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Cavilaciones en vigilia

cómo voy a creer / dijo el fulano
     que el universo es una ruina
     aunque lo sea
     o que la muerte es el silencio
     aunque lo sea

-Utopías, Mario Benedetti

Hace mucho que quería escribir pero las palabras me eran esquivas. Hace mucho que quería escribirme, reinventarme, reencontrarme, como en los viejos tiempos de alcoholismo y depresión. Y mientras tanto, Cómo puedes sonreir así? Cómo te llamas cuando ries así… tan … exquisitamente? Quién puede reir así? Qué clase de alma viaja por el mundo sin pesares, sin miedos, como la tuya?… Hace mucho que quería escribir, sin pensar, sólo escribir en un mero ejercicio de catarsis. Pero hoy mi catarsis tiene mil rostros, los tuyos, los míos, los nuestros. Camaleónicas miradas que cambian a cada instante con tan sólo el poder de un mínimo pensamiento, como cuando te quedas en silencio con la mirada pesada sobre el horizonte. Y es que a veces nos alejamos como lobos que se gruñen en el bosque frío, buscamos cada uno nuestra comida y nos paseamos solitarios entre los árboles de la habitación con el hocico lleno de sangre. Ya conozco tus colmillos, sé cuánto hieren. Otras veces rasguñamos la puerta y maullamos para poder entrar a la casa caliente, lamernos mutuamente, recostarnos cerca de la chimenea, dormir.

Recuerdo todavía cuando me sentenciaron a muerte, aún no había nacido, ni siquiera en la imaginación, a un alma ausente, a un corazón demente, a un sufrimiento adictivo. Y así soy, aqui estoy, bella, alcoholica, y completamente perdida en la utopía de una vida construída solamente con irracionalidad. Y aqui estoy en alguna parte del camino, sin entender si es el comienzo, la mitad, el final, el quinto tramo, o quizá éste ni siquiera es el camino, pero estoy caminando y con los pies descalzos. Cargo en la mochila miles de años de pensamiento, de sufrimiento, de dudas pesadas como piedras. Cargo en la mochila varios kilos de carne cruda humana para cuando siento hambre. Cargo también con un labial rojo y una navaja para las noches solitarias en la ciudad de la niebla.

No puedo amar confieso, soy la sombra, silenciosa, vigilante, solitaria, vacía. Observo. Vivo detrás de los objetos tocados por la luz. Quien pueda ver mi rostro podrá encontrar la indiscutible soledad, la soledad del alma. Pero mi soledad es terriblemente bella, sólo soy en ella, es como existo. Cómo puede amar un gato de calle? Cómo puedo ser yo misma sin estar sola? Y es que no soy yo, es por esto que eres verdugo. Cuando me besas siento la muerte que respira detrás de mi cuello, y sin embargo, no puedo reclamarte nada, depronto, siempre estuve muerta y es la vida la que respira detrás de mi cuello. Es el corazón que bombea oxígeno a todo motor, que literalmente me mata de vida. Entonces vivo fingiendo que no me asusto cuando camino bajo este cielo gris que bien conoces, fingiendo que no escucho el eco de nuestras risas y nuestros llantos, de las risas y los llantos de los demás, fingiendo que puedo caminar sola con las manos congeladas entre los bolsillos, fingiendo que no me viene la rabia de saberme completamente jodida. No puedo oir la noche sin todos tus acordes, no puedo contemplar el cielo sin odiarlo por ser inalcanzable, no puedo escribir estas líneas sin sentirme la más sucia de las promesas, no puedo mirar mi propio rostro sin ver en él todas las viejas cicatrices que el tiempo me ha dejado. Y las tuyas? Recién volviste cansado de la batalla y  la sangre aún emana de tus heridas, déjame quitarte las botas.

Después de tanto bla bla bla, un break musical.

Luis Alberto Spinetta, Tu nombre sobre mi nombre.

Odio a los músicos

La música sin duda es el misterio más grande de la humanidad. Es un cálculo matemático, es ciencia. Pero al mismo tiempo, y en contraposición, es alma, es sentimiento, es “espíritu”.  Neurólogos de todo el mundo han tratado de comprender los complejos procesos neuro-anímicos que se producen en el cerebro cuando se hace música, sin éxito alguno.  Nunca he creído en la vida después de la muerte, ni en el “alma”, pero cuando escucho ciertos temas todo mi paradigma científico se ve reducido de tal modo que en lo único que creo es en la existencia de un Dios. Y en un Dios que come LSD con Hendrix, Janis, y se transforma en humano cuando canta Hocus Pocus haciéndose pasar por el cantante de Focus (Pensaste que no nos daríamos cuenta, ah Viejo?). Pasa sus noches tomando buen vino oyendo a Chopin, a Bach y Liszt, se fuma los porros en alguna playa de brasil con Lennon y Bob oyendo a Tom Zé,  baila cuando escucha la guitarra de Oliver Mtukuvsky o la voz de Lavoe; come hongos en los campos de Islandia con la loca de Bjork y los amigos de Sigur Ros; y es fan enloquecido de Gardel y de Piazzola.   Si “dios” no existe, amigos míos, díganme cómo es posible semejante milagro.

