Oreztar Sud

Quiero contarles de un encuentro particular que tuve algunos años atrás y del cual aún no logro recuperarme. Quiero aclarar que cuando digo “recuperarme” no me refiero al recuperarme de un daño, sino de una impresión enigmática. Todo sucedió al sur del sur, tenía una cita a las 9:35 de la noche en un no-lugar, un observatorio astronómico situado entre dos pequeñas localidades: a 40 minutos en carro de un caserío donde habitan cuatro familias y a una hora y media del siguiente pueblo, de apenas 300 habitantes. Yo provenía de la capital, una gran metrópolis de más de 10 millones de personas, tomé el autobús 32 horas antes y atravesé en esas 32 horas unos 1700 kilómetros. La indicación que tenía era bajarme en Oreztar, en la vía a Imangú, según la invitación el conductor del autobús debía saber la ubicación del lugar. Efectivamente así fue. Cuando el conductor se detiene y anuncia Oreztar, a eso de las 9:15, me levanto sobresaltado y me doy cuenta que soy la única persona que debe bajar en este paraje. Tomo la mochila que había depositado en el compartimiento superior, y noto cierto estupor en los rostros de las 7 personas que viajaban en el mismo bus. Veo por la ventana pero no se ve nada, sólo la oscuridad de la noche, se me hizo extraño. Estando a punto de bajar, el conductor abre la puerta y un frío visible entra como una ráfaga, apenas pasa, trato de vislumbrar el lugar. Un escalofrío me corre por el cuerpo y no precisamente por las bajas temperaturas. Miro al conductor buscando sosiego, él sólo responde “Oreztar”. Trago en seco y bajo del autobús, que no habiendo puesto un pié en la carretera húmeda, arranca, dejándome abandonado a mí mismo. Las luces rojas se alejan pintando a su paso el paisaje de un tenue color rojizo violeta. Tomando la última curva que se perdía detrás de la colina, el conductor sonó el pito, como despidiéndose, como diciendo “ahora te quedas sólo”. Terminada la curva, el autobús, la luz rojiza violeta, los 7 pasajeros y el conductor, eran ya parte de otra realidad. Ahora sí, mi realidad: pequeñas montañas calvas se levantan de la tierra a mi izquierda “al norte”, al fondo de mi visión “al oriente”, detrás de mí “al occidente” y a mi derecha “al sur” las montañas se abren cada vez más, tanto que al fondo se logra ver el horizonte recto. Hay árboles, pero sobre todo hay cactus, poca vegetación. Hay una cruz en la cima de la montaña que está delante de mí, y justo detrás una luna menguante ilumina débilmente el cielo. Debajo, veo cuatro cubos blancos, que con un esfuerzo visual puedo pensar que son casas, y probablemente el lugar de mi cita. La invitación decía que debía dirigirme a la segunda casa. Eso hago. Mis pies van dejando huellas en la arena, estoy en una especie de desierto helado. Al llegar al lugar, noto que los cubitos eran eso, cubos blancos o casas sin ventanas, sólo una puerta. Me dirijo a la segunda casa, toco a la puerta, pero nadie abre. Espero unos minutos y lo intento de nuevo, mientras tanto las articulaciones de mis dedos se congelan por el frío, no hay respuesta. Voy a la primera casa, no hay respuesta. En la tercera logro ver una delgada línea de luz que marca el contorno de la puerta, la desesperación hace me hace tocar la puerta en un modo brusco, pero no me percato de ello. Alguien abre a la puerta. Aparece una mujer de unos 80 años, aunque a decir verdad aparenta unos 60, su piel es tersa aunque tenga arrugas y su pelo brilla y es abundante aunque sea completamente blanco. Está temblando. En su rostro veo angustia, ansiedad, rabia, irritabilidad. Me habla en una lengua extraña, casi gritando, disparando sílabas por segundo. No logro decir nada, cuando la puerta se cierra violentamente en mis narices. Todo vuelve a ser completamente silencioso, congelado, estático, lejano, abstracto, oscuro, solitario, vacío. Me dirijo hacia el segundo cubo, levanto la arena con mis pies, y no puedo dejar de pensar en lo absurdo que es el desierto helado. Me siento en el suelo con la espalda apoyada en la arena, y ruego al cielo que la temperatura no siga bajando, aunque sé que es poco probable, mi mente está preparada para lo peor. El reloj marca las 11:22. Las luces de un carro provienen de la curva donde desapareció el autobús. Trato de pensar que no viene para acá, que va a seguir de largo, deseando en cambio que venga aquí, que allí dentro venga la persona a la que debo encontrar. El carro se acerca lentamente, ilumina a su paso con sus tenues luces delanteras la triste vegetación de la cual resaltan sólo los dignos cactus. Gigantes, erguidos, magníficos, humanos. El