Archivo mensual: abril 2012

Acá estoy

Pobre de este espíritu atrapado en este cuerpo.

Pobre de este espíritu que no se ríe de la comedia humana.

Pobre de este espíritu esclavo de las incertezas de la mente y de la ciencia.

Espíritu que vaga en círculos atrapado en esta cárcel de huesos, sangre y pasión, y que trata de escaparse con cada exhalación de humo de tabaco. Trata de escaparse con cada risa y con cada orgasmo. Trata de escaparse en cada una de estas letras.

Busca refugio en otros corazones, cuando se siente cansado de estar acá dentro. Pero muchos corazones no guardan espacio para él, y otros en cambio me lo quieren robar. Algunas veces se deleita con la música que viene del cielo, y otras veces se deshace con la dura avaricia de los hombres.

Por la noche se acurruca en la esquina izquierda de mis recuerdos, allí donde está guardada la infancia y la inocencia. Por el día se cubre de indiferencia para enfrentar el mundo con supuesta valentía. Trata de hallarse en el reflejo de los charcos, en las vitrinas de las tiendas, en la ventanilla de los automóviles, pero no logra ver más que el cuerpo, la jaula.

En momentos como este, con dos moscas revoloteando por la cocina y con unos cuantos rayos de luz que entran por la ventana del baño, con la soledad como único testigo, lucha contra el deber de la existencia, entregándose a los livianos susurros de un piano.

 

17:38 UIO

Acá estoy. Mientras tanto miro por la ventana la ciudad que se come la montaña, el cemento que cubre el verde. La lluvia ya no cae sobre las hojas de los árboles, o el pasto, ahora resuena fuerte sobre los tejados de zinc, ya no tiene nada que regar para ver crecer, ya no cumple su función de vida, salvo alimentar a esos seres silvestres que tratan de sobrevivir en un ambiente tan hostil; donde los sonidos no cesan ni de noche ni de día, donde el peligro corre sobre cuatro ruedas, donde los seres bípedos cagamos y cagamos millones de toneladas de desperdicios, donde las venenosas moléculas de dióxido de carbono viajan como una masa gaseosa que se queda impregnada en las paredes de las históricas casas  del centro y en las paredes de los pulmones… y aún así cada mañana escucho los pájaros. Quisiera saber dónde se esconden por el día, que ni se dejan ver.

Por la noche, en cambio, debo dormir de un lado de la cama donde la luz de la calle no me alumbra la cara. Debo tratar de conciliar el sueño entre el ruido de los automóviles, sus bocinas, llantas, aceleradas, frenos, choques. Pero la cosa peor de todas, en absoluto, es ese hombre barbudo y viejo que se sienta en la acera cruzando la calle del condominio, a quien veo sólo de noche, que carga consigo dos palitos de metal, algunas herramientas, o varillas, no lo sé, y que las golpea entre ellas obteniendo el sonido de una gota de agua que cae. A partir de las 10 de la noche comienza a marcar el ritmo del tic tac del reloj, hasta que de repente para, así que respiro profundo y trato de conciliar el sueño, me relajo, y cuando lo voy consiguiendo, cuando me aproximo más al sueño, comienza de nuevo. A veces logro conciliar un poco de sueño, pero me despierto cada rato a controlar el reloj, y me doy cuenta que sólo he dormido 10 minutos, o 15 y en el mejor de los caso 45.  A veces creo que se duerme él también entre sonada y sonada, o puede ser que simplemente sabe que la interrupción del sonido no permitirá un sueño adecuado, para el barrio y para mí.

Nunca vi a este hombre de día, cuando me despierto para ir a trabajar, a las 5:30 de la mañana ya se ha ido, antes de que aparezca el primer rayo de luz. Dónde vive este hombre? Dónde se refugia cuando llueve? Cuando hace tanto frío como ahora… Me gustaría una noche confrontarlo, saber qué clase de ojos tiene, qué razón secreta e intíma guarda este sujeto para realizar su ritual nocturno. Qué clase de placer encuentra en inquietar y disturbar al otro, sobre todo en un momento tan importante como el descanso,  porqué habrá elegido ese sonido similar a la gota de agua, usada incluso para torturar rehenes. Creo que nos hemos convertido en rehenes de su imaginación, la perversión de saber que de alguna manera pequeños actos como ese pueden arruinar el día, el mes o el año de alguien, de un desconocido. Trato de continuar escribiendo, de continuar pensando, pero no logro aislarme del insoportable ruido. Una alarma, las ruedas de los buses, la nevera, la gente que murmulla, una bocina, y en el último plano sonoro el trino ahogado de un pajarito buscando a su hembra. No existe paz alguna en esta ciudad, todos van deprisa a sus casas después del trabajo, olvidarse del mundo exterior, pero eso a la ciudad poco le importa. A la ciudad y a los locos que andan por las noches perturbando el único momento de “silencio” de nuestras miserables vidas de citadinos. Una lógica tan alejada de la de aquél pajarito que no se cansa de trinar, de alzar su voz en el terrible rugido de la ciudad.

