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Si la dignidad es sólamente humana… entonces?

Lo que vi esa noche quedará grabado en mi memoria, grabado como después de una tortura con choques eléctricos.

En un país desconocido, pero conocido al mismo tiempo, llegué sin un plan, sin una guía, sin una idea. Me dejé llevar por el fluir del viento hacia donde él quisiera llevarme. Así terminé allí esa noche, preguntándome una y otra vez el porqué de mi desdichada suerte. Debo admitir que no fue sólo la noche, desde la mañana la cosa empezaba a tomar forma. Como una buena extranjera no tenía ni idea dónde iba a terminar tal desenfreno.

La excusa es una sola palabra: Carnaval. Y realmente después de esta experiencia ahora tengo dudas de lo que yo creía, era el carnaval; una muestra folclórica y cultural de un lugar. Pero va mucho más allá de eso fuera de los límites de mi ciudad. Cada pueblo del mundo tiene un carnaval y la justificación no es más que una, el desaforo y la violación de las leyes, al menos por un día. Debo reconocer que para violar las leyes en mi ciudad no se necesita esperar a un día especial en el año, se violan cada minuto a diario, y la gente tampoco necesita un día en especial para ser alegres y espontáneos. Caso contrario, a mi punto de vista, el de los pueblos andinos. Uno que vive acostumbrado a verlos siempre tranquilos, silenciosos y sumisos, es verdaderamente shockeante verlos fuera de sus ropas de siempre.

Pasa que Latinoamerica no es Venezia, aunque en algunos lugares se ha logrado educar a la gente alrededor de la conciencia y la convivencia en el carnaval, pareciera que muchos otros pueblos de nuestro continente –  gracias a nuestra historia de colonización –  han olvidado realmente sus culturas, para “asemejarse” o “mal imitar” comportamientos occidentales carnestoléndicos que poco tienen que ver con nuestras verdaderas tradiciones. Nuestras culturas contaminadas por un catolicismo represor y malvado, requiere necesariamente de un espacio que permita burlarse de Dios, de los curas, de la represión sexual, etc. Tanto que el carnaval se rige por la semana santa, y ésta directamente por la luna.

Ha sido entonces el legado religioso occidental que ha propendido por la desaparición de la dignidad, como de todos los males actuales de la humanidad. No se trata de esta gente, o de este pueblo andino en particular. Es una secuela dolorosa de una sociedad que logró acaparar al mundo con sus virtudes, pero también con sus defectos. Mientras que antes de la conquista, nuestras sociedades ofrecían fiestas al sol y a la luna, a la fertilidad, y a la naturaleza, los occidentales se revolcaban en el delirio y la desesperación que les provocaban los diez fatídicos mandamientos, las reglas de oro que han tratado de recortar nuestra autonomía hasta el punto de hacernos sacrificar cualquier cosa con tal de gozar al menos de un instante de completa libertad.

Entra entonces la pregunta sobre la libertad. Todos fuimos libres, desde los griegos a los aztecas, desde los mongoles hasta los nórdicos. La primera representación escrita del concepto “libertad” se cree que es la palabra cuneiforme sumeria Ama-gi. Se cree que es la primera instancia de los seres humanos utilizando la escritura para representar a la idea de “libertad”. Traducido literalmente, significa “volver a la madre” , No volver “al Padre” (divino, celestial e invisible). La frase volver a la madre, pienso yo, se refiere a la madre naturaleza, a la naturaleza humana. Y es propio de ella y únicamente de ella: la libertad y de la mano la dignidad.

Escuché decir a un viejo sabio, que la “dignidad” es el único valor que en la naturaleza únicamente se puede atribuir al hombre. Es decir, un perro puede ser tierno, un gato grosero, un delfín inteligente y etc – al menos así me lo enseñaron las fabulas- pero la dignidad es esa característica únicamente humana que se nos atribuye justamente al hecho de poseer un pensamiento y una personalidad propia. Es el sentimiento, que como indica su nombre en latin dignus, hace referencia a la cualidad humana de sentirnos valiosos, gracias al raciocinio y al ejercicio de la libertad.

