Mi guardi bene gli occhi

Cercare nella storia l’elemento che non si vede. Assumere il presente come si assume il partito che ha vinto l’elezioni. Raccogliere le rovine del futuro. Osservare la vita come un perimetro che limita le possibilità. Da qualche metro in lá ci sono le impossibilità. Verso est quello per cui non si ha più tempo, verso ovest quello per cui non si hanno più le forze, verso sud quello che hanno fatto gli altri, quello che non è più originale, verso nord quello per cui non si ha più voglia, quello che ormai sembra senza senso.
Hai il tuo passaporto in mano: non riconosci la lingua in cui è scritto, nè la tua naturalità. Le date sono geroglifici futuristi. L’unica cosa che capisci è il soggetto della foto. Sei tu. Consegni il passaporto al Gendarme della frontiera.
Gendarme (senza staccare lo sguardo dal passaporto): Occhi marroni
Dentro di te, irritato: Non sono marroni. Sono verde oliva oscuro.
Vai alla pagina numero 33 e vedi che è vuota, qualche pagina fa non ce ne sono più timbri, più segni, più date, più entrate, più uscite. O+ il tuo sangue, quello più comune.
Nello sguardo del gendarme trovi l’indifferenza. Cerchi disperato nelle pagine del tuo passaporto un filo logico, una narrazione, qualche cronologia. Un personaggio c’è, e un tempo, una data di rilascio e una scadenza.
Gendarme: Che ha fatto il 18 aprile del 2011?
– Non ricordo
Gendarme: Con chi si trovava?
– Non ricordo
Gendarme: Dove si trovava all’ora del tramonto?
– Non ricordo
Gendarme: Riproviamoci. Il 25 novembre del 2014 lei doveva essere in Argentina, giusto?
– Si.
Gendarme: Con chi si trovava?
– Forse con la mia ex.
Gendarme (sospira impaziente): Forse…    Cosa ha fatto fra le 9 e le 12 ore?
– Non ricordo
Gendarme: Cosa ha fatto al pomeriggio?
– Non ricordo. Mi permetta controllo sul telefono, forse trovo qualche foto.
Gendarme: Non è possibile. Il suo telefono è confiscato. Lei dovrebbe ricordare. Dico, sono i giorni più importanti della sua vita.
– Ma non sono i giorni più importanti della mia vita!
Gendarme: Lei pensa questo, ma nei nostri quaderni lei nel corso dei suoi 11.680 giorni di vita ha un accumulato di 23 giorni P.I.V, cioè, logicamente: Più Importanti della Vita.
– 23?
Gendarme: 23.
– Ma che è successo in quei giorni?
Gendarme: Lei dovrebbe sapere. Non è il nostro compito rivelare questa informazione.
– Ma si sta parlando della mia vita!
Gendarme: Appunto. Pare che non gli interessi molto.
– Faccia dirlo a me! Se m’interessa o no la mia vita!
Il gendarme riconsegna in mano il passaporto chiuso.
– Mi guardi bene gli occhi! Non sono marroni! Sono verde oliva!

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Configurazione #1

Non ho mai pensato che potevo avere il meglio,
Allora ho scelto sempre il peggio.

Vivere la eternidad

Ecco qui l’eternità.
Una massa corposa passata di mano in mano,
cargada en solitario uno a uno,
compartida como espacio de ambos.

Ti annoierai di me

Ti imbarcherai in un viaggio da solo
Sequestrerai il tuo coraggio e
Travaglierai per non pentirti
Vivrai ogni giorno fra gli stenti
– sotto un brillante sole che non scalda –
Percorrerai, senza sapere, un labirinto in cerchi
Dissotterrerai con le unghie attimi di bisognoso piacere
Naufragherai nel mare della retorica
Annegherai i tuoi desideri in un fuoco contenuto
Scoprirai d’essere la preda di te, Magnifico cacciatore,
Vedrai smarrire la persona che pensavi d’essere
Ti stancherai di vedere il tutto così vicino ma così lontano
Sprofonderai le caverne per trovare solo il vuoto
Contemplerai un vile desiderio di grandezza
Brucerai in una fredda stanza fatta di parole
Piangerai in silenzio una felicità amara
Comprenderai con l’intelletto ma non con il cuore
– che continua a premere la gola –
Confonderai la tua forza con la tua miseria
Diventerai prigioniero dei tuoi sogni più belli
Morirai prima di sfiorare la vittoria
Sei convinto di uscirne vincitore
ma verrai sconfitto
dalla tua propria speranza.

