Archivo mensual: marzo 2012

Señor Sereno

Quiero contar un cuento, a veces resulta más bello que dilucidar sobre la existencia de modo conciente y analítico. Este cuento comienza con una persona sola, en un lugar, un bosque, una casa, un castillo, una playa, lo dejo a vuestra imaginación. No sé si era un día soleado o lluvioso, frío o caliente, también queda a vuestra elección aunque no necesariamente tiene que ser una elección, puede ser simplemente un paisaje conocido o cualquier producto de su creatividad, lo primero que se les ocurra. Pero es de día, entre las 11 de la mañana y las 5 de la tarde. Nuestro protagonista de pronto se despierta sin recordar bien si ya estaba despierto antes, o si estaba durmiendo, él no recuerda mucho, sin embargo se siente como recién puesto en la escena, no sabe cómo llegó allí, ni en qué momento, pero no importa, él se adapta o al menos trata. Tampoco le es una situación extraña, es la vida, a veces no nos damos cuenta de cómo llegamos a ciertos momentos, se nos olvida la cadena de sucesos que hay detrás, olvidamos constantemente el pasado, no? El afán de vivir el momento presente volátil en la historia. Volviendo al sujeto, este hombre o mujer, joven o viejo, rubio o negro, semejante a usted, se encuentra en un estado de relajación, por el momento está simplemente disfrutando el viaje, como flotando, logra mantener una actitud de control sobre la vida, logra sentirse más fuerte que el exterior y carga consigo una energía positiva. Hasta que se da cuenta de que el tiempo ha transcurrido y él aún se encuentra solo, entonces empieza a sentir una cierta incomodidad, al inicio es como un pequeño fastidio, pero ahora comienza la paranoia. En todo este tiempo, ha pensado en la belleza del mundo; se dedicó a observar los árboles, o aquél bello edificio, o la tenue luz que se mete por la ventana de su habitación en el centro de la ciudad. Respiraba el fresco aire a su alrededor, contemplaba en sus manos la maravilla de la creación. Sin embargo con el paso de los minutos, empezó a aburrirse, caminó un poco, se recostó a ver el techo o las nubes, descansó, pensó, sonrió, recordó, soñó pero igual se aburrió después de un rato. Debe quedar claro que no era del todo un mal momento, es que había algo que no lo dejaba estar completamente tranquilo. Él no sabía cuánto tiempo había pasado con exactitud, algunas horas que hasta el momento no habían sido tan pesadas de sobrellevar, era conciente de lo generosa que era la vida con él y este conocimiento le brindaba un sentimiento de “felicidad”.

El día se ha sentado a morir. No sé qué estará haciendo nuestro personaje ahora, de pronto volvió a casa, o puede estar en un hotel, o acampando. Imagínenlo ustedes. Pero él continúa solo, se da cuenta de que el sol está por ocultarse y siente cierta nostalgia, una parte de él no quiere que se acabe ese hermoso día. Pero es inevitable, la noche se acerca, con rapidez. El sereno ha comenzado a nublar su mente, con esfuerzo recurre a pensamientos agradables o a actividades que puedan distraer su mente, no quiere pensar en la noche, no quiere perderse esta vez en la oscuridad, hoy no, hoy no se siente lo suficientemente fuerte para enfrentarse a la indómita inquietud de la noche. Pero y quién lo logra? Quién logra escapar de las preguntas que genera la oscuridad? Quién no se asusta de vez en cuando? Dios es la luz y el demonio la oscuridad. Y es ahí cuando todos nuestros demonios despiertan y vuelven para atormentarnos, caminan vagos por los salones vacíos de nuestras casas. Hay quienes beben, quienes fuman, quienes evitan sus demonios con la inconciencia, y quienes los evitan con la indiferencia. Pero están ahí siempre, y aunque nuestro valiente protagonista ha decidido enfrentarlos muchas veces anteriores, por momentos sabe que no tiene la fuerza suficiente dentro de sí para verlos a los ojos de nuevo. Entonces se da la vuelta y trata de dormir, cierra los ojos, ralentiza la respiración, trata de pensar en cosas tranquilas que lo induzcan al sueño, y aunque por instantes lo consigue, sin darse cuenta sus pensamientos, completamente fuera de control, se dirigen hacia la lobreguez y al acercarse al punto más oscuro del paisaje, sea en el bosque, la playa, el desierto, la ciudad, el pueblo antiguo que hayan imaginado, es irremediable sentir un poco de temor.

