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Todo pasa por ti

Todo pasa por ti
a través,
y por tu causa.

Todo pasa por ti
por tu voz
por tu amargura
por tu esperanza
por tus labios teñidos de rojo sangre.

Todo pasa por ti
y por todo aquello que gira alrededor tuyo
la música
el humo
la vida en un beat que no conozco.

Todo pasa por ti
a través de tu lente y tu pantalla
una captura atípica de lo ideal
de lo humano que quiere ser divino
pero que no lo consigue.

Todo pasa por ti
a través de tus ojos y tus cabellos
y enredados en ellos
tu cúmulo de pasado
que a veces anda tan pesado
que me arrastra hacia la gravedad de tu oscuro.

Todo pasa por ti
por causa tuya
por ser génesis
de este absurdo
que esconde la tragedia de estar vivo
y se desenfoca bajo el velo de nuestros imperfectos.

Todo pasa por ti
a través,
y por tu causa
como aquello que hay
– que habita –
entre el inicio y el fin.

Touch me now

0:45 Una música calma llena el ambiente, la experiencia del amor finalmente empieza a dar sus frutos, unos frutos rojos y sanos cargados de dulce sabor y fresco aroma. Me dejo llevar por una nube de sentimiento calentada por el tungsteno. Toda una vida que cobra sentido, el perdón al haber nacido, la confianza para todos los años venideros. En este lugar donde el sol sale y se oculta siempre a la misma hora, el tiempo parece no avanzar, me he quedado suspendido en un estado alegre del alma. Un abrazo infinito. Un suspiro que llena cada célula como cada espacio de duda. Cualquier otra cosa se desvanece y se hace frágil ante una potencia tan fuerte. La luz de la calle entra a través de la cortina, se refleja en el espejo, llega hasta mi rostro y me acaricia. La casa está bajo llave, nadie habita aquí más que yo, en este lugar selvático y pacífico al mismo tiempo, la puerta permanece cerrada y del otro lado cualquier cosa es posible, alguien que espera, alguien que lee, alguien que sueña en su propia soledad. La noche cae entre el sonido de una trompeta, se desliza suave e imperceptible, pero furiosa, cargada de sensaciones. Una gota de sudor se desliza por mi espalda. La filosofía se reduce a su mínima expresión, esa dónde ella misma no puede hacer nada: la calma profunda de la noche, el infinito mundo interior que no se ve apabullado ante el silencio y los perros que vigilan la calle sin pavimento. Nosotros que en algún momento corrompimos nuestra vida utópica con una demoníaca y pecaminosa sed de curiosidad, que decidimos concientemente retar el secreto; cuando hay secreto, la respuesta está asegurada y sólo hay que descubrirla, aunque a veces resulte fácil sentirse frustrado ante la ferocidad con la que está resguardado ese secreto. Las miles de veces en las que aniquilamos nuestras ilusiones simplemente desaparecen como si nunca hubiesen existido. Los niños se duermen con el sonido de las palmeras, mientras permanezco extendido en la cama. Un sonido me saca de la reflexión, la puerta de mi habitación rechina, siento el vértigo en mi estomago.

1:17 El invierno ya está aquí. El frío se lee a través de la ventana, dentro es cálido y no provoca salir de la estancia, no provoca alejarse del fuego. La noche se divorcia de la melancolía, la copa de vino para uno jamás fue tan agradable, los pequeños recuerdos amorosos llenan el espacio; nunca antes la belleza en todas sus expresiones, fue tan trascendental. Cualquier movimiento por más suave que sea, deja una estela al pasar, una estela que permanece en la eternidad, miles de fotogramas que sobreviven en el gran álbum de la historia y de la relatividad del tiempo. Estar aquí evoca todas las noches anteriores, pero el fuego de la chimenea hoy no guarda escenas de falsa compañía o ridícula soledad, hoy brilla con un rojo especial, casi como si hablara, como si comprendiera. Espero algo. Miro el reloj que parece andar más rápido que mi pensamiento. Imagino algo: algún paraje extraño a mi cotidianidad donde de todos modos he dejado una parte de mí y que vive allí solitaria como use único lucero que esta noche acompaña a la luna. Sí. Es la misma luna y es el mismo lucero. Una energía superior nos abraza, latimos al unísono con la misma trompeta. La fatalidad de la existencia se disuelve entre las palabras y me conforta. Hoy he sido absuelto una vez más de la nimiedad y a cambio de muy poco. Aquél árbol frente a casa ya perdió casi todas sus hojas. Dicen que mañana será un día frío y nublado. Dicen que el próximo año habremos superado la crisis. Dicen que existe algo que se llama sociedad, y existo yo lejos de ella. Dicen de mí que soy un loco que escribe largas cartas al amanecer. Y cada día llega uno nuevo, o quizá el mismo que se repite hasta el infinito. Aquí me quedaré sentado hasta que el rey sol me alumbre a través de la ventana, cuando me sorprenderá dormido en mi viejo sillón con algunas brasas aún calientes. Es la eterna soledad, entre la multitud, o en pleno orgasmo, nunca cambia, nunca se va. Permanece. Y eso que permanece somos nosotros. Quienes nunca se han sentido solos no serán nunca capaces de reconocerse. Suspiro. Río en mis adentros. Miro a mi alrededor. Una luz se enciende del otro lado de la puerta. El ritmo del corazón se acelera subitamente. Una silueta humana se acerca silenciosa en la penumbra.

