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Todo pasa por ti

Todo pasa por ti
a través,
y por tu causa.

Todo pasa por ti
por tu voz
por tu amargura
por tu esperanza
por tus labios teñidos de rojo sangre.

Todo pasa por ti
y por todo aquello que gira alrededor tuyo
la música
el humo
la vida en un beat que no conozco.

Todo pasa por ti
a través de tu lente y tu pantalla
una captura atípica de lo ideal
de lo humano que quiere ser divino
pero que no lo consigue.

Todo pasa por ti
a través de tus ojos y tus cabellos
y enredados en ellos
tu cúmulo de pasado
que a veces anda tan pesado
que me arrastra hacia la gravedad de tu oscuro.

Todo pasa por ti
por causa tuya
por ser génesis
de este absurdo
que esconde la tragedia de estar vivo
y se desenfoca bajo el velo de nuestros imperfectos.

Todo pasa por ti
a través,
y por tu causa
como aquello que hay
– que habita –
entre el inicio y el fin.

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Blanco Vacío

Para los amores lejanos no tengo una palabra de aliento,

nos descubrimos sólo como unos románticos fuera de tiempo

luchando a solas,

cada uno en su rincón,

contra la indolencia del viento.

 

Para los amores lejanos tengo sólo palabras que evocan recuerdos,

letras que no alcanzan a habitar el vacío ardiente

de la ausencia viva,

de esos ojos,

de esos labios,

de esas manos,

que en medio de la noche me despiertan con su ingrávida presencia.

 

Para los amores lejanos soy sólo una casa de paso,

una cascada escondida,

una canción en la playa,

una hamaca en la jungla,

un viento suave en la cima de una montaña,

una chimenea en una noche de invierno.

 

Y a mis amores lejanos entrego todo lo que tengo,

para todos soy hermana, puta y madre,

oráculo, yerbatera y musa

porque aunque del monte vengo,

sé ofrecer una poesía, una música, un conocimiento.

 

Pero los amores lejanos sucumben ante el peso de la distancia,

ante la soledad del cuerpo,

ante la resignación de toda espera,

y me rencuentro abandonada y sola,

como un episodio aislado en el camino

de mis amores lejanos.

 

Porque a mis amores lejanos no pido nada a cambio,

soy, entrego y sueño,

crezco, escucho y beso,

conciente siempre de esa esencia que no se junta, no se mezcla

que busca siempre

y que nunca encuentra.

 

Y quizá sea cierto que nos hemos amado,

y quizá ninguno me olvide,

y quizá alguno volverá a saludarme,

y  quizá algún otro me añore,

y quizá aquél otro recuerde todavía mis ojos encendidos.

 

Y quizá seré siempre brújula,

estrella del norte,

diosa amazónica,

sueño etéreo de amor perfecto,

sol del caribe,

más nunca destino

porque todos reemprenden el paso.

Cavilaciones en vigilia

cómo voy a creer / dijo el fulano
     que el universo es una ruina
     aunque lo sea
     o que la muerte es el silencio
     aunque lo sea

-Utopías, Mario Benedetti

Hace mucho que quería escribir pero las palabras me eran esquivas. Hace mucho que quería escribirme, reinventarme, reencontrarme, como en los viejos tiempos de alcoholismo y depresión. Y mientras tanto, Cómo puedes sonreir así? Cómo te llamas cuando ries así… tan … exquisitamente? Quién puede reir así? Qué clase de alma viaja por el mundo sin pesares, sin miedos, como la tuya?… Hace mucho que quería escribir, sin pensar, sólo escribir en un mero ejercicio de catarsis. Pero hoy mi catarsis tiene mil rostros, los tuyos, los míos, los nuestros. Camaleónicas miradas que cambian a cada instante con tan sólo el poder de un mínimo pensamiento, como cuando te quedas en silencio con la mirada pesada sobre el horizonte. Y es que a veces nos alejamos como lobos que se gruñen en el bosque frío, buscamos cada uno nuestra comida y nos paseamos solitarios entre los árboles de la habitación con el hocico lleno de sangre. Ya conozco tus colmillos, sé cuánto hieren. Otras veces rasguñamos la puerta y maullamos para poder entrar a la casa caliente, lamernos mutuamente, recostarnos cerca de la chimenea, dormir.

