Archivo mensual: agosto 2017

No sabemos nada

No sabemos nada.
No sabemos nada.
No sabemos nada de nada.
Ni de las miradas que sin escrúpulos nos llaman,
cuando caminamos
en la oscuridad de los helechos
que protegen la calle que lleva a nuestra casa.
No sabemos porqué nos sujetamos del dolor,
a la polaroid descolorida de un pasado que hirió
dejando para el presente lo no aprendido.
No sabemos cuándo nos hicimos fango
y no arcilla,
cuándo nos adherimos a la suela de la bota vieja
de un migrante albanés.
No sabemos cómo andar
sin quejarnos
del calor y del frío,
de la lluvia y de la sequía,
de lo lejos que está todo,
del estar vivos.
No sabemos quién nos quitó la cerveza de la mano
y nos empujó al centro de ese escenario,
que era en realidad un desierto milenario.
No sabemos nada de nada.
Ni de las voces que se silencian
cuando pedaleamos en los barquitos del parque,
en las tardes del noviembre que vendrá.
No sabemos.

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La Frontera

Una línea me lleva lejos, hacia los confines de la geografía. Allí donde los terremotos han destruido las casas, y los pueblos, y la memoria. Una línea me lleva lejos de ese pedazo de suelo al que llamo casa, el espacio donde hago la vida. Fuera de casa, todo es extraño y externo, bello pero lejano. No me pertenece. La línea me lleva hasta donde ya no hay nada más, donde el sol amanece rojo e hinchado. Las horas deambulan por las carreteras con pasos pesados y calientes, con cada paso, con cada hora, se escucha el retumbar de la tierra que envía una inequívoca corriente que hace palpitar el fucsia de las trinitarias. Todo vibra, todo resuena, fuera y dentro, al unísono. Una línea me lleva al encuentro con lo extraño, con aquello que puedo sentir pero no poseer. Cargo mi maleta llena de culpas, dudas, temores, tristezas, saberes, los pocos, vergüenzas, las tantas. Me pregunto si debo cargarlo todo antes de salir de casa. Sí, tienes que llevarlo todo. El conteo de los kilómetros aumenta y me pregunto cuál será la meta, el destino final de esta línea. El mundo es amplio y cada camino se alarga hacia profundidades paralelas y contemporáneas. Me presento al viaje con mi pesada maleta, no me he olvidado nada en casa. Quisiera pensar que al final del viaje arrojaré la maleta por el abismo que seña el final del recorrido y finalmente caminaré ligera en la vía de regreso. Quisiera, pensar, eso. Mi maleta de cuero moreno de vaca flaca, cosida por mi padre con hilos de cáñamo cuando yo aún debía nacer. La arrastro por la línea, dejando una huella lánguida pero concisa en la arena. A medida que pasan las horas y los kilómetros y el sol espera allá al final del mar, del otro lado del mundo, me voy olvidando de lo lejos que está casa. Porqué está allí mi casa, y no en cualquier otro lugar. Por qué es la mía y no la tuya? Es la mía? Y la casa de mis bisabuelos en Baranoa, es mi casa? O la casa donde nació mi madre en la 20, un 29 de noviembre? O la casa donde aprendí a bailar? O aquella donde me sentaba a jugar con mi gata en los escombros de la catástrofe humana? o aquella donde lloré tantas veces, tantas noches, de aquél modo desconsolado e irremediable? Será aquella casa donde observaba las luces de la calle entrar por las persianas? O esa donde vivían esos extraños australes que intentaban asfixiarme cuando me iba a dormir? O aquella en la esquina del puerto donde peleaban los perros en la madrugada? O esa donde una noche sin tiempo lloré con mi hermano? Dónde está mi casa? Las circunstancias me obligan a seguir la línea hasta donde sea que me esté llevando, y esta vez, por primera vez, no guardo expectativas o sueños o deseos, o algo que cumplir a lo largo del viaje. Voy. Voy a mi encuentro. Me siento en el borde del pueblo a observar el final del día y el inicio de la noche, observo la memoria con mis propios ojos, y el viento lava mis pensamientos amañados, olorosos