carro entra por la carretera destapada que hace unas horas atravesé caminando. Está claro que este es su destino, y sea quien sea, le rogaré dejarme entrar. El carro continúa acercándose iluminando todo, incluidas unas piedras que con la luz brillan azules. La luz ciega mi vista. Me veo sentado frente a la puerta iluminado por el carro, pequeño, ínfimo, enfermizo. Yo en cambio no logro divisar la persona que conduce. El motor se apaga y al mismo tiempo las luces. Escucho la potente respiración del conductor y me parece escuchar también los latidos de su corazón, su sangre pulsar hasta cada una de sus uñas. Abre la puerta, se baja, es un hombre alto, erguido, como uno de los cactus. Me levanto con toda la velocidad que puedo procurar, me arreglo la camisa y me seco los mocos. Saludo con un tímido y tembloroso “buenas noches”. Buenas noches, recibo de vuelta. Entremos, me dice el hombre. En la oscuridad no logro ver su cara, la luna se ha ocultado detrás de unas nubes, y está ya demasiada alta como para iluminar los detalles de un rostro. El sujeto que es unos 20 centímetros más alto que yo, saca las llaves del bolsillo, y se dispone a abrir la puerta. Mientras yo me encuentro embaucado completamente por un olor que mezcla tabaco, vainilla y cáscaras de naranja al halo masculino y fuerte que emana. La puerta se abre, todo está oscuro. Entramos. Oigo los pasos del sujeto alejarse, enciende la luz. Y logro verlo, por primera vez. Trataré de describirlo sabiendo de antemano que fallaré en mi intento. Sus zapatos son negros de suela firme, gruesa. Lleva un par de jeans oscuros. Una chaqueta que le cubre los muslos, verde oscura. Guantes de lana negros. Un gorro le cubre el cabello que sale tímidamente de los extremos, completamente blanco. Su rostro era de otro mundo, ojos achinados y verdes, o azules o grises. Nariz fileña. Labios delineados, húmedos, rosados. Tez morena. Sonrisa cálida. Un rostro familiar pero que al mismo tiempo no se podía asociar a ninguna “raza”.  La edad indescifrable.  Era un hombre aunque parte de sus facciones parecían femeninas. Quizá era una mujer. No lo sé. Lo primero que llamó mi atención fue intentar descubrir al sujeto, aunque señores, eso era lo menos extraño de toda la situación. El cubo, o la casa en forma de cubo, o el bunker sin ventanas y una sola puerta, se iluminó por completo cuando el sujeto encendió la luz, pero me tomó algunos segundos, o minutos, no sé cuánto tiempo ha transcurrido, para darme cuenta que mi alrededor mutaba constantemente, de playas de arena negra a grandes extensiones de hielo, al desierto de tierra roja, todos lugares sin embargo al aire libre, abiertos y sin rastro humano, y era casi la misma hora para todos, no sé bien si el atardecer o el amanecer, pero el cielo estaba pintado de líneas radioactivas amarillas, naranjas, fucsias, azules y la luz impregnava mi rostro y mis manos con una luz oblicua. Todos los escenarios eran casi paradisíacos, el edén en todas sus presentaciones, los árboles de cuerpos violetas se derretían y se convertían en rocas gigantes o en arena amarilla, el horizonte dejaba de ser agua para convertirse en dunas o un musgo infinito. El sujeto permanecía inmóvil en un mismo sitio, mientras sonreía al observar mi reacción atónita imagino. Una banal conversación se dio entre nosotros, talmente banal que repetirla sería estúpido, ya podrán imaginarla, yo pregunto dónde estoy, qué es esto, quién eres, y él responde en modo enigmático. A estas preguntas no obtuve una respuesta satisfactoria. En un momento el sujeto, se aleja, da la vuelta y camina hacia atrás, en ese momento el entorno era un bosque de árboles altísimos, alcanza la rama de una especie de pino sin hojas, y cuando la tira hacia sí, tratando de arrancarla se convierte en una tetera que pone en el fuego de una cocina, y nos encontramos entonces en una cocina, un único ambiente de una casa de paredes de barro pintadas de cal, una sala con un sofá de cuero, una puerta entreabierta que va a un pequeño baño con letrina, dos camas solitarias cubiertas con edredones de lana colorada tejido a mano, y una pantalla larga y ancha como una pared con radares y puntos brillantes azules, rojos, amarillos y verdes. “Azúcar? Lo siento amigo por llegar tan tarde pero estuve viendo el partido de la selección en Catenín, cerca a Imangú, el pueblo más cercano con televisión y se me pasó la hora. Y cuéntame, me han informado de la agencia que has descubierto un nuevo planeta en la órbita de Prossima Centauri. Sabes ya cuáles son las condiciones ambientales?