“Te estaba esperando”

“Yo también”

“Sólo era cuestión de abrir la puerta”

Asmodeo

Basta un segundo para comprenderlo todo en los ojos de alguien más, basta poco, un gesto, una señal. Lo sé bien que es fácil equivocarse: creer que la hubo, aunque no, y viceversa, creer que no la hubo, para luego darse cuenta de que era necesario un poco más de tiempo. En todo caso, son excepcionales, esas veces que sucede de golpe, instantáneo, y luego, como por arte de magia el contacto se establece, busca su natural punto de equilibrio y logra finalmente perdurar en el tiempo. Míralo: hace años arribado de lejanas tierras empujado hasta esta orilla por aires vagabundos, según Plinio el Viejo, había nacido con una sonrisa en los labios, lo que auguraba su sabiduría. Cómo no notarlo. Primero la confusión, luego la rendición, pero obviamente él también se ha rendido, un pequeño pacto secreto nace de un momento de rendición total, un equilibrio fino y delgado que camina sobre el filo de una navaja. Seducción, deseo carnal, amor por lo profano. Todo puede saberse desde el principio, todo puede decidirse desde el principio, siendo concientes de que  decisiones de este tipo comportan una gran apuesta que no siempre estamos dispuestos a aceptar, quizá por cuestiones de pura conveniencia, y sin embargo, cuya tensión es una corriente de energía poderosa que atrae y recarga. Potencia. Despierta. Sacude. Renueva. Así pues nos hemos encontrado en algún punto del camino, siendo quienes somos ahora, tan diversos y tan distantes. Él se beneficia tanto de mí como de él, aunque cada vez se invade un poco más el espacio del otro, y no obstante, si es un juego de estrategia bien pensado, puede resultar entretenido y gratificante. Noches de música en antiguos lugares olvidados  por la civilización enmarcaron nuestros casuales encuentros. Rocío, castillos, luces tenues, sonrisas, vinos, palabras cordiales, primeros planos sobre los ojos, ciao, sonrisa, mirada, de nuevo sonrisa, suspiro, arrivederci, mirada, mirada, mirada, suspiro, media vuelta y camino. Fugitivos contactos físicos, dedos inquietos que buscan un poco más de piel. Jugar a ser poetas malditos, románticos fuera de tiempo, galanes de filmes en blanco y negro. Una espiral de arte movida por un instinto primario de eterna seducción; difícil calcular hasta dónde se está dispuesto a llegar cuando dentro del estomago la pasión y la curiosidad por lo desconocido suena como una campana que llama a misa, a una ceremonia donde se es al mismo tiempo, carnífice y víctima, una ceremonia cuya experiencia nos ha demostrado una y otra vez la estupidez del humano, quien no satisfecho con el encuentro y sus bondades siente sed de poder, placer macabro y ávido, y todo placer quiere eternidad. Hasta dónde más estás dispuesto a caer? Cuánto más peso puede resistir nuestra delicada tela de araña tejida con frágiles inquietudes, deseos, fantasías, dudas y perversiones?  La carne reclama su parte, el batido del corazón que con cada golpe envía calor a las zonas erógenas del cuerpo, el ritmo cardíaco que se escucha dentro de los propios oídos como un cronómetro diabólico, que asusta, que persigue, que desea, que excita. La oscuridad de la noche que envuelve los sentidos con un manto de complicidad, haz lo que quieras, la luz no te observa. El rugido del bosque que ahoga cualquier gemido o grito de socorro. Salgo de mi fantasía y abro los ojos: me despierto cercada por las frustraciones de los demás, sus miedos, sus represiones, su falta de libertad, su aburrimiento, sus odios, sus tragedias, necesidad enferma de coaptar la libertad del otro, porque el otro es imperfecto como uno mismo y es justamente esa imperfección del otro lo que nos reconforta, y hasta no encontrar esa imperfección el juego de la seducción se mantiene vivo. Eres tu la perfección que también estás hecho de carne y ego? No, somos todos hijos del hombre. Te escondes detrás de tu aire solemne, no respondes a todas las preguntas sobre tu vida, pues bien sabes que tú también eres débil, llevas el placer hasta su nivel extremo (al menos esos placeres que puedes dominar), los otros los miras solo de reojo, atento a no perder el control de tu respiración, pero basta solamente un nuevo encuentro, uno más próximo, una palabra susurrada al oído, una mirada fuerte y determinada.

