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Perfume Rojo

Si al caer los años sobre los labios se abrieran todas las palabras, quizá ahora no estaría escribiendo esto. Pareciera que por el contrario al pasar el tiempo, es más lo que se calla. Prohibido está el pasado ante la crueldad de un presente ya sido. Prohibida está la sed ante un futuro desierto de sueños. Prohibido está el amor ante una historia re escrita. Prohibida está la esperanza ante tantos fracasos remendados en la memoria. Si al caer la vida por cada uno de los crueles abismos del cuerpo humano, nos volviéramos más fuertes y no un arrume de piel; si al caernos la experiencia toda de un golpe sobre las grietas de nuestro cerebro, nos volviéramos más santos y menos maliciosos, quizá la inquebrantable dualidad entre tiempo y contenido, se uniría en una danza holística de armónica felicidad ligera. En cambio, destilamos nuestra vida, nuestro contenido, nuestra fantástica construcción de nosotros mismos, en un pequeño frasco que guardará un concentrado veneno. Una pócima egoísta que se fermenta, se oscurece y se añeja para ser bebida toda en nuestra última cena. Como el mejor vino, entre más viejo, más amable será con el paladar de nuestro espíritu. Pobres de aquellos que no lograron madurar su elixir y debieron beber el amargo vino de la muerte prematura. Hemos de embriagarnos con el elixir de nuestro propio viñedo y morir con la cicuta de nuestro propio jardín. Este es el cáliz de mi sangre.

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Un Dios Abstracto

Te quedas quieto frente al ruido blanco del televisor. No hay nadie en la sala. Las frecuencias sonoras aturden tus oídos. Quieres creer que piensas pero en realidad tu cerebro se encuentra absorbido por vibras hipnóticas artificiales. Balbuceas algo en tu cabeza. Entiendes tus propios pensamientos? Las palabras se atoran en la parte alta del pecho. Tratan de salir pero se quedan atrapadas entre las cuerdas vocales. Te das cuenta que nada te separa de ti, que estás atrapado en aquello que crees que eres. En la mentira que te has construido por tantos años para sobrellevar la existencia, o quizá para sentir que existes. Entonces comienza la desesperación y la angustia. El corazón late como quien huye de algo, pero nadie está al acecho. La incertidumbre de la soledad, de la composición del cosmos, de la razón del pensamiento y del poder destructivo del ego, se conjuga como un credo vacío. La maravilla del Universo permanece lejana de la sociedad y cada minúscula parte de ella. Sabes ahora que el mundo conocido es la virtualidad que se ha creado el hombre para sí mismo. La banalidad nunca antes había alcanzado tal grado de importancia y pertinencia en el seno de la misma cotidianidad. Cada día que pasa aleja la posibilidad de un reencuentro sincero entre el ser y los seres. El artificio aísla al humano de su estado primitivo, no aquél que nos retrocede a la condición animal, sino aquél que nos contempla dentro de la energía que recorre cada átomo y molécula que componen el todo.  Nadie nunca pudo hablar de Dios.

Hubiera muerto yo

Si no fuera por esa camisa colgada detrás de mi puerta que aún guarda su perfume, la locura y la desesperación ya habrían devorado mis entrañas. El sonido hueco que retumba en cada esquina de la casa no hace más que amplificar la ausencia. Esa ausencia que entre más pasa el tiempo, en lugar de aminorarse, sólo se hace más presente y el espacio vacío que ha dejado aquél que se fue se remarca cada día entre recuerdos que aunque lejanos sólo delimitan aún más la línea divisoria entre el que no está y el que permanece. Antes de su partida, pensaba que la ausencia de la gente era la desaparición completa de su ser, sin embargo, ahora que experimento en carne propia lo que se siente el haberse quedado, me doy cuenta que la vida de esa persona se ha hecho en cambio más valedera, más fuerte, más presente. Curiosa la palabra presente – y vuelvo a usar la itálica – pues aunque su significado pretende literalmente hacer referencia al tiempo actual, el tiempo que corresponde al mismo en el que se habla, nunca estamos realmente en el presente. Como ahora. Aunque esto, por supuesto, lo leerán ustedes en el futuro, es decir, este mismo instante, que mientras leen ya para el autor es pasado. Pasado es también el día en que quedó la camisa colgada detrás de la puerta, la carta escrita que encontré hoy moviendo cosas viejas, los zapatos que ha dejado guardados por allí, y cada una de las letras que encuentro revisando entre sus cuadernos, papeles y agendas. Pero, cómo puede ser pasado si su vida hoy se hace para mí más presente que nunca, ni siquiera como cuando estaba aquí. Me doy cuenta ahora que estaba a mi lado prescindía de su ser, le miraba a medias, o le amaba a medias, no con mi todo. “Qué belleza eres” me decía, cuando pasaba un tiempo largo sin vernos, o cuando alguien más le hacía caer en cuenta de mi belleza, irónicamente no cuando me tenía al lado mientras veíamos televisión por las noches; debe ser porque nos habíamos acostumbrado a la presencia del otro, y pasábamos por alto la importancia de la otredad en nuestras cotidianidades. Cuando se fue su vida cobró una fuerza superior, mucho mayor a aquella que tenía incluso cuando luchábamos juntos la batalla de la vida. Y es que con su partida la vida se me quedó a medias, yo me quedé a medias, entonces extraño… No por el hecho de no poder oír su voz y ver su rostro, aunque también, sino porque ahora, sin su presencia, parte real de mi existencia, la ausente soy yo.

