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Cuando no hay tiempo

La oscuridad acompaña siempre el camino hacia la aurora. Fue así que una noche de diciembre, cercana a las fiestas, escapé del lugar donde había ido a vacacionar con algunos amigos y donde era posible encontrar a todos los personajes de la comedia humana reunidos en lo que fuera algún tipo de rito transfigurativo. Harta de las risotadas, las miradas inconcientes y sobre todo de las luces que encandilaban mi rostro y lo dejaban desnudo al escrutinio de los otros, decidí marcharme sin mucha reflexión al respecto. No dije nada a nadie. Fue una desaparición sigilosa. En todo caso mi ausencia no habría incomodado a ninguno. Bastó alejarme sólo unos pocos pasos para sentir dentro de mí que algo en mi mente o en mi aura, comenzaba a cambiar, entraba ya en un estado en el que los pensamientos no pertenecían más a la existencia, en el que el tiempo no transcurría de manera lineal en forma de instantes sucesivos sino que parecía por el contrario no transcurrir en absoluto. Caminé unas cinco horas o más, había dejado muy atrás la estridencia de la corriente eléctrica y mi cuerpo, acostumbrado de manera inconciente a la constante influencia de las ondas electromagnéticas, se sentía libre de esa vibración aguda que la vida artificial ejerce sobre nuestros organismos. De hecho, volvía a sentirme eso, un organismo. Había vuelto a sentir mi corazón bombeando sangre caliente hacia el resto de mi cuerpo, sentía con cada inhalación unos pulmones que agradecían cada milímetro de oxígeno, incluso el sólo acto de parpadear me conectaba con la razón de ser una entidad viviente. Así pues, comprendía el mundo y el universo, sabía de qué estaban hechas las estrellas y las plantas, los sonidos y la niebla, comprendía el fenómeno de la luz y de la gravedad, nada me era desconocido, nada me era extraño. No había duda alguna. Caminando sin saber hacia dónde, me sentía exactamente como esa hormiga que sin cuestionárselo se dirige con una enorme hoja hacia su hormiguero, o como la gata cuando maúlla llamando al macho. Parecía que había sido creada y diseñada sólo para caminar esa noche, como si ese camino, ese andar, fuera el único momento de la vida y todo lo demás era sólo eso, lo demás. El camino que había atravesado pequeños riachuelos, pendientes y cuestas empinadas, me había llevado hasta una pequeña playa de aguas calmas, alejada del ruido del mundo y de los ojos inescrupulosos de los satélites. Me quité la ropa y me solté el cabello. Entré caminando hasta que el agua fresca alcanzó el nivel de mis pechos, observé a mi alrededor para encontrarme completamente sola, incluso olvidada de los recuerdos de cualquier otro ser humano, incluso sin nombre y sin edad, y entonces, me sumergí. Un latido, un calor. Una voz dulce me habla, un sonido maternal que no solo me envuelve sino que proviene a su vez de mis adentros. Me reconforta. Me impulso hacia lo profundo hasta tocar el fondo y salgo disparada hacia la superficie. Tomo aire fuerte como si nunca lo hubiera hecho antes y todo queda en blanco durante una fracción que me pareció la eternidad misma. Volví para reconocer el espacio y nadé tranquila hacia la orilla. Salí del agua. Comencé a vestirme con la sensación de estar completamente limpia. Me puse la ropa interior y los pantalones, metí cabeza y los brazos rápidamente en el suéter y al alzar la vista vi que el cielo comenzaba a aclarar. Entonce logré ver mejor el lugar donde estaba, tomé un caminito estrecho siempre en la misma dirección en la que iba y que conducía a un lugar alto. A medida que iba caminando el sol coloreaba el cielo de amarillos y rosas. Alcancé la cima y pude observar la geografía desde lo alto. Callé. Respiré. Sonreí. Había vuelto al mismo lugar de dónde había salido.

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La energía oscura

Tengo sed. Mi lengua pasa por su piel cual papel de lija. La piel de mis labios está cuarteada como tierra en sequía de años. No siento ningún calor, pero tampoco ninguna brisa fresca. No existe conexión alguna entre mi pensamiento y mi cuerpo, entre el cielo y el ahora. No, absolutamente no hay conexión entre lo que siento en mi cerebro, los recuerdos, los olores, el lugar en el que vibra mi mente y lo que está aconteciento en el momento real. Wait a minute! momento real, tiempo real, realidad, tiempo? En qué momento el sol repeló su luz y en qué momento la estamos recibiendo? Después de cuanto? Somos el pasado de Júpiter o el futuro del sol?

Mientras todas estas divagaciones llegan a mi mente, lo veo fijamente a los ojos bajo el ligerísimo esplendor de la luna que atraviesa mis cortinas y dibuja su rostro. Fatalidad. Sexo. Él logra ver en mi mirada esa entera desconexión. Se siente nadie ante mis pensamientos. Es nadie. Sin duda él no es mi realidad. Porque entre la física de mi cerebro y de mi cuerpo, y la magia de mis  pensamientos en contínua expansión, existe la energía oscura. Algo. Pura energía. Nada más que energía, nada de moléculas, sólo sustancia intangible invariable en el tiempo.

Regreso por momentos al presente, al tiempo que pasa, a la vida que corre, y así lo encuentro concentrado en la mecánica de esos sus movimientos que detienen su conciencia. Su mirada fija en mi cuerpo clava en mí destellos de excitación, que logran halarme bruscamente de vuelta al tiempo cotidiano, al tiempo humano, a ese tiempo que transcurre con el girar de la tierra, compuesto de días y noches, de minutos, segundos, horas, cigarros consumidos, senos caídos, hambre. Y entonces lo odio… a él y al misterio, a Cronos. Me atraviesa un fuerte deseo de poner fin a su respiración, a su corazón que bombea sangre, a su vida, al tiempo, en una especie de orgasmo fatal, destruir su cielo. Así que mirándole fijamente las pupilas y él las mías, ajugeros negros de dónde nisiquiera sus pensamientos logran escapar de mi campo gravitacional, lo tomo por el cuello y empleo todas mis fuerzas para cerrarle la garganta. Lo consigo, mientras me muevo sobre su pelvis lo ahorco, su respiración se hace cada vez más entrecortada hasta que llega el miedo y la eyaculación. Saca su fuerza de hombre para botarme de un sólo golpe lejos de él acabando con mi fantasía científica.

No conozco a este hombre. Ni puta idea de su nombre, de su existencia. Pero aquí está frente a mí compartiendo el espacio-tiempo, la realidad, la constante cosmológica, él y su pene flácido. Él no me comprende , no tiene palabras, su cabeza no podría nunca imaginarse dónde rayos estaba la mía. En cambio yo sí lo sabía perfectamente, y el lograr comprenderlo, sacaba de mí una sonrisa perturbadora para cualquiera… Era mi energía oscura, la misma que inunda el universo, la responsable de la expasión del cosmos y de la expansión de mi pensamiento a lugares inimaginables, lejanos de cualquier razonamiento humano hecho hasta hoy.

Dónde estaba mi mente entonces, sobre qué flota el universo? Sobre la ausencia de materia, el mismísimo vacío. Ese que inspira y es progenitor de la energía oscura… Ella -yo- que expande el universo y a todas las formas de materia y locura, de energía e impulso, a las leyes, al misterio y a la física que gobiernan.