Archivo mensual: diciembre 2012

Una Forzatura

Él, aún en su forma animal, camina en medio de la selva con el sentimiento de defensa vibrando sobre su piel. Ojos rápidos y atentos, oído agudizado, pies listos para correr, intuición activada. Se desliza por los pabellones del lugar, temeroso de hacer ruido, se funde con su entorno para engañar al enemigo, está listo para la guerra. Avanza a paso veloz y decidido, determinado, dispuesto a retar todos sus límites. Se esconde tras los árboles, sospecha la presencia de alguien que lo sigue en silencio. Voces y campanas de otras dimensiones lo distraen, lo aturden, lo atemorizan, pero convencido de luchar continúa. Falta poco para que caiga la noche, la gente no se distingue entre la humedad del ambiente y lo angosto de los callejones, una silueta se dibuja en la distancia, quieta. Nuestro hombre la observa desde lo oscuro, escondido en el pórtico de un bar histórico. El barista se percata de su presencia y desde la barra presiente que algo extraño está pasando. El sujeto comienza a acercarse lentamente, él lo mira de abajo a arriba tratando de reconocer sus facciones, sin embargo una rara condición mental, una especie de distorsión, no le permite enfocar el rostro, registrar los detalles. Una descarga eléctrica le paraliza el cuerpo mientras el sujeto se acerca, quiere correr pero sus piernas no logran despegarse del suelo, mira a todas partes buscando un cómplice, se gira y allí está el barista, quien con una mirada indiferente rehúsa cualquier compromiso. Inunda el pánico, el tiempo viaja a un cuadro por segundo y nada pasa. El sujeto lo apabulla con la mirada, el hombre se acuclilla. El sujeto ya está tan cerca que se puede sentir el calor de su cuerpo, su olor, su aliento. Habla sin mover los labios y sin emitir sonido, las palabras no son los códigos usados. Él hombre petrificado, se descubre completamente desnudo en un espacio conocido pero que no tiene forma, la forma está en segundo término y muta constantemente, es el mundo que subyace entre las grietas que dejan las partículas, allí se desarrolla todo, no importa cuán diminuta o enorme sea la grieta, es al fin de cuentas, la misma y única grieta universal donde nada debe concretizarse, dónde  un concepto no necesita ser emitido para ser expresado, no hay temor o duda: no hay desenlace, solución o problema; todo pulsa al unísono buscando una forma tras otra, un material tras otro, un nombre tras otro. Millones de espermatozoides serpentean como cualquier otra corriente eléctrica buscando el contacto justo para continuar con el camino… espermatozoides conscientes de su misión. Vidas que se encienden y corren hacia la tierra. El hombre sin moverse, no puede esquivar la mirada de su interlocutor, sus ojos están clavados en el resplandor cuadrado de la ventana del bar que se vislumbra en los ojos del sujeto, que al mismo tiempo parece ser la entrada hacia esa otra dimensión. El hombre se hace consciente de esto, logra traspasar una de las enormes paredes que separan lo etéreo de la grieta del mundo tangible, y vuelve en zoom out enfocando al barista que no ha dejado nunca de mirar. En ese momento, su propio yo volvió a la situación, su mente retomó el control de su cuerpo, recordó quien era y lo que hacía allí, recordó el miedo y la indiferente actitud del barista un momento atrás, recordó cómo comenzó todo.  Levanta nuevamente la mirada para, en un último intento, reconocer al sujeto. Demasiado tarde. No hay sujeto, no hay árboles, no hay selva, sólo un viejo callejón con olor a humedad y una noche sin estrellas. El hombre se levanta del suelo, se sacude, respira varias veces tratando de normalizar el ritmo de su corazón, y así tratar de comprender lo que acaba de suceder, mira su reloj pero no logra distinguir la hora, no hace caso.  “Un whisky no me caería nada mal”