Han pasado ya muchas noches así como esta, otras de fiesta, otras de sexo, otras de música. No importa. Ese lugar donde no se debe ir, permanece allí, y puede estar a la vuelta de la esquina, sentado en el carro, en el baño del bar, en el motel, en el parque detrás de un gran árbol, él lo sabe y aunque por momentos respira profundo y trata de descubrir lo que en ese lugar oscuro reside, otras veces prefiere sencillamente ignorar o tratar de ignorar la existencia de ese sórdido lugar. Esta noche él no siente la fuerza para luchar contra su propio miedo, así que va a dejar la luz encendida. Pero justo antes de tocar el frágil y primerizo sueño, la tenebrosa frase de Shakespiere se le presenta como una condena a muerte “El infierno está vacío, los demonios están aquí”

Buenas noches.

Ambrosía del aburrido

Puede ser mi tristeza y mi repudio hacia la vida meras ganas de vivir?

Vivo en las profundidades de la melancolía y la desesperanza, y para la mayoría esto representa un masoquismo constante, ganas mías de vivir en la oscuridad y el llanto. Pero desde estas aguas oscuras donde los rayos del sol se vislumbran como el esplendor supremo, el camino hacia la superficie se ve mucho más interesante y es un motivo para nadar con brío hacia las aguas tibias calentadas por el sol. Acá abajo a veces me ataca una sensación de ahogo y de frío, y resulta normal y frecuente la desesperación. Sin embargo es justamente esa desesperación la que me obliga a moverme con fuerza hacia el oxígeno. Desde acá abajo se ven los pies de los que chapotean como perritos jugando en la superficie del mar, juegan, se divierten, ríen. Será su felicidad un reflejo de la necesidad de vivir y del amor hacia la existencia? Cuando logre ascender a la superficie la bocanada de aire que tomaré llenará cada una de mis células con el misterio de la vida; la sensación de respirar después del ahogo será extremadamente placentera, sublime. Nótese que mis palabras están cargadas de la más sincera y pura esperanza, la misma de un reo condenado a muerte que es conciente del fin de sus días y que como única paz halla el mismísimo deseo de vivir, deseo que no fuera posible sin el conocimiento de su destino fatal. Y es que todos estamos condenados a muerte, sólo que no sabemos su hora, es así entonces como en la profundidad y la belleza, aunque signifiquen sufrimiento, encuentro las ganas más ardientes de vivir.

Me gusta tocarme los huesos, sentir el oxímoron que significan su vulnerabilidad y fortaleza. Recuerdo así que tengo un cuerpo que la mayoría del tiempo descuido o abandono, y atiendo sólo cuándo tiene necesidad de vida. Cuando grita porque algo duele, porque algo no funciona en su mística mecánica. Recuerdo que pertenezco a una vida muy distinta de la que suelo imaginar que es, estoy talmente concentrada constantemente en mi mente, en la fantasía, en el misterio del universo que olvido esta dimensión primitiva de la que estamos hechos todos. La dimensión de la inmediatez, la que no procura grandes tristezas, pero tampoco grandes felicidades, la que atrofia la mente y la reflexión pues se preocupa sólo por el pequeñísimo instante presente, de la que se habla en todos los libros de autoayuda, la que no se complica con el tedioso misterio del arte y la creación. Es así, entonces, como ese pequeño instante pierde todo su valor, pasamos por encima de él como un objeto unidimensional, ignorando el peso de eternidad que carga consigo.

Es así como reducimos todo a un mero deseo efímero o a una necesidad momentánea, una vez superado ese segundo, ese instante en el que nos enseñaron que la vida sería más sencilla, lo arrojamos al polvoroso armario del olvido, como un objeto que ya no nos sirve, cuando en cambio ha sido parte fundamental de nuestras pobres vidas, de la humanidad, del universo. No vale la pena destrozarse el cerebro con cuestiones que nunca resolveremos, y esta es mi frustración, pero creo que tampoco vale la pena la vida si cada instante que pasa es simplemente una cara anónima en el hacinamiento en el que conviven el tiempo y el alma, si nada puede realmente lacerar nuestras certezas, si nada logra encender nuestra pasión más escondida esa que cuando se despierta nos permite ver esas dimensiones del universo que nunca antes logramos ni siquiera imaginar.

