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Espinho

La calle es tan larga como la noche. Las casas abandonas cuentan historias en sus otrora vitrales colorados, en las plantas que nunca murieron, en las puertas entreabiertas, en la sombra del humo que emana de sus chimeneas.

La sabiduría grita insegura en el fondo del pecho. Los años vírgenes de la temprana adultez abren sus puertas a una carrera de cachorros. Los ojos transilvanos de Ioana iluminan la gran vía oscura y solitaria que lleva al hostal.

Un pensamiento acalambra el corazón y luego la garganta en una única palabra. Una guitarra y un pez dorado esperan en Casa de Adriano, donde a la puerta golpea el Atlántico cargado con fríos cuentos de Manhattan.

El viejo neozelandés espera el temporal en la hamaca, mientras los venezolanos escriben su tragedia en las cajetillas vacías de Marlboro. Las ventanas de las casas hablan con voces delicadas. Los baldosines verdes, amarillos y azules sonríen en el silencio de la noche.

Y San Juan, hoy más que nunca nos alarga la vida y nos ofrece el tiempo para nosotros, los que caminamos sabiendo que al final de la calle iniciará un nuevo día.

Esa

Hay canciones que quedan sonando en la cabeza por siempre. Palabras y curvas sonoras que labran un surco profundo en el terreno fértil del cerebro joven. Canciones que se convierten en la luz del alumbrado público que entra a través de una ventana abierta y se filtra por una delicada cortina blanca que se mueve con el viento que sopla a las 3 de la mañana. Una tonada que permanece inmóvil en una espiral de humo, en una sonrisa, en la calle que acompaña el camino a casa a la misma hora, con los mismos perros y las mismas palmeras. El eco de una voz que se convierte sin querer y sin avisar en el narrador de los propios pensamientos, de lo que va pasando, y hace de cada segundo vivido un aforismo genial exclusivo y único. Esa voz hace que el asfalto húmedo que brilla con los faros traseros de los pocos carros que pasan, se convierta en el escenario perfecto para contar la vida. Esa melodía que relata sin palabras el gesto de una matrona negra que clava su mirada en la nuestra mientras pasa. Esa nota precisa, especial, que sonará por siempre en el momento menos esperado y que nos transportará inmediatamente a esa misma calle cómplice del divagar.  Han pasado años, los siento en mi piel. La gente me dice que soy joven todavía, no les creo, ahora que conozco el paso del tiempo. La gente me dice que la vida es hoy, que el mañana será aún más bello, yo no les creo. No sé qué tiene el pasado que sabe encapsular la belleza, sólo la belleza, lo más sublime, en esa atemporal tonada inolvidable.

El profesor

El profesor escribe con color rojo. En cursiva. Dice que deberían prohibir la belleza, y que en sueños ha visto niñas cortándose la cara para ser menos bellas. Dice que las críticas hacen crecer. Dice que su padre creaba pequeñas maquetas del origen del universo y que las colgaba sobre la cabecera de la cama. Dice que cree en la fuerza de la vulnerabilidad. Dice que debería haber un nombre para las personas que han compartido a la misma pareja. Dice que los hombres para agredir lo hacen con la fuerza o con el patrimonio, las mujeres en cambio lo hacen a través de la destrucción de los lazos sociales. Dice que su madre es su fuerza. Y sabe, sin decirlo, que es la mujer de su vida. Dice que un filósofo español de cuyo nombre no quiere acordarse, le sugirió que la forma de amor más puro era la compasión, pero que la compasión no le funcionó con las muchachas. Que terminó siendo psiquiatra de su psiquiatra. Nos reímos de las brochitas y las cartas de recomendación. Dice que hay dos modos de engañar a la muerte, una con el trabajo, la otra con el cariño. Dice haber relativizado su opinión sobre el consumismo cuando empezó a ver que las cosas que la gente colecciona son como letras del alfabeto. Se da cuenta haber perdido las gafas de ver de lejos, y al mismo tiempo cae en cuenta que el 95% de las cosas que dice son sobre él, y esto le parece una metáfora perfecta. Muchas han sido las lecciones, y poco lo que he escrito, espero que mi cabeza en alguna parte haya registrado todo. Confío en ella.

El demonio que espera

El demonio no espera nada, y esta es su mejor manera de esperar.

27

Y crecieron en mí tantos sentimientos, como orquídeas en el tronco milenario de un árbol amazónico.

 

Davanti

Hai camminato tanto, e ora sei qui.

Dietro, la chiarezza.

Davanti, la nebbia.

Quella che c’è sempre stata…

En la misma calle

Las voces se alzan desde el fondo del callejón. Retumban en las paredes de los edificios hasta llegar a la ventana, la última ventana, la única  con la luz encendida. Dos bellas jóvenes, una de rizos rojos y risa luminosa, y la otra de pelo y ojos indios, negros como la misma noche, caminan a paso lento pero brioso. Cercanas la una de la otra para darse calor hablan de sus vidas, con un tono rencoroso que se endurece como una muralla fría entre las dos. Comienzan a caer repentinamente gotas gordas sobre la ciudad, sobre este callejón oscuro y solitario que se tuerce como una culebra en la selva espesa y que parece no terminar jamás. Esta es una selva espesa, me responde la india. Las dos almas solitarias, sienten ganas de reír pero no ríen, necesidad de llorar pero no lloran. Dos personajes pesados y oscuros a pesar de que su belleza sugiere todo lo opuesto. Tú, lector, estás ansioso de que las dos bellezas solitarias que caminan por el callejón, frágiles, húmedas y exuberantes, se revelen fuente de delirio y deseo alegre, las sueñas como esas pequeñas florecillas amarillas que nacen en las grietas de los muros de piedra y entre los adoquines. No te engaño, yo también siento el mismo deseo, pero ellas son indescifrables; su hermosura responde a su juventud, su brillo ilumina la noche y sus voces son capaces de amansar a las fieras,  pero la melancolía es tan pesada, densa como el aire milenario… Ahora llueve y en ellas se desata la furia, quieren luchar, lastimarse, brutalmente destrozar el rostro de la otra, con los mismos puños con los que la india amasa el pan y la roja acaricia a su padre. La rabia quema los gritos heridos que suben reverberando entre los muros de los edificios. Se cruzan, chocan contra las paredes y se fortifican, hasta morir en la libertad del cielo nocturno. Hasta que una voz, no sé bien de quién, si de la india o de la roja, o una hija de ambas, entra por el espacio insólito de la única ventana abierta en la lluvia y con la luz encendida, llega hasta los oídos de alguien y susurra algo. Desde la ventana del último piso, hasta  los adoquines donde termina la visión, al fondo del oscuro callejón, una imagen lejana del paraíso. Mátame, decía la voz.