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Contaminación Visual

Escena 1

Un muchacho sube al bus, tendría unos 17 años, la barba aún no le sale, tiene la piel sana como la de un niño, su voz tampoco ha madurado del todo. Su discurso no se asemeja al del resto de personas que suben a los buses con historias diversas para pedir limosna, él, a quién llamaré Manuel para sacarlo del anonimato, tiene la voz temblorosa y angustiada, su historia es terrible, habla de un hijo de dos meses enfermo, un tío que lo abandonó, una familia sin techo, una mercancía que le han robado. La desesperación es clara en los ojos de Manuel, un par de lágrimas escapan de sus ojos, comenta de la vergüenza que le da pedir dinero y de lo difícil que fue tomar la decisión de hacerlo.

Escena 2

Atascada en un trancón en plena hora pico, en una de las calles del centro de la ciudad, me quedo observando por la ventana las tiendas y los negocios, preguntándome una y otra vez de dónde sale el dinero para mantener una economía tan explosiva como la de esta capital, qué maquinaria enorme debe ser nuestro sistema para mantener de uno y otro modo la vida de tantos millones de corazones. Qué trabajo tendrán todas estas personas, los ricos y los pobres? De dónde sale tanta mercancía? Quién necesita todo esto? Mientras divago sobre la macroeconomía, una imagen me roba el pensamiento: un hombre de mediana edad, de piel sucia de años y años de calle, defeca bajo el inclemente sol de las montañas y a la vista de todos quienes por allí caminan, sin el menor pudor o preocupación.

Escena 3

Cae la noche y me detengo fascinada por las luces de colores de un edificio enorme y de estilo moderno, un hombre con 10 perros de diferentes razas y tamaños lucha con sus fuerzas para hacerlos retomar el camino mientras ellos huelen alguna marca dejada en un poste por algún otro canino. Detrás de él un grupo de 10 niños vestidos de héroes gringos, o piratas, o princesitas pasan gritando y riendo a su antojo. Después de los niños pasa una pareja de jóvenes homosexuales vestidos a la moda “hipster”. Luego una anciana de rasgos indígenas trata de atravesar la calle asustada por los carros que aceleran para no dejarse coger por el semáforo.

Sí, a todos debe sucederles, por lo menos una vez al día. Me resisto a creer que todas estas caras, carnes, cuerpos, risas, voces, palabras que son los humanos no sientan por un ínfimo instante la angustia que es la vida misma, su misterio, su gravedad. La gente de la calle, quienes venden, quienes caminan afanados, quienes van en carros o en buses, quienes duermen en las aceras, quienes se venden, quienes ríen, todos han de sentir el escozor que la existencia provoca irremediablemente dentro de nuestras mentes y en nuestros mismos cuerpos: sentir que en un segundo nuestras vidas se reducen a la nada, la concepción del hoy y del porvenir es tan frágil como un recién nacido echado a su suerte en algún basurero de la ciudad. Entonces todos salen de sus huecos para deambular por las calles en busca de algo que rellene el tiempo, recitando cada uno su papel con plena convicción; la arrogancia de la que estamos hechos los seres humanos. Me cuesta creer que la fragilidad de nuestro ser no produzca en los otros algún efecto visible, una señal de conciencia. La marea humana pesa sobre la tierra, la hace vibrar, la atosiga, la hace escupir sangre, lo hemos construido todo nosotros, y al andar por la ciudad, veo lo mal que lo hemos hecho, el artificio del humano no rinde homenaje a su genio, por el contrario, cada día es un bombardeo constante a nuestras humildes dignidades, a nuestra voluntad de construirnos, a nuestro sentido colectivo de especie, al amor mismo.

Sentado en una esquina del enorme edificio un hombre adulto vestido de traje y sombrero me busca la mirada, me acerco con confianza, ambos hemos visto el desfile de gentes que acaba de pasar, ambos hemos visto exactamente la misma profundidad de imagen. Me siento a su lado sin decir palabra sólo compartiendo el mismo sentimiento. El hombre toma aire profundamente, sonríe y me dice: “no te preocupes, Moravia ya lo había visto en Roma hace más de 60 años, y en esa época dijo “todos los hombres sin excepción, son dignos de compasión, sólo por el simple hecho de estar vivos” ”.