Todo pasa por ti

Todo pasa por ti
a través,
y por tu causa.

Todo pasa por ti
por tu voz
por tu amargura
por tu esperanza
por tus labios teñidos de rojo sangre.

Todo pasa por ti
y por todo aquello que gira alrededor tuyo
la música
el humo
la vida en un beat que no conozco.

Todo pasa por ti
a través de tu lente y tu pantalla
una captura atípica de lo ideal
de lo humano que quiere ser divino
pero que no lo consigue.

Todo pasa por ti
a través de tus ojos y tus cabellos
y enredados en ellos
tu cúmulo de pasado
que a veces anda tan pesado
que me arrastra hacia la gravedad de tu oscuro.

Todo pasa por ti
por causa tuya
por ser génesis
de este absurdo
que esconde la tragedia de estar vivo
y se desenfoca bajo el velo de nuestros imperfectos.

Todo pasa por ti
a través,
y por tu causa
como aquello que hay
– que habita –
entre el inicio y el fin.

Pärt

Sol. Oro. Fuego. La profundidad del universo. Éter impregnando cada mínimo espacio. No estar. No ser. Acallarse. Energía milenaria. Ilusión de movimiento.

Cuando pronuncias tu nombre estás realmente seguro de lo que dices?

Contaminación Visual

Escena 1

Un muchacho sube al bus, tendría unos 17 años, la barba aún no le sale, tiene la piel sana como la de un niño, su voz tampoco ha madurado del todo. Su discurso no se asemeja al del resto de personas que suben a los buses con historias diversas para pedir limosna, él, a quién llamaré Manuel para sacarlo del anonimato, tiene la voz temblorosa y angustiada, su historia es terrible, habla de un hijo de dos meses enfermo, un tío que lo abandonó, una familia sin techo, una mercancía que le han robado. La desesperación es clara en los ojos de Manuel, un par de lágrimas escapan de sus ojos, comenta de la vergüenza que le da pedir dinero y de lo difícil que fue tomar la decisión de hacerlo.

Escena 2

Atascada en un trancón en plena hora pico, en una de las calles del centro de la ciudad, me quedo observando por la ventana las tiendas y los negocios, preguntándome una y otra vez de dónde sale el dinero para mantener una economía tan explosiva como la de esta capital, qué maquinaria enorme debe ser nuestro sistema para mantener de uno y otro modo la vida de tantos millones de corazones. Qué trabajo tendrán todas estas personas, los ricos y los pobres? De dónde sale tanta mercancía? Quién necesita todo esto? Mientras divago sobre la macroeconomía, una imagen me roba el pensamiento: un hombre de mediana edad, de piel sucia de años y años de calle, defeca bajo el inclemente sol de las montañas y a la vista de todos quienes por allí caminan, sin el menor pudor o preocupación.

Escena 3

Cae la noche y me detengo fascinada por las luces de colores de un edificio enorme y de estilo moderno, un hombre con 10 perros de diferentes razas y tamaños lucha con sus fuerzas para hacerlos retomar el camino mientras ellos huelen alguna marca dejada en un poste por algún otro canino. Detrás de él un grupo de 10 niños vestidos de héroes gringos, o piratas, o princesitas pasan gritando y riendo a su antojo. Después de los niños pasa una pareja de jóvenes homosexuales vestidos a la moda “hipster”. Luego una anciana de rasgos indígenas trata de atravesar la calle asustada por los carros que aceleran para no dejarse coger por el semáforo.

Sí, a todos debe sucederles, por lo menos una vez al día. Me resisto a creer que todas estas caras, carnes, cuerpos, risas, voces, palabras que son los humanos no sientan por un ínfimo instante la angustia que es la vida misma, su misterio, su gravedad. La gente de la calle, quienes venden, quienes caminan afanados, quienes van en carros o en buses, quienes duermen en las aceras, quienes se venden, quienes ríen, todos han de sentir el escozor que la existencia provoca irremediablemente dentro de nuestras mentes y en nuestros mismos cuerpos: sentir que en un segundo nuestras vidas se reducen a la nada, la concepción del hoy y del porvenir es tan frágil como un recién nacido echado a su suerte en algún basurero de la ciudad. Entonces todos salen de sus huecos para deambular por las calles en busca de algo que rellene el tiempo, recitando cada uno su papel con plena convicción; la arrogancia de la que estamos hechos los seres humanos. Me cuesta creer que la fragilidad de nuestro ser no produzca en los otros algún efecto visible, una señal de conciencia. La marea humana pesa sobre la tierra, la hace vibrar, la atosiga, la hace escupir sangre, lo hemos construido todo nosotros, y al andar por la ciudad, veo lo mal que lo hemos hecho, el artificio del humano no rinde homenaje a su genio, por el contrario, cada día es un bombardeo constante a nuestras humildes dignidades, a nuestra voluntad de construirnos, a nuestro sentido colectivo de especie, al amor mismo.