Recuerdo ahora con gran cariño a todos los grandes que fueron insistentes en recordarnos el nulo valor de todo lo que conforma nuestras existencias y lo poco que nos deberíamos interesar por cualquier cosa. Es paradójico porque si en realidad nada importa, tampoco debería importar el escribir o decir estas palabras, tampoco pensarlas, ni siquiera el pensar que se puedan pensar, al final,  ellos también dedicaron miles de millones de instantes de sus vidas a descifrar el misterio. Y eso, a pesar de la desesperación, la soledad y de la recurrente idea del suicidio, se llama trascendencia.

William Rowan Hamilton

Cuántas veces voy a tener que encender un nuevo fósforo? Cada vez que prendo uno, se apaga al instante, un deja vu que se repite secuencialmente. Malditos fósforos rebeldes, está el que se dobla, está el que se parte, está al que se le cae la pólvora, está el que se hace frotar mil veces, están los que se prenden y se apagan al instante, están los que duran prendidos un par de segundos, te dan algo de esperanza, y cuando acercas tu tabaco apretado por tus labios al débil fuego del miserable fósforo, este se apaga. Están los que se apagan cuando con cuidado quieres prender y en lugar de aspirar, soplas una delgadísima corriente de aire de la nariz. Bueno, esta es culpa mía. Pero igual, estoy coleccionando los fósforos muertos para contarlos hasta que llegue el milagroso que encenderá mi tabaco. Tomo la cajetilla la hago sonar, noto que quedan pocos, no más de cinco. Abro rápidamente la cajetilla, queriendo desnudarla, y aparecen tres tristes fósforos, dos con la cabeza hacia arriba y el otro con la cabeza hacia abajo. Quién será el ganador? Los estoy analizando. Uno de los cabezarriba tiene la cabeza de pólvora más grande que el otro. El cabeza abajo la tiene normal. Bien, cuál será el primero en quemarse? Elegiré al cabeza pequeña, para eliminar al más débil…No duró ni medio segundo. Sólo alcancé a oler su llama, no pude verla, de pronto una chispa quizá. Vamos con el otro cabezarriba, el que la tiene grande. Oh Sorpresa! Demostró porqué es el mejor. Se encendió en el primer intento con una llama grande y fuerte que un poco me tomó desprevenida. La vi encenderse frente a mis ojos. Falta el cabeza abajo, el favorito de todos, el que más nos gustaba porque era el diferente. Valdrá la pena gastar fuego sólo para ver si efectivamente era bueno también como este último prodigioso, o malo como los 23 hermanos suyos que se quemaron previamente? O puede más la curiosidad del juego? Ustedes qué opinan?

Hagamos algo, yo lo voy a prender, aunque eso signifique quedarme sin fósforos por hoy, y quizá mañana. Después de pensarlo un rato, creo que vale la pena quemar a nuestro cabezabajo. Además el último de una cajetilla de 40 fósforos. Dónde a lo mucho habrán servido unos 7. Comenzó un juego sin querer y creo que vale la pena saber cómo termina, esos son los pequeños gustos que podemos darnos en medio de este gran juego del cual no conoceremos el final. Entonces jugaremos todos, ustedes y yo, a ser dios en este momento, a jugar con la mecánica cuántica, esa de las probabilidades, esa que usa al azar como un elemento clave del juego, la de la teoría de la perturbación. Cuánto durará su vida útil? Podría quedarse allí dentro y ser usado en algunos días, o podría no funcionar uno de esos días, o podría no prender ahora, o podría finalmente prenderse maravillosamente para que una pelagata que se cree dios lo observe consumirse entre sus dedos sin tener ningún uso más que el de satisfacer un deseo bobo más que una posible utilidad necesaria. Qué buen dilema. La verdad no sé qué hacer, si continuar con mi deseo de jugar o si usarlo para cualquier necesidad profunda. No es una cuestión sencilla. De pronto una bocanada de humo nos relaje las neuronas. Oh! El cigarro se ha apagado en el cenicero. Debo prenderlo. Sonrío. Tengo la oportunidad perfecta para usar el fósforo, pues será utilizado para algo positivo y necesario, y además para satisfacer un juego. Aunque si lo pienso bien, estaba apunto de encender el cigarro para tratar de pensar un poco mejor la anterior cuestión ultra trascendental. Entonces todo gira entorno al mismo juego. Jugamos? Y si lo pienso bien, asesiné 23 fósforos anteriormente sin ninguna justificación realmente útil, lo hacía por el deseo de fumar. Todo giró desde el inicio alrededor de la pasión y del deseo.