Ahora bien, está más que claro que la dignidad no siempre ha tenido el significado que tiene. Desde siempre ha habido gente capaz de sacrificar su dignidad por comida, o techo, o… no sé qué más. Y el mundo moderno no es la excepción, por el contrario. Dicho esto, me cuestiono todavía, si es el carnaval una excusa para perder la dignidad sin necesidad de hacerlo.

El degenere comenzó a las 1o am más o menos, cuando un grupo de gente empezó a agruparse a lo largo de una de las calles de la ciudad – o del pueblo diría yo, aunque signifique un insulto para sus habitantes – a las 2 de la tarde comienza un “desfile”, desfile que a la gente poco interesaba, la cultura no era el valor principal del encuentro. La cultura de este lugar se reducía a una sola cosa: la espuma. La diversión era bañar a la gente desconocida, de cualquier edad con este químico tóxico, directamente en los ojos. Pero, estamos en Carnaval!!! decían, pero y dónde queda la tradicón, la música, el folclor?? Los grupos folclóricos indígenas que bailaban en el desfile, luchaban con la muchedumbre para hacerse paso, mientras tenían que soportar a cientos de personas agrediéndolos con espuma, tinta,  agua y demás sustancias líquidas.

Realmente es fuerte la dececpción que se vive de la raza humana cuando se le ve agredirse a si misma, cuando el valor intrínseco con el que nacemos se ve olvidado, o quizá nunca aprendido.  El carnaval parece representar el deseo de la gente de renunciar a su condición humana, porque aunque la locura es también una condición humana, es elogiada justamente por su carácter intelecutal… La pérdida de la dignidad no obedece a la locura, obedece a la ignorancia, pero sobre todo al rechazo de la propia razón, de la personalidad y del verdadero sentido de la libertad.

Colombia al cine

Para enaltecer las maravillas del cine,  glorificar sus posibilidades y vanagloriarse de su propia genialidad, ya cientos de cineastas y críticos han usado las más perfectas y especificas frases y aun hoy otros tantos hacen referencia a ellas para sumar a sus propias explicaciones, otras con las que pretenden dejarnos claro que el séptimo arte es la cúspide de la expresión humana pues reúne a todas las demás dentro de ella. Que la pintura, la arquitectura, la literatura, la música, la escultura y la danza, se condensan para dar luz a un nuevo arte que además de juntarlas, las usa para producir una nueva realidad que sacude la nuestra y que saca a relucir sin mayores esfuerzos los sentimientos mas aferrados del hombre cada vez que lo enfrenta a su propia realidad. Ya Diego Rojas, hizo referencia a todos estos “poetas cineastas”, razón por la que no citaré nuevamente las frases a las que estamos acostumbrados, porque ya se ha entendido que un verdadero amante del cine se ciega ante la magia absoluta de este arte y conoce de antemano todas sus bondades.  Así inicia Rojas su articulo “Cine Colombiano: uno se mira para verse” convenciéndonos de lo fabuloso que es el cine, compilando muchísimas frases y despreciando un poco otros grandes inventos como el periódico, la radio y la televisión.

Pero claro, nos encontramos frente a un invento generador de una revolución cultural de la que sólo intelectuales del cine creen saber sus verdaderas dimensiones. Hablamos de un invento que guarda vigencia dentro de su propia caducidad; que está cargado de patrones culturales de poblaciones, épocas y mentes, razón por la que una película se convierte en un registro histórico de una sociedad; un invento que además logra encarar al ser humano ante si mismo, valiéndose de sus más oscuros sentires y más inalcanzables sueños. Como si fuera poco crea un nuevo mundo de probabilidades absurdas que no son más que el aflorar de los deseos humanos y que varían dependiendo de la idiosincrasia del realizador, que se convierte en representante de los ideales que guarda su pueblo y su momento. Esto tratando de ser realistas, sin desconocer que el cine trasciende con gran ventaja los limites de la realidad que pretende reproducir. Pero desde otro punto de vista, uno más creativo, nos hallamos en una perspectiva que nos muestra un invento capaz de manipular tiempo y espacio; que nos lleva a lugares inimaginados, nos muestra el mundo desde ángulos imposibles.