El vacío es una substancia… y vibra

Esta noche Gregorio me invitó a cenar. Hace un tiempo que trata de persuadirme para invitarme a salir y esas tonteras. En realidad disfruto conversar con él de vez en cuando, más cuando las charlas nacen orgánicamente en un encuentro casual no premeditado. Lo conocí en una exposición de arte contemporáneo, sobre el cual decido omitir cualquier juicio, al cual me había invitado una compañera del trabajo. Una chica de padre ecuatoriano, madre guatemalteca, nacida en Rusia pero criada en México. Con ella hablamos siempre de hombres, nos reímos y nos hacemos compañerismo. La verdad es que prefiero alejarme del círculo pedante y engreído que rodea el arte, por lo general la élite económica de esta ciudad latinoamericana, no tengo nada de qué hablar con ellos. Con mi compañera –amiga?- fuimos a la expo después de la oficina vestidas terriblemente, despeinadas, cansadas y sin maquillaje. Tomamos champagne y compartimos impresiones de la exposición. Así conocimos a Gregorio y un amigo suyo argentino, Gregorio es de padres mexicanos pero nació en “el gabacho” como llaman los mexicanos a Estados Unidos. A primera vista, me agrada, está aquí por las mismas razones que mi amiga y yo, a diferencia de los demás excéntricos refinados que revolotean con sus ropas caras que quieren hacer parecer baratas. Fue un golpe perfecto, el argentino se encantó con mi amiga, y Gregorio, bueno, conmigo. A partir de ahí ,con una hermosa vista del centro antiguo de la ciudad, conversamos largo rato. Volví a encontrarlo en un par de eventos más, y otra vez caminando por la zona de los bares, en todas las ocasiones fue un grato encuentro y nos hicimos compañía. Sin embargo, me rehusaba a la idea de llamarlo, o que él me llamara, o acordar una invitación. Parte de lo agradable de estos encuentros es que ocurrían en ese momento de tremendo aburrimiento y desesperación cuando una jornada cae en picada. Allí salía él, de la nada, e imagino que así salía yo también de la nada, insospechada, bella, aburrida. Bah. Los temas siempre casuales, la noche, el concierto de la próxima semana, nada trascendental, y menos mal. Soy pesadísima y matapasión cuando me pongo trascendental.

Después de varios encuentros interesantes pues comprendo que él quiera verme más a menudo, la situación debo admitir, un poco me asusta, de pasar a ser una desconocida encantadora, a ser una conocida desencantadora (o encantadora también?). Estrechar lazos que comienzan por un par de palabras y terminan con un par de condones en la caneca. Mi conciencia en este momento no necesita sexo. No quiero volver a ponerme en el juego. Ya sé cómo terminan estas citas. Decido adrede no verme atractiva, ser lo más natural posible y no preocuparme mucho por verme como una potencial pareja sexual. Estoy abierta a una buena charla, aunque debo reconocer que ya voy un poco predispuesta, ustedes saben (quienes son ustedes?) el tema de las sonrisas, los acercamientos físicos, el cortejo animal. Respiro profundo. Aunque no quiero engañarme, hoy no me siento vibrante. Llego al encuentro, desde dentro del lugar él me observa llegar, me doy cuenta pero actúo como si no supiera que él está allí (es idiota lo sé, hace parte de mi personaje). Lo ubico, me siento, ordeno un vino, enciendo un cigarro, digo “hola”. Ya lo venía pensando en el bus, dejaré que sea él quien tome el control de la situación en absoluto, no quiero decidir nada, ni influir sobre lo que sucederá esta noche, que sea cómo él quiera, yo sólo me dejaré llevar por sus temas de conversación, me iré cuando él decida, y si estoy de humor, dónde él decida. Mantendré un estado de ánimo neutral y sobrio, nada demasiado extrovertido, pero tampoco introvertido. No inundaré la conversación con mis dilemas personales. Tampoco insinuaré algún interés hacia algo en particular. Hoy estoy abierta a todo, expresaré mis opiniones y seré lo más yo posible, pero también fluiré como el agua, me filtraré naturalmente por todas las rendijas que él deje entreabiertas. Debo confesar, sin embargo, que por el momento no estoy interesada en sexo. Últimamente cuando  he querido dar rienda suelta a los antojos de mi vagina, mi intelecto se molesta iracundamente. Me es inevitable sentirme un objeto, un cuerpo, todo lo demás que soy se olvida, y esta sensación de nimiedad no me permite tampoco disfrutar del momento. Es un círculo vicioso. De hecho, no recuerdo la última vez que disfruté un polvo. Al no sentirme plena en un sentido intelectual, y por ende, emocional, no puedo vivir a plenitud una relación sexual. Lo siento, me es imposible desprender mi mente de mi cuerpo, soy un todo, y durante el acto sexual todo de mí está en juego.

Volvamos a Gregorio. Él sin duda es un tipo amable y seguro de sí mismo, brinda un aire de confianza que torna el ambiente ameno, sonríe constantemente (mostrando los dientes como cortejo o como amabilidad? Puede ser la misma cosa, no?) pone cara de estar prestando atención a lo que digo, y por  momentos me parece que hay más de generosidad en su actitud, como una fingida postura de interés que un interés real en lo que digo. Mala señal. Quiere fornicar. Quién no. Bueno… yo quiero, y al mismo tiempo no, como ya expliqué. Tuve un triste flashback por un instante. Algunas veces, exactamente 9 –me tomé el trabajo de contarlas- más o menos un 70% de los hombres que me llevé a la cama en mi corta vida sexual, no pudieron satisfacerme. Su excusa: “me intimidas” “es que me gustas mucho” “es tu culpa por ser tan guapa”. Se puede culpar al otro por el miedo dentro de uno? Si te tomaste el trabajo de traerme hasta aquí, porqué no cumples tu cometido a cabalidad? Tienes que hacerme sentir miserable a mí para disminuir  tu sentimiento de auto conmiseración?  Suspiro, trato de no predisponerme. Trataré de disfrutar del resto de la noche sin ninguna expectativa. Creo que es inútil, creo que absolutamente todos en este tipo de encuentros “románticos” –la palabra ya me sabe a vómito- guardamos en el fondo de nosotros alguna expectativa, de enamorarnos, de follar, de encontrar un abrazo, de tener una buena conversación, de no sentirnos solos, de divertirnos. Etcétera.  “Y cuéntame qué haces en la radio?” Odio esta pregunta, es de esos temas de conversación tipo salvavidas, temas genéricos, como la aspirina. Arreglan cualquier dolor. Sé que sus intenciones no son malas, en realidad me gusta mi trabajo, sin embargo hablar de la radio es hablar de política, y justamente este trabajo, si antes me gustaba, me ha hecho detestar la política, y más aún hablar de política. Prefiero burlarme de las religiones. Al menos me divierto. Hablar de política en cambio me aburre, me procura este sentimiento de impotencia y frustración que me arruina no sólo el momento, sino que puede durar semanas dentro de mí. Me fastidia que otros decidan mi vida, y más aún que sean ineptos, corruptos, drogadictos, borrachos, cristianos fundamentalistas, mafiosos, lambones, como ya sabemos que son nuestros senadores, presidentes, diputados, etc. “No hablemos de trabajo, qué hartera”