a mango picho, como los dichos de un loro viejo. Me vine al final del mundo sin pedir permiso a nadie, por fin. Aún así, esa voz de escuela polvorienta, de regla en mano, aparece siempre, con caras, con fechas, con deberes, con recuerdos, con regaños, con arrepentimientos, con sed de venganza, con burlas, con dedos que señalan. También acá, lejos de casa, en lo ajeno de este sitio, donde nadie me conoce. Padre, por favor, quisiera… Hermano, me gustaría… Madre, tengo ganas…, Profesor, será posible… Compañero, déjame ser libre… Necesito seguir esa línea que no sé dónde va, me dicen que hay un sol rojo e hinchado que sale por las mañanas, que ilumina las naranjas de rosado. Necesito ir compañera, me llaman, me llamo, yo, no sé dónde, ni cómo, ni cuándo, ahora, quizás ahora ya estoy en camino. Ves? Esa flor se acaba de encender en un palpitar, son las horas que pasan pesadas una a una detrás de la otra. En la terraza cae la noche impávida, clara, de una transparencia innegable, especular, perfecta, nítida, detallada, límpida. Mírate ahí en el cielo, y en las fachadas de las casas, y en las caras de la gente, y en las baldosas, y en las hijas, y en la copa de vino verde. Mírate. El mundo se hace pequeño y me encierra, se me viene encima todo el peso del cielo el cual rápidamente trato de sostener con mis dos manos, pero pesa tanto que me dobla la espalda en forma de s, y me achico, y el mundo conmigo, abro la boca y se mete en mi cuerpo. Un pintor está sentado en una pradera de pasto seco, amarillo, donde las vacas se acuestan a descansar y a ser vacas, mientras los ibis se ciernen sobre ellas a ser pareja. El pintor se cubre del sol bajo una pequeña sombrilla con su lienzo adelante y su paleta de colores, amarillos, blancos, azules, negros y marrones. Está capturando el paisaje con pinceladas delgadas y delicadas pero visibles, o más aún, audibles, cada una con su voz. Para mí, él es parte del paisaje, como las vacas, y los ibis, y el pasto seco, y el cielo que se está cayendo sobre su cabeza sin que él tan siquiera se de cuenta. Señor Pintor, que usted está también en el paisaje! Y el cielo se le está cayendo encima! Ya cuando sin remedio el sol se ha marchado, se abre la calle, se parte en dos, y por allí ahora soy yo la que me deslizo, entre las rendijas de los adoquines. La gravedad me sienta en la mesa de un bar invisible, donde sólo existe esa mesa, y sobre ella, una caña helada que nunca se termina ni se calienta. La luz sólo ilumina esa mesa, y alrededor todo es oscuridad profunda. Una mujer aparece de la oscuridad. Las arrugas de su cara hacen contraste con la luz cenital que viene del farol imaginario, su rostro entra en escena poco a poco, hasta descubrir todas sus facciones y sus ojos blancos y llenos. Me contó todo. Me llevó atrás en el tiempo. Mientras me hablaba tomaba con sus manos el talismán que pende de mi cuello, repetidas veces, como dejando algo allí guardado, como haciendo una oración. Vió mi maleta y admiró las costuras hechas por mi padre. Me llevó adelante en el tiempo. Muy adelante, fuera de él. Más allá de la línea, donde la línea no llega. Me levanté de la mesa y me alejé, ella allí quedó inmóvil bajo la luz cenital del farol imaginario, sola, de espaldas, con sus cabellos totalmente blancos y su vestido de flores. Ella también había seguido la línea y se había lanzado al abismo. Nunca más volveré a verla. Continuo mi camino por los senderos tapizados por las flores de roble morado que se caen con un suspiro y empiezo a creer que la línea no me lleva hacia lo incierto. La maleta deja su línea, como la huella de un caracol. En ella guardo todo lo que me sirve, para estudiar el mundo, pero sobre todo para escribirlo.La línea atraviesa el mundo, y con ella yo. Alzo la mirada y veo la línea serpenteando alrededor de mis piés. Vengo siguiendo esa huella, y ahora todo es claro: es mi propia huella, fuera del tiempo.