Bien sea un Dios o un demonio, la música nos saca de cualquier dimensión “real” para elevarnos a un estado mucho más puro y trascendente. Y benditos sean los músicos del mundo! – no hace falta aclarar que hablo de los músicos de verdad-Ellos son los únicos dioses verdaderos, por quienes hacemos rituales, a quienes veneramos y amamos, porque  nos alimentan el alma, son la esperanza de este mundo putrefacto y nos recuerdan que somos mucho más que carne y hueso. Pero los odio. Perdónenme pero los odio.

Sexo, Religión y Poder


Era una fría noche en la capital,  el encuentro se daría en un viejo bar ubicado en un barrio antiguo de la ciudad, alejado de los sitios IN o de los vallenatos. La noche pintaba interesante con un grupo de nombre raro y música aún más rara, inspirada en algunos sonidos viejos del caribe, con ritmos robotizados del norte. Al grupo le seguía una banda de esos lugares del país que sólo conocen los que viven allí, y que casi nunca son reconocidos por su música. Pues la banda de Chicamocha nos sorprendió con su irreverencia, y los músicos con su genialidad. Estoy segura que todos los asistentes a la velada salimos muy contentos con ambas presentaciones. Terminado el concierto, me topé de frente con el cantante de la banda estelar de la noche, quien durante una hora me tuvo atónita con su destreza para disparar palabras y darle un orgasmo a la guitarra. Xeh: “Qué más?” Dios: “Quemas” .

Aquella otra noche conocí a este compositor-bajista quien tiempo después se convertiría en el protagonista principal de mis sueños eróticos. Un tipo corriente, con un aire de pesimista profesional a cuestas, caminado desencantado y actitud antipática. Nada especial. Un tipo más del común. A la fuerza pasamos mucho tiempo juntos, por compromisos laborales que nos obligaban, nos llegamos a conocer y a hacernos amigos. Hasta el día que me invitó a una presentación suya con la banda en la que toca el bajo. Ese día descubrí el poder que tiene el bajo sobre la vagina, corríjanme mujeres si me equivoco, cada tonada es una pequeña vibración que se produce allí, nos moja las pantaletas y convierte la velada en toda una experiencia sexual. Cómo era posible que aquél antipático solitario de repente se había convertido en la reencarnación de Eros. Sería su experticia para tocar el bajo? O de pronto su actitud de dueño y señor, de poseedor?  Serían las pequeñas sonrisas que soltaba cada vez que se daba cuenta que era Dios?

De vuelta en mi amada ciudad asistí a una verbena de mi generación, los artistas invitados no podían ser mejores y “la chusma enardecida” es la frase que mejor se acomoda para describir el desenfreno del público. A diferencia del pequeño sitio en la capital, este era un sitio amplio, al aire libre, con palmeras bailando alrededor, y una tarima gigante y psicodélica. Cuatro de las cinco bandas invitadas eran caribeñas, la única -la segunda en presentarse- “extranjera” era esa misma que había visto ya en la capital. Y allí estaban ellos en su tarima. Y allí estábamos nosotros en el cemento, apretujándonos los unos con los otros, gritando y bailando sus canciones. En el medio de la euforia me detuve a observarlos y los odié por lo que ví.

El baterista que sudaba como buen cachaco en tierra caliente, desde su altar de platillos y bombos, se desvivía pegándole a esa batería como queriéndonos sacar el alma del cuerpo con cada golpe, nos observaba perder la cabeza y movernos como locos y se burlaba malvadamente de nosotros, supongo que de nuestra debilidad para contener la excitación. El bajista quien se movía suavemente deslizaba sus dedos en su instrumento con cierto morbo al cual las mujeres, como ya expliqué, no podíamos escapar. Miraba a su público con esta mirada tranquila y esa sonrisa maliciosa; nos tenía en su poder, manejaba la masa con tal sencillez que se sentía dios y nosotros sus discípulos. Y él, el cantante y líder de la banda, ese mismo del “quemas” de aquella noche en la capital, nos quitaba de encima cualquier educación católica con su lírica rápida y vulgar, mientras guiaba a su grupo hacia la batalla de sonido con la actitud de un Hitler con hambre de muerte, siempre con la mirada fría, impávida, imponente e impenetrable, pero determinada a dejar claro quién es quién. Las mujeres se calentaban entre ellas en una especie de orgía lésbica y poética, como bien significa la palabra “música”: el arte de las musas.