La hora del silencio

Un grupo de hombres se reúne todas las noches en la esquina de mi casa. Mi ventana está cerca de esa esquina. Todas noches cuando estoy en cama a punto de quedar dormida, los hombres comienzan a hablar, sus palabras son indescifrables, utilizan la voz baja, así como un acento musical y veloz que envuelve las frases. Algunas veces cuando están alegres cantan y ríen. Cada tanto los perros de la cuadra se comunican, corren por la calle, cuidan el territorio. Los gatos maúllan como niños fantasmas. Los árboles se mecen retorciéndose y rozando sus hojas. Un televisor de sonido eléctrico se oye en tercer plano sonoro. Detrás de todos estos sonidos, el eterno zumbido de la electricidad, sea un aire acondicionado o una nevera, o los mismos postes eléctricos. La banda musical de la noche siempre es una salsa antigua. La casa de madera de la esquina es el espacio perfecto para que indígenas, negros, marineros, blancos, se encuentren a comentarse de manera casual las aventuras de sus vidas. Voces de razas distintas, palabras de lugares ajenos, todas confluyen en la superficialidad de la oralidad. La noche se rompe con los fuertes truenos que las motos que pasan por esta callejuela descargan a toda velocidad. Las mujeres gritan histéricas acariciadas por el vibrar de la motocicleta, el cabello les vuela entre las ráfagas de viento, se agarran al conductor en un derroche de adrenalina y sexo. Un recién nacido se despierta con el rugir de los motores, llora queriendo sacar de su cuerpecillo su alma nueva. Los niños más grandes juegan con pólvora en la mitad de la calle sin asfalto, triki traki, se le llama en mi ciudad a las pequeñas pastillas de pólvora que estallan al frotarlas contra el suelo. Un anciano camina lento observando a los pequeños, saluda a los marineros, los perros se le acercan y le acompañan, el lento caminar de sus pasos llega hasta mis oídos como un ruido que pesa en la conciencia, el lejano futuro que a veces se presenta como una triste fatalidad. La noche no para, y aquí me encuentro, en silencio, en mi habitación, detrás de la ventana, estando sin estar, observando en la oscuridad y con los ojos cerrados cuánto pasa en esta esquina de este pequeño pueblo de mar…. Poco a poco las motos comienzan a hacerse menos frecuentes. Una madre furiosa llamó a los niños a dormir. El anciano llegó a su casa y se llevó con él a los perros del vecindario. Las mujeres fueron llevadas a sus lujuriosos destinos y ahora gritan lejos de mi calle. Los hombres de la esquina, uno a uno tomaron rumbos distintos, y ahora sólo queda uno silbando una lenta melodía. El recién nacido volvió a meter su alma en su pequeño cuerpo. La salsa se fue a bailar a otro lado. Los gatos fueron a buscar comida a los basureros. La electricidad se fue, y con ella se llevó al aire acondicionado, a la nevera, al poste de la luz. La brisa acaricia suave los árboles y arrulla el vecindario. Sigo en la oscuridad hundiéndome en la madrugada, olvidando que fuera de mi cuerpo existe sonido alguno, todo lentamente comienza a desaparecer. Desciendo a las profundidades de mi alma en busca de un silencio total. Pero éste no existe. Dentro de mí, los pensamientos que fluyen en forma de palabras retumban como ecos de antepasados fallecidos, el sonido de mi voz se repite en mi mente como un loop eterno y maquiavélico. Los recuerdos dolorosos lloran sin descanso. La ira y la impotencia gritan en mi estomago. Los remordimientos caminan con pasos pesados por encima de cualquier voluntad de paz. Entonces busco más adentro, con la intención de desconectarme del ruido, pero descubro un ritmo que retumba en las oscuras profundidades de un inmenso mar de sangre, un ritmo que nunca se detuvo. Allí comienza la música. Allí comienza la vida, con un sonido que se abre paso entre los líquidos de las entrañas. No habrá silencio hasta el día de la muerte. Hasta el día que el corazón no pare de bombear.