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Litost

Odio estas primeras noches. Comenzó la temible época del insomnio. Antes cuando tenía que ir a la oficina, debía levantarme a las 6, por tanto a las 9 ya estaba destrozada, y a las 10 ya estaba soñando placidamente. No recordaba lo que se sentía no dormir, esta maldita sensación de no saber en qué pensar, y pensar en todo al mismo tiempo, ver el cuadro de la vida desde lejos, tratando de fijarse en cada detalle y en la armonía del todo, y al final no lograr ver ni lo uno ni lo otro, ni los particulares ni lo general. El cuadro se mezcla todo y termina por ser un manchón abstracto, sin forma, sin explicación, sin mensaje. Esto, justamente esto odio. La falta de coherencia. Por esto también odio esas pinturas que son sólo un punto rojo en el medio de una tela blanca que los críticos y demás pseudointelecutales se quedan observando por horas entendiendo el sentido de algo que sencillamente carece de sentido, o mensaje, o belleza –aunque esto es subjetivo-. Por esto amo las pinturas del renacimiento, pinceladas suaves y acertadas que en conjunto forman un perfecto retrato, cargado de sentimientos, pensamientos, significados, claros y a la vista de todos, sin tener que adivinar en lo que el artista quiso expresar, porque su obra es transparente y clara como él mismo, sin acertijos cursis, la obra está allí, haciendo una invitación a observarla porque a diferencia del punto rojo, ésta está cargada de tantos pormenores que son a su vez grandes significados que se combinan perfectamente entre ellos para completar lo que yo llamo arte. A estas horas los pensamientos fluyen demasiado veloces, viajan entre neurona y neurona en un ferrari y yo a duras penas viajo en una carroza tirada por una vieja mula. No los comprendo, no sé quienes son, y tampoco logro distinguir en qué dirección viajan. Pero allí van, entremezclándose, y casi mofándose de mi intelecto. No se dejan atrapar, no se vuelven ideas sólidas, a veces tengo la intuición de que son las llavecitas que me dejarán abrir la puerta a una vida feliz, si logro atraparlas, ordenarlas, entenderlas y usarlas, en cambio las malditas son como las moscas. Y no tengo ningún atrapamoscas en mi maleta de primeros auxilios. Me acordé de Anselma, que las mataba con gran facilidad armada solamente que con un periódico. Me acordé también que ella se quedaba todo el día sentada en la misma silla, donde yo asumo habrá pasado más del 70% de su vida, mirando exactamente la misma ventana y el mismo paisaje, y yo la miraba atónita, estupefacta, a mí, en su lugar, ya me hubieran acabado los pensamientos. Como creo que me están acabando ahora. Los personajes de los libros que he leído últimamente siguen vagando en mi mente, ahora además de mí, en mi cerebro también habitan ellos, no basta con cerrar el libro en la hoja final. Ellos se quedan dando vueltas como zombies dentro de mi cabeza, y sus voces, y sus caras son igual de reales a las de aquellos otros detestables personajes de la vida real que desafortunadamente todavía viven en mi cabeza. Lo peor es que yo soy como una mujer demasiado buena, una matrona que no echa a sus inquilinos así no le hayan pagado los últimos 8 meses de pensión, yo me conmisero de ellos y los dejo quedar a dormir en casa, pero como ven, la casa se me va llenando, y ya hasta tengo alguno durmiendo en el cuarto de lavado en condiciones deplorables. Pero, y a dónde van si los echo? No podría con la culpa. Algunos de ellos se quedarían golpeando a mi puerta hasta las 3 de la mañana, y no me dejarían dormir… como ahora. Y qué sería de mi casa si los echo? Qué hago yo sola con este caserón tan enorme? No podría soportar oir el eco de mi voz retumbando por las paredes de este cerebro, sin nadie que responda. Además, las casas que se quedan vacías se ponen viejas rápido, se arruinan, se las come la soledad. Entonces no hay remedio, debo convivir con estos inquilinos tan malcriados –por mi misma-, eso si no quiero que la casa se me venga abajo, ellos al menos le ponen un poco de vida, aunque a veces me desesperen. Sin duda, los que más me desesperan, son un par de ellos que no se han tomado el placer de presentarse. Entonces no los conozco, he visto sus caras, pero no sé cómo se llaman, ni qué hacen por aquí, ya ni siquiera recuerdo cómo fue que llegaron a mi casa, cómo fue que les di posada. Pero acá están, y no parece que tengan intenciones de irse por el momento. Así los voy acumulando, diferentes clases de personajes: pensamientos, ideas, sueños, odios, rencores, miedos, amores, todos juntos en la misma casa. Y aunque me hacen sentir viva, y mantienen la casa con bulla, me tienen harta con su falta de delicadeza, ellos tienen su vida propia, hacen y deshacen a su antojo, y me ignoran. Ahora por ejemplo mi cuerpo está cansado y tiene sueño, y yo misma me siento agotada y con ganas de soñar, de desconectarme del mundo, de ellos, quiero buscar un poco de paz, pero ya es tarde, es viernes, y todos los inquilinos de la casa están de farra. Si hasta prostitutas han metido a mi casa. Han empezado a controlarme, o mejor, he empezado a perder el control. He empezado? Hace rato que perdí el control, pero creo que sólo hasta ahora lo admito. Es por eso que odio estas horas y el insomnio, porque me pone a batallar contra todo, pero en desventaja, ya cansada y vencida, a esta hora no tengo fuerza para pelear contra mis inquilinos, pero es cuando ellos están más despiertos. Voy a concluir este escrito (no sé cómo, ya veremos) y voy a quedarme en silencio y a oscuras, esperando quedar dormida. En pocas horas saldrá el sol, y será el 26 de Mayo, y el 25 no regresará, y quizá yo tampoco.