“Oro por el porro, lloro por el poporo, corro delante del toro.. sangre no quiero ver” La nube de marihuana no tardó en esparcirse en el ambiente. Algunos dejaban soltar el humo a los pies de los músicos en una especie de ritual religioso, y es que lo que se vivía era, efectivamente, un ritual, ritual de masas, de euforia colectiva. Del cual los músicos son dueños y nosotros esclavos, ellos sacerdotes y nosotros fieles. Ellos son los únicos con la capacidad de oficiar el rito, de manejar nuestras almas, de transportarnos por un amplio espectro de estados anímicos, pensamientos, sensaciones, vivencias y viajes psicodélicos. Nosotros no podemos resistirnos, somos sus súbditos, súbditos de la música. Siendo la música un secreto divino sólo posible gracias a la existencia de un dios, nosotros somos súbditos de ese dios. Siendo los músicos los únicos con la capacidad de bajar la música del cielo y hacerla pagana, cada uno ellos es dios. Y dios tiene el poder. Un poder fálico y húmedo.

Una mejor vida: la música

Hay quienes saben sobreponer algunas bellas palabras sobre una melodía. Existen algunas personas en este mundo que nacieron con el don de escribir poesía, escribir música. No puedo evitar conmoverme, al sentir alguna canción, una de esas que logran desunir de mí cada uno de mis átomos, llevándome al éxtasis, al flotar.
Salir del mundo que conocemos, cerrar los ojos y dejarse caer en un lento espiral de ensueño, meditar sintiendo cada vibración que duerme las puntas de los dedos. Una voz aterciopelada que acaricia mi rostro, besa mis labios con suave ternura, descansa cada músculo del cuerpo, y desvanece cada pesar, cada pensamiento, cada asunto humano.

Mundos imaginarios
están flotando en el aire
pasan por nuestros cuerpos
ecos de mil radares
cuando te afectan
nadie lo sabe
G.C

Será Dios? Es difícil no preguntarme cuando me he dejado llevar por la corriente de este inmenso y calmo mar de sensaciones en el que me he sumergido. Será Dios? Vuelvo a preguntarme, sin no haberme antes reconocido como la primera incrédula. Está bien que la evolución nos haya hecho tal cual nos vemos en un espejo, que la física, la matemática y la química me expliquen cada suceso de la realidad. Pero y la música? Qué hace que la música rompa con las barreras del tiempo, sea tan antigua y tan actual a la vez, qué hace que sea tan liviana pero tan trascendente, tan irracional pero tan humana. Desde un comienzo, desde la música más tribal, quisiera entender qué hizo que el hombre se haya visto obligado a producir sonidos, a comunicar sus estados de ánimo a través de ritmos, melodías y armonías. Sin duda, existe una correlación entre el nacimiento del primer sentimiento y la demostración del mismo. Ahora, cual sería el primer sentimiento del hombre, y a qué se debe, esto es otro misterio. El eslabón perdido le llaman, a ese enigma, a ese momento justo en el que el hombre dejó de ser animal para convertirse en una especie superior. Habrá razones estructurales del cerebro, claro, pero la chispa que desencadenó la catarata de sentimientos que a lo largo de nuestras vidas experimentamos, es algo que está mucho más allá de cualquier cosa que pueda especular. Y me vuelve la pregunta: Será Dios?

Y como el fuego reflejado en el agua
dibujaba partículas de dios
El fin de amar
(es) sentirse más vivo
G.C

Sé de un ser musical -de un genio de la seducción, de las palabras y de la transportación- que duerme profundo, en un mundo de tales nociones musicales que nosotros no alcanzamos a escuchar. El está envuelto en esas miles de melodías y sensaciones que no alcanzó nunca a darnos, porque el está ahora en un estado superior al nuestro. El permanece en un espacio en el que flota lenta y constantemente al ritmo de esos secretos que sólo la música conoce. Y repito, la música es el misterio más secreto que se guarda la creación para sí. O para el día de nuestras muertes. Quien ha amado la música, y se ha perdido en los laberintos de cada nota colocada por en su lugar por el supremo, ha conocido el rostro de Dios. Cómo más podemos explicarnos que aún hoy tratamos con esfuerzo descifrar a Bach, cómo es posible que cada nota esté tan exactamente colocada para decir tanto en tan poco espacio. Espacio? Dónde está la música? Dónde vibra? La física cuántica, tan mágica, nos habla de diminutas cuerdas de violín que atraviesan el universo y que vibran con cada tonada. Nos dice también, que la música penetra cada célula de nuestros cuerpos y hace vibrar las moléculas de agua dándole una forma particular y maravillosa a cada una.

Este hombre introdujo y cerró todas mis noches de amor, los primeros besos, las primeras caricias, miles de lunas contemplé con melancolía guiada por su voz. Cuántas noches lejos de casa le escuché, haciendo de cada lugar mi propia casa.
Gustavo Adrián Cerati, en qué clase de sueño podrá estar sumergido hoy? Creo que aquí nos dejó una pista:

Puedo equivocarme
tengo todo por delante
Nunca me sentí tan bien
Viajo sin moverme (de aquí)
Chicos del espacio
Están jugando en mi jardín
Medirán el azar con el viento
Fuerza natural
(…y me eché a la suerte…)