Creo que es el quinto tema de conversación que esquivo. Después del “Y tu familia?” “Es complicado, mi madre está enferma” “Qué tiene?”. Suspiro. O después del “Estás saliendo con alguien?” “ehhhh…. Si…. Bueno… no….Bueno, la verdad es que hace un año que no lo veo pero hablamos por skype” Otro suspiro, y un trago de vino. Y después del “Y qué sueños tienes, qué planes tienes para lo que queda del año” Silencio. Reflexiono. “Mira, traté de verdad de encontrar una respuesta a tu pregunta, así fuera algo simplemente para decir algo, pero no encontré nada. Qué más quieres saber de mí?” Suspiro. “Mejor hablemos de ti”  “Pues,  ahora mismo trabajo en el ministerio de Medio Ambiente, en la oficina de resguardos indígenas, pues sabes hay muchas empresas de todo tipo, intentando sacar recursos, pero son tierras protegidas y hay que hacer muchas maniobras legales para permitir la entrada de las empresas, y muchas otras maniobras diplomáticas para no permitirla. Entiendes?” Otra vez política. Me da asco. “Y tú de qué lado estás?” le pregunto sin anestesia. Se queda  mirando la copa. “Es complicado” responde y se queda en silencio. “Cambiemos de tema, qué estás oyendo por estos días?” No recuerdo quién preguntó primero, pero es claro que algo tenemos en común, la decepción del sistema. Yo por lo menos ya tomé una importante decisión. Apenas pueda renuncio. Y aquí sale a relucir mi frase de batalla y la que deberá ser absolutamente mi epitafio “Como diría el gran Edgar Allan Poe, Nevermore” Gracias Poe.

Esta frase ha comenzado a permear casi todos los espacios de mi vida. Creo que estoy en ese proceso del aprendizaje, donde se empieza a reconocer lo que no gusta, incluso antes de saber lo que sí gusta, donde a través de los errores aprendemos dónde no volver meter la pata. Y bueno, el Nevermore, ya no aplica solamente a la oficina, la política, los horarios, los protocolos, la burocracia, la contaminación, las 8 horas en una silla frente al computador, sino que también ya lo aplico en el one night sex (aunque dependiendo del sujeto podría aceptar algunas excepciones), a las drogas fuertes en lugares cerrados, al salir con uno que no te gusta sólo por aceptar compañía, a las relaciones amorosas a distancia, al curry y al aguardiente. Y puedo decirles (otra vez ustedes?) que mi nuevo mantra funciona muy bien, es como una liberación… una liberación de ciertas pequeñísimas cosas de las que puedo liberarme. Porque de otras, no podré hacerlo, y con ellas tendré que aprender a convivir. A veces recuerdo que Gregorio está aquí frente a mí, no logro evitar absortarme en mis reflexiones, trataría de compartirlas con él, pero lo conozco poco, y ya me propuse no fastidiar a nadie con estas sandeces. “Asustas un poco, lo sabes” Me interrumpe, y de qué manera. La pregunta obvia “Porqué?” “Pues porque poco hemos hablado, has estado toda la noche sirviéndote vino y prendiendo cigarrillos, mirando por la ventana, con la mirada perdida, esquivando ciertos temas de conversación. Por una parte debo admitir que me fascina, verte a ti es como observar las estrellas, a simple vista parecen bellas y uno cree que las entiende, pero si te quedas más de un minuto observando de verdad, te das cuenta de que en realidad no entiendes nada, de que son puntitos de luz en el medio de la auténtica nada, que son energía y son materia, que las podemos ver y contemplar, pero sólo así desde lejos, de pronto son sólo rocas secas y frías, de pronto albergan vida extraterrestre, de pronto son luces de laboratorio que iluminan este pequeño caldo de cultivo que es el planeta tierra. No lo podemos saber, y coño que las estudiamos, hasta el cansancio, y entre más sabemos, menos sabemos, y más nos maravillamos, y más nos frustramos. Y más nos asustamos. Bueno, así eres tú” Vaya! Eso logró conmoverme! Quiere definitivamente poner su pene dentro de mi vagina. Rayos Xeh! Siempre pensando mal, no puedes darle un poco de crédito, de confianza al menos? …. Me regaño a mi misma. Se me escapa una risa, por haberme regañado, él la interpreta como una aprobación a su comentario, aunque no haya sido la intención. Bueno, qué sabe él. “lo siento, es cierto que he estado un poco ausente. La verdad, no sé cómo justificarme. A veces me pasa, me meto demasiado dentro de mí misma, y no sólo de mí, sino dentro del universo, me gustó tu analogía de las estrellas, estudio las estrellas, y eso que mencionaste hace un rato. La nada. Me apasiona. Los científicos no saben qué es, ni de qué está compuesta, pero es imprescindible, simplemente la dan por hecho, y es parte fundamental de sus ecuaciones para comprender el universo. El concepto de la nada es un concepto antiguo, imagínate qué difícil en el 400 AC entender el concepto de nada, cuando ni siquiera se sabía que el mundo era esférico. Hoy en día, la nada sigue siendo un misterio, pero allí está, es parte de la vida cotidiana, del léxico de todos los idiomas, es en lo único en lo que los científicos creen que no han comprobado, la nada. Se parece mucho al concepto de dios. Es chistoso cómo todos, sobre todo los fanáticos relacionan la concepción de dios con el todo, el todopoderoso, el omnipresente, el omnisciente, el omnipotente, omni=todo, en cambio el todo lo conocemos, conocemos la materia, hemos investigado hasta el mínimo detalle todas las partículas que nos rodean, incluso el aire. Pero la nada, es el concepto más abstracto e irreal que conocemos, que permea nuestras vidas, filosofía, matemática, física, la nada debe ser real. Pero cómo creer en algo que debería existir pero que en teoría no existe, porque es, precisamente, nada…” “Cálmate, respira profundo, relájate” me interrumpe atrevidamente…