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Asmodeo

Basta un segundo para comprenderlo todo en los ojos de alguien más, basta poco, un gesto, una señal. Lo sé bien que es fácil equivocarse: creer que la hubo, aunque no, y viceversa, creer que no la hubo, para luego darse cuenta de que era necesario un poco más de tiempo. En todo caso, son excepcionales, esas veces que sucede de golpe, instantáneo, y luego, como por arte de magia el contacto se establece, busca su natural punto de equilibrio y logra finalmente perdurar en el tiempo. Míralo: hace años arribado de lejanas tierras empujado hasta esta orilla por aires vagabundos, según Plinio el Viejo, había nacido con una sonrisa en los labios, lo que auguraba su sabiduría. Cómo no notarlo. Primero la confusión, luego la rendición, pero obviamente él también se ha rendido, un pequeño pacto secreto nace de un momento de rendición total, un equilibrio fino y delgado que camina sobre el filo de una navaja. Seducción, deseo carnal, amor por lo profano. Todo puede saberse desde el principio, todo puede decidirse desde el principio, siendo concientes de que  decisiones de este tipo comportan una gran apuesta que no siempre estamos dispuestos a aceptar, quizá por cuestiones de pura conveniencia, y sin embargo, cuya tensión es una corriente de energía poderosa que atrae y recarga. Potencia. Despierta. Sacude. Renueva. Así pues nos hemos encontrado en algún punto del camino, siendo quienes somos ahora, tan diversos y tan distantes. Él se beneficia tanto de mí como de él, aunque cada vez se invade un poco más el espacio del otro, y no obstante, si es un juego de estrategia bien pensado, puede resultar entretenido y gratificante. Noches de música en antiguos lugares olvidados  por la civilización enmarcaron nuestros casuales encuentros. Rocío, castillos, luces tenues, sonrisas, vinos, palabras cordiales, primeros planos sobre los ojos, ciao, sonrisa, mirada, de nuevo sonrisa, suspiro, arrivederci, mirada, mirada, mirada, suspiro, media vuelta y camino. Fugitivos contactos físicos, dedos inquietos que buscan un poco más de piel. Jugar a ser poetas malditos, románticos fuera de tiempo, galanes de filmes en blanco y negro. Una espiral de arte movida por un instinto primario de eterna seducción; difícil calcular hasta dónde se está dispuesto a llegar cuando dentro del estomago la pasión y la curiosidad por lo desconocido suena como una campana que llama a misa, a una ceremonia donde se es al mismo tiempo, carnífice y víctima, una ceremonia cuya experiencia nos ha demostrado una y otra vez la estupidez del humano, quien no satisfecho con el encuentro y sus bondades siente sed de poder, placer macabro y ávido, y todo placer quiere eternidad. Hasta dónde más estás dispuesto a caer? Cuánto más peso puede resistir nuestra delicada tela de araña tejida con frágiles inquietudes, deseos, fantasías, dudas y perversiones?  La carne reclama su parte, el batido del corazón que con cada golpe envía calor a las zonas erógenas del cuerpo, el ritmo cardíaco que se escucha dentro de los propios oídos como un cronómetro diabólico, que asusta, que persigue, que desea, que excita. La oscuridad de la noche que envuelve los sentidos con un manto de complicidad, haz lo que quieras, la luz no te observa. El rugido del bosque que ahoga cualquier gemido o grito de socorro. Salgo de mi fantasía y abro los ojos: me despierto cercada por las frustraciones de los demás, sus miedos, sus represiones, su falta de libertad, su aburrimiento, sus odios, sus tragedias, necesidad enferma de coaptar la libertad del otro, porque el otro es imperfecto como uno mismo y es justamente esa imperfección del otro lo que nos reconforta, y hasta no encontrar esa imperfección el juego de la seducción se mantiene vivo. Eres tu la perfección que también estás hecho de carne y ego? No, somos todos hijos del hombre. Te escondes detrás de tu aire solemne, no respondes a todas las preguntas sobre tu vida, pues bien sabes que tú también eres débil, llevas el placer hasta su nivel extremo (al menos esos placeres que puedes dominar), los otros los miras solo de reojo, atento a no perder el control de tu respiración, pero basta solamente un nuevo encuentro, uno más próximo, una palabra susurrada al oído, una mirada fuerte y determinada.