-Intermedio-

Fue un maldito fraude. Tantas palabras para nada. El maldito resultó ser un pobre diablo como los demás. Se apagó cuándo no había alcanzado a prender. Bueno, creo que al final estuvo bien hacerlo, si lo hubiera guardado no habría servido para un carajo tampoco, aunque termino con un pequeño problema, ahora no tengo fósforos y el cigarro sigue apagado.

El vacío habitado

No sé bien qué horas son. Me he levantado en una habitación que no conozco, las sábanas son ásperas, hace un poco de frío y la humedad me hace estornudar. Es una estancia pequeña, sólo está la cama y un armario abierto, desde aquí puedo ver las camisas de un hombre colgadas allí. La puerta está cerrada, no se oye ruido alguno, una vieja toalla sirve de cortina para no dejar pasar la luz, pero algunos rayos se cuelan, podrán ser las 9, como las 12 o las 4. Me duele la cabeza, pero no es resaca, es una jaqueca de esas que me suelen dar cuando como mucho azúcar. Hay un extraño olor en el aire, olor a antiguo, a piso de madera y polvo, humedad y tabaco, todo combinado. Quiero levantarme de la cama, trato de incorporarme, de salir de la vigilia, pero no lo logro. El sueño y el dolor de cabeza me pesan, me tumban, siento que soy de plomo, la gravedad me presiona contra el suelo. Oigo algunas voces y trato de reconocerlas pero entre más pongo atención más siento que se disuelven en el aire.

Una gota me despierta, tac, tac, tac, cae cada segundo sobre el suelo. Abro los ojos, veo la ventana de mi habitación, las paredes de mi habitación, pero algo raro pasa, las paredes están vacías, tienen otro color y justo enfrente de mí está esa gota que cae del techo. Bajo un pie de la cama, y al tocar el suelo me percato de que el piso se ha ido, está solo el cemento rústico. Así mismo veo que todas mis cosas ya no están, la habitación está completamente vacía, estamos yo y la gotera que me interrumpe el sueño. Observo la gota que cae, alzo mi dedo suavemente para frenar la gota, al rozar el techo este se rompe dejando caer un fuerte chorro de agua. La habitación comienza a inundarse rapidamente. Tomo mis zapatos y algunos papeles que encuentro en el piso. Saco la cama de la habitación para que no se arruine. Abro la puerta de casa, grito, busco ayuda. Pero nadie responde. Está amaneciendo, sólo escucho el canto de las aves que se despiertan a esta hora. El agua sigue cayendo, sigue llenando la habitación vacía.  Me quedo pasmada observando cómo el agua empapa las paredes, cómo sube de nivel, espero que no comience a inundar también el salón y el resto de la casa. Tengo sueño, mucho sueño. Tengo frío.

Me tiro en la cama que saqué anteriormente de la habitación, trato de dormirme con el sonido de la pequeña cascada. Me despierta esta vez un golpe en la cama, me levanto un poco asustada y miro a mi alrededor. Hay un hombre acostado en esta cama. El sonido del agua ha desaparecido. Una luz de calle se filtra por la ventana en la oscuridad de la noche, se posa en mis ojos. El hombre que duerme a mi lado está de espaldas, no logro reconocerlo. Cada cierto tiempo se mueve, como en una pequeña convulsión, como si estuviera teniendo algún sueño perturbador. Me levanto del colchón tirado en el piso. Me acerco a la ventana, enciendo un cigarro, me siento y observo lo que pasa afuera; esa hoja que se cae del viejo árbol, la bolsa de basura que vuela y rueda por la calle, que se queda atrapada en cualquier rama y que luego con un nuevo soplido del viento, se desprende y sigue vagando por el aire. La perra con las tetas cargadas de leche, que busca comida entre los basureros para poder alimentarse y alimentar a sus crías. Vuelvo a la cama al lado de ese hombre, me acerco a él, trato de buscar su olor. Y con su calor vuelvo a dormirme.

