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Pájaros y humanos

¿Cuánta verdad hay en el amor?
Los relatos de los minutos transcurridos en soledad migran sin rumbo antes de levantar vuelo.
Las llamadas telefónicas son interceptadas por antenas disfrazadas de pinos silvestres.
La mensajería instantánea son huevos no fecundados en un nido.
Las ventanas se abren y se cierran por la mañana y por la noche, pero no son el sol.
El cielo es una línea estrecha paralela al suelo.
Los humanos no tienen alas ni pico.
Los pájaros tienen corazón, ojos, pulmones, y voz.
Los pájaros volaron por los cielos de Gondwana.
Los humanos observan fotos que regresan sonámbulas en un sueño lúcido.
¿Cuánto amor hay en la verdad?
La voz del humano se asfixia antes de salir del vientre materno.
El corazón canta en silencio una melodía que aún no reconoce.
Los pies sin zapatos se sienten encerrados.
Los pájaros no tienen manos, pero tienen uñas.
Los vuelos de todos estos años no han alcanzado para darle la vuelta al mundo.
La libertad tiene la forma de una pluma con la que se escriben los anhelos.
La hibernación ya no es cosa de los animales del invierno.
Los humanos nunca han hibernado, se esconden.
Los humanos no conocen otra cosa que no sea temer.
Temen cuando vuelan, y vuelan cuando temen.
No como los pájaros,
que vuelan sin necesidad de amar o de saber la verdad.

Todavía no has escrito nada

Las horas de meditación bajo la bonga cordobesa, las charlas con los compañeros en lenguas de oriente, la sangre circulando aquella vez que enfrentaste a los atracadores, los cuadritos de cebolla cortados en la cocina de la casa, todos los caminos recorridos y todas las montañas enlazadas, los mismos calzoncillos sudados que recorrieron las tierras del sur y las del norte, los cuadernos que se quemaron, los libros que resucitaron, las canciones guardadas en la mente, las risas retumbando en las paredes de la habitación, los dedos recorriendo pieles y cueros, las suites nocturnas de las noches de luna llena y de luna nueva, las llamadas de socorro que se perdieron en el eco del valle.

Si tan solo el tiempo tuviera en cuenta todos estos movimientos, si contaran para algo como cuentan las lluvias de la primavera. Si el tiempo y los ojos que lo miran en todas sus inimaginables dimensiones y direcciones, escribieran en sus libros los interminables segundos de alegría y dolor, quizás nuestras nombres bailarían con brillantes de colores en la Sinfonía de Las Ambas Vidas: la intrascendental y la trascendental. El dolor del cuerpo dejaría de ser una señal de finitud, las cartas de amor se llenarían de palpitaciones, la tierra del nunca jamás y del ahora por siempre se amalgamaría en el mismo camino que lleva a casa todos los días. En cambio recorremos ese mismo camino, tan amado y tan odiado cada día, cada día nunca y cada día siempre, con esa la desgracia de la inutilidad, de la nulidad de nuestros nombres.

¿Sabe alguien cómo te llamas cuando atraviesas solo, a la mañana o a la tarde, ese mismo sendero que conoces a memoria? ¿Eres capaz de pronunciar ese nombre en voz alta sin sentirte remotamente bobo? Te ven sólo las estrellas, las plantas y los animales ocultos en lo oscuro, e incluso para ellos has de ser invisible e imperceptible como ayer y como mañana. Todas las construcciones mentales que erigen sueños, planes, programas, empresas, metas y objetivos, son anulados con cada amanecer, queda entonces un pensamiento solitario. Un pensamiento hijo de un llamado más profundo: la ilusión del amor. Digo ilusión como quien dice horizonte, digo amor como quien dice ahora, y viceversa. No digas ya nada más, no pienses que crees, no creas que piensas. Tus huellas por la tierra desaparecieron con el verano pasado y con el que está por llegar, tus caricias el gato ya las ha olvidado. ¿Si ves? no has escrito nada. No hasta ahora, pero quizás mañana.

