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Esa

Hay canciones que quedan sonando en la cabeza por siempre. Palabras y curvas sonoras que labran un surco profundo en el terreno fértil del cerebro joven. Canciones que se convierten en la luz del alumbrado público que entra a través de una ventana abierta y se filtra por una delicada cortina blanca que se mueve con el viento que sopla a las 3 de la mañana. Una tonada que permanece inmóvil en una espiral de humo, en una sonrisa, en la calle que acompaña el camino a casa a la misma hora, con los mismos perros y las mismas palmeras. El eco de una voz que se convierte sin querer y sin avisar en el narrador de los propios pensamientos, de lo que va pasando, y hace de cada segundo vivido un aforismo genial exclusivo y único. Esa voz hace que el asfalto húmedo que brilla con los faros traseros de los pocos carros que pasan, se convierta en el escenario perfecto para contar la vida. Esa melodía que relata sin palabras el gesto de una matrona negra que clava su mirada en la nuestra mientras pasa. Esa nota precisa, especial, que sonará por siempre en el momento menos esperado y que nos transportará inmediatamente a esa misma calle cómplice del divagar.  Han pasado años, los siento en mi piel. La gente me dice que soy joven todavía, no les creo, ahora que conozco el paso del tiempo. La gente me dice que la vida es hoy, que el mañana será aún más bello, yo no les creo. No sé qué tiene el pasado que sabe encapsular la belleza, sólo la belleza, lo más sublime, en esa atemporal tonada inolvidable.

El profesor

El profesor escribe con color rojo. En cursiva. Dice que deberían prohibir la belleza, y que en sueños ha visto niñas cortándose la cara para ser menos bellas. Dice que las críticas hacen crecer. Dice que su padre creaba pequeñas maquetas del origen del universo y que las colgaba sobre la cabecera de la cama. Dice que cree en la fuerza de la vulnerabilidad. Dice que debería haber un nombre para las personas que han compartido a la misma pareja. Dice que los hombres para agredir lo hacen con la fuerza o con el patrimonio, las mujeres en cambio lo hacen a través de la destrucción de los lazos sociales. Dice que su madre es su fuerza. Y sabe, sin decirlo, que es la mujer de su vida. Dice que un filósofo español de cuyo nombre no quiere acordarse, le sugirió que la forma de amor más puro era la compasión, pero que la compasión no le funcionó con las muchachas. Que terminó siendo psiquiatra de su psiquiatra. Nos reímos de las brochitas y las cartas de recomendación. Dice que hay dos modos de engañar a la muerte, una con el trabajo, la otra con el cariño. Dice haber relativizado su opinión sobre el consumismo cuando empezó a ver que las cosas que la gente colecciona son como letras del alfabeto. Se da cuenta haber perdido las gafas de ver de lejos, y al mismo tiempo cae en cuenta que el 95% de las cosas que dice son sobre él, y esto le parece una metáfora perfecta. Muchas han sido las lecciones, y poco lo que he escrito, espero que mi cabeza en alguna parte haya registrado todo. Confío en ella.

El demonio que espera

El demonio no espera nada, y esta es su mejor manera de esperar.

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Y crecieron en mí tantos sentimientos, como orquídeas en el tronco milenario de un árbol amazónico.

 

Davanti

Hai camminato tanto, e ora sei qui.

Dietro, la chiarezza.

Davanti, la nebbia.