Recuerdo todavía cuando me sentenciaron a muerte, aún no había nacido, ni siquiera en la imaginación, a un alma ausente, a un corazón demente, a un sufrimiento adictivo. Y así soy, aqui estoy, bella, alcoholica, y completamente perdida en la utopía de una vida construída solamente con irracionalidad. Y aqui estoy en alguna parte del camino, sin entender si es el comienzo, la mitad, el final, el quinto tramo, o quizá éste ni siquiera es el camino, pero estoy caminando y con los pies descalzos. Cargo en la mochila miles de años de pensamiento, de sufrimiento, de dudas pesadas como piedras. Cargo en la mochila varios kilos de carne cruda humana para cuando siento hambre. Cargo también con un labial rojo y una navaja para las noches solitarias en la ciudad de la niebla.

No puedo amar confieso, soy la sombra, silenciosa, vigilante, solitaria, vacía. Observo. Vivo detrás de los objetos tocados por la luz. Quien pueda ver mi rostro podrá encontrar la indiscutible soledad, la soledad del alma. Pero mi soledad es terriblemente bella, sólo soy en ella, es como existo. Cómo puede amar un gato de calle? Cómo puedo ser yo misma sin estar sola? Y es que no soy yo, es por esto que eres verdugo. Cuando me besas siento la muerte que respira detrás de mi cuello, y sin embargo, no puedo reclamarte nada, depronto, siempre estuve muerta y es la vida la que respira detrás de mi cuello. Es el corazón que bombea oxígeno a todo motor, que literalmente me mata de vida. Entonces vivo fingiendo que no me asusto cuando camino bajo este cielo gris que bien conoces, fingiendo que no escucho el eco de nuestras risas y nuestros llantos, de las risas y los llantos de los demás, fingiendo que puedo caminar sola con las manos congeladas entre los bolsillos, fingiendo que no me viene la rabia de saberme completamente jodida. No puedo oir la noche sin todos tus acordes, no puedo contemplar el cielo sin odiarlo por ser inalcanzable, no puedo escribir estas líneas sin sentirme la más sucia de las promesas, no puedo mirar mi propio rostro sin ver en él todas las viejas cicatrices que el tiempo me ha dejado. Y las tuyas? Recién volviste cansado de la batalla y  la sangre aún emana de tus heridas, déjame quitarte las botas.

Breve Retrato de un anochecer

El mar con cada ola que llega hasta mis pies, y dejando su sal entre mis dedos, evoca una pasión tan profunda que es éxtasis y un placer tan ligero que es armonía, y es justo allí en el horizonte dónde la vida se hace eterna. Ya no recuerdo cuantas horas estuve aquí en el largo de mi vida. Desde que era niña mi padre solía traerme a la mitad del mar, dónde casi podía tocar el sol y verlo hundirse entre el agua.

Estar aquí trae a mi mente muchos sueños, algunos cumplidos, pero la gran mayoría por cumplir. Cada sensación carga consigo recuerdos y deseos. El olor a mar se pega en mi piel, mientras el viento que sopla con fuerza juega conmigo amenazándome con arrojarme a las aguas de plata. El ambiente es nostálgico, hay gente en la plaza, niños que corren, viejos que hablan de la vida, jóvenes enamorados, y yo, sola, como es lo usual. Me senté junto al viejo monumento, ese gran tótem ubicado en el medio de la plaza, lleno de peces de colores. El sol nos acompañaba todavía, pero pronto sería su hora de marcharse. Ese día, el Sol, se había levantado con un temperamento romántico, así que tiñó el cielo color rosa, pero no un rosa cualquiera, éste era un rosa radioactivo.

La música vibraba tan suavemente que me susurraba sus viejos versos al oído, en un eterno coqueteo con la brisa. Sola allí en medio de la plaza del viejo pueblo, todos tenían que lanzarme una mirada, no es fácil ver a una mujer joven sola en la plaza. Saqué de mi mochila arawaka, un trozo de papel y un bolígrafo negro. Lo dibujé de espaldas, con su rostro ligeramente girado hacia atrás pero irreconocible. No podía dibujarlo de frente, yo no lo merezco, y de hecho, ya no lo recuerdo. Por más que el color de sus ojos esté grabado en mi memoria, no soy capaz de trazar el contorno de los mismos, quise diseñar su boca, el labio prometido. Creo que sencillamente no soy capaz de verlo a los ojos, ni siquiera a sus ojos de papel dibujados por mis manos. No soy capaz.