Nirvana-Peste

La sangre viaja rápido a mi cabeza y a mis puños, quiero golpear, masacrar, torturar, matar. Agacho la mirada, busco algún punto con el cual distraerme, respiro profundo, trato de hallar la paz que se esconde en lo profundo de nuestros corazones. Corro veloz a ella huyendo desesperadamente de la ira, si le permito alcanzarme no sé de qué sería capaz, y esto me asusta. Ya he golpeado, no es una grata sensación. La pasión logra apoderarse de mí cegándome el pensamiento, por esto prefiero escapar. Veo entonces mis pies que desesperados me mueven a lo largo de una oscura alcantarilla que emana gases calientes de olor nauseabundo, me deshago de mis ropas tratando de refrescarme, pero no lo logro, mi corazón late fuerte, siento el hervor de mi sangre recorriendo cada una de mis venas. No hay espacio para el pensamiento, sólo para la cólera. Ratas gordas se cruzan en mi camino, sus voces hacen eco en estos túneles subterráneos, el rumor de los automóviles me bombardea los oídos, el chillido del metro deteniéndose me hace doler la cabeza, la ciudad tiembla sobre mí. Los transeúntes se dirigen a sus destinos sin pensar en esos que vivimos en las entrañas más oscuras de la ciudad y del alma. Escuchan la música en los trenes, no se miran, no se hablan, tiran las colillas de los cigarros sin hacer caso, leen los periódicos y las publicidades como cuentos para niños. Yo en cambio corro, sí corro, en las alcantarillas huyendo de la furia y el pánico. Grito mientras corro. Lloro mientras corro. Llamo a mi madre, a mi padre y a mi hermano, llamo a mis amigos, nadie acude a mi rescate, todos le temen a las cloacas, a los túneles donde se entra sin saber si habrá una salida, parece tratarse de un laberinto único con algunos agujeros hacia la superficie, hacia la luz. Corro pero siempre me encuentro en el mismo punto, o en puntos distintos que (mierda!) parecen ser iguales, cómo diferenciarlos?

Huele a muerte y no sirve la desesperación. Me detengo. Respiro. Me seco las lágrimas. Descanso las piernas. Miro a mi alrededor y trato de reconocer lo que me rodea. Cadáveres. Un zapato viejo. Mierda. Ratas. Bolsas de supermercado. Gatos negros. Basura. Abortos. Máquinas oxidadas. Cemento. Moho. Barro. Un reloj detenido. Una botella vacía de whiskey. Dentro de mí la rabia. La dialéctica de la humanidad recae sobre mi espalda y duele, los susurros de la gente llegan a mis oídos como lenguas muertas que no logro comprender. Todos hablan, se cuentan sus penas, despotrican de los gobiernos, de los errores del pasado, de los improperios del presente, de la desesperanza del futuro. De qué sirven todas estas palabras? Son como mis pasos, rápidos o lentos, pisan siempre el mismo suelo, este que pisamos todos y que nos conduce desafortunadamente o afortunadamente al mismo lugar, porque aquí donde estamos, aquí nos quedaremos, no importa cuánto corramos, no importa cuánto caminemos, no importa cuánto nos duela el cuerpo, o cuánto le dolamos nosotros a él, cada palabra es sólo otro ladrillo de este laberinto. Cállense! Cállense todos! Detengan los motores! Apaguen la radio y la tv! Muerte a los símbolos! Sólo en el silencio podemos confiar. Comienzo a correr de nuevo, más fuerte que antes, más enojada que antes, correré cuánto mi corazón pueda bombear, cuántos mis pies puedan desgastarse, no miraré el laberinto, sólo correré más fuerte, con más rabia hasta que pueda estrellarme y desangrarme contra uno de estos muros lógicos o hasta que pueda romper toda lógica y toda retórica.

No sé cómo llegué a este repulsivo lugar, así como usted no sabe cómo fue que llegó a los brazos de su madre… Sí, recuerdo, llegué huyendo de la ira, y aún estoy huyendo, como usted huye también.

30 horas sin dormir

Me dormí en una parte del mundo y desperté en otra. Parte de mí se quedó del otro lado, acá sólo traje un pedazo de carne y piel, la esencia está como ausente, necesita volver a desarrollarse. No reconozco mucho del exterior, sólo estas edificaciones de los años ochenta de colores muertos que arruinan el paisaje. Pequeños balcones llenos de plantas como un autoengaño de los seres humanos para creer que aún tienen algún tipo de contacto sincero con la naturaleza, con el verde. Múltiples antenas. Persianas cerradas. Sonido de aires acondicionados y carros, muchos. El tan aclamado desarrollo. Y yo que me siento tan ajena, y al mismo tiempo, tan hundida en esta basura. Cómo no volvernos locos si el horizonte está enladrillado? El paisaje cubierto por una enorme pared interminable, cruda, concisa, encarceladora. Y el cielo enmarañado con cables, antenas y naves.