No sabemos nada

No sabemos nada.
No sabemos nada.
No sabemos nada de nada.
Ni de las miradas que sin escrúpulos nos llaman,
cuando caminamos
en la oscuridad de los helechos
que protegen la calle que lleva a nuestra casa.
No sabemos porqué nos sujetamos del dolor,
a la polaroid descolorida de un pasado que hirió
dejando para el presente lo no aprendido.
No sabemos cuándo nos hicimos fango
y no arcilla,
cuándo nos adherimos a la suela de la bota vieja
de un migrante albanés.
No sabemos cómo andar
sin quejarnos
del calor y del frío,
de la lluvia y de la sequía,
de lo lejos que está todo,
del estar vivos.
No sabemos quién nos quitó la cerveza de la mano
y nos empujó al centro de ese escenario,
que era en realidad un desierto milenario.
No sabemos nada de nada.
Ni de las voces que se silencian
cuando pedaleamos en los barquitos del parque,
en las tardes del noviembre que vendrá.
No sabemos.

La Frontera

Una línea me lleva lejos, hacia los confines de la geografía. Allí donde los terremotos han destruido las casas, y los pueblos, y la memoria. Una línea me lleva lejos de ese pedazo de suelo al que llamo casa, el espacio donde hago la vida. Fuera de casa, todo es extraño y externo, bello pero lejano. No me pertenece. La línea me lleva hasta donde ya no hay nada más, donde el sol amanece rojo e hinchado. Las horas deambulan por las carreteras con pasos pesados y calientes, con cada paso, con cada hora, se escucha el retumbar de la tierra que envía una inequívoca corriente que hace palpitar el fucsia de las trinitarias. Todo vibra, todo resuena, fuera y dentro, al unísono. Una línea me lleva al encuentro con lo extraño, con aquello que puedo sentir pero no poseer. Cargo mi maleta llena de culpas, dudas, temores, tristezas, saberes, los pocos, vergüenzas, las tantas. Me pregunto si debo cargarlo todo antes de salir de casa. Sí, tienes que llevarlo todo. El conteo de los kilómetros aumenta y me pregunto cuál será la meta, el destino final de esta línea. El mundo es amplio y cada camino se alarga hacia profundidades paralelas y contemporáneas. Me presento al viaje con mi pesada maleta, no me he olvidado nada en casa. Quisiera pensar que al final del viaje arrojaré la maleta por el abismo que seña el final del recorrido y finalmente caminaré ligera en la vía de regreso. Quisiera, pensar, eso. Mi maleta de cuero moreno de vaca flaca, cosida por mi padre con hilos de cáñamo cuando yo aún debía nacer. La arrastro por la línea, dejando una huella lánguida pero concisa en la arena. A medida que pasan las horas y los kilómetros y el sol espera allá al final del mar, del otro lado del mundo, me voy olvidando de lo lejos que está casa. Porqué está allí mi casa, y no en cualquier otro lugar. Por qué es la mía y no la tuya? Es la mía? Y la casa de mis bisabuelos en Baranoa, es mi casa? O la casa donde nació mi madre en la 20, un 29 de noviembre? O la casa donde aprendí a bailar? O aquella donde me sentaba a jugar con mi gata en los escombros de la catástrofe humana? o aquella donde lloré tantas veces, tantas noches, de aquél modo desconsolado e irremediable? Será aquella casa donde observaba las luces de la calle entrar por las persianas? O esa donde vivían esos extraños australes que intentaban asfixiarme cuando me iba a dormir? O aquella en la esquina del puerto donde peleaban los perros en la madrugada? O esa donde una noche sin tiempo lloré con mi hermano? Dónde está mi casa? Las circunstancias me obligan a seguir la línea hasta donde sea que me esté llevando, y esta vez, por primera vez, no guardo expectativas o sueños o deseos, o algo que cumplir a lo largo del viaje. Voy. Voy a mi encuentro. Me siento en el borde del pueblo a observar el final del día y el inicio de la noche, observo la memoria con mis propios ojos, y el viento lava mis pensamientos amañados, olorosos a mango picho, como los dichos de un loro viejo. Me vine al final del mundo sin pedir permiso a nadie, por fin. Aún así, esa voz de escuela polvorienta, de regla en mano, aparece siempre, con caras, con fechas, con deberes, con recuerdos, con regaños, con arrepentimientos, con sed de venganza, con burlas, con dedos que señalan. También acá, lejos de casa, en lo ajeno de este sitio, donde nadie me conoce. Padre, por favor, quisiera… Hermano, me gustaría… Madre, tengo ganas…, Profesor, será posible… Compañero, déjame ser libre… Necesito seguir esa línea que no sé dónde va, me dicen que hay un