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Coctel Suicida

Salir de otro día de trabajo a encontrarte contigo mismo. Te das cuenta entonces que el trabajo se convierte simplemente en un antídoto contra la filosofía, la escusa perfecta para no torturarte con los dilemas existenciales de cada día. Ahora comprendo el éxito de esos adictos al trabajo, mejor dedicar tus esfuerzos intelectuales y físicos a algo que está fuera de ti. no? Sin embargo, siempre llega un punto en el que tienes que enfrentarte cara a cara con la realidad.

Salir del trabajo a tomar el bus de regreso a casa, de regreso a la soledad, de regreso a la libertad. Y es duro convivir con la libertad. El bus se convierte entonces en la transición entra la anestesia y el dolor. Caras, muchas caras, cada una ensímismada en un mar de pensamientos. Gente común, gente de verdad, es la “gente” de la que tanto hablamos, y a la que tanto tememos, y a la cual, queramos o no, pertenecemos. Empieza entonces el desfile de la infelicidad y la injusticia.

“Señores disculpen la molestia, no quiero robar su tiempo, ni sacarles la mirada de la ventanilla. Soy un joven con dos hijos, no tengo empleo, y vengo a ofrecerles estos caramelos. Al menos no estoy en las calles robando y vengo a ganarme la vida honradamente. Ayudénme con cualquier monedita. Dios los bendiga” Dice más o menos el discurso de todos. Y es normal preguntarse: porqué no soy yo el que está allí ganandose la vida en un bus?

La ventanilla en efecto es el único escape a tan desdichado espectáculo y a tan desdichados pensamientos. Te concentras entonces en ver la ciudad, quienes caminan, quienes van en carro, quienes están en los negocios, quienes duermen en la calle. La ciudad y su humo tóxico. La maldita ciudad, símbolo del desarrollo y la modernidad. La ciudad y su gentío. La ciudad y su ruido. Hay algo más parecido al infierno?

Llegas a la casa y entras buscando refugio, y justo en el momento en que tus oídos se apaciguan, tu mente empieza a batallar. El sinsentido de la vida te envuelve en una espiral de pensamientos que terminan por producirte vómito y mareo. Hasta que un estruendoso sonido ensordece y ciega tu cabeza. Como una bomba atómica que es lanzada por algún ser malvado, cuando menos te lo esperas y destruye todo a su paso.

-Silencio-

Respiras profundamente, y en un arranque involuntario, te pones los zapatos de nuevo, la chaqueta y sales a buscar algo. Algo. Cualquier cosa. En un vértigo de colores, la noche con su ruido, la gente y los olores, te acogen al tener que preocuparte sólo por pedir el siguiente trago. Pruebas una tranquilidad momentánea, y sabes que es momentánea. Es así como los placeres, te salvaron de nuevo de una noche de depresión y soledad, exactamente como un Joker. Una semana más que termina en el círculo vicioso que es la vida.

Sí, tengo tiempo para filosofar, pero gracias a Satán…. es Viernes!