…Me muerdo los labios………………….. Estoy a punto de estallar. Es posible que este idiota no comprenda que  si la vena de mi frente se pronuncia y mis mejillas se ruborizan es sólo y exclusivamente porque me apasiona este tema más que cualquier otra cosa en el mundo. Qué es lo único que para mí vale la pena saber, pero sobre todo perseguir. No puedes respetar mi entusiasmo por  el tema? A ver, estoy tratando de defender una teoría y ello me genera una sublime excitación,  un orgasmo intelectual. Igual o más placentero que el carnal. Me hace perder los estribos que me traten de calmar en medio de una discusión que simplemente me apasiona, sea del tema que sea, este tipo de frases cortan el flujo de mi pensamiento, el equivalente a la sensación de mojarse las pantaletas, y una vez que la pasión se extingue (en cualquiera de los dos casos) es muy difícil, a veces imposible recuperarla. En este momento de rabia, de decepción, no me queda más tomar aire, servirme otra copa, y mirar un momento el horizonte. Me queda claro que poco le interesaba mi argumento, que no compartimos tampoco el amor por la retórica y el conocimiento. No digo nada, guardo silencio, no quiero tampoco mirarlo, en este momento su presencia es sólo un estorbo. Creo que es imposible de ocultar. Si, me siento como un pozo seco, o una habitación abandonada, vacía, pero resulta que cuando alguien grita dentro del pozo o la habitación, descubre que el pozo no estaba vacío, sólo faltaba una energía que pusiera a vibrar todas las partículas que estaban allí dormidas. Así soy yo, parezco vacía, oscura y profunda, pero sólo hay que agitarme un poco. Él se ríe nervioso, trata de convencerme de continuar con el discurso “Si creo que la nada es un sentimiento de vacío…” dice creyendo que sabe lo que dice. “La nada es nada. El vacío es vacío. Son dos cosas muy distintas” Dije para callarlo de modo engreído, quizá demasiado para mi gusto, pero en realidad ya no tengo ganas de explicarle que por ejemplo, si el espacio fuera vacío, cómo viajaría la luz y el sonido a través de él? …. El vacío está lleno de ether (un término viejo, aún hoy se trata de comprender de qué se compone el vacío, se intuye la presencia de una partícula, llamada la partícula de Higgs, o la partícula divina) Y más aún, si tienes un sentimiento de vacío, o el que fuere, cómo puede ser nada? Parece que mi cabeza no me permitirá follar nunca más. “Pero si la nada es el mismo vacío” repica, quiere convencerme de algo que ni él mismo sabe. Te quedaste en 1700 en la época de Newton. Le digo en mis adentros. Respiro y me calmo, no puedo obligar a la humanidad a interesarse en aquello que a mí me interesa. Me relajo. Pongo una cara amable. “Ha sido un gusto Gregorio, ahora voy a casa, estoy cansada, gracias por intentarlo”

Otra noche arruinada por mi cerebro, mi útero nuevamente hace sus reclamos “Ya te vas a encerrar a pensar en la nada, el vacío, la energía oscura y todas esas huevadas, cuando pudiste haberte divertido y pasar un rato placentero aromatizado con hormonas masculinas, pero no, es justo esa falta de contacto lo que te tiene amargada, admítelo!” Mi mente inquieta le responde de inmediato cargada de orgullo “Sabes qué? Prefiero quedarme sola reflexionando, a fin de cuentas la verga después de un rato se muere y sólo queda un cuerpo flácido tirado encima de uno. Me voy a pensar en la nada, y tu… tu vete a la mierda”

Un nuevo engaño y un nuevo desengaño

De vez en cuando es bueno ser consciente de que hoy, de que ahora, estamos  fabricando las nostalgias que descongelarán algún futuro. 