Quella che c’è sempre stata…

En la misma calle

Las voces se alzan desde el fondo del callejón. Retumban en las paredes de los edificios hasta llegar a la ventana, la última ventana, la única  con la luz encendida. Dos bellas jóvenes, una de rizos rojos y risa luminosa, y la otra de pelo y ojos indios, negros como la misma noche, caminan a paso lento pero brioso. Cercanas la una de la otra para darse calor hablan de sus vidas, con un tono rencoroso que se endurece como una muralla fría entre las dos. Comienzan a caer repentinamente gotas gordas sobre la ciudad, sobre este callejón oscuro y solitario que se tuerce como una culebra en la selva espesa y que parece no terminar jamás. Esta es una selva espesa, me responde la india. Las dos almas solitarias, sienten ganas de reír pero no ríen, necesidad de llorar pero no lloran. Dos personajes pesados y oscuros a pesar de que su belleza sugiere todo lo opuesto. Tú, lector, estás ansioso de que las dos bellezas solitarias que caminan por el callejón, frágiles, húmedas y exuberantes, se revelen fuente de delirio y deseo alegre, las sueñas como esas pequeñas florecillas amarillas que nacen en las grietas de los muros de piedra y entre los adoquines. No te engaño, yo también siento el mismo deseo, pero ellas son indescifrables; su hermosura responde a su juventud, su brillo ilumina la noche y sus voces son capaces de amansar a las fieras,  pero la melancolía es tan pesada, densa como el aire milenario… Ahora llueve y en ellas se desata la furia, quieren luchar, lastimarse, brutalmente destrozar el rostro de la otra, con los mismos puños con los que la india amasa el pan y la roja acaricia a su padre. La rabia quema los gritos heridos que suben reverberando entre los muros de los edificios. Se cruzan, chocan contra las paredes y se fortifican, hasta morir en la libertad del cielo nocturno. Hasta que una voz, no sé bien de quién, si de la india o de la roja, o una hija de ambas, entra por el espacio insólito de la única ventana abierta en la lluvia y con la luz encendida, llega hasta los oídos de alguien y susurra algo. Desde la ventana del último piso, hasta  los adoquines donde termina la visión, al fondo del oscuro callejón, una imagen lejana del paraíso. Mátame, decía la voz.

Pecado en el Santo Sepulcro

9:34 AM ya es tarde. Mi objetivo era llegar a la Universidad a eso de las nueve, pero bueno, extenderé el plazo hasta las 10. En 5 minutos llego al Café del Porto, tomo un capuccino y un pedazo de focaccia, y subo a la Facultad. Según mis cálculos cotidianos, a eso de las 10 menos 5 ya estaré posando mis nalgas y mi computador en mi escritorio de siempre. Entre todos estos pensamientos, me pongo la chaqueta, me cuelgo el morral en la espalda y salgo de casa. Mientras estoy cerrando la puerta del apartamento con triple llave, se me acerca un cura vestido completamente con el hábito negro y el collar blanco. Un hombre adulto no muy viejo, estará próximo a sus 50 años, de piel clara y ojos claros, lleva puestos unos lentes y carga consigo un maletín negro en el hombro. “Buongiorno figlia, voi benedire la tua casa?” Ante la sorpresa del cura en mi viejo edificio del medioevo y mi afán por llegar lo más rápido posible a mi cita con mi capuccino matutino, mi cerebro se toma un poco más de un segundo para hallar una respuesta cortés pero negativa ante la petición del sacerdote. Después de todo, hace mucho abandoné toda creencia religiosa “perdóname padre santo” pienso y me río, si me oyera mi abuela.  “Mi scusi don, devo scappare”. El cura que por su cara parecía estar más aliviado que contrariado por mi respuesta, se apresura entonces a salir él también, se nota que no está de humor para andar repartiendo bendiciones a diestra y siniestra, tiene la frente sudada y sus cachetes de montaña completamente rojos, mala suerte que aún le quedaban dos pisos por visitar, el primero y el piano terra. Pasamos el primer piso, yo delante y él detrás, vi que la puerta estaba cerrada, y escuché también que el padrecito no se había detenido a tocar. A este punto mi curiosidad se había despertado, presentí que el cura ya conocía mi edificio, y que sabía de sobra quienes eran las habitantes del primer piso y el piano terra. Bajamos al piano terra, siempre yo adelante, vi que ambas puertas a lado y lado del pasillo estaban cerradas pero sin el escueto candado que las asegura. Abro en mi afán la puerta de la calle, y más atrás el cura aprieta el paso y sale él también al vico más estrecho y oscuro de toda la zona, el Vico del Santo Sepolcro. Curiosamente las dueñas del vico no se encontraban en sus lugares habituales, yo giro a la derecha y el padre a la izquierda, yo ralento el paso mientras él agarra más fuerte el maletín y se dispone a escapar del Santo Sepolcro.