Veo que el cielo se ha ennegrecido, una nube inmensa ha comenzado a ocultar la montaña – o ciudad -. La temperatura baja un poco más el sol comienza a ocultarse tras el volcán. Yo sigo acá… esperando algo.

Who cares about the character? You don’t have to explain it to me. I don’t have to explain it to you.

Me fascinan las casas antiguas. Hoy tuve una cita con una chica en una casa en el centro de la ciudad, un oasis de buen gusto y comodidad en medio del caos metropolitano y el mal gusto arquitectónico del capitalismo moderno. Casas grandes, rodeadas de un inmenso jardín con fuentes y flores de bellos colores, paredes coloridas y fuertes, contrarias a las paredes de cartón de los departamentos de hoy, un techo alto que brinda una bella sensación de grandeza. Entré caminé por el sendero de piedra que atraviesa el jardín, subí cuatro escalones de piedra e ingresé a un espacioso porche predecesor de una magistral puerta de leño grueso y oscuro remachada con hierro oxidado pero firme. La puerta estaba abierta. Hace unos años el dueño tuvo que venderla para pagar deudas e irse a un departamento pequeño en los barrios nuevos de la ciudad, la casona fue comprada por un árabe que puso allí dentro un restaurante de comida barata. Así que entré a la casa y caminé sigilosamente admirando la belleza de cada uno de los detalles del techo o las lámparas, o el piso, o el mismo diseño del lugar. La luz cálida de las lámparas iluminaba todo de una forma especial como si incluso estuviese estado pensado también eso. Los salones gigantes que permanecían vacíos y oscuros, detrás de una puerta o en el fondo de la casa, y que no hacían parte de la zona habilitada para el restaurante, eran toda una tentación erótica. La oscuridad, el frío, la luz que entra por la ventana desde la calle, la lluvia, y esa sensación que emana la casa de pertenecer o estar en otra época, resultan ser, en flashes eléctricos, verdaderos momentos de lujuria. Incluso sin tener que elegir una pareja; el momento lo es todo. Vuelvo a ubicarme en el restaurante, camino buscando la cara de mi amiga mientras exploro este nuevo lugar, observo la gente, y el menú, al mejor estilo latinoamericano, súper colorido, mal hecho y de mal gusto, que ofrece todo tipo de frituras y jugos, es sin dudas el contraste (la sacada de onda) más violento de la casa. Bueno, eso o el indígena que me atiende vestido como joven gringo empleado de mc donald’s. Al fondo del salón, reconozco a mi amiga, sola tomando una cerveza, casualmente a unas tres mesas cerca de ella hay un chico también solo que bebe una cerveza. Y en otra mesa grande hay un chico también solo. Me recuerda ese pensamiento que tengo cada día que voy donde el chino vegetariano donde suelo almorzar, montones de mesas vacías con gente sola y vacía que busca distanciarse lo más que pueda del otro. Cada vez que entro y veo las mesas vacías y las personas solas, contemplo la opción de sentarme a almorzar con alguno de ellos, sin embargo nunca lo hago, prefiero aislarme en la seguridad que me da mi pequeño mundo, mi barrera invisible que me protege de una situación de riesgo, al mismo tiempo pienso que de pronto esas personas necesitan estar solas y prefiero no molestar. Ella me sonríe. Me agrada su sonrisa, me tranquiliza. Me siento a su lado. No puedo evitar notar cuánto me agrada su vestimenta, pero sobre todo su cabello corto negro. Me encantaría tener su cabello, me da una agradable sensación de libertad. No tener que volver a peinar nudos en el cabello. No tener que sufrir el frío de lavárselo y esperar a que se seque. Y todavía, por debajo de esos detalles prácticos, está el significado que tiene para la vida de una mujer, en ciertas culturas, de cortarse el cabello, así como para los hombres es el dejarlo largo. Un acto de rebeldía, aunque hallan cuestiones de vanidad muy válidas, como el considerar si nos gusta cómo va con nuestros rostros, o cuerpos, o estilos. Gente a la que no le va bien el afro, o el bigote, o las rastas, simplemente por sus características físicas. De pronto tenemos que encontrar un acto de rebeldía que sea suficiente para nosotros y para el cual nosotros también debamos ser suficientes. Ella se ve bella con el cabello corto. Recuerdo esa otra chica que se usa unos expansores gigantes en cada oreja, le van muy bien con sus facciones aztecas y sin duda gritan “soy rebelde”. Recuerdo, a propósito, a ese amigo mío que habla siempre del papel o personaje que queremos representar en este gran teatro que es la sociedad, de seguro tiene alguna relación con estos símbolos estéticos, quisiera sólo entender hasta qué punto tenemos el poder de elegir a nuestro personaje y hasta qué punto nuestra naturaleza nos define arquetípicamente.  Alguna vez escribí en este blog “En el teatro de la sociedad, los mejores actores tendrán los mejores papeles y podrán ser famosos y aclamados, pero son los silenciosos pensadores quienes escriben la obra y se esconden tras el gran telón” Para que la obra de la sociedad funcione y sea interesante debe existir una dramaturga o dramaturgo que se concentre en guiar la historia. Mi pregunta real es qué tanto queremos ser caras conocidas, actuar, hacer contacto con los demás. Personalmente prefiero mantenerme fuera del escenario… en lo posible. Me acerco a la mesa y me siento. Y comienza la charla de mujeres, un torrente de emociones y confirmaciones que el sexo opuesto jamás podrá ofrecer. Hablo de dos mujeres con empatía. Nos interesamos la una en la otra, desdeñamos del mundo, de la vida y del amor. Nos reímos de nuestras tonterías, nos burlamos la una de la otra y de nosotras mismas. Lloramos un segundo y luego nos miramos y nos reímos. Todo esto en los primeros minutos del encuentro. Sacamos todo. Luego prendemos un cigarro, miramos algún punto en la nada y nos olvidamos de todo. Catarsis. Veo en sus ojos la satisfacción y seguramente ella la ve en los míos. Afortunadamente ella y yo coincidimos en muchas concepciones, muchas, desde la más banal hasta la más profunda. Y esto también reconforta. Salimos juntas del lugar luego de un par de cervezas, lágrimas y silencios. Llovía. Abrimos el paraguas, nos abrazamos y comenzamos a caminar, los carros nos bañaron, metimos los pies en los charcos, nos mojamos las medias, le gritamos “imbécil” a un par de tipos morbosos por la calle, y nos reímos de todo eso. Nos despedimos en la parada del autobús. Es hora de volver a casa, tengo los pies mojados.