Y cuando no se duerme el tiempo-espacio adquiere una nueva máscara. La geometría del tiempo y del espacio varía, es como si de pronto la fuerza de gravedad aumentara y la curvatura del universo recayera toda sobre mí. Todo se ralentiza, todo pesa, todo es oscuro, denso. Es claro que me muevo a una velocidad distinta de esa en la que se mueven todos. Viajo a una velocidad mucho mayor, constante e independiente de este sistema. Las parejas en la gran Piazza, los jóvenes de las motos sofisticadas, las muchachas a la moda, los que toman el café en el bar, pertenecen siempre al mismo sistema de referencia que todos conocemos. Son todos ellos relojes que se atrasan con el movimiento. Aunque para todos sin excepción el tiempo sea exactamente el mismo. El secreto está en la velocidad, según Einstein, en la intensidad, dirían los filósofos.

Y entre todo eso,  hay cosas que flotan, que son tan estremecedoras que hacen un quiebre brutal del universo. Sensaciones etéreas y divinas, lejanas de las matemáticas y la ciencia, del mundo. Momentos de pequeños big bangs internos, la creación de muchos universos nuevos y desconocidos, que distorsionan la veracidad de este único universo que creemos conocer, o más que distorsionarla, la ponen en duda. Un respiro, la chispa de la genialidad humana, el roce suave con el alma propia. Raptos abruptos hacia un lugar vacío y lleno a la vez. La perfección hecha una gota de sudor en un pequeño poro. Ver el universo a través de los ojos que fueron creados especialmente para ello.

Y aún así, dicho esto, ya nadie cree en nada. Los ancianos ya no esconden nada entre sus arrugas, ni las mujeres entre sus labios, ni los hombres entre las manos. La mística se ha quedado encerrada en los ladrillos de Sant’Angelo, la humanidad no guarda nada, es obscena y cruel, aunque bien vestida. Hiperreflexia, pérdida de la lucidez. Se cumplen exactamente 30 horas sin dormir, sin desconexión de la realidad, como un Tevere que lo ha visto y sufrido todo. Pero aquí ya estuve, como una viajera del tiempo-espacio, sintiendo que he existido siempre y que no me he perdido de nada. Lo juro, que ya el Tevere me había conocido.

En la vida

En la vida. Recuerdo con clara memoria aquella tarde en la finca, un calor atróz sofocaba el ambiente, la arena y las hojas secas de los palitos de mango cubrían el piso. Una hamaca mecía un bebé durmiendo, el amo y señor del único abanico. Los demás niños estaban jugando cerca de las vacas, yo preferí quedarme sola con mis muñecas dentro de la casa, cerca del abanico.

Un zumbido desesperado.

Una mosca gigante trataba de salir de la casa por una de las ventanas. Para la mosca allí fuera estaba el jardín, no requería mucha astucia para saber que allí fuera se encontraba su espacio natural, donde no hay techos ni paredes, sólo árboles, flores, agua, viento, sol. Pero este vidrio transparente la separaba de su ideal. Depronto entró a la casa atraída por el olor de la comida, pero una vez satisfecha era hora de volver al hábitat.

Hoy, 20 años después, me siento exactamente igual a esa mosca. Me golpeo una y otra vez contra este vidrio que me separa del jardín. A veces doy vueltas por la casa, busco comida, observo al niño que duerme en la hamaca, pero tarde o temprano siento esta imperiosa necesidad de salir de este encierro. Cómo hace una simple mosca para atravesar un vidrio?

Cómo hago yo para atravesar el umbral de la vida?

Humanidad, Cómo has cambiado

Anoche estuve en una reunión de despedida, habrían llegado unas 25 personas a disfrutar de una cálida cena en grupo. Todos hablaban, intercambiaban pensamientos y risas. Una velada agradable. El plato fuerte de la noche era una deliciosa carne a la parrilla, algunos como yo, estuvimos deseosos de saborear la jugosa carne, sin embargo me llamó la atención que apróximadamente la mitad de los invitados no comen carne. Y está bien, debe quedar claro que este post no busca hacer una diatriba contra los vegetarianos, por el contrario, son una muestra de cómo en tan pocos años hemos evolucionado.