Hacia la derecha al fondo del vico se encuentra Via San Luca, una de las más amplias, comerciales y vivas del centro histórico de Génova, La Superba,  a la izquierda en cambio, hacia donde se dirigía el padrecito, se encuentra la piazzetta del Santo Sepolcro, donde se encuentran de día una decena o más prostitutas colombianas y dominicanas de mediana edad, de 30 para arriba, unas cuantas prostitutas italianas un poco más mayores, de unos 50, y unas tres o cuatro, italianas de la vieja guardia, de unos 70 o quizás más años, a esperar clientes. En la esquina el negocio del árabe. Fuera del negocio fornidos jóvenes africanos venden hachís y marihuana, beben y a veces hasta cantan. Las prostitutas latinoamericanas hablan un español entre caleño y dominicano, mezclado con palabras italianas. Ninguna se hace llamar por su nombre, y visten atractivas ropas ceñidas al cuerpo, pelucas hasta la cintura y botas de piel o tacones rojos muy altos. El vico del Santo Sepolcro y todos los vicos de la zona son famosos por las prostitutas, quienes inician sus jornadas laborales a las 8 de la mañana y terminan a las 8 de la noche, se sientan en las puertas de los edificios, incluído el mío, y desde San Luca o los vicos adyacentes sólo se ven un par de piernas con tacones que invitan a los viejos solitarios a darse una sacudidita a lo latino. Las cincuentonas italianas, fuman y se visten raro, tienen un aspecto más rudo, dan vueltas en un mismo punto y hablan entre ellas. Las veteranas, esas de cabellos blancos, que pasarían por cualquier abuela, se sientan en sus sillitas con la sobriedad que les da la edad y con la autoridad que les da la experiencia, a esperar, quien sabe a qué viejo cliente de toda la vida.

Las latinas me caen bien, son gentiles y les puedo hablar en español. Muchas veces desde mi ventana pongo algo de salsa, vallenato o merengue y las oigo cantar alegres. Se cuentan cómo les va en el día, que hicieron de comida la noche anterior, y ríen, ríen y ríen todo el día. A fin de cuentas no me parece que llevan una vida dura como las de las prostitutas que trabajan en latinoamerica, o incluso esas que se las ve de invierno semidesnudas a los lados de las autopistas de las ciudades europeas. Las del Santo Sepolcro son las dueñas de su vida, no tienen ningún chulo que las presione, viven prácticamente en su lugar de trabajo, trabajan de día, y se dan el lujo de elegir a sus clientes. El otro día escuchaba a una de ellas tratar de convencer a un viejo genovés de gozar un ratito, estos viejos lobos de mar, que a la voz de un mi amor y una piel canela se derriten, conocen ya las calles, los portones y saben cuáles son sus muchachas preferidas, pero este viejo en cambio pasaba desapercibido a botar la basura en uno de los contenedores donde un grupito de cuarentonas latinas se sientan a esperar cliente. “Fa troppo caldo” responde el viejo, las mujeres concuerdan y se echan todos a reír.

No ha alcanzado a llegar el curita hasta la piazzetta del Santo Sepolcro cuando de mi edificio salen cuatro mujerones: Morena, Telma, Yuri y Taty, Morena y Yuri, dominicanas, Telma y Taty, negras caleñas. Valga decir que las colombianas, sin importar la edad, son las más bellas del centro histórico. “Don! Don!” llaman al padre con afán. El curita se gira despavorido y al mismo tiempo derrotado. “Venga venga Don, a benedire la nostra casa” dice Morena, la dominicana mayor, con un italiano golpeado pero exótico. Entre las cuatro lo rodean, mientras More lo lleva por el brazo. El curita cabizbajo, vuelve al viejo edificio, a bendecir las habitaciones donde estas latinas hacen pecar a más de uno.