Nadie habla del jardín

La casa está vacía, está triste.
Sufre la ausencia de vida, de los pasos y las voces que solo ella sabía guardar.
El profesor escribe sobre la complejidad cognitiva.
Los muchachos se divierten.
El joven escritor piensa en sí mismo.
La recepcionista en recordar las caras de todos.
Ninguno piensa en la casa.
La casa está vacía, no volverán quienes aquí se bañaban y se amaban.
Las maletas están prontas, se parte en búsqueda de la vida.
La tierra está mojada y se incrusta en las suelas de los zapatos de los que por aquí pasan.

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Myesis

Lo único que percibía realmente era el sonido de sus pasos irrumpir el silencio blanco del corredor y de su mente. Caminaba a paso ligero pero decidido hacia adelante, siempre hacia adelante. A medida que andaba se iba despojando de la forma humana a la cual había estado acostumbrado, hombre o mujer, o cualquiera que ella fuese, antes. Su cuerpo mutaba, también su mente, también su pasado, sin que este fuese un acto consciente. El único mandato era no detenerse, andar, llegar a su cita. El corredor de paredes blancas, piso ajedrezado y luces blancas de hospital, era ahora de paredes verdes con arabescos dorados iluminadas por candelabros barrocos, mientras que un largo tapete rojo se alargaba hacia el final del pasillo, el cual era apenas intuibile. Al paso siguiente el corredor adquiere una luz tenue rojiza, las paredes inician a descascararse y la madera del suelo rechina generando un eco hueco. El otrora sujeto sin retomar ningún tipo de conciencia se encuentra en una bifurcación entre el pasado realmente pasado y un pasado alternativo. El futuro se limita al redescubrir el pasado con ojos distintos, actuar distinto. El presente se reducirá a un eterno dejavú. El sujeto había ya soñado esto, había visto todo los sucesos que lo habían conducido hasta este preciso instante, e incluso había ya visto lo que le espera en cada uno de los posibles futuros pasados, o pasados futuros. Cualquier camino que tome, incluso el volver atrás por el pasillo del suelo ajedrezado, lo conducirá a repetirse, y a actuar en su repetición, como si no lo fuera, es decir, vivir una segunda iteración de algo ya vivido. No hay alternativa, pensó el sujeto, al escapar del pasado. En qué momento fue libre de él, se preguntó en un intento de variar la lógica de las cosas. En algún rincón de su cerebro encontró una respuesta poco satisfactoria, una especie de convicción de antaño que le dice que las cosas simplemente son-así. Vio una semilla plantada millones de años luz atrás, la vio crecer morir, y renacer, mil veces en un parpadeo, y el sujeto parpadeo de continuo por un día entero. Y aún así era la misma semilla, en el mismo lugar, con la misma tierra mojada, pero con aires distintos, cuyos olores los podía percibir con cada parpadeo. Ha ya transcurrido un día entero desde que el sujeto llegó por primera vez a la bifurcación. Hablando consigo, hablando con esa voz que está siempre en su mente diciéndole qué hacer, cómo, cuándo, con la voz que le explica el mundo y el tiempo, en cada momento. Una ráfaga de furia se apoderó del individuo, una epifanía que no causó alegría. Por primera vez el sujeto entendió la voz, y la escuchó. Esta vez sin hacer caso a aquello que decía o que explicaba con esa pretensiosa sabiduría eterna. Escuchó la voz, su timbre, su entonación, la claridad con la que pronunciaba cada palabra, cómo modulaba cada frase para conseguir su objetivo. Esa voz tan familiar, tan conocida. El sujeto no podía creer que finalmente había entendido de dónde provenía el color de esa voz. La había escuchado cuando era niño en la única televisión del pueblo, cuya señal era tan débil que sólo sintonizaba un canal, el canal 1. Todos los días a las seis de la tarde hacía sonar el himno nacional como preámbulo para las noticias presentadas por la voz. Qué predecible, se recriminó el sujeto. Sin embargo ahora está pasado algo terrible, ahora que la voz tiene una cara y un recuerdo, el sujeto no desea volver a escuchar la voz, que finalmente es la voz de su propia cabeza. Sin pensarlo, eligió el pasado alternativo. La voz ahora toma el color de quien escribe, y no, no es el hombre de las noticias del canal 1. Para fortuna del sujeto a esta nueva voz le gusta el sonido del silencio y de la física del cuerpo, y del universo. Ahora el sujeto existe con pocas explicaciones, con muchas pausas, con pocas reflexiones, con muchas sensaciones. Ya no entiende su vida viviendo en el silencio de los párpados, de la semilla que se abre, germina, florece y muere, en ciclos, en la finitud del mundo, pero en la eternidad de nuestra soledad.