Sentado en una esquina del enorme edificio un hombre adulto vestido de traje y sombrero me busca la mirada, me acerco con confianza, ambos hemos visto el desfile de gentes que acaba de pasar, ambos hemos visto exactamente la misma profundidad de imagen. Me siento a su lado sin decir palabra sólo compartiendo el mismo sentimiento. El hombre toma aire profundamente, sonríe y me dice: “no te preocupes, Moravia ya lo había visto en Roma hace más de 60 años, y en esa época dijo “todos los hombres sin excepción, son dignos de compasión, sólo por el simple hecho de estar vivos” ”.

Asmodeo

Basta un segundo para comprenderlo todo en los ojos de alguien más, basta poco, un gesto, una señal. Lo sé bien que es fácil equivocarse: creer que la hubo, aunque no, y viceversa, creer que no la hubo, para luego darse cuenta de que era necesario un poco más de tiempo. En todo caso, son excepcionales, esas veces que sucede de golpe, instantáneo, y luego, como por arte de magia el contacto se establece, busca su natural punto de equilibrio y logra finalmente perdurar en el tiempo. Míralo: hace años arribado de lejanas tierras empujado hasta esta orilla por aires vagabundos, según Plinio el Viejo, había nacido con una sonrisa en los labios, lo que auguraba su sabiduría. Cómo no notarlo. Primero la confusión, luego la rendición, pero obviamente él también se ha rendido, un pequeño pacto secreto nace de un momento de rendición total, un equilibrio fino y delgado que camina sobre el filo de una navaja. Seducción, deseo carnal, amor por lo profano. Todo puede saberse desde el principio, todo puede decidirse desde el principio, siendo concientes de que  decisiones de este tipo comportan una gran apuesta que no siempre estamos dispuestos a aceptar, quizá por cuestiones de pura conveniencia, y sin embargo, cuya tensión es una corriente de energía poderosa que atrae y recarga. Potencia. Despierta. Sacude. Renueva. Así pues nos hemos encontrado en algún punto del camino, siendo quienes somos ahora, tan diversos y tan distantes. Él se beneficia tanto de mí como de él, aunque cada vez se invade un poco más el espacio del otro, y no obstante, si es un juego de estrategia bien pensado, puede resultar entretenido y gratificante. Noches de música en antiguos lugares olvidados  por la civilización enmarcaron nuestros casuales encuentros. Rocío, castillos, luces tenues, sonrisas, vinos, palabras cordiales, primeros planos sobre los ojos, ciao, sonrisa, mirada, de nuevo sonrisa, suspiro, arrivederci, mirada, mirada, mirada, suspiro, media vuelta y camino. Fugitivos contactos físicos, dedos inquietos que buscan un poco más de piel. Jugar a ser poetas malditos, románticos fuera de tiempo, galanes de filmes en blanco y negro. Una espiral de arte movida por un instinto primario de eterna seducción; difícil calcular hasta dónde se está dispuesto a llegar cuando dentro del estomago la pasión y la curiosidad por lo desconocido suena como una campana que llama a misa, a una ceremonia donde se es al mismo tiempo, carnífice y víctima, una ceremonia cuya experiencia nos ha demostrado una y otra vez la estupidez del humano, quien no satisfecho con el encuentro y sus bondades siente sed de poder, placer macabro y ávido, y todo placer quiere eternidad. Hasta dónde más estás dispuesto a caer? Cuánto más peso puede resistir nuestra delicada tela de araña tejida con frágiles inquietudes, deseos, fantasías, dudas y perversiones?  La carne reclama su parte, el batido del corazón que con cada golpe envía calor a las zonas erógenas del cuerpo, el ritmo cardíaco que se escucha dentro de los propios oídos como un cronómetro diabólico, que asusta, que persigue, que desea, que excita. La oscuridad de la noche que envuelve los sentidos con un manto de complicidad, haz lo que quieras, la luz no te observa. El rugido del bosque que ahoga cualquier gemido o grito de socorro. Salgo de mi fantasía y abro los ojos: me despierto cercada por las frustraciones de los demás, sus miedos, sus represiones, su falta de libertad, su aburrimiento, sus odios, sus tragedias, necesidad enferma de coaptar la libertad del otro, porque el otro es imperfecto como uno mismo y es justamente esa imperfección del otro lo que nos reconforta, y hasta no encontrar esa imperfección el juego de la seducción se mantiene vivo. Eres tu la perfección que también estás hecho de carne y ego? No, somos todos hijos del hombre. Te escondes detrás de tu aire solemne, no respondes a todas las preguntas sobre tu vida, pues bien sabes que tú también eres débil, llevas el placer hasta su nivel extremo (al menos esos placeres que puedes dominar), los otros los miras solo de reojo, atento a no perder el control de tu respiración, pero basta solamente un nuevo encuentro, uno más próximo, una palabra susurrada al oído, una mirada fuerte y determinada.