Vivere la eternidad

Ecco qui l’eternità.
Una massa corposa passata di mano in mano,
cargada en solitario uno a uno,
compartida como espacio de ambos.
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Ti annoierai di me

Ti imbarcherai in un viaggio da solo
Sequestrerai il tuo coraggio e
Travaglierai per non pentirti
Vivrai ogni giorno fra gli stenti
– sotto un brillante sole che non scalda –
Percorrerai, senza sapere, un labirinto in cerchi
Dissotterrerai con le unghie attimi di bisognoso piacere
Naufragherai nel mare della retorica
Annegherai i tuoi desideri in un fuoco contenuto
Scoprirai d’essere la preda di te, Magnifico cacciatore,
Vedrai smarrire la persona che pensavi d’essere
Ti stancherai di vedere il tutto così vicino ma così lontano
Sprofonderai le caverne per trovare solo il vuoto
Contemplerai un vile desiderio di grandezza
Brucerai in una fredda stanza fatta di parole
Piangerai in silenzio una felicità amara
Comprenderai con l’intelletto ma non con il cuore
– che continua a premere la gola –
Confonderai la tua forza con la tua miseria
Diventerai prigioniero dei tuoi sogni più belli
Morirai prima di sfiorare la vittoria
Sei convinto di uscirne vincitore
ma verrai sconfitto
dalla tua propria speranza.

No sabemos nada

No sabemos nada.
No sabemos nada.
No sabemos nada de nada.
Ni de las miradas que sin escrúpulos nos llaman,
cuando caminamos
en la oscuridad de los helechos
que protegen la calle que lleva a nuestra casa.
No sabemos porqué nos sujetamos del dolor,
a la polaroid descolorida de un pasado que hirió
dejando para el presente lo no aprendido.
No sabemos cuándo nos hicimos fango
y no arcilla,
cuándo nos adherimos a la suela de la bota vieja
de un migrante albanés.
No sabemos cómo andar
sin quejarnos
del calor y del frío,
de la lluvia y de la sequía,
de lo lejos que está todo,
del estar vivos.
No sabemos quién nos quitó la cerveza de la mano
y nos empujó al centro de ese escenario,
que era en realidad un desierto milenario.
No sabemos nada de nada.
Ni de las voces que se silencian
cuando pedaleamos en los barquitos del parque,
en las tardes del noviembre que vendrá.
No sabemos.