Machiavelli

La televisión está encendida y sintonizada en una cadena alemana. Pasan un programa sobre volcanes y lava. El ruido visual de la débil señal del viejo cable hace que el azul se mezcle con el rojo y las formas humanas sean casi imposibles de reconocer. Son las 20:11 del 20.11. En el hotel Machiavelli, la cama está cubierta con un edredón dorado que se combina con las cortinas doradas y rojas, y todo el ambiente trata de rememorar el siglo quince, época dorada de la Florencia dei Medici. Fuerte contraste con el siglo veintiuno que corre por la calle di Via Nazionale. De la habitación contigua se escuchan voces que hablan y ríen. Desde la ventana veo la ventana de enfrente, la única con las cortinas abiertas. Una cama blanca espera en una habitación iluminada tenue y sugestivamente, una figura masculina merodea, busca, da vueltas inquieto. En Madrid llueve, en París se oyen guitarras, en Nueva York se saluda a la familia real, en Génova los hombres se aman. Mientras avanza la noche, todas las voces se apaciguan, también las trompetas de antaño, también el vino que se versa en las copas, e incluso las sevillanas se van a dormir. Queda sólo el ruido estático de la electricidad del frigorífico, el ascensor que sube y baja vacío, y un carro lejano que va a buscar algo no sé dónde. Este texto quiso nacer como un elixir de la noche fiorentina, pero en lo que va, es sólo un enmiendo de las culpas de quien escribe. Frases incongruentes que le vienen a la cabeza en un ambiente que algo inspira. Sensaciones materiales de un plano vivencial que esconde un secreto. Una habitación que no tiene puertas aparentes, sólo la conciencia de que existen en algún rincón de lo no-virtual.  El teclado me pide paradigmas y sintagmas, sintaxis y semántica, conceptos, relatos, algo que quede escrito para la inmortalidad de los hombres, algo que perdure 500 años como el Príncipe. Yo al teclado le pido al menos una pista, pero sus símbolos son plásticos y requieren de la combinación, del cerebro y la imagen, del lenguaje. El teclado es un medio del computador, del internet, y ambos un medio del lenguaje, y el lenguaje el medio de la mente para llegar a otra mente. Lo abstracto desea ser atrapado, encapsulado, condensado y encarcelado para siempre en una simple ecuación. Todo es lenguaje, y todo lenguaje es prisión, por tanto Todo es prisión. Estamos encerrados en el todo, con la ilusión de algún día ser libres en la nada eterna. Un hombre ríe y su risa retumba en la habitación, irrumpe en el pensamiento del escritor, interrumpiendo sus frases incompletas, susurra algo incomprensible y lo entrega a la imaginación del escritor que no sabe qué hacer de ello, teclea un punto. Pasan largos minutos desde ese último punto. Sólo un espacio entre caracter y caracter elimina el tiempo en el que el escritor se pierde, se avergüenza y se frustra buscando palabras para continuar su inocuo texto. El escritor se siente fracasado, y emerge la tentación de borrar cuanto ha escrito con una rápida combinación de teclas. Selecciona todo el texto, Cmd+A. Ubica su dedo índice sobre la tecla Delete, ←, mira atentamente la pantalla, toma un respiro profundo. La lava inicia a desbordarse del viejo televisor.