Un Polaco

En este escrito no hay ningún polaco.
Esa es la verdad.
De hecho tampoco hay escrito.
Hay sólo una excusa.

Mañana tal vez

La lengua que dio origen al pensamiento ha muerto.
El pensamiento es el reverberar del pasado.
Cualquier cosa que estés pensando, ya no es parte del ahora.
Como no es parte del ahora la foto que te acabo de enviar.
De cuando alguna vez fui bella.
La belleza, como el pensamiento, se desvanece en el tiempo presente.
El presente no eres tú, mientras no estás.
Porque incluso cuando te pienso, eres ya pasado.
Ahora me estás pensando,
y sientes el impulso de escribirme un mensaje de texto.
El mensaje que llega a mi móvil, sin embargo,
permanece en un tiempo indefinido,
hasta que no lo abra y lo descubra.
Sólo entonces será pasado, al menos para mí.
Pues para ti será prehistoria.
Como las fotos que compartiste en redes,
que son sólo cadáveres del tiempo.
Tiempo muerto.
Tiempo muerto también mi belleza.
De esos ojos ya no queda nada.
Como tampoco queda nada para el futuro.
Quizás este texto,
si no lo lees ahora,
tal vez mañana.

Solar

Acostada bajo el sol ardiente
veo el rojo de mis párpados
y siento el resquebrajarse de mis labios.
Mi frente abrasada se cubre con su último pensamiento.
Gritando, obedezco.
Las palmas de mis manos buscan frescor en la arena
solo encuentran polvo añejo.
Un gallinazo me acompaña piadoso.
Me curto.
Me duelo.
Me quemo hacia adentro.

