviso el particular olor de los muros de la ciudad, es imposible no reconocer su aroma pues nada se compara con el olor de las piedras medievales que han salvaguardado cientos de nacimientos, y homenajeado otras cientos de muertes. El olor de los muros de esta ciudad tiene tanto de una seguridad fría como de una tibia hospitalidad. Se asoma también el típico olor de los cuentos de todo un territorio comunitario aparentemente dividido pero fundamentalmente amalgamado. ¿A qué huelen los cuentos? se podrá preguntar el lector sin resultarle al mismo tiempo un olor desconocido. Vienen cargados de madera y tinta, pero también de sudor y exhalación pulmonar. Cuando se abre la ventana también se siente el olor a vida, proviene del cielo el típico perfume del sol haciendo fotosíntesis sobre la piel de los seres vivientes, el perfume del oxígeno viajando por el sistema circulatorio del cuerpo, y el vívido e intenso perfume carmesí del corazón palpitando más fuerte que en ninguna otra primavera pasada por la tierra. A una cierta hora de la mañana, a una hora precisa, justo antes del medio día, aparece una fragancia única e irrepetible, personificada por la única persona que desde la calle mira hacia arriba para saludar a quien abre la ventana por la mañana. La fragancia es una extraña mezcla de pan en el horno y de perrito de casa, con calientitas notas de café. Esporádicamente irrumpen tonos de olores lejanos e inusuales, el cartero huele a cánapa, y la vecina del piso superior a relojes lujosos. La semana santa también hace su procesión olfativa, trayendo olor a inciensos y a telas guardadas en un armario con lavanda. Cuando llega el medio día y suenan las campanas de la catedral, se siente el olor a mejillas coloradas por el sol, y el olor a amor, ese perfume a veces tan esquivo a veces tan imprudente, que llega oliendo a carne cruda empapada en jugo de frambuesas. Luego está el olor de quien abre la ventana desde el cuarto piso, imperceptible para sí mismo, pero que viaja y llega también a quien lee estas líneas.

Mi guardi bene gli occhi

Cercare nella storia l’elemento che non si vede. Assumere il presente come si assume il partito che ha vinto l’elezioni. Raccogliere le rovine del futuro. Osservare la vita come un perimetro che limita le possibilità. Da qualche metro in lá ci sono le impossibilità. Verso est quello per cui non si ha più tempo, verso ovest quello per cui non si hanno più le forze, verso sud quello che hanno fatto gli altri, quello che non è più originale, verso nord quello per cui non si ha più voglia, quello che ormai sembra senza senso.
Hai il tuo passaporto in mano: non riconosci la lingua in cui è scritto, nè la tua naturalità. Le date sono geroglifici futuristi. L’unica cosa che capisci è il soggetto della foto. Sei tu. Consegni il passaporto al Gendarme della frontiera.
Gendarme (senza staccare lo sguardo dal passaporto): Occhi marroni
Dentro di te, irritato: Non sono marroni. Sono verde oliva oscuro.
Vai alla pagina numero 33 e vedi che è vuota, qualche pagina fa non ci sono più timbri, più segni, più date, più entrate, più uscite. O+ il tuo sangue, quello più comune.
Nello sguardo del gendarme trovi l’indifferenza. Cerchi disperato nelle pagine del tuo passaporto un filo logico, una narrazione, qualche cronologia. Un personaggio c’è, e un tempo, una data di rilascio e una scadenza.
Gendarme: Che ha fatto il 18 aprile del 2011?
– Non ricordo
Gendarme: Con chi si trovava?
– Non ricordo
Gendarme: Dove si trovava all’ora del tramonto?
– Non ricordo
Gendarme: Riproviamoci. Il 25 novembre del 2014 lei doveva essere in Argentina, giusto?
– Si.
Gendarme: Con chi si trovava?
– Forse con la mia ex.
Gendarme (sospira impaziente): Forse…   Cosa ha fatto fra le 9 e le 12 ore?
– Non ricordo
Gendarme: Cosa ha fatto al pomeriggio?