Bajé por su espalda, y por sus piernas. Lo imaginé vestido de blanco, porque el blanco es el color de esta tierra. El calor llama al blanco, siempre, y el blanco contrasta con los vivos colores que inundan este territorio. Con cada trazo dejaba sobre él un poco de mi mar, porque él es mar.  Me faltaban las manos. Cómo serían sus manos? Las manos del hombre lo representan todo, la evolución, la inteligencia, la destreza, el destino, la verdad, la vida y la muerte. Plasmar sus manos no era tarea fácil, y mucho menos unas manos que sólo me habían tocado con la intuición. Sus manos lo eran todo, el principio y el fin. Dejé fluir mi verdad, y en su mano derecha le agregué un habano. Su mano izquierda, en cambio, esta cerrada. Su puño indica fuerza, dignidad, valentía, pero sobre todo, misterio.

Cerré abruptamente el viejo cuaderno, lo metí junto al bolígrafo en la mochila. Sosteniendo mi falda para que no fuera levantada por la brisa, y caminando con los ojos entrecerrados por la arena que volaba por la plaza, me dirigí al viejo muelle. Ese viejo muelle, el mismo que recorrí en medio de charlas con poetas y padres, con amigas y hermanas, y sola tantas veces. Me detuve frente a él, el sol quién todavía guardaba su dulzura rosa, caía lentamente embriagado en el perfume de la María del Mar. Una melodía caribeña que sonaba alegre entre la tarde, se hacía lejana y rumorosa con el andar de mis pasos. Cuántos metros dentro el mar habré caminado?

El viejo muelle ya no tiene luces, las barandas a sus lados han sido carcomidas por el mar, en el camino hay que tener cuidado pues sus cimientos han sido corroídos por la sal, y algunas trampas para los ciegos están dispuestas en su caminar. El muelle nunca ha sido para todos, el viejo muelle sabe seleccionar a sus visitantes. Está lleno de viejos pescadores nostálgicos, de poetas del mar, de enamorados, de niños que corren, de mujeres locas, y de mí. Este viejo muelle está lleno de mí. A cada paso, y entre más me acerco al final, dónde me espera el Sol, más veo mi vida gritando con cada ola que me baña. Con cada paso iba dejando la tierra segura y sólida, para entregarme a la sabiduría del viejo muelle. Mirar hacia atrás es ver la oscuridad de la noche que nace. Justo delante, sobre la línea del horizonte, el Sol que me seduce.

Paso por la vieja casa de la aduana, imaginando allí a mi bisabuelo trayendo el mundo a esta pobre tierra de pescadores y esclavos, de mulatas e indios, de alegría y humildad. Detrás de mí la noche se acrecienta, inunda el vacío de negro. Delante de mí, el resplandor del gran sol.  Y justo allí en el horizonte, en la línea donde el viejo muelle se entrega al mar, él. Él. De espaldas. Con su traje blanco. Con su habano en la mano derecha. Los últimos rayos de sol dibujan su silueta en el contraluz.

Me detengo a unos metros detrás de él, esta vez su mano izquierda está abierta, gira un poco la cabeza, buscándome. El no logra verme, la noche me ha cubierto totalmente. Yo, en cambio, no logro vislumbrar  su rostro. Qué desesperación!

Sol, te ruego que no te escondas todavía, déjame ver el rosa radioactivo en sus ojos antes de que venga la noche.

Otoño sin otoño

Otoño sin otoño

Me encontré en medio del bosque, con fuentes de agua a mí alrededor, y un viejo anciano que me contaba una de sus historias. Me decía que el dinero es la invención humana más fatal para el alma, y en sus ojos vi el sufrimiento de un hombre con dinero pero sin amor. Me hablaba de los venenos que corren por las venas, de los gatos y de las mujeres. Me hablaba de mí y de mis respuestas. Me tomó con su mano callosa y me llevó con él a su vieja casa, allí bebimos un poco del vino que él mismo había confeccionado y recordábamos aquél día que por la ventana se cruzaron nuestras miradas.