Pasa que desde el nacimiento del ser humano, nuestros hábitos alimenticios siempre han tenido un rol importante en el desarrollo de nuestras mentes y cuerpos. El fuego por ejemplo modificó nuestra caja dental; de muelas grandes y fuertes para destrozar la carne cruda, a dientes pequeños y finos que mastican alimentos tiernos y suaves. Podrá parecer banal, sin embargo este cambio en nuestro hábito alimenticio, ha aportado ciertamente a la evolución de nuestro cerebro y con ella, a la evolución de nuestros pensamientos. No es tampoco un secreto que la obesidad presentada por los estadounidenses responde a niveles de glucosa (azúcares y grasas) que la humanidad en toda su historia jamás había ingerido. Pues para alcanzar el nivel de glucosa de cualquier dulce moderno, había que comer no sé cuántas cantidades de frutas.

Pero volvamos a los vegetarianos de hoy. Me asombra la cantidad de jóvenes que hoy en día han optado por retirar las carnes de sus dietas. Ayer en el asado, observaba la carne, jugosa, sangrienta, roja, animal y el comerla me hace sentir precisamente, animal, es un sentimiento tan primitivo que recorre miles de años desde el primer simio carnívoro hasta mí. Y este sentimiento primitivo no solamente aflora al momento de comer la carne, sino que permea las distintas instancias de la vida. Quiero decir, estudiemos un poco a los vegetarianos. Suelen ser siempre personas tranquilas, neo hippies (en el buen sentido), personas incluso alejadas de ciertos impulsos animales, que pienso yo, pueden ser propiciados por las distintas propiedades de la carne y por el acto mismo de sentir la sangre animal que corre por nuestros rostros. Y es justamente esta lejanía de nuestros instintos primitivos, lo que me hace reflexionar sobre el efecto que podrá tener sobre nuestros cuerpos, nuestros cerebros, nuestras mentes y nuestras sociedades.

En todo caso, a pesar de haber vegetarianos por diversos motivos; defensores de animales, retractores de las hormonas en las carnes, etc, todas razones válidas, el dejar de comer la carne obedece también a un momento clave de la humanidad. Un momento en el que el ser humano piensa en buscar vida en otros planetas, necesitar del cuerpo lo menos posible, para dar paso a un ser humano mentalmente super desarrollado. Un camino por el que sin duda está transitando la humanidad, como si supiera o presintiera que en algún momento tendrá que comer sólo aquello que brote del suelo, sean granos, hojas, frutos, etc.

Pareciera que en todo sentido, el hombre busca a como dé lugar alejarse de todo aquello que le recuerde su orígen animal, para extenderse como un ser superior al resto. Estoy segura de que muy pocos de ustedes se sienten animales, y que cualquier sentimiento o instinto animal en nosotros es rechazado ferozmente. Pero… por más que quieras, por más blanco y educado que seas, somos y seguiremos siendo parte de una misma naturaleza.

 

Si la dignidad es sólamente humana… entonces?

Lo que vi esa noche quedará grabado en mi memoria, grabado como después de una tortura con choques eléctricos.

En un país desconocido, pero conocido al mismo tiempo, llegué sin un plan, sin una guía, sin una idea. Me dejé llevar por el fluir del viento hacia donde él quisiera llevarme. Así terminé allí esa noche, preguntándome una y otra vez el porqué de mi desdichada suerte. Debo admitir que no fue sólo la noche, desde la mañana la cosa empezaba a tomar forma. Como una buena extranjera no tenía ni idea dónde iba a terminar tal desenfreno.

La excusa es una sola palabra: Carnaval. Y realmente después de esta experiencia ahora tengo dudas de lo que yo creía, era el carnaval; una muestra folclórica y cultural de un lugar. Pero va mucho más allá de eso fuera de los límites de mi ciudad. Cada pueblo del mundo tiene un carnaval y la justificación no es más que una, el desaforo y la violación de las leyes, al menos por un día. Debo reconocer que para violar las leyes en mi ciudad no se necesita esperar a un día especial en el año, se violan cada minuto a diario, y la gente tampoco necesita un día en especial para ser alegres y espontáneos. Caso contrario, a mi punto de vista, el de los pueblos andinos. Uno que vive acostumbrado a verlos siempre tranquilos, silenciosos y sumisos, es verdaderamente shockeante verlos fuera de sus ropas de siempre.