No sé bien qué horas son. Me he despertado en una habitación vacía, de paredes blancas y sin ventanas. La luz está encendida. Me levanto del suelo y me dirijo hacia la puerta. Cada vez que me acerco a ella, ésta se aleja. Después de un tiempo batallando con la puerta bromista, me canso, no entiendo el juego, me siento en el suelo. Tengo sueño.

 

Salinidad

“Desde cualquier ángulo que la mire,

La línea no se separa de la altura de mis ojos.

Es una invitación constante a lo eterno

Ella es inmutable, es utopía

Dónde descansa el sol

Dónde descansamos todos…”

Escribía Jerónimo sentado con los pies colgados al aire en el borde del acantilado. El cielo se puso negro, la brisa que anuncia lluvia empezó a batir los árboles de mango y a tumbar los cocos de sus palmeras. Todos saben reconocer el sol de agua, ese que azota las frentes antes del aguacero. La lluvia no se hizo esperar, cayó de un solo golpe. Jerónimo tomó sus papeles y sus lápices y entró corriendo al castillo vacío. Cerró la gran puerta de madera y se sentó en la única habitación sólida que le queda al castillo, continuó escribiendo mientras esperaba que la lluvia cesara. Desde esta ventana se puede ver el pueblo al fondo del acantilado, se alcanza a ver la plaza donde realizan las fiestas y los carnavales a los cuales Jerónimo nunca asiste pero que observa con inquietud desde su fortaleza, se ve la casa de Martica, la anciana que ayudó a su madre a dar a luz y que de vez en cuando sube al castillo a ayudarlo con la limpieza. Jerónimo vive solo en un gigante castillo construido por los españoles en 1848, localizado sobre una pendiente vertical, con una gran vista del horizonte en el mar. El castillo fue un fuerte español que sirvió como prisión y más tarde como refugio. Jerónimo nunca sabe si lamentarse o alegrarse de la suerte de haber recibido el castillo como herencia. Es enorme para un viejo pobre y solitario, doscientos años de historia que recaen sobre las palabras de un poeta olvidado por el mundo.

Pero la vida de Jerónimo no sería nada sin este castillo, es lo único que posee materialmente pero también espiritualmente, de no ser por el horizonte infinito que contempla cada mañana al desperar, nuestro viejo poeta no tendría nada que escribir, de no ser por la gran vista del mar desde la cual los españoles advertían barcos piratas, Jerónimo no tendría ninguna fantasía para entretenerse por las tardes calurosas. Nadie se explica cómo llegó el castillo a manos de la familia de Jerónimo, de pronto ni siquiera es de su propiedad, el gobierno nunca llegó a preguntar por la reliquia, es un pedazo de pasado completamente olvidado por todos que vive allí solitario en la cima de un pueblo del caribe más salvaje. Alguna vez Jerónimo intentó irse del castillo, vivir otras vidas, en el pueblo o la ciudad, pero como él mismo decía en alguno de sus poemas “no puedo alejarme de esa línea perenne que sólo sabe dibujar el mar”. Era casi como su maldición. Renunció a cualquier otra vida posible y decidió volverse custodia de este magnífico emblema de la colonización hispana, sabiendo perfectamente lo que eso significaba; soledad, existencialismo, vacío, recuerdos.

Así transcurrían los días del viejo Jerónimo, plagados de pesados recuerdos que retumbaban entre los viejos calabozos del castillo como las almas de los negros esclavos que alguna vez allí lamentaron su suerte. La última vez que Jerónimo estuvo en los oscuros calabozos en la parte posterior del castillo fue cuando tenía 12 años, época en la que eran escondites perfectos para jugar con su hermano mayor Federico. Ya pasaron cincuenta años desde esos juegos infantiles y cincuenta años desde que Federico en uno de esos juegos, resbaló por el acantilado yendo a la cueva donde él y su hermano se escondían a fumar marihuana. Federico cayó sobre las rocas, murió instantáneamente, nadie bajó a buscar el cuerpo, su madre decidió dejar que el mar se lo llevara. Desde ese día el Castillo no sería el mismo, ni Jerónimo, ni doña Antonia, la madre. Los calabozos donde alguna vez se escucharon gemidos de prisioneros y risas de niños se cerraron para siempre, así como otras áreas alejadas del castillo que empezaban a desmoronarse por corrosión de la sal marina. Antonia no quiso volver a arreglar el jardín interno, ni la hermosa fuente que adornaba ese antiguo espacio colonial, las viejas lámparas empezaron a llenarse de telarañas, las paredes a cubrirse de un espeso moho verde.