– Non ricordo. Mi permetta controllo sul telefono, forse trovo qualche foto.
Gendarme: Non è possibile. Il suo telefono è stato confiscato. Lei dovrebbe ricordare. Dico, sono i giorni più importanti della sua vita.
– Ma non sono i giorni più importanti della mia vita!
Gendarme: Lei pensa questo, ma nei nostri quaderni, Lei, nel corso dei suoi 11.680 giorni di vita, ha un accumulato di 23 giorni P.I.V, cioè, logicamente: Più Importanti della Vita.
– 23?
Gendarme: 23.
– Ma che è successo in quei giorni?
Gendarme: Lei dovrebbe sapere. Non è compito nostro rivelare questa informazione.
– Ma si sta parlando della mia vita!
Gendarme: Appunto. Pare che non gli interessi molto.
– Faccia dirlo a me! Se m’interessa o no la mia vita!
Il gendarme riconsegna in mano il passaporto chiuso, con la faccia che indica che sei nei guai.
– Mi guardi bene gli occhi! Non sono marroni! Sono color oliva!

Ti annoierai di me

Ti imbarcherai in un viaggio da solo
Sequestrerai il tuo coraggio e
Travaglierai per non pentirti
Vivrai ogni giorno fra gli stenti
– sotto un brillante sole che non scalda –
Percorrerai, senza sapere, un labirinto in cerchi
Dissotterrerai con le unghie attimi di bisognoso piacere
Naufragherai nel mare della retorica
Annegherai i tuoi desideri in un fuoco contenuto
Scoprirai d’essere la preda di te, Magnifico cacciatore,
Vedrai smarrire la persona che pensavi d’essere
Ti stancherai di vedere il tutto così vicino ma così lontano
Sprofonderai le caverne per trovare solo il vuoto
Contemplerai un vile desiderio di grandezza
Brucerai in una fredda stanza fatta di parole
Piangerai in silenzio una felicità amara
Comprenderai con l’intelletto ma non con il cuore
– che continua a premere la gola –
Confonderai la tua forza con la tua miseria
Diventerai prigioniero dei tuoi sogni più belli
Morirai prima di sfiorare la vittoria
Sei convinto di uscirne vincitore
ma verrai sconfitto
dalla tua propria speranza.

La Frontera

Una línea me lleva lejos, hacia los confines de la geografía. Allí donde los terremotos han destruido las casas, y los pueblos, y la memoria. Una línea me lleva lejos de ese pedazo de suelo al que llamo casa, el espacio donde hago la vida. Fuera de casa, todo es extraño y externo, bello pero lejano. No me pertenece. La línea me lleva hasta donde ya no hay nada más, donde el sol amanece rojo e hinchado. Las horas deambulan por las carreteras con pasos pesados y calientes, con cada paso, con cada hora, se escucha el retumbar de la tierra que envía una inequívoca corriente que hace palpitar el fucsia de las trinitarias. Todo vibra, todo resuena, fuera y dentro, al unísono. Una línea me lleva al encuentro con lo extraño, con aquello que puedo sentir pero no poseer. Cargo mi maleta llena de culpas, dudas, temores, tristezas, saberes, los pocos, vergüenzas, las tantas. Me pregunto si debo cargarlo todo antes de salir de casa. Sí, tienes que llevarlo todo. El conteo de los kilómetros aumenta y me pregunto cuál será la meta, el destino final de esta línea. El mundo es amplio y cada camino se alarga hacia profundidades paralelas y contemporáneas. Me presento al viaje con mi pesada maleta, no me he olvidado nada en casa. Quisiera pensar que al final del viaje arrojaré la maleta por el abismo que seña el final del recorrido y finalmente caminaré ligera en la vía de regreso. Quisiera, pensar, eso. Mi maleta de cuero moreno de vaca flaca, cosida por mi padre con hilos de cáñamo cuando yo aún debía nacer. La arrastro por la línea, dejando una huella lánguida pero concisa en la arena. A medida que pasan las horas y los kilómetros y el sol espera allá al final del mar, del otro lado del mundo, me voy olvidando de lo lejos que está casa. Porqué está allí mi casa, y no en cualquier otro lugar. Por qué es la mía y no la tuya? Es la mía? Y la casa de mis bisabuelos en Baranoa, es