Me encontré en un gran pastizal, bajo un sol radiante y un cielo azul, campanitas sonaban a mi alrededor, y una vieja anciana que me contaba una historia sin palabras, me decía sin decirme que amaba la vida por más ruin que fuera, me amaba a mi, me contaba su historia con su mirada y su sonrisa. Me hablaba de una lejana mujer que no conocía el placer de la música ni de la risa, que por las noches caminaba sola entre los lobos y los jabalíes, para ir a dormir sobre el heno, y despertar a la mañana con el canto de las aves. Me hablaba de mi. Me llevó en silencio a un manantial escondido, la fuente de su sabiduría y su fortaleza. Esa agua era tan pura y cristalina… como ella.

Me encontré en una casa vieja llena de gatos, uno de ellos, tuerto, inspiraba temor. Una casa que tosía vejez y olía a vida, a niños que allí nacieron y ancianos que allí murieron.  Me senté en una de sus sillas, y miré por la pequeña ventana de madera, vi pasar a una joven solitaria y decidido, me lastimó el ver sus ojos tristes. La casa me arropaba con su calor y me invitaba a permanecer con ella; pude sentir su miedo de desboronarse, ella en cambio pudo sentir mi pesar. Compartimos cada uno el peso de nuestras vidas sobre nuestros propios cimientos, los de ella, eran viejos y corroídos por las ratas; los míos aunque jóvenes, endebles, y corroídos por la desesperanza.

Me encontré en un establo, con algunas vacas y un toro, un viejo anciano de un solo ojo, me miraba y me miraba, me miraba mejor que muchos otros que tienen ambos ojos. Me miró y supo de inmediato quién era yo. Nos sentamos a observar la huerta. Se acercaba a mí con confidencia y me hablaba de las bestias, me hablaba de los alimentos, y del agua simple, me hablaba de la tierra y de las plantas, me hablaba de cada forma de vida existente por más pequeña que fuera, me hablaba del camino, y del sacrificio. Del peso de la vida. Del ser hombres y del ser humanos.

Me encontré en una cocina, la comida se hacía lenta pero sabrosa, el olor de la leña se adormecía en mi cabello, dos viejas hermanas yacían cada una en sus años; una observaba las montañas a través de la ventana, la otra se concentraba en un tejido infinito. Hablaban de recuerdos, hablaban de tristezas, hablaban de fantasmas, hablaban con melancolía, hablaban con añoranza, hablaban con voz baja y con voz alta, hablaban desde la vida, y hablaban desde la muerte, hablaban con el teléfono, y con el televisor, hablaban de los hijos, hablaban de los nietos, hablaban de las estrellas, hablaban de los días y de las noches, del frío y del calor, de las hojas y del viento, hablaban de ellas, mientras aguardaban calladas cada una en su silla, cada una en su memoria.

Me encontré en la cima de una montaña, el sol se ocultaba tras las nubes, un viento frío soplaba y golpeaba mis mejillas, una vieja cruz guardaba silencio mientras batallaba contra la brisa. Escuché una canción que venía del fondo del valle, y me senté.

Espere varios días, y varias noches, observaba las hojas de los árboles lejanos mecerse con el viento, y les daba nombre a cada uno. Me hice amiga de aquellos  jóvenes y de los más viejos. Los veía desnudarse suavemente para el invierno. Observé el tiempo, observé mis manos y observé mis pies, observé mis propios ojos reflejados en el cielo. Aquella canción con su melodía antigua y triste, se acercaba lentamente a la cumbre donde yo aguardaba. Pasaron días, mi cuerpo permanecía inmóvil e intacto ante el alba pero también ante el ocaso. Mi vida transcurría por mis venas, mi vida transcurría en forma de nubes. La voz que cantaba me acompañaba; cantaba poesías al mar, a las montañas, al hombre, a la historia, a los pájaros, a los niños, a los viejos, a las madres y a los padres, a la vida.

Me encontré en un pequeño parque en un lugar muy lejano de aquella montaña, en un lugar alegre y triste a la vez. Una fuerte brisa de caribe refrescaba la noche con olores de nostalgia, de navidades pasadas. Una pequeña luz de brillo tenue iluminaba mi rostro, sentí aquellas melodías antiguas que había escuchado alguna vez en aquella tierra de viejos, esta vez, cantaba una poesía sobre una mujer solitaria que caminaba un día por los bosques mágicos del norte. Cerré los ojos sintiendo una profunda melancolía que emanaba de mis lágrimas, cuando los abrí me encontré de nuevo en la cima de esa misma montaña, viva.