Desde la muerte de Federico el castillo se fue haciendo cada vez más pequeño, con pocas estancias habitables, las demás fueron dejadas al paso natural de tiempo. Jerónimo es conciente de esto, a sus 63 años sólo le queda la habitación donde duerme y un pequeño pedazo de salón donde está sentado ahora escribiendo, recordando y esperando que la lluvia pase. La lluvia siempre le genera un sentimiento extraño. Después de un fuerte aguacero el patio central luce más limpio a pesar de que las plantas han crecido con descontrol, de esa pequeña selva llena salen de sus guaridas animalitos que cuando llueve acompañan la soledad del viejo. Las paredes del castillo lucen mojadas pero frescas, como si los colores hubiesen vuelto a la vida. El agua que golpea con fuerza el techo y las paredes, entra por debajo de la gran puerta, avanza y llega a mojarle las puntas de los pies, al observar el paso del agua recuerda a su madre lavando todos los días el piso interminable del gran palacio español, siempre lo hizo con esmero para que sus hijos pudieran correr descalzos por el castillo, pero después de la muerte de Federico, empezó a lavar el piso con gran desesperación, quería que estuviera perfecto, brillante, sin un grano de arena, cosa que es muy difícil viviendo al lado del mar. Fue así como empezó a perder la cordura. El pequeño Jerónimo observaba como su madre acababa con su espalda fregando un piso que nunca iba a estar impecable como ella lo quería, observaba la desesperación con que botaba baldes de agua una y otra vez sobre lo que había lavado media hora antes. “Se está lavando a ella misma, la pobre mujer carente de esperanza, que no sabe que la mugre nunca se irá” escribió el viejo en alguno de sus poemas.

La lluvia no para, el mar se levanta con furia estrellándose contra las mismas rocas donde alguna vez cayó la vida de un muchachito. Jerónimo prefiere no mirar allí abajo, cada vez que por casualidad lo hace ve el cuerpo de su hermano de 14 años con la espalda quebrada sobre las piedras. Jerónimo prefiere siempre fijar su mirada sobre la línea del horizonte “el lugar hacia el que nos dejamos arrastrar cada día y luego por los siglos de los siglos”, es lo único que lo logra sacar del encierro del castillo y de la fatalidad.

Algo insólito lo saca de su pensamiento. Bajo esta lluvia, unas 20 personas acompañan un ataúd hacia el cementerio. Hay flores, mujeres y hombres que mezclan sus lágrimas con el agua que cae del cielo, niños que juegan en los charcos celebrando la vida. El cementerio del pueblo queda justo a la orilla del mar, es pequeño, alojará unos 100 cuerpos o almas. Allí está doña Antonia, la madre de Jerónimo, fue la única vez que él estuvo en ese cementerio, cuando despidió a su madre en compañía de 4 amigas suyas del pueblo. Todas las tumbas están pintadas de blanco, pues la sal siempre se come la pintura y la cal es lo más barato que se encuentra para pintar las tumbas cada mes, labor que realiza un viejo de 80 años que vive allí mismo en el cementerio. En este cementerio no hay flores naturales, la gente no gasta dinero en ellas porque el caliente sol del caribe las seca en un día. Hay algunas flores de plástico cuyo color ha sido robado por ese mismo sol.

En el pueblo existe una antigua leyenda sobre el cementerio; se dice que el cementerio y parte del pueblo se encuentran construidos sobre una arena nueva, pues hace miles de años el mar se adentraba aún más en el continente, y los cuerpos de los difuntos quedan enterrados en una arena húmeda de agua de mar. Dicen que los cuerpos, como los pescados, se conservan en buen estado por acción de la sal marina. La putrefacción se ralentiza, las caras de la gente guardan la misma expresión que tenían el día que murieron, responde el viejo del cementerio cuando le preguntan si es cierta la leyenda. “Vuelven a las aguas cálidas que dio vida a la vida, se dejan flotar en la baja densidad del océano, de la muerte, vuelven a lo eterno” escribe Jerónimo observando el sepelio y recordando a su familia extinta. Empieza a serenar. Los rayos del sol se posan cariñosamente sobre las olas para tranquilizarlas un poco. El cielo se despeja y deja ver nuevamente la línea que lo separa del mar, la curvatura natural del infinito, de esta esfera de agua en la que habitamos.