La Frontera

Una línea me lleva lejos, hacia los confines de la geografía. Allí donde los terremotos han destruido las casas, y los pueblos, y la memoria. Una línea me lleva lejos de ese pedazo de suelo al que llamo casa, el espacio donde hago la vida. Fuera de casa, todo es extraño y externo, bello pero lejano. No me pertenece. La línea me lleva hasta donde ya no hay nada más, donde el sol amanece rojo e hinchado. Las horas deambulan por las carreteras con pasos pesados y calientes, con cada paso, con cada hora, se escucha el retumbar de la tierra que envía una inequívoca corriente que hace palpitar el fucsia de las trinitarias. Todo vibra, todo resuena, fuera y dentro, al unísono. Una línea me lleva al encuentro con lo extraño, con aquello que puedo sentir pero no poseer. Cargo mi maleta llena de culpas, dudas, temores, tristezas, saberes, los pocos, vergüenzas, las tantas. Me pregunto si debo cargarlo todo antes de salir de casa. Sí, tienes que llevarlo todo. El conteo de los kilómetros aumenta y me pregunto cuál será la meta, el destino final de esta línea. El mundo es amplio y cada camino se alarga hacia profundidades paralelas y contemporáneas. Me presento al viaje con mi pesada maleta, no me he olvidado nada en casa. Quisiera pensar que al final del viaje arrojaré la maleta por el abismo que seña el final del recorrido y finalmente caminaré ligera en la vía de regreso. Quisiera, pensar, eso. Mi maleta de cuero moreno de vaca flaca, cosida por mi padre con hilos de cáñamo cuando yo aún debía nacer. La arrastro por la línea, dejando una huella lánguida pero concisa en la arena. A medida que pasan las horas y los kilómetros y el sol espera allá al final del mar, del otro lado del mundo, me voy olvidando de lo lejos que está casa. Porqué está allí mi casa, y no en cualquier otro lugar. Por qué es la mía y no la tuya? Es la mía? Y la casa de mis bisabuelos en Baranoa, es mi casa? O la casa donde nació mi madre en la 20, un 29 de noviembre? O la casa donde aprendí a bailar? O aquella donde me sentaba a jugar con mi gata en los escombros de la catástrofe humana? o aquella donde lloré tantas veces, tantas noches, de aquél modo desconsolado e irremediable? Será aquella casa donde observaba las luces de la calle entrar por las persianas? O esa donde vivían esos extraños australes que intentaban asfixiarme cuando me iba a dormir? O aquella en la esquina del puerto donde peleaban los perros en la madrugada? O esa donde una noche sin tiempo lloré con mi hermano? Dónde está mi casa? Las circunstancias me obligan a seguir la línea hasta donde sea que me esté llevando, y esta vez, por primera vez, no guardo expectativas o sueños o deseos, o algo que cumplir a lo largo del viaje. Voy. Voy a mi encuentro. Me siento en el borde del pueblo a observar el final del día y el inicio de la noche, observo la memoria con mis propios ojos, y el viento lava mis pensamientos amañados, olorosos a mango picho, como los dichos de un loro viejo. Me vine al final del mundo sin pedir permiso a nadie, por fin. Aún así, esa voz de escuela polvorienta, de regla en mano, aparece siempre, con caras, con fechas, con deberes, con recuerdos, con regaños, con arrepentimientos, con sed de venganza, con burlas, con dedos que señalan. También acá, lejos de casa, en lo ajeno de este sitio, donde nadie me conoce. Padre, por favor, quisiera… Hermano, me gustaría… Madre, tengo ganas…, Profesor, será