Para aludir a esta reseña me quedo con lo primero, el reflejo de los ideales de una cultura, para entrar a esbozar el cine colombiano según el artículo de Rojas. Esta revolución llega al país a través de los hermanos Di Domenico, que después de tener un exitoso fracaso con la reproducción de la muerte del General, héroe de guerra, Rafael Uribe Uribe se dedican a la exhibición y distribución de filmes, pero que en 1915 hacen nuevas filmaciones bajo el nombre de noticieros, sin conseguir exhibir un filme “mas elaborado”.   Llega también a explorar tierras colombianas el camarógrafo de los Lumiere, Gabriel Veyre, que proyecta en Cali algunas “vistas” de su estadía por el país. Luego, en 1907 comienza la proyección de algunos filmes hecho en Colombia gracias a la Compañía Cronofónica, dentro de los cuales se incluyen algunos del italiano Floro Manco. Durante esta primera época del cine colombiano se recurría al registro directo por lo que el público esperaba informativos, imágenes de paisajes o eventos culturales. Colombia empezaba a verse a si misma cara a cara, mientras que otros países ya creaban sus códigos de narración cinematográfica, bajo los lineamientos de la dramaturgia y la literatura universal, previendo a su vez los alcances de este invento, la ciencia y la tecnología se pusieron a disposición del cine.

Con las condiciones propicias, entiéndase económicas y culturales,  para la entrada triunfal de la ficción a nuestras mentes, comenzó en Colombia el desarrollo del drama en la pantalla gigante, las historias colombianas empezaron a tener su espacio dentro de este arte en gestación.  En este trayecto que recorre el cine colombiano, pasamos por logros como la inclusión del sonido en el cine, de equipos portátiles dejados por la segunda guerra mundial  pero también por momentos difíciles como recesiones económicas, guerras y los cambios políticos a los que constantemente Colombia estaba (está) atada y que afectan el desarrollo de cualquier idea.  Sin embargo y me llama la atención, dentro de esta historia pocas fueron las intenciones de igualar el cine extranjero, a pesar de que el gobierno colombiano haya dispuesto leyes para apoyar la producción cinematográfica en el país. Por el contrario y como ya es costumbre para nosotros los colombianos, los ideales de la industria empezaron a dividirse y contraponerse, es entonces cuando surgen dos vertientes: los realizadores que apuntaban a un cine para el publico, entretenido y comercial; y los realizadores que buscaban enmarcar movimientos políticos. Sin embargo esta confrontación logra desembocar en la creación de conceptos dentro de la industria cinematográfica colombiana; el cine comercial y el cine independiente, además de que el cine colombiano comenzaba a entender y a apropiarse de las bondades de este arte.  

 

Cuando este embrollo mental, del que hablaba al inicio de la reseña, empezaba a ser digerido tanto por los espectadores como por los realizadores, se inicia un desarrollo del cine colombiano en todos los sentidos: hablamos de reconocimiento, apoyo, evolución tecnológica, pero lo más importante, empezaba a hallar su propia forma y su propio concepto (que sigue en camino).

Que aun siendo un bosquejo, muestra de modo muy explicito la esencia colombiana. Las historias marcadas por los traumas que ha soportado este país y a su vez la personalidad del colombiano, bajo la dirección de realizadores colombianos  que se también atrevieron a romper esquemas y a hacer uso de todas las alternativas  a su alcance. Y detrás de ellos una “chusma enardecida” de jóvenes enloquecidos por el cine que atiborran ahora las universidades porque han sido tocados por la magia del séptimo arte, conocen su magnitud y saben que la mejor forma de dejar estampada su huella imperecedera en la historia es a través de una buena película.

 

(Aunque no tiene que ser buena necesariamente)

 

 

 

 

Reseña del articulo de Diego Rojas: Cine colombiano: uno se mira para verse.