-Mario Benedetti

No es fácil ver en unos ojos esa llama de la que tanto hablamos y en la que buscamos calor. Es así como resulta muy fácil acercarse a la primera llama que vemos después de un maltratado camino de invierno. Sin embargo, así como en el desierto la sed y sol nos hace ver la arena como agua, en el invierno el frío y las ramas secas, nos hace ver refugios cálidos. Exactamente así se sentía Jerónimo. Parecía que su inconciente le había jugado una trampa de nuevo. Era fácil en aquél momento sentirse como un condón usado en la caneca de algún baño de algún lugar, con aquella expresión triste que tiene el condón usado, de pasar de sentirse tan necesitado a terminar siendo una plasta asquerosa dispuesto a morir en la basura junto a aquellos desechos de comida próximos a convertirse en hongos y a aquella servilleta arrugada con una leyenda escrita. Sensación que además se veía provocada por el olor a semen viejo que emanaba de su entrepierna, y que sentía en sus dedos por más que se los había lavado. Él había estado allí, no cabía la menor duda.

Era fácil también sentirse como un estafador, de esos que por creerse muy listos terminaron por estafarse ellos mismos. Un viejo amigo al que llamaremos “cactus moribundo” fue el testigo de todo, sabía perfectamente que había tanto calor en esa llama que trajo Jerónimo a casa, como tanta agua en el desierto de dónde él venía. Sabía perfectamente lo duro que era vivir en el desierto por ende sabía de antemano que esas noches de forzado romanticismo era sólo un intento desesperado de Jerónimo para protegerse del frío. Pensando todavía en ella, se sentó en la cama y se quedó con la mirada inmóvil durante algunos minutos. Él también lo sabía, su inconciente lo había traicionado una vez más. “Ella no puede ser una ilusión, yo la vi real” se repetía una y otra vez para no sentirse un estúpido. Pero era en vano, al final siempre sentía ese vacío en el pecho que lo obligaba a prenderse otro cigarro. Lo consolaba el pensar que en realidad ella podía ser una buena mujer, pero lo desconsolaba terriblemente el saber que enseñó su vulnerabilidad y entregó sus secretos más terribles a cambio de un par de polvos secos y obligados, y quizá de un par de palabras, algunas inútiles… y otras… también.

Tantas ilusiones, o usando los plurales de Benedetti, tantos ayeres en el olvido y tantos mañanas en tantas noches. Cuántos tragos, cuántas luces, cuántas notas, cuántas miradas, cuántas ganas de sentirse amado, cuántos hoyes. Cuántas risas nerviosas, cuánta necesidad de volar, cuántos besos embusteros, cuántas palabras mal dichas, cuántos tiros de coca, cuántas tardes… cuánta esperanza. Con un suspiro Jerónimo levantó la mirada y se observó solo en la pequeña habitación, a excepción de aquél cactus moribundo en la esquina. Se quedó por un momento observando sus espinas inofensivas, lo vio tan flácido, tan recogido, tan falto de vida, casi como su pene después de una miserable eyaculación precoz… con ella. Sintió pena por los dos, por el cactus y por él. En contra de su voluntad y obsesionado tratando de encontrar algo que pudiera decirle que él no estuvo equivocado, que en realidad se amaron, algo que lo hiciera sentir menos tonto, menos indefenso. Empezó a buscarla en la habitación, algo, cualquier cosa, algún objeto olvidado, un pelo, o incluso algún rastro de olor en el interior de sus sábanas. En cambio encontró algo peor, era un escrito suyo, fechado de hace algo más de 20 días. De antes de la mentira, o mejor, de antes de la verdad. De cuando ella era el momento justo y la caricia justa, de cuando ella podía ser la salvación.

El texto aunque corto estaba lleno de bellas sensaciones que cuando las leía y las sentía, recordando aquellos pocos días, aquellos inicios de cuando enceguecido creyó ver la luz, recorrían heladas cada poro de su piel, palabras que una tras otra formaban un verso cadencioso y amoroso tan podrido de ese sentimiento tierno y amarillo que en este momento tan gris y desolado, hacía daño. Palabras cargadas de un oscuro nerviosismo que dentro de su misma oscuridad guardaban una luz tenue y cálida. No se sintió para nada bien, verse a uno mismo tan humilde y sensible. Como ver la película de tu propia vida, con su fotografía, sus primeros planos, esa canción que sirve de banda sonora, y tu, capturado por la cámara, por el tercer ojo. Jerónimo quien con el papel en la mano nuevamente había prendido un cigarro para calmar el frío que le aprisionaba la respiración, se quedó absorbido por la sensación que le había el provocado el verse a si mismo, en un flashback fugaz,  tan sonriente, tan inspirado, tan desnudo, tan ingénuo. Se sintió ignorante de la vida, del amor y de las mujeres, se sintió culpable de haberse atado la soga al cuello tan inocentemente, tan encandilado por un espejismo.

Luego de la estupidez, la rabia, luego de la rabia, la violencia, luego de la violencia, la compasión, luego de la compasión, la tristeza, luego de la tristeza, la soledad y en la soledad, la noche, un triste poema, un cigarro y el viejo cactus moribundo.

Mascá chicle y Subí la escalera

Era ya un poco tarde cuado decidí salir de casa, sábado segundo día de Julio. Ese día había vuelto del trabajo un poco tarde, tipo 9 pm, estuve en mi habitación leyendo un poco sin muchos ánimos de salir pero esperando al chileno y al italiano que venían por mí. En realidad venían de otra ciudad a 8 horas de la mía, a pasar el fin de semana y el cumpleaños de uno de ellos. Ese mismo sábado. Pero no soporté, tuve que salir antes de que llegaran. Aquí la razón, desde hace algún tiempo los compañeros que viven dos pisos debajo del mío, un alemán y una francesa negra de padres haitianos, culean todas las noches. Y todas las noches les oigo.