posible… Compañero, déjame ser libre… Necesito seguir esa línea que no sé dónde va, me dicen que hay un sol rojo e hinchado que sale por las mañanas, que ilumina las naranjas de rosado. Necesito ir compañera, me llaman, me llamo, yo, no sé dónde, ni cómo, ni cuándo, ahora, quizás ahora ya estoy en camino. Ves? Esa flor se acaba de encender en un palpitar, son las horas que pasan pesadas una a una detrás de la otra. En la terraza cae la noche impávida, clara, de una transparencia innegable, especular, perfecta, nítida, detallada, límpida. Mírate ahí en el cielo, y en las fachadas de las casas, y en las caras de la gente, y en las baldosas, y en las hijas, y en la copa de vino verde. Mírate. El mundo se hace pequeño y me encierra, se me viene encima todo el peso del cielo el cual rápidamente trato de sostener con mis dos manos, pero pesa tanto que me dobla la espalda en forma de s, y me achico, y el mundo conmigo, abro la boca y se mete en mi cuerpo. Un pintor está sentado en una pradera de pasto seco, amarillo, donde las vacas se acuestan a descansar y a ser vacas, mientras los ibis se ciernen sobre ellas a ser pareja. El pintor se cubre del sol bajo una pequeña sombrilla con su lienzo adelante y su paleta de colores, amarillos, blancos, azules, negros y marrones. Está capturando el paisaje con pinceladas delgadas y delicadas pero visibles, o más aún, audibles, cada una con su voz. Para mí, él es parte del paisaje, como las vacas, y los ibis, y el pasto seco, y el cielo que se está cayendo sobre su cabeza sin que él tan siquiera se de cuenta. Señor Pintor, que usted está también en el paisaje! Y el cielo se le está cayendo encima! Ya cuando sin remedio el sol se ha marchado, se abre la calle, se parte en dos, y por allí ahora soy yo la que me deslizo, entre las rendijas de los adoquines. La gravedad me sienta en la mesa de un bar invisible, donde sólo existe esa mesa, y sobre ella, una caña helada que nunca se termina ni se calienta. La luz sólo ilumina esa mesa, y alrededor todo es oscuridad profunda. Una mujer aparece de la oscuridad. Las arrugas de su cara hacen contraste con la luz cenital que viene del farol imaginario, su rostro entra en escena poco a poco, hasta descubrir todas sus facciones y sus ojos blancos y llenos. Me contó todo. Me llevó atrás en el tiempo. Mientras me hablaba tomaba con sus manos el talismán que pende de mi cuello, repetidas veces, como dejando algo allí guardado, como haciendo una oración. Vió mi maleta y admiró las costuras hechas por mi padre. Me llevó adelante en el tiempo. Muy adelante, fuera de él. Más allá de la línea, donde la línea no llega. Me levanté de la mesa y me alejé, ella allí quedó inmóvil bajo la luz cenital del farol imaginario, sola, de espaldas, con sus cabellos totalmente blancos y su vestido de flores. Ella también había seguido la línea y se había lanzado al abismo. Nunca más volveré a verla. Continuo mi camino por los senderos tapizados por las flores de roble morado que se caen con un suspiro y empiezo a creer que la línea no me lleva hacia lo incierto. La maleta deja su línea, como la huella de un caracol. En ella guardo todo lo que me sirve, para estudiar el mundo, pero sobre todo para escribirlo.La línea atraviesa el mundo, y con ella yo. Alzo la mirada y veo la línea serpenteando alrededor de mis piés. Vengo siguiendo esa huella, y ahora todo es claro: es mi propia huella, fuera del tiempo.