La llamada de la liberación

Cada día la señora Ada espera la llamada. Conserva aún un viejo teléfono celular Nokia 1100 que ya en el 2010 era obsoleto. Los números se han borrado de la goma, pero la señora Ada, con sus 79 años, sabe a memoria los números y las letras del teclado. Religiosamente, cada noche antes de ir a dormir lo pone a cargar, con el temor de que la llamada la coja sin batería en el teléfono. Luego de conectar el teléfono a la corriente, se arrodilla al borde de la cama, y ora a todos sus muertos, sin dejar a ninguno por fuera, ni siquiera a aquellos que tienen más de 50 años de haber fallecido. Tiene en sus rodillas dos callos oscurecidos que daban a sus piernas un aspecto extraño, difícil de describir. Porque la señora Ada, aún en su pobreza económica y su poca instrucción, siempre ha sido una mujer elegante, nada teme si la ponen al lado de una dama de la alta sociedad del pueblo. Su tez clara y ojos claros es una rareza entre las clases humildes de su zona, pero su cabello negro oscuro la conecta inmediatamente con su gente india. Un pelo negro petróleo nunca teñido, y que aún hoy a sus 79 años, casi 80, mantiene su una ferocidad vista sólo entre las más jóvenes indias. Ada carga siempre con un aire solemne y serio, que no le impide en lo absoluto tratar a los demás con un calor familiar. Ada va siempre bien vestida, con camisa y falda que llega al borde superior de su rodilla. Su sonrisa y su dignidad, contrastan con esas dos llagas negras que marcan sus rodillas. Quien las nota, al inicio no comprende que pueden ser, podrían ser un golpe, una cicatriz, pero un segundo después se da cuenta de lo que son, porque son muy claras esas marcas, el lugar donde están, la textura que rompe la perfección y la blancura de la piel de Ada. Entonces un pensamiento oscuro y un sentimiento triste recorre las venas de quien ve los callos de una anciana que se arrodilla cada día, probablemente sobre un piso de cemento sin baldosas. Entonces se llega a la conciencia del pesado dolor que Ada carga consigo, que de sólo imaginarlo duele a quien lo siente, y duele dos veces porque es Ada, la digna, la roca, la señora que ha despertado la admiración de todo el pueblo. Quien la ve entiende que Ada camina en una calle desconocida y espinosa, donde las nubes cargadas de lluvia y truenos se acumulan sobre el camino, donde el frío se hace espeso y no deja ver el sendero, donde no hay árboles, ni flores, ni piedras con musgo, ni escarabajos color esmeralda, sólo fango y piedras malpuestas, que a cada paso se mueven y hacen que Ada se caiga sobre sus rodillas, y se vuelva a levantar sangrando, solamente para caerse con el paso siguiente. Pero Ada, incluso sabiendo que va a caerse de nuevo sobre los callos de sus rodillas que sangran, se levanta con total dignidad y convicción, para seguir caminando sobre ese camino tenebroso que todos ven en ese rayo visual que les viene a la mente cuando se fijan en los callos que Ada tiene en sus límpidas piernas sin arrugas, justo debajo del dobladillo de su falda blanca perfectamente planchada por ella misma, rayo que todos esquivan velozmente para que no se les clave en la garganta, pero que como una espina de pescado se queda irremediablemente atravesada en todos aquellos que ven a la señora Ada. Sin embargo, cuando la vuelven a observar después de haber vivido su tormento por un segundo, ven que lleva colgado al cuello el Nokia 1100, en un estuchito plástico con unos brillantes que forman un corazón. Entonces otra sensación extraña, otro contraste entre frío y calor, golpea a quienes se encuentran a Ada por la calle. Por una parte, es gracioso ver a una señora anciana con un celular colgado en el cuello, pero más aún si es un celular que lleva más de 20 años en desuso y que presumiblemente podría incluso no funcionar. Cuando alguien se atreve a preguntarle algo sobre el teléfono, ella responde sonriente y cariñosa, pero al mismo tiempo divertida y mamagallista, “Aquí mijita (o mijito) esperando la llamada millonaria” y cuando pronuncia la palabra millonaria, cambia el tono de la voz por uno más agudo y juguetón. A continuación, sigue con su camino riéndose, pero a su vez evadiendo ulteriores inquietudes. Ada sale a caminar todos los días, no en vano tiene las piernas firmes y una salud envidiable por cualquier treintañero moderno. Se conoce todo el pueblo, y el pueblo de al lado, y el de más allá. En todos es conocida, basta que se acerque a la oficina de correos, a la iglesia, a la tienda o a la plaza, que todos la saludan y a todos ella saluda. Precisamente en la tienda del pueblo de al lado, mientras le echaba al tendero el cuento del viaje del elefante, que había leído en un libro de un tal Saramago o serámago, como le decía ella con la misma voz con la que pronuncia la palabra millonaria, fue donde le sonó el celular. (…)

When the voice makes its way

To use the voice to communicate love,
is not about putting words together,
or about playing the game of conventions,
or about inventing ingenious verses.
It is different.
It is seeing with naked eyes,
and in unison,
the tragedy and the truth of the beloved.
That awareness enters the body like an abrasive bullet,
and hits the existence.
And then,
with that same fire,
try to breathe,
dislocate the muscles of the mouth,
take off the petrified lips,
push the tongue that has been tied to the palate,
and remove a stone block from the throat,
a time sword,
a mass of earth and bones,
which is nothing more
than our own tragedy,
and our own truth.