Ella es hermosa, pero él más. Son dos prototipos de seres humanos bellos, de belleza admirable, era lógico que en una misma casa terminaran oliéndose los rabos como perros el uno al otro. Ella lleva el sexo en los ojos y de lejos es obvio que ella se lo come a él. Él es un hombre hermoso, digno representante de la raza aria, mide casi dos metros, se ejercita todos los días y carga un rostro de porcelana. Cada vez que lo veo no logro disimular mi encanto como tampoco logro disimular mi morbosidad, es imposible verlo y no pensar que debe tener un buen falo. Entonces por las noches los escucho. Su pelvis varonil y muro, se revienta sobre esas nalgas pesadas y redondas con golpes secos que tocan la carne oscura de sus entrañas de hembra, para extraerle gritos profundos y lujuriosos que alegran todo el barrio.

Esta noche por primera vez me acerqué a la ventana para escuchar y hurgar mejor entre sus cobijas. Pero la sorpresa fue mayor, a quién vi fue al señor de unos 50 años que vive entre el piso de los amantes y el mío. El se percató también de mi impertinencia, así que se alejó de las corinas, de donde él además si tiene vista, a diferencia de mí  que debo conformarme con los sonidos. Apagué las luces y me quedé al pié de la ventana, con la mirada perdida y un cigarro en la mano. Aunque dentro de mí se sentía el placer de dos amantes fornicando, otra parte sentía una terrible envidia, que con el paso del polvo y de los gritos, se fue intensificando así como el placer de esa negra. Así que me voy.

Que coincidencia que en el momento en el que abro la puerta, están los chicos, nos subimos al carro y nos fuimos a la zona de la rumba, a eso de las 11. Fuimos al bar en el que trabajo desde hace un mes – de esto hablaré algún día – donde puedo adquirir tragos más baratos. Comenzamos a tomar los tres, los chicos se quedaron hablando mientras yo estaba en la barra hablando con mi jefe en tono de amistad. Hasta que este argentino, cuarentón, flaco, porteño, drogadicto, deprimido, hincha del river, abandonado, profesor de artes marciales, mendigo, flaneur se me acerca:

“Mi mujer me dejó morocha, llevo dos meses en esta depresión” y luego cambiaba de tema: “Sabés que sos espectacular morocha?”, y luego otra vez: “Soy de Buenos Aires, y soy hincha del River, cómo crees que voy a estar con su descenso a la B”, interrumpí en este momento para decirle: “pero porqué los argentinos sufren tanto por el fútbol?”, “mira morocha tu no entendés que es una pasión”. Y la charla se extendió una hora más, hablando de lo mismo de siempre, de la vida, y como ésta no da tregua. Salimos del bar, los amigos invisibles adelante y yo con el nuevo amigo detrás. El punto es que el porteño había comenzado a ponerse un poco pesado, aunque decidí dejarlo venir sólo para no ser descortés. Seguimos caminando, cuando él me pide que me detenga “mirá esta escena morocha… él no ha hecho nada, sólo está ahí mendigando en la acera, tu entiendes porqué pasa esto?” Efectivamente dos policías lo estaban acosando, no sé porqué, pero sabemos que finalmente era por el simple hecho de ser un mendigo, por estar ni siquiera en la pirámide, sino debajo de ella, resistiendo toda la presión de la vida y la sociedad.

Seguimos caminando, y seguimos hablando, o él seguía hablando. Llegamos al carro, ese mismo monza 90 que había llegado hasta Quito desde la Patagonia chilena, subiendo por la ruta 40 del norte argentino, cruzando por Bolivia y su salar, subiendo por Perú y su Cuzco, Machu Picchu y Máncora, para finalmente terminar en este triangulillo en la mitad del mundo. Al llegar… la sorpresa, nos habían robado, roto el vidrio se habían llevado el computador central del carro donde se conjugan todas sus terminaciones eléctricas, pequeño aparatejo que vale mucho dinero. Una noche arruinada sin duda. Mientras el chileno y el italiano trataban inútilmente de solucionar la situación, el argentino no paraba de hablarme a través de los vidrios rotos de la ventanilla trasera del auto, pues yo aguardaba en la silla posterior con algo de frustración y pena por lo acontecido. Me contaba que estaba perdido en el bazuco y que estaba perdido en la vida, a sus más de 40 años de existencia. Hasta que llegó a una conclusión: “Morocha no te olvidés, mascá chicle y subí la escalera, mascá chile y subí la escalera”. Con esas palabras y después de ayudar perdidamente a arreglar el auto, se fue con sus frustraciones y el frío de la noche a cuestas.

Nosotros dejamos el auto en un parqueadero y nos fuimos a casa a dormir. No había de otra. Yo aún pienso en vano qué habrá querido decir con mascá chicle y subí la escalera. Dos cosas sencillas que al parecer no significan mucho, dos acciones no muy difíciles de ejecutar al tiempo, de pronto no sé, divagando un poco puedo interpretar que nos complicamos por tonterías algunas veces, pero imagínense que la escalera es muy alta y a medida que subimos nos agitamos y el mascar chicle no nos permite tomar aire, se hace cada vez más difícil respirar y mascar chicle. Posiblemente te tragues el chicle en el intento, o lo escupas y luego se te pegue en el zapato. O de pronto simplemente no significa más que mascar chicle y subir la escalera, y este argentino era un pelotudo. Qué les puedo decir?