Pasa que Latinoamerica no es Venezia, aunque en algunos lugares se ha logrado educar a la gente alrededor de la conciencia y la convivencia en el carnaval, pareciera que muchos otros pueblos de nuestro continente –  gracias a nuestra historia de colonización –  han olvidado realmente sus culturas, para “asemejarse” o “mal imitar” comportamientos occidentales carnestoléndicos que poco tienen que ver con nuestras verdaderas tradiciones. Nuestras culturas contaminadas por un catolicismo represor y malvado, requiere necesariamente de un espacio que permita burlarse de Dios, de los curas, de la represión sexual, etc. Tanto que el carnaval se rige por la semana santa, y ésta directamente por la luna.

Ha sido entonces el legado religioso occidental que ha propendido por la desaparición de la dignidad, como de todos los males actuales de la humanidad. No se trata de esta gente, o de este pueblo andino en particular. Es una secuela dolorosa de una sociedad que logró acaparar al mundo con sus virtudes, pero también con sus defectos. Mientras que antes de la conquista, nuestras sociedades ofrecían fiestas al sol y a la luna, a la fertilidad, y a la naturaleza, los occidentales se revolcaban en el delirio y la desesperación que les provocaban los diez fatídicos mandamientos, las reglas de oro que han tratado de recortar nuestra autonomía hasta el punto de hacernos sacrificar cualquier cosa con tal de gozar al menos de un instante de completa libertad.

Entra entonces la pregunta sobre la libertad. Todos fuimos libres, desde los griegos a los aztecas, desde los mongoles hasta los nórdicos. La primera representación escrita del concepto “libertad” se cree que es la palabra cuneiforme sumeria Ama-gi. Se cree que es la primera instancia de los seres humanos utilizando la escritura para representar a la idea de “libertad”. Traducido literalmente, significa “volver a la madre” , No volver “al Padre” (divino, celestial e invisible). La frase volver a la madre, pienso yo, se refiere a la madre naturaleza, a la naturaleza humana. Y es propio de ella y únicamente de ella: la libertad y de la mano la dignidad.

Escuché decir a un viejo sabio, que la “dignidad” es el único valor que en la naturaleza únicamente se puede atribuir al hombre. Es decir, un perro puede ser tierno, un gato grosero, un delfín inteligente y etc – al menos así me lo enseñaron las fabulas- pero la dignidad es esa característica únicamente humana que se nos atribuye justamente al hecho de poseer un pensamiento y una personalidad propia. Es el sentimiento, que como indica su nombre en latin dignus, hace referencia a la cualidad humana de sentirnos valiosos, gracias al raciocinio y al ejercicio de la libertad.

Ahora bien, está más que claro que la dignidad no siempre ha tenido el significado que tiene. Desde siempre ha habido gente capaz de sacrificar su dignidad por comida, o techo, o… no sé qué más. Y el mundo moderno no es la excepción, por el contrario. Dicho esto, me cuestiono todavía, si es el carnaval una excusa para perder la dignidad sin necesidad de hacerlo.

El degenere comenzó a las 1o am más o menos, cuando un grupo de gente empezó a agruparse a lo largo de una de las calles de la ciudad – o del pueblo diría yo, aunque signifique un insulto para sus habitantes – a las 2 de la tarde comienza un “desfile”, desfile que a la gente poco interesaba, la cultura no era el valor principal del encuentro. La cultura de este lugar se reducía a una sola cosa: la espuma. La diversión era bañar a la gente desconocida, de cualquier edad con este químico tóxico, directamente en los ojos. Pero, estamos en Carnaval!!! decían, pero y dónde queda la tradicón, la música, el folclor?? Los grupos folclóricos indígenas que bailaban en el desfile, luchaban con la muchedumbre para hacerse paso, mientras tenían que soportar a cientos de personas agrediéndolos con espuma, tinta,  agua y demás sustancias líquidas.

Realmente es fuerte la dececpción que se vive de la raza humana cuando se le ve agredirse a si misma, cuando el valor intrínseco con el que nacemos se ve olvidado, o quizá nunca aprendido.  El carnaval parece representar el deseo de la gente de renunciar a su condición humana, porque aunque la locura es también una condición humana, es elogiada justamente por su carácter intelecutal… La pérdida de la dignidad no obedece a la locura, obedece a la ignorancia, pero sobre todo al rechazo de la propia razón, de la personalidad y del verdadero sentido de la libertad.