El perfume del día 30

Este texto no presenta una historia, es más bien una recopilación de sensaciones recogidas a través de una ventana en un arco temporal de exactamente treinta días. Una ventana en un cuarto piso. En el día treinta ya se empiezan a percibir los días de sol y calor que se acercan. Lo primero que irrumpe de manera decidida es el aroma único que se mueve libre entre las calles del laberinto desierto. Trae delicadas notas de ajo y tomates preparados en una salsa por unas manos tiernas y arrugadas llenas de pecas antiguas. Trae sal y risas del mar, saltos desde las rocas, y corrientes frescas marinas que se envuelven en los pies de vez en cuando. Ráfagas de frescura de pino de montaña y nieve derretida alcanzan el rostro, trayendo consigo el olor de los pasos sobre las hojas y las ramas secas, y el olor de los paisajes de los picos aledaños. Se sienten también suaves perfumes de mujer y de hombre de marcas renombradas que caminan hacia el teatro o hacia el cine recubiertos por las noches de las primaveras de todos los siglos. Hasta el cuarto piso sube sin preaviso el particular olor de los muros de la ciudad, es imposible no reconocer su aroma pues nada se compara con el olor de las piedras medievales que han salvaguardado cientos de nacimientos, y homenajeado otras cientos de muertes. El olor de los muros de esta ciudad tiene tanto de una seguridad fría como de una tibia hospitalidad. Se asoma también el típico olor de los cuentos de todo un territorio comunitario aparentemente dividido pero fundamentalmente amalgamado. ¿A qué huelen los cuentos? se podrá preguntar el lector sin resultarle al mismo tiempo un olor desconocido. Vienen cargados de madera y tinta, pero también de sudor y exhalación pulmonar. Cuando se abre la ventana también se siente el olor a vida, proviene del cielo el típico perfume del sol haciendo fotosíntesis sobre la piel de los seres vivientes, el perfume del oxígeno viajando por el sistema circulatorio del cuerpo, y el vívido e intenso perfume carmesí del corazón palpitando más fuerte que en ninguna otra primavera pasada por la tierra. A una cierta hora de la mañana, a una hora precisa, justo antes del medio día, aparece una fragancia única e irrepetible, personificada por la única persona que desde la calle mira hacia arriba para saludar a quien abre la ventana por la mañana. La fragancia es una extraña mezcla de pan en el horno y de perrito de casa, con calientitas notas de café. Esporádicamente irrumpen tonos de olores lejanos e inusuales, el cartero huele a cánapa, y la vecina del piso superior a relojes lujosos. La semana santa también hace su procesión olfativa, trayendo olor a inciensos y a telas guardadas en un armario con lavanda. Cuando llega el medio día y suenan las campanas de la catedral, se siente el olor a mejillas coloradas por el sol, y el olor a amor, ese perfume a veces tan esquivo a veces tan imprudente, que llega oliendo a carne cruda empapada en jugo de frambuesas. Luego está el olor de quien abre la ventana desde el cuarto piso, imperceptible para sí mismo, pero que viaja y llega también a quien lee estas líneas.

No volveremos

Falsas luces de futuro proclaman el regreso a la vida conocida.
Voces distantes marcan los pasos de esta marcha fúnebre.
Cajones vuelan por las calles vacías.
Niños nacen sin sol.
El cielo se guarda para los jabalíes y las ballenas.
Oradores del mundo se unen para ampliar las conciencias.
Con una esperanza a brazos caídos.
Letras pesadas como lozas de mármol se ciernen cada día sobre nuestras cabezas.
Martillos que nos clavan a las tablas de la cama.
El techo es el horizonte más lejano.
Hasta aquí llegamos sin las personas que amamos.
Rewind a los viejos cassettes de los paseos dominicales de la infancia.
Pensamos en todos sin pensar en ninguno.
Limpiamos las casas y las calles.
Encontramos recuerdos entre las basuras y entre las ratas.
Lloramos enterrados bajo cúmulos de inútiles billetes de otros.
Lloramos solos.
No hay palabras que den consuelo.
El terror vive en los ojos de quienes nos cruzamos en la trinchera.
Los días tienen el color de la pared.
Incluso nuestros maestros tienen miedo.
Los pájaros de metal ya no nos transportan a nuestros sueños.
Los continentes cantan la tabula rasa.
La pangea se levanta de entre las profundidades.
El núcleo de la tierra arde.
Los corazones se encogen.
Tiemblan.
Aguardan.
Respiran la ilusión de algo que no tiene nombre.
La valentía cuelga de los lacrimales.
Hasta el más grande, hasta el más pequeño,
hasta el más rico, hasta el más pobre.
El humano está desnudo.
Hasta el señor de la guerra,
hasta la señora de la iglesia.
Hasta aquí hemos llegado, quienes quiera que hayamos sido.
No volveremos.

trenes y cabezas

Salto de un vagón a otro, no hay nadie.
Voy sola en este tren furioso que del mar se dirige a la montaña, atravesando bosques y parajes cubiertos de niebla.
Carroza 7, cero personas.
Carroza 6, cero personas.
Carroza 5, cero personas.
Busco saltar a la carroza 4 pero me quedo atrapada en el frágil espacio entre carrozas,
donde los ruidos de la ferrovía pasan en diabólicos 4/4, y no en los dulces 3/4 del confort de la carroza,
donde el viento gélido de los Alpes que se convierten en Apennino, entran por las hendijas del acordeón.
Trato de abrir la puerta, de buscar unos ojos piadosos.
En la carroza 4, cero personas.
Muy al fondo, quizás en la 2, se vislumbran algunas cabezas que no saben que me quedé atrapada en el intestino de este gusano de metal.