sol rojo e hinchado que sale por las mañanas, que ilumina las naranjas de rosado. Necesito ir compañera, me llaman, me llamo, yo, no sé dónde, ni cómo, ni cuándo, ahora, quizás ahora ya estoy en camino. Ves? Esa flor se acaba de encender en un palpitar, son las horas que pasan pesadas una a una detrás de la otra. En la terraza cae la noche impávida, clara, de una transparencia innegable, especular, perfecta, nítida, detallada, límpida. Mírate ahí en el cielo, y en las fachadas de las casas, y en las caras de la gente, y en las baldosas, y en las hijas, y en la copa de vino verde. Mírate. El mundo se hace pequeño y me encierra, se me viene encima todo el peso del cielo el cual rápidamente trato de sostener con mis dos manos, pero pesa tanto que me dobla la espalda en forma de s, y me achico, y el mundo conmigo, abro la boca y se mete en mi cuerpo. Un pintor está sentado en una pradera de pasto seco, amarillo, donde las vacas se acuestan a descansar y a ser vacas, mientras los ibis se ciernen sobre ellas a ser pareja. El pintor se cubre del sol bajo una pequeña sombrilla con su lienzo adelante y su paleta de colores, amarillos, blancos, azules, negros y marrones. Está capturando el paisaje con pinceladas delgadas y delicadas pero visibles, o más aún, audibles, cada una con su voz. Para mí, él es parte del paisaje, como las vacas, y los ibis, y el pasto seco, y el cielo que se está cayendo sobre su cabeza sin que él tan siquiera se de cuenta. Señor Pintor, que usted está también en el paisaje! Y el cielo se le está cayendo encima! Ya cuando sin remedio el sol se ha marchado, se abre la calle, se parte en dos, y por allí ahora soy yo la que me deslizo, entre las rendijas de los adoquines. La gravedad me sienta en la mesa de un bar invisible, donde sólo existe esa mesa, y sobre ella, una caña helada que nunca se termina ni se calienta. La luz sólo ilumina esa mesa, y alrededor todo es oscuridad profunda. Una mujer aparece de la oscuridad. Las arrugas de su cara hacen contraste con la luz cenital que viene del farol imaginario, su rostro entra en escena poco a poco, hasta descubrir todas sus facciones y sus ojos blancos y llenos. Me contó todo. Me llevó atrás en el tiempo. Mientras me hablaba tomaba con sus manos el talismán que pende de mi cuello, repetidas veces, como dejando algo allí guardado, como haciendo una oración. Vió mi maleta y admiró las costuras hechas por mi padre. Me llevó adelante en el tiempo. Muy adelante, fuera de él. Más allá de la línea, donde la línea no llega. Me levanté de la mesa y me alejé, ella allí quedó inmóvil bajo la luz cenital del farol imaginario, sola, de espaldas, con sus cabellos totalmente blancos y su vestido de flores. Ella también había seguido la línea y se había lanzado al abismo. Nunca más volveré a verla. Continuo mi camino por los senderos tapizados por las flores de roble morado que se caen con un suspiro y empiezo a creer que la línea no me lleva hacia lo incierto. La maleta deja su línea, como la huella de un caracol. En ella guardo todo lo que me sirve, para estudiar el mundo, pero sobre todo para escribirlo.La línea atraviesa el mundo, y con ella yo. Alzo la mirada y veo la línea serpenteando alrededor de mis piés. Vengo siguiendo esa huella, y ahora todo es claro: es mi propia huella, fuera del tiempo.

Espinho

La calle es tan larga como la noche. Las casas abandonas cuentan historias en sus otrora vitrales colorados, en las plantas que nunca murieron, en las puertas entreabiertas, en la sombra del humo que emana de sus chimeneas.

La sabiduría grita insegura en el fondo del pecho. Los años vírgenes de la temprana adultez abren sus puertas a una carrera de cachorros. Los ojos transilvanos de Ioana iluminan la gran vía oscura y solitaria que lleva al hostal.

Un pensamiento acalambra el corazón y luego la garganta en una única palabra. Una guitarra y un pez dorado esperan en Casa de Adriano, donde a la puerta golpea el Atlántico cargado con fríos cuentos de Manhattan.

El viejo neozelandés espera el temporal en la hamaca, mientras los venezolanos escriben su tragedia en las cajetillas vacías de Marlboro. Las ventanas de las casas hablan con voces delicadas. Los baldosines verdes, amarillos y azules sonríen en el silencio de la noche.

Y San Juan, hoy más que nunca nos alarga la vida y nos ofrece el tiempo para nosotros, los que caminamos sabiendo que al final de la calle iniciará un nuevo día.