mi casa? O la casa donde nació mi madre en la 20, un 29 de noviembre? O la casa donde aprendí a bailar? O aquella donde me sentaba a jugar con mi gata en los escombros de la catástrofe humana? o aquella donde lloré tantas veces, tantas noches, de aquél modo desconsolado e irremediable? Será aquella casa donde observaba las luces de la calle entrar por las persianas? O esa donde vivían esos extraños australes que intentaban asfixiarme cuando me iba a dormir? O aquella en la esquina del puerto donde peleaban los perros en la madrugada? O esa donde una noche sin tiempo lloré con mi hermano? Dónde está mi casa? Las circunstancias me obligan a seguir la línea hasta donde sea que me esté llevando, y esta vez, por primera vez, no guardo expectativas o sueños o deseos, o algo que cumplir a lo largo del viaje. Voy. Voy a mi encuentro. Me siento en el borde del pueblo a observar el final del día y el inicio de la noche, observo la memoria con mis propios ojos, y el viento lava mis pensamientos amañados, olorosos a mango picho, como los dichos de un loro viejo. Me vine al final del mundo sin pedir permiso a nadie, por fin. Aún así, esa voz de escuela polvorienta, de regla en mano, aparece siempre, con caras, con fechas, con deberes, con recuerdos, con regaños, con arrepentimientos, con sed de venganza, con burlas, con dedos que señalan. También acá, lejos de casa, en lo ajeno de este sitio, donde nadie me conoce. Padre, por favor, quisiera… Hermano, me gustaría… Madre, tengo ganas…, Profesor, será posible… Compañero, déjame ser libre… Necesito seguir esa línea que no sé dónde va, me dicen que hay un sol rojo e hinchado que sale por las mañanas, que ilumina las naranjas de rosado. Necesito ir compañera, me llaman, me llamo, yo, no sé dónde, ni cómo, ni cuándo, ahora, quizás ahora ya estoy en camino. Ves? Esa flor se acaba de encender en un palpitar, son las horas que pasan pesadas una a una detrás de la otra. En la terraza cae la noche impávida, clara, de una transparencia innegable, especular, perfecta, nítida, detallada, límpida. Mírate ahí en el cielo, y en las fachadas de las casas, y en las caras de la gente, y en las baldosas, y en las hijas, y en la copa de vino verde. Mírate. El mundo se hace pequeño y me encierra, se me viene encima todo el peso del cielo el cual rápidamente trato de sostener con mis dos manos, pero pesa tanto que me dobla la espalda en forma de s, y me achico, y el mundo conmigo, abro la boca y se mete en mi cuerpo. Un pintor está sentado en una pradera de pasto seco, amarillo, donde las vacas se acuestan a descansar y a ser vacas, mientras los ibis se ciernen sobre ellas a ser pareja. El pintor se cubre del sol bajo una pequeña sombrilla con su lienzo adelante y su paleta de colores, amarillos, blancos, azules, negros y marrones. Está capturando el paisaje con pinceladas delgadas y delicadas pero visibles, o más aún, audibles, cada una con su voz. Para mí, él es parte del paisaje, como las vacas, y los ibis, y el pasto seco, y el cielo que se está cayendo sobre su cabeza sin que él tan siquiera se de cuenta. Señor Pintor, que usted está también en el paisaje! Y el cielo se le está cayendo encima! Ya cuando sin remedio el sol se ha marchado, se abre la calle, se parte en dos, y por allí ahora soy yo la que me deslizo, entre las rendijas de los adoquines. La gravedad me sienta en la mesa de un bar invisible, donde sólo existe esa mesa, y sobre ella, una caña helada que nunca se termina ni se calienta. La luz sólo ilumina esa mesa, y alrededor todo es oscuridad profunda. Una mujer aparece de la oscuridad. Las arrugas de su cara hacen contraste con la luz cenital que viene del farol imaginario, su rostro entra en escena poco a poco, hasta descubrir todas sus facciones y sus ojos blancos y llenos. Me contó todo. Me llevó atrás en el tiempo. Mientras me