Espinho

La calle es tan larga como la noche. Las casas abandonas cuentan historias en sus otrora vitrales colorados, en las plantas que nunca murieron, en las puertas entreabiertas, en la sombra del humo que emana de sus chimeneas.

La sabiduría grita insegura en el fondo del pecho. Los años vírgenes de la temprana adultez abren sus puertas a una carrera de cachorros. Los ojos transilvanos de Ioana iluminan la gran vía oscura y solitaria que lleva al hostal.

Un pensamiento acalambra el corazón y luego la garganta en una única palabra. Una guitarra y un pez dorado esperan en Casa de Adriano, donde a la puerta golpea el Atlántico cargado con fríos cuentos de Manhattan.

El viejo neozelandés espera el temporal en la hamaca, mientras los venezolanos escriben su tragedia en las cajetillas vacías de Marlboro. Las ventanas de las casas hablan con voces delicadas. Los baldosines verdes, amarillos y azules sonríen en el silencio de la noche.

Y San Juan, hoy más que nunca nos alarga la vida y nos ofrece el tiempo para nosotros, los que caminamos sabiendo que al final de la calle iniciará un nuevo día.

El mordisco del mico

De mis viajes por la selva siempre extraje una única sensación, la de no pertenecerme. Bajando un día hacia la chacra, después de un par de horas de camino, la línea que dibujaba el sendero desapareció. No sé si la perdí por andar sumergida entre mis pensamientos, o si realmente se había borrado de la tierra. Al alzar la mirada, me di cuenta que el follaje era tan espeso que a duras penas se podía ver algo a más de tres metros de distancia. Hacia todos los ángulos un muro verde encerraba la visión y el estar. Más que sentirme atrapada me sentí sumergida en algo mucho más grande que yo, que todos, que tu ego. Arriba el cielo se veía muy lejano, los árboles más altos entrelazaban sus ramas creando un único cielo verde. Abajo, la tierra negra y húmeda permanecía cubierta de una capa de musgo, hongos, hojas caídas, ramas, flores. Al cerrar los ojos, la orquesta más grande del planeta tocaba su sinfonía primordial, y separar los sonidos y comprenderlos era una tarea del todo imperfecta, imposible; por una parte porque para un oído virgen la mayor parte de las fuentes sonoras eran desconocidas, no era posible saber qué ser generaba qué sonido y con qué intención. Mientras algunos sonidos eran uniformes, repetitivos y tranquilos, otros saltaban de la nada, agresivos, dolorosos, intimidantes.  Otros sonidos eran complejas conversaciones, un diálogo animal exactamente igual al humano, cuentos de la vida cotidiana, necesidad de solidaridad, de unidad. Ese día no llevaba zapatos puestos, se me habían roto en el camino y los abandoné en algún punto, o más bien ellos me habían abandonado a mí. Con todas las especies venenosas que podían habitar el suelo selvático, no di ni un sólo paso con temor, me había olvidado por completo que iba descalza por una parte, y por otra parte ese día me había olvidado también de mi mala suerte. Es difícil sentir en la selva que se está solo. Yo estaba sola, sí. No había humanos a mi alrededor, o por lo menos no los percibía. Sin embargo, una firme pero silenciosa certeza estaba presente. Firmes y silenciosas presencias. No lo podía ver, pero sabía que el jaguar estaba allí. No los podía alcanzar pero sabía que los monos saltaban de un árbol a otro sobre mi cabeza. No los diferenciaba de entre las hojas, pero allí estaban todos los pájaros de la selva observándome. Vas a pensar en tu nombre ahora? Ni siquiera el pensamiento de llamarme a mí misma con el nombre que creía fuera mi nombre, me pasaba por la mente. Yo no era ese nombre. No lo soy. No sabría tan siquiera cuál es, pero sé que todos ellos sí lo saben. Sé que me están llamando todos en sus lenguajes por un mismo nombre del que no conozco los símbolos. Sé que a sus ojos soy algo concreto