Breve Retrato de un anochecer

El mar con cada ola que llega hasta mis pies, y dejando su sal entre mis dedos, evoca una pasión tan profunda que es éxtasis y un placer tan ligero que es armonía, y es justo allí en el horizonte dónde la vida se hace eterna. Ya no recuerdo cuantas horas estuve aquí en el largo de mi vida. Desde que era niña mi padre solía traerme a la mitad del mar, dónde casi podía tocar el sol y verlo hundirse entre el agua.

Estar aquí trae a mi mente muchos sueños, algunos cumplidos, pero la gran mayoría por cumplir. Cada sensación carga consigo recuerdos y deseos. El olor a mar se pega en mi piel, mientras el viento que sopla con fuerza juega conmigo amenazándome con arrojarme a las aguas de plata. El ambiente es nostálgico, hay gente en la plaza, niños que corren, viejos que hablan de la vida, jóvenes enamorados, y yo, sola, como es lo usual. Me senté junto al viejo monumento, ese gran tótem ubicado en el medio de la plaza, lleno de peces de colores. El sol nos acompañaba todavía, pero pronto sería su hora de marcharse. Ese día, el Sol, se había levantado con un temperamento romántico, así que tiñó el cielo color rosa, pero no un rosa cualquiera, éste era un rosa radioactivo.

La música vibraba tan suavemente que me susurraba sus viejos versos al oído, en un eterno coqueteo con la brisa. Sola allí en medio de la plaza del viejo pueblo, todos tenían que lanzarme una mirada, no es fácil ver a una mujer joven sola en la plaza. Saqué de mi mochila arawaka, un trozo de papel y un bolígrafo negro. Lo dibujé de espaldas, con su rostro ligeramente girado hacia atrás pero irreconocible. No podía dibujarlo de frente, yo no lo merezco, y de hecho, ya no lo recuerdo. Por más que el color de sus ojos esté grabado en mi memoria, no soy capaz de trazar el contorno de los mismos, quise diseñar su boca, el labio prometido. Creo que sencillamente no soy capaz de verlo a los ojos, ni siquiera a sus ojos de papel dibujados por mis manos. No soy capaz.

Bajé por su espalda, y por sus piernas. Lo imaginé vestido de blanco, porque el blanco es el color de esta tierra. El calor llama al blanco, siempre, y el blanco contrasta con los vivos colores que inundan este territorio. Con cada trazo dejaba sobre él un poco de mi mar, porque él es mar.  Me faltaban las manos. Cómo serían sus manos? Las manos del hombre lo representan todo, la evolución, la inteligencia, la destreza, el destino, la verdad, la vida y la muerte. Plasmar sus manos no era tarea fácil, y mucho menos unas manos que sólo me habían tocado con la intuición. Sus manos lo eran todo, el principio y el fin. Dejé fluir mi verdad, y en su mano derecha le agregué un habano. Su mano izquierda, en cambio, esta cerrada. Su puño indica fuerza, dignidad, valentía, pero sobre todo, misterio.

Cerré abruptamente el viejo cuaderno, lo metí junto al bolígrafo en la mochila. Sosteniendo mi falda para que no fuera levantada por la brisa, y caminando con los ojos entrecerrados por la arena que volaba por la plaza, me dirigí al viejo muelle. Ese viejo muelle, el mismo que recorrí en medio de charlas con poetas y padres, con amigas y hermanas, y sola tantas veces. Me detuve frente a él, el sol quién todavía guardaba su dulzura rosa, caía lentamente embriagado en el perfume de la María del Mar. Una melodía caribeña que sonaba alegre entre la tarde, se hacía lejana y rumorosa con el andar de mis pasos. Cuántos metros dentro el mar habré caminado?

El viejo muelle ya no tiene luces, las barandas a sus lados han sido carcomidas por el mar, en el camino hay que tener cuidado pues sus cimientos han sido corroídos por la sal, y algunas trampas para los ciegos están dispuestas en su caminar. El muelle nunca ha sido para todos, el viejo muelle sabe seleccionar a sus visitantes. Está lleno de viejos pescadores nostálgicos, de poetas del mar, de enamorados, de niños que corren, de mujeres locas, y de mí. Este viejo muelle está lleno de mí. A cada paso, y entre más me acerco al final, dónde me espera el Sol, más veo mi vida gritando con cada ola que me baña. Con cada paso iba dejando la tierra segura y sólida, para entregarme a la sabiduría del viejo muelle. Mirar hacia atrás es ver la oscuridad de la noche que nace. Justo delante, sobre la línea del horizonte, el Sol que me seduce.

Paso por la vieja casa de la aduana, imaginando allí a mi bisabuelo trayendo el mundo a esta pobre tierra de pescadores y esclavos, de mulatas e indios, de alegría y humildad. Detrás de mí la noche se acrecienta, inunda el vacío de negro. Delante de mí, el resplandor del gran sol.  Y justo allí en el horizonte, en la línea donde el viejo muelle se entrega al mar, él. Él. De espaldas. Con su traje blanco. Con su habano en la mano derecha. Los últimos rayos de sol dibujan su silueta en el contraluz.

Me detengo a unos metros detrás de él, esta vez su mano izquierda está abierta, gira un poco la cabeza, buscándome. El no logra verme, la noche me ha cubierto totalmente. Yo, en cambio, no logro vislumbrar  su rostro. Qué desesperación!

Sol, te ruego que no te escondas todavía, déjame ver el rosa radioactivo en sus ojos antes de que venga la noche.