Celsius

El sol. No? No es una buena forma de comenzar a escribir? En realidad puse mis manos sobre el teclado y salió así, luego leí y me asombré de lo que había escrito. Pensé en borrarlo. Pero cuando llegué a la “s” mis dedos se quedaron congelados. Puede alguien vivir sin sol? No, bueno salvo algunas especies de las profundidades del océano.

El sol quema la piel, arde, duele, con un poco más de tiempo Nuestro protagonista podría, literalmente, fritarse bajo el sol, el agua casi termina, la ropa apesta y la humedad la hace pesada. La vida que se reduce a un mero dolor físico, nada más importa, el peso de los años sobre la espalda finalmente es lo único que duele, para ese dolor no hay filosofía, no hay tiempo, no hay lamentos existenciales, sólo desesperación, esa de la vida que duele en las plantas de los pies. El sol no para, no se cansa, no entiende de sufrimientos ajenos y en el paisaje sólo queda nuestra propia sombra para tratar de refugiarnos muy humildemente en nuestros pequeños egos artificiales –una redundancia?- . Los árboles se han extinguido, la brisa no refresca, no trae consigo gotas de rocío. El agobio. El extremo calor que te absorbe todos los líquidos, te seca, te chupa la sangre, la conciencia, incluso el alma, la desintegra, evapora las pequeñas gotas de líquido que son nuestras almas. Es como el cansancio después  de un largo día de playa, el sol tiene el poder de achicharrarnos, aniquilarnos. A veces incluso, por la luz intensa y el calor, no nos deja ni pensar, y la noche siempre llega como un alivio.

Recostado en una roca, después de haber caminado por algún tiempo, sin saber si han sido horas, días, años o sencillos minutos, el cansancio le había aniquilado las neuronas, resultaba un duro esfuerzo pensar con claridad, el sol lo era todo desde las 6:30 AM y las 6:30 PM y la reacción natural del cuerpo es querer cerrar los ojos, el problema es que cuando cerramos los ojos y al interior de nuestros párpados sólo vemos juegos de luces y colores, la mente tiene que trabajar todavía más para poder sobrellevar la situación. Así que  quiso recordar otros tiempos, ubicar su mente y su cuerpo en alguna otra sensación, y la primera imagen que vino a su mente fue la de aquella noche en la que por primera vez se reconoció en su soledad. Antes, hasta ese momento, todas las veces que estuvo solo, huyó de sí mismo, pensó en la practicidad de la vida para no tener que recordar que vive dentro de alguna identidad, de algún tipo insignificante y solo que nació como muchos otros y morirá como otros todos. Y es que a veces conforta el sentirse sólo una pequeña molécula que vive en su órbita entre miles de millones de otras moléculas, el anonimato, el “todos estamos en el mismo viaje”. Pero cuando la individualidad del cosmos personal manifiesta su inmensidad, comienza la crisis, la crisis eterna, la incertidumbre y la penumbra. Por un instante trató de conservar ese flashback el mayor tiempo posible, pero fue inútil, después de un rato también se consume. Hiperrflexia, divagación, otra vez pensamientos existencialistas.