y definido pero que al mismo tiempo se amalgama con el verde de la vegetación. Soy algo más pequeño que las hormigas rojas que cargan sus hojas por sus largas carreteras. No soy nada en comparación a los colores de las plumas de aquél pájaro. Mis manos no son ágiles como las de los micos que seleccionan sus frutas. No me siento a la altura de este ecosistema, no siento pertenecer, y al mismo tiempo siento que mi función ha estado fijada, sólo que no sé cuál es y mientras más me pregunto más me alejo de ella. Mi corazón late único y a destiempo de la sinfonía, y tanto ellos como yo lo sentimos. Inicio a caminar sin rumbo pero sin miedo, al final a alguna parte llegaré. La selva me está protegiendo, nada me hace daño, nada me atemoriza, me siento resguardada. Un rayo de luz se abre paso entre la vegetación, una ráfaga de viento bien definida llega hasta mi cuerpo sudado y lo refresca. Continúo mi camino hacia la abertura. Al llegar me encuentro en una plaza natural, un espacio circular abierto entre la enormidad y el espesor de la selva. Algunos árboles acostados se han convertido en los guardianes de ese espacio. Me senté sobre uno de ellos, dejé que el sol limpiara mi mente y la brisa mi cuerpo. Terminé tendiéndome sobre el tronco. Un sueño de cuya duración no podría dar cuenta se cernió sobre mí. En el sueño, un mico de pequeñas dimensiones pero de ojos bien abiertos se acerca a mi cara. La profundidad de sus pupilas conecta con esa parte de mí que deja de ser mía y es algo más, un no-yo primitivo y arcaico. Me levanto y lo sigo con la mirada mientras el animal me examina meticulosamente. Toca mis dedos de los pies y toca los suyos como si los contase. Toca mis uñas y las suyas. Siente la textura de la piel de mis pantorrillas. Sube a mis rodillas y con sus pequeñas uñas hace fricción sobre la piel firme de la articulación. Halla una cicatriz en mi rodilla derecha, mientras la observa recuerdo perfectamente el día que me caí patinando en una calle del pueblo, recuerdo que sangré mucho y que mi padre me curó al instante. Sólo recordando sentí que de algún modo había comunicado al mico cómo me había hecho esa cicatriz, porque cuando terminé de recordar me miró y se fijó en mi mano izquierda. La olió. La lamió y la mordió suavemente. La tomó con sus dos pequeñas manos y me dejó también explorar las suyas, sentir las líneas duras y profundas de sus palmas, las dimensiones de sus pequeñas uñas, la largueza y fineza de sus pequeños dedos. A este punto éramos ya amigos, parientes. El mico subió hasta mi cabeza y empezó a hurgar entre mi cabello, sentía su ligero peso sobre mis hombros y podía leer sus pequeños movimientos, así como podía escuchar los latidos de su corazón y su respiración. Comencé a pensar en todo esto, pensaba en lo maravilloso y fascinante de la criatura, de la creación, en lo afortunada que me sentía de estar allí, en lo que habría contado a mis amigos cuando volviera a la ciudad, comencé a pensar en lo poco que me separa de él, cómo en sus pupilas había visto la misma expresión de mi abuelo con alzheimer. Pensé en esto y mucho más, pensé en las clases de biología de la escuela, en la profesora Carmen y su eterna contradicción entre su credo católico popular mal infundado y sus estudios en biología y ecología. Pensé en el catolicismo y en las religiones, en lo alejadas que están de mí pero en lo bien que las comprendo. Pensando en el catolicismo pensé en mi abuela y en su afán por creer que el paraíso existe, ese donde la están esperando sus seres queridos, pensé en su dolor, en su inmenso dolor. Pensé en su lucha contra el ateísmo de mi padre. Un fuerte dolor punzante en el muslo de mi pierna derecha me sacó de mis divagaciones. El mico me había clavado sus cuatro colmillos y se había alejado tan rápido que en pocos segundos ya lo había perdido de vista.