hablaba tomaba con sus manos el talismán que pende de mi cuello, repetidas veces, como dejando algo allí guardado, como haciendo una oración. Vió mi maleta y admiró las costuras hechas por mi padre. Me llevó adelante en el tiempo. Muy adelante, fuera de él. Más allá de la línea, donde la línea no llega. Me levanté de la mesa y me alejé, ella allí quedó inmóvil bajo la luz cenital del farol imaginario, sola, de espaldas, con sus cabellos totalmente blancos y su vestido de flores. Ella también había seguido la línea y se había lanzado al abismo. Nunca más volveré a verla. Continuo mi camino por los senderos tapizados por las flores de roble morado que se caen con un suspiro y empiezo a creer que la línea no me lleva hacia lo incierto. La maleta deja su línea, como la huella de un caracol. En ella guardo todo lo que me sirve, para estudiar el mundo, pero sobre todo para escribirlo.La línea atraviesa el mundo, y con ella yo. Alzo la mirada y veo la línea serpenteando alrededor de mis piés. Vengo siguiendo esa huella, y ahora todo es claro: es mi propia huella, fuera del tiempo.

El mordisco del mico

De mis viajes por la selva siempre extraje una única sensación, la de no pertenecerme. Bajando un día hacia la chacra, después de un par de horas de camino, la línea que dibujaba el sendero desapareció. No sé si la perdí por andar sumergida entre mis pensamientos, o si realmente se había borrado de la tierra. Al alzar la mirada, me di cuenta que el follaje era tan espeso que a duras penas se podía ver algo a más de tres metros de distancia. Hacia todos los ángulos un muro verde encerraba la visión y el estar. Más que sentirme atrapada me sentí sumergida en algo mucho más grande que yo, que todos, que tu ego. Arriba el cielo se veía muy lejano, los árboles más altos entrelazaban sus ramas creando un único cielo verde. Abajo, la tierra negra y húmeda permanecía cubierta de una capa de musgo, hongos, hojas caídas, ramas, flores. Al cerrar los ojos, la orquesta más grande del planeta tocaba su sinfonía primordial, y separar los sonidos y comprenderlos era una tarea del todo imperfecta, imposible; por una parte porque para un oído virgen la mayor parte de las fuentes sonoras eran desconocidas, no era posible saber qué ser generaba qué sonido y con qué intención. Mientras algunos sonidos eran uniformes, repetitivos y tranquilos, otros saltaban de la nada, agresivos, dolorosos, intimidantes.  Otros sonidos eran complejas conversaciones, un diálogo animal exactamente igual al humano, cuentos de la vida cotidiana, necesidad de solidaridad, de unidad. Ese día no llevaba zapatos puestos, se me habían roto en el camino y los abandoné en algún punto, o más bien ellos me habían abandonado a mí. Con todas las especies venenosas que podían habitar el suelo selvático, no di ni un sólo paso con temor, me había olvidado por completo que iba descalza por una parte, y por otra parte ese día me había olvidado también de mi mala suerte. Es difícil sentir en la selva que se está solo. Yo estaba sola, sí. No había humanos a mi alrededor, o por lo menos no los percibía. Sin embargo, una firme pero silenciosa certeza estaba presente. Firmes y silenciosas presencias. No lo podía ver, pero sabía que el jaguar estaba allí. No los podía alcanzar pero sabía que los monos saltaban de un árbol a otro sobre mi cabeza. No los diferenciaba de entre las hojas, pero allí estaban todos los pájaros de la selva observándome. Vas a pensar en tu nombre ahora? Ni siquiera el pensamiento de llamarme a mí misma con el nombre que creía fuera mi nombre, me pasaba por la mente. Yo no era ese nombre. No lo soy. No sabría tan siquiera cuál es, pero sé que todos ellos sí lo saben. Sé que me están llamando todos en sus lenguajes por un mismo nombre del que no conozco los símbolos. Sé que a sus ojos soy algo concreto y