Archivo mensual: junio 2017

El mordisco del mico

De mis viajes por la selva siempre extraje una única sensación, la de no pertenecerme. Bajando un día hacia la chacra, después de un par de horas de camino, la línea que dibujaba el sendero desapareció. No sé si la perdí por andar sumergida entre mis pensamientos, o si realmente se había borrado de la tierra. Al alzar la mirada, me di cuenta que el follaje era tan espeso que a duras penas se podía ver algo a más de tres metros de distancia. Hacia todos los ángulos un muro verde encerraba la visión y el estar. Más que sentirme atrapada me sentí sumergida en algo mucho más grande que yo, que todos, que tu ego. Arriba el cielo se veía muy lejano, los árboles más altos entrelazaban sus ramas creando un único cielo verde. Abajo, la tierra negra y húmeda permanecía cubierta de una capa de musgo, hongos, hojas caídas, ramas, flores. Al cerrar los ojos, la orquesta más grande del planeta tocaba su sinfonía primordial, y separar los sonidos y comprenderlos era una tarea del todo imperfecta, imposible; por una parte porque para un oído virgen la mayor parte de las fuentes sonoras eran desconocidas, no era posible saber qué ser generaba qué sonido y con qué intención. Mientras algunos sonidos eran uniformes, repetitivos y tranquilos, otros saltaban de la nada, agresivos, dolorosos, intimidantes.  Otros sonidos eran complejas conversaciones, un diálogo animal exactamente igual al humano, cuentos de la vida cotidiana, necesidad de solidaridad, de unidad. Ese día no llevaba zapatos puestos, se me habían roto en el camino y los abandoné en algún punto, o más bien ellos me habían abandonado a mí. Con todas las especies venenosas que podían habitar el suelo selvático, no di ni un sólo paso con temor, me había olvidado por completo que iba descalza por una parte, y por otra parte ese día me había olvidado también de mi mala suerte. Es difícil sentir en la selva que se está solo. Yo estaba sola, sí. No había humanos a mi alrededor, o por lo menos no los percibía. Sin embargo, una firme pero silenciosa certeza estaba presente. Firmes y silenciosas presencias. No lo podía ver, pero sabía que el jaguar estaba allí. No los podía alcanzar pero sabía que los monos saltaban de un árbol a otro sobre mi cabeza. No los diferenciaba de entre las hojas, pero allí estaban todos los pájaros de la selva observándome. Vas a pensar en tu nombre ahora? Ni siquiera el pensamiento de llamarme a mí misma con el nombre que creía fuera mi nombre, me pasaba por la mente. Yo no era ese nombre. No lo soy. No sabría tan siquiera cuál es, pero sé que todos ellos sí lo saben. Sé que me están llamando todos en sus lenguajes por un mismo nombre del que no conozco los símbolos. Sé que a sus ojos soy algo concreto y definido pero que al mismo tiempo se amalgama con el verde de la vegetación. Soy algo más pequeño que las hormigas rojas que cargan sus hojas por sus largas carreteras. No soy nada en comparación a los colores de las plumas de aquél pájaro. Mis manos no son ágiles como las de los micos que seleccionan sus frutas. No me siento a la altura de este ecosistema, no siento pertenecer, y al mismo tiempo siento que mi función ha estado fijada, sólo que no sé cuál es y mientras más me pregunto más me alejo de ella. Mi corazón late único y a destiempo de la sinfonía, y tanto ellos como yo lo sentimos. Inicio a caminar sin rumbo pero sin miedo, al final a alguna parte llegaré. La selva me está protegiendo, nada me hace daño, nada me atemoriza, me siento resguardada. Un rayo de luz se abre paso entre la vegetación, una ráfaga de viento bien definida llega hasta mi cuerpo sudado y lo refresca. Continúo mi camino hacia la abertura. Al llegar me encuentro en una plaza natural, un espacio circular abierto entre la enormidad y el espesor de la selva. Algunos árboles acostados se han convertido en los guardianes de ese espacio. Me senté sobre uno de ellos, dejé que el sol limpiara mi mente y la brisa mi cuerpo. Terminé tendiéndome sobre el tronco. Un sueño de cuya duración no podría dar cuenta se cernió sobre mí. En el sueño, un mico de pequeñas dimensiones pero de ojos bien abiertos se acerca a mi cara. La profundidad de sus pupilas conecta con esa parte de mí que deja de ser mía y es algo más, un no-yo primitivo y arcaico. Me levanto y lo sigo con la mirada mientras el animal me examina meticulosamente. Toca mis dedos de los pies y toca los suyos como si los contase. Toca mis uñas y las suyas. Siente la textura de la piel de mis pantorrillas. Sube a mis rodillas y con sus pequeñas uñas hace fricción sobre la piel firme de la articulación. Halla una cicatriz en mi rodilla derecha, mientras la observa recuerdo perfectamente el día que me caí patinando en una calle del pueblo, recuerdo que sangré mucho y que mi padre me curó al instante. Sólo recordando sentí que de algún modo había comunicado al mico cómo me había hecho esa cicatriz, porque cuando terminé de recordar me miró y se fijó en mi mano izquierda. La olió. La lamió y la mordió suavemente. La tomó con sus dos pequeñas manos y me dejó también explorar las suyas, sentir las líneas duras y profundas de sus palmas, las dimensiones de sus pequeñas uñas, la largueza y fineza de sus pequeños dedos. A este punto éramos ya amigos, parientes. El mico subió hasta mi cabeza y empezó a hurgar entre mi cabello, sentía su ligero peso sobre mis hombros y podía leer sus pequeños movimientos, así como podía escuchar los latidos de su corazón y su respiración. Comencé a pensar en todo esto, pensaba en lo maravilloso y fascinante de la criatura, de la creación, en lo afortunada que me sentía de estar allí, en lo que habría contado a mis amigos cuando volviera a la ciudad, comencé a pensar en lo poco que me separa de él, cómo en sus pupilas había visto la misma expresión de mi abuelo con alzheimer. Pensé en esto y mucho más, pensé en las clases de biología de la escuela, en la profesora Carmen y su eterna contradicción entre su credo católico popular mal infundado y sus estudios en biología y ecología. Pensé en el catolicismo y en las religiones, en lo alejadas que están de mí pero en lo bien que las comprendo. Pensando en el catolicismo pensé en mi abuela y en su afán por creer que el paraíso existe, ese donde la están esperando sus seres queridos, pensé en su dolor, en su inmenso dolor. Pensé en su lucha contra el ateísmo de mi padre. Un fuerte dolor punzante en el muslo de mi pierna derecha me sacó de mis divagaciones. El mico me había clavado sus cuatro colmillos y se había alejado tan rápido que en pocos segundos ya lo había perdido de vista.

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