Granchi azzurri

Sono nata quando mancavano 5 minuti alla mezzanotte. Alle 7 del mattino hanno autorizzato l’uscita di mia madre con la neonata. Alle 8 del mattino mia madre, madre per prima volta, ha mangiato delle uova rotte con un po’ di sale e un po’ di pepe con mezzo bicchierino di succo d’arancia appena spremuta. Quello che mia madre non sapeva e non poteva neanche pensare, era che a casa la mattina del 27 di dicembre del ’88 non c’era niente da mangiare e non c’erano neanche due soldi per comprare qualcosa. C’era solo un’arancia che cominciava a marcire. Mio padre disperato per la triste situazione di non avere niente da dare da mangiare alla sua giovane donna che aveva appena partorito per prima volta, è uscito al giardino a fumare una sigaretta. Fra le lacrime che gli riempivano gli occhi vede che il morrocoy esce dalla sua tana, e dietro al fondo del piccolo buio vede il bianco delle sue uova. Con quelle due uova e l’arancia che rimaneva solitaria ha alimentato la sua donna. Mia madre non sapeva neanche che la settimana prima del parto, quando mio padre tornava da un lavoro vicino alle piantagioni di platanos, e attraversava la grande palude di Santa Marta, aveva sentito furia e impotenza quando un migliaio di granchi enormi azzurrissimi di pinze bianche ha deciso di attraversare l’autostrada e nessuna delle macchine che a quell’ora della notte passavano a 120 Km/h si è fermata, generando la strage più grande che mio padre abbia mai visto. Ma né l’idea della lontananza da se stesso e il corpo dei granchi che stavano per morire, né il rumore dei loro corpi spezzati sotto le ruote gli ha spezzato il cuore tanto come quello che ha visto appena è arrivato il suo turno di passare. Alcuni metri prima di arrivare sul luogo della strage, ha rallentato la macchina. Ha notato che ormai erano più i granchi schiacciati che quelli che passavano. Quando finalmente si è fermato del tutto, i fari della macchina hanno illuminato una scena che non se ne sarebbe più andata via dalla sua mente: i granchi che rimanevano si erano alzati con le ultime zampe e hanno alzato le pinze in modo di difesa. Come se potessero essersi difesi da lui, da noi. Con la macchina ferma e fermando le poche macchine che venivano dietro, ha aspettato che attraversassero gli ultimi e ha continuato. Un mese dopo la mia nascita, un giorno che mio padre è andato per lavoro nelle vicinanze di Mompox, lungo il fiume Magdalena, mia madre e mia nonna si erano messe d’accordo per portarmi alla chiesa di San Rocco. Il vento che arrivava dal nord pareva voler portar via il tetto della chiesa, le borse, i vestiti. Mia madre mi aveva avvolta bene e mi proteggeva con tutto il suo corpo dal forte vento. Quando sono arrivate alle porte della chiesa, il sagrestano che stava andando via chiudendo la porta, ha detto alle due signore che non potevano più entrare. Mia nonna, che aveva una missione da compiere, gli ha chiesto gentilmente di aprire la porta, perché erano partite da molto lontano solo e unicamente per raggiungere quella chiesa, perché in quella chiesa era custodito il Divino Bambino. Il sagrestano, a quel punto convinto, aprì la porta e le ha accompagnate. Arrivate alla presenza della grande statua, mia nonna mi ha preso in braccia, mi ha tolta tutti i vestiti e con entrambe mani mi ha alzata verso l’alto ringraziando il fatto di essere nata sana. Mio nonno aveva fatto costruire una piccola bambola d’oro che hanno agganciato al dito anulare della mano sinistra del divino bambino. In quell’enorme fattoria dove mio padre era stato quello stesso giorno saremmo andati a vivere, io, mio padre e mia madre, qualche mese più tardi. Ci saremmo poi fermati due anni. In quello spazio strappato alla selva c’erano alberi altissimi. I loro rami si stendevano larghi e lunghi verso il basso e verso i lati, e un solo albero poteva dare un’ombra di 40 metri di diametro. Alla stessa ora, verso le 5 del pomeriggio, arrivavano centinaia di scimmie urlatrici. Riempivano gli alberi che c’erano intorno alla casa, e scendevano a bere l’acqua che mio padre preparava per loro. A quell’età pensavo che con quei suoni potevo comunicare con i miei. Qualche mese dopo il mio primo compleanno mia madre è rimasta incinta per seconda e ultima volta, di mio fratello. Quando era al suo quinto mese, abbiamo dovuto viaggiare alla città in un piccolo aeroplano completamente meccanico che si muoveva con qualsiasi brezza, dall’alto vedevamo gli alberi dove abitavano le scimmie, abbiamo visto la palude dove un anno prima c’era stata una delle più grandi stragi di granchi della storia. Al ritorno dalla città, mio padre si è fermato a parlare con uno dei contadini vicini: erano preoccupati per diverse situazioni sospette accadute nell’area. Mia madre ha proseguito, con me per mano e mio fratello nella pancia. Quando è entrata in casa ha trovato una donna sulla quarantina, completamente nuda, che gridava di terrore con gli occhi spalancati. Con grande spavento, mia madre mi ha chiusa in camera e le ha trovato una maglietta lunga, ma la donna era completamente fuori dalla sua umanità. È scappata correndo e si è persa nella giungla. Mio fratello, che tutti pensavano sarebbe stato una bambina, a cui mia nonna paterna avrebbe suggerito il nome di Ramona, è stato un bambino. Una settimana dopo la sua nascita siamo tornati alla fattoria vicina al fiume dove abitavano le scimmie. Sono trascorsi quasi due mesi, quando una sera è arrivata la guerriglia. I lavoratori hanno avvertito mio padre e gli hanno suggerito di mandar via mia madre con i due bambini sull’aeroplano, ma lei si sentiva incapace di viaggiare da sola con una bambina di 2 anni e un bimbo di quasi due mesi. Mio padre ha preso la macchina ed è partito con la sua famiglia alle 2 di notte verso la città, 7 ore di strada suddivise attraverso una sosta in un blocco militare per riposare tranquilli prima di poter continuare. Uscendo dalla zona si sono sentiti degli spari e non siamo mai più tornati a Santana. Oggi, io e mio padre siamo passati dalla palude e abbiamo visto che le numerosissime mangrovie che la popolavano sono completamente morte. Rimangono i cadaveri bianchi di alcune di loro; di altre, le più vecchie, rimangono soltanto pezzi di tronchi solitari. Mi ha detto mio padre che quelle mangrovie erano piene di pappagalli colorati, scimmie di diversi tipi e che mai più si sono visti quei granchi azzurrissimi dalle pinze bianche.