definido pero que al mismo tiempo se amalgama con el verde de la vegetación. Soy algo más pequeño que las hormigas rojas que cargan sus hojas por sus largas carreteras. No soy nada en comparación a los colores de las plumas de aquél pájaro. Mis manos no son ágiles como las de los micos que seleccionan sus frutas. No me siento a la altura de este ecosistema, no siento pertenecer, y al mismo tiempo siento que mi función ha estado fijada, sólo que no sé cuál es y mientras más me pregunto más me alejo de ella. Mi corazón late único y a destiempo de la sinfonía, y tanto ellos como yo lo sentimos. Inicio a caminar sin rumbo pero sin miedo, al final a alguna parte llegaré. La selva me está protegiendo, nada me hace daño, nada me atemoriza, me siento resguardada. Un rayo de luz se abre paso entre la vegetación, una ráfaga de viento bien definida llega hasta mi cuerpo sudado y lo refresca. Continúo mi camino hacia la abertura. Al llegar me encuentro en una plaza natural, un espacio circular abierto entre la enormidad y el espesor de la selva. Algunos árboles acostados se han convertido en los guardianes de ese espacio. Me senté sobre uno de ellos, dejé que el sol limpiara mi mente y la brisa mi cuerpo. Terminé tendiéndome sobre el tronco. Un sueño de cuya duración no podría dar cuenta se cernió sobre mí. En el sueño, un mico de pequeñas dimensiones pero de ojos bien abiertos se acerca a mi cara. La profundidad de sus pupilas conecta con esa parte de mí que deja de ser mía y es algo más, un no-yo primitivo y arcaico. Me levanto y lo sigo con la mirada mientras el animal me examina meticulosamente. Toca mis dedos de los pies y toca los suyos como si los contase. Toca mis uñas y las suyas. Siente la textura de la piel de mis pantorrillas. Sube a mis rodillas y con sus pequeñas uñas hace fricción sobre la piel firme de la articulación. Halla una cicatriz en mi rodilla derecha, mientras la observa recuerdo perfectamente el día que me caí patinando en una calle del pueblo, recuerdo que sangré mucho y que mi padre me curó al instante. Sólo recordando sentí que de algún modo había comunicado al mico cómo me había hecho esa cicatriz, porque cuando terminé de recordar me miró y se fijó en mi mano izquierda. La olió. La lamió y la mordió suavemente. La tomó con sus dos pequeñas manos y me dejó también explorar las suyas, sentir las líneas duras y profundas de sus palmas, las dimensiones de sus pequeñas uñas, la largueza y fineza de sus pequeños dedos. A este punto éramos ya amigos, parientes. El mico subió hasta mi cabeza y empezó a hurgar entre mi cabello, sentía su ligero peso sobre mis hombros y podía leer sus pequeños movimientos, así como podía escuchar los latidos de su corazón y su respiración. Comencé a pensar en todo esto, pensaba en lo maravilloso y fascinante de la criatura, de la creación, en lo afortunada que me sentía de estar allí, en lo que habría contado a mis amigos cuando volviera a la ciudad, comencé a pensar en lo poco que me separa de él, cómo en sus pupilas había visto la misma expresión de mi abuelo con alzheimer. Pensé en esto y mucho más, pensé en las clases de biología de la escuela, en la profesora Carmen y su eterna contradicción entre su credo católico popular mal infundado y sus estudios en biología y ecología. Pensé en el catolicismo y en las religiones, en lo alejadas que están de mí pero en lo bien que las comprendo. Pensando en el catolicismo pensé en mi abuela y en su afán por creer que el paraíso existe, ese donde la están esperando sus seres queridos, pensé en su dolor, en su inmenso dolor. Pensé en su lucha contra el ateísmo de mi padre. Un fuerte dolor punzante en el muslo de mi pierna derecha me sacó de mis divagaciones. El mico me había clavado sus cuatro colmillos y se había alejado tan rápido que en pocos segundos ya lo había perdido de vista.