Hasta antes de ese momento había estado sentado durante mucho tiempo, cómodamente, satisfecho y sano, con todo el tiempo del mundo para pensar, para vagar, enojarse, llorar, sufrir, reír, escribir miles de palabras, tomar millones de fotos, cambiarse varias veces de ropa. Sin interesarse en la vieja y boba pregunta del para qué. Bajo el calor y la luz del sol, no hay muchas posibilidades de pensar, la vida te agobia tanto que el pensar resulta un lujo. No es en vano que la inteligencia nació en un clima más agradable. En el calor los pensamientos también se evaporan, y pensar se convierte en un vagar continuo y con los pensamientos y las revelaciones o la falta de las mismas, siempre llega la angustia. El protagonista es conciente de esto, así que comienza una lucha de su mente contra su cuerpo y la sensación térmica. Siempre vio que los monjes, yogas y demás orientales podían hacerlo, así que siendo su última esperanza comenzó por tratar de aplacar lo más urgente: el calor. Comenzó a imaginar primero la frescura, un viento de colores azul y verde que se acercaba en forma de rocío que se posaba suavemente sobre su piel. Por momentos al inicio, luego por periodos más prolongados. Parecía que lo estaba consiguiendo realmente, imaginar que el calor no existe y que el mundo exterior es completamente ajeno a nuestro mundo interior, parece que logró deshacerse del calor que lo agobiaba y ahora la frescura comenzaba a posarse sobre sus poros. Pero de pronto todo se hizo frío, helado. Tan frío que recordó cómo fue que llegó a aquél desierto, y había sido justamente tratando de imitar a esos monjes que meditan y que secan las sábanas mojadas con el calor del cuerpo, y así poder darse calor en estos días de frío en la montaña. Recordando un poco el sol.

(El personaje continúa saltando de un clima a otro)

Menguando

Aún recuerdo ese sueño que tuve cuando era muy niña. Habíamos ido a alguna fábrica en algún pueblo de la zona, hacía calor como siempre. La fábrica producía melaza, una especie de miel que se le da al ganado de comer. Recuerdo muy bien el olor de la melaza y los colores de esa tarde, en ese sueño. Siempre seguí a mis padres que iban acompañados por un hombre gordo, seguramente hablando de negocios o cosas de adultos, hasta que en algún momento me distraje y me perdí. Cuando me di cuenta de que estaba perdida, me quedé allí inmóvil, sin hacer ningún sonido o movimiento, sólo me quedé a esperar, tratando de no pensar en nada, o abstrayéndome del mundo pensando cosas de niña. Pero igual la angustia apareció cuando el color naranja radioactivo que caracteriza los atardeceres de este lugar anunció la noche. Recuerdo que me desperté del sueño cuando sólo llegó el hombre gordo sin mis padres y me causó mucho temor. Lo más agobiante es que tantos años después recuerdo ese sueño muy bien, recuerdo la textura del aire y mis manos, y lo que vi, olí, sentí… pero sobre todo siento aún sobre la piel esa misma sensación de abandono que sentí en mi sueño infantil, creo que nunca se fue y es posible que nunca se vaya. Entonces los discípulos de Freud empezarán a indagar en mi niñez, pero para su decepción puedo decirles que mis padres nunca me abandonaron,  que realmente nunca estuve sola, es esta imposibilidad de sentirse amada incluso por quienes más me aman. Y esa falta de amor dentro de mí es tan dolorosa. Tan angustiante. Tan triste. Que no sólo aniquila las ilusiones que me impongo, sino que no me permite ya creer en la posibilidad de tenerlas.

Sin embargo, y es mi esperanza, la falta de amor sólo indica que incluso aunque no lo pueda sentir, el amor existe. Lamento mucho poner aquí todas mis tristezas, exponerlas ante los ojos de los demás, que tendrán también las suyas. Lamento hacer públicos estos sufrimientos que sólo existen dentro de mí y que si algo son, es que son completamente intrasferibles. Lamento volver siempre a la tristeza y a la incretidumbre y al vacío y a todos estos sentimientos oscuros que sólo generan miedo y soledad.  Algo de mí se apaga, como la luna cuando mengua, su parte clara se oscurece, así también yo me voy consumiendo.

Lo siento Fabri, no te pude responder.