Domingo por la tarde

No sé si será el antiguo ambiente familiar que se respira en el aire dominical, o el casi olvidado rito solemne católico que invita a misa y al descanso en el séptimo día, o la consciencia de que mañana es lunes y reinicia el trabajo, lo que hace del domingo un día cargado de melancolía. Las calles vacías y silenciosas, abuelos y niños en la plaza, ropa tendida en los balcones. Un viento suave que entra por la ventana y se va silencioso después de recorrer toda la casa. La guitarra que no se deja afinar. Perfume de mujer adulta que recuerda su juventud. Hombres ancianos en compañía. En fin, las caras de la gente hoy se me hacen lejanas y se descomponen en adjetivos lúgubres al pasar, las campanas de San Lorenzo suenan tan tristes que casi puedo sentir su olor a hierro milenario desde aquí. Pienso en los amigos y en los amores, y en los verdaderos amigos y amores, hoy los desconozco todos, y de la marea de gente que mi mente ha codificado con el paso de los años sólo unos cuantos rostros permanecen inmóviles ante la verdad. Siento la soledad en la carne, en el cuerpo, y deja de ser un estado mental o del alma (?) para convertirse en un ente físico, un bloque de cemento pesado dormido en el medio de mi sala medieval. Facebook se desliza hacia el pasado. Los platos aún están por lavar, y aún así bajo y recorro las calles del centro buscando un lugar donde hallarme en esta tarde de domingo, se me ocurre ir al McDonalds, extraño lugar pensarán ustedes de esta trágica escritora solitaria, sobre todo para una que vive en uno de los lugares con mejor tradición culinaria del mundo, extraño es efectivamente ir a meterse en un lugar aséptico y artificial como el McDonalds, frío, lejano, con olor a plástico frito, y mientras lo describo y más imágenes me vienen para enriquecer el cuento y justificar mi estancia en susodicho lugar, más me convenzo de que es el lugar perfecto para el spleen del siglo xxi. Allí se reúnen los personajes más absurdos, más insignificantes e inocuos y por tanto extravagantes. La satanización de la que ha sido víctima la famosa cadena de comidas rápidas en los últimos tiempos y su descenso de “lugar de encuentro familiar” a “bassissimi prezzi”, lo han convertido en un lugar odiado y evitado por los intelectuales y gente de bien que conozco, o mejor dicho por la gran mayoría de mis amistades, gente de razón, gente culta, gente que prefiere comer las papas y los tomates de su huerta que cualquier cosa proveniente de las cestas transgénicas de Ronald McDonald. Ha de ser por esto, que entrando al McDonalds siento que me ensucio de mundo real. Los bares bukowskianos se los dejo a los cantautores y a los poetas. Encuentro un banco solitario que da contra una pared, y como mi intuición lo presentía en cuestión de segundos personajes tan diversos como extraños empezaron a pasar con sus bandejas, la mujer de 60 con vestido negro de escote y pelo desteñido, el hombre anciano con peluca negra al estilo Nino Bravo, los novios japoneses con barros juveniles en las frentes, lentes de aumento y camisetas con nombres de universidades gringas. Termino mi merienda y salgo, igual de desubicada pero con algunas palabras en la cabeza, ninguna historia. Por la calle se mueven las sombras de aquellos que en la playa disfrutan de los últimos días de verano.

El profesor

El profesor escribe con color rojo. En cursiva. Dice que deberían prohibir la belleza, y que en sueños ha visto niñas cortándose la cara para ser menos bellas. Dice que las críticas hacen crecer. Dice que su padre creaba pequeñas maquetas del origen del universo y que las colgaba sobre la cabecera de la cama. Dice que cree en la fuerza de la vulnerabilidad. Dice que debería haber un nombre para las personas que han compartido a la misma pareja. Dice que los hombres para agredir lo hacen con la fuerza o con el patrimonio, las mujeres en cambio lo hacen a través de la destrucción de los lazos sociales. Dice que su madre es su fuerza. Y sabe, sin decirlo, que es la mujer de su vida. Dice que un filósofo español de cuyo nombre no quiere acordarse, le sugirió que la forma de amor más puro era la compasión, pero que la compasión no le funcionó con las muchachas. Que terminó siendo psiquiatra de su psiquiatra. Nos reímos de las brochitas y las cartas de recomendación. Dice que hay dos modos de engañar a la muerte, una con el trabajo, la otra con el cariño. Dice haber relativizado su opinión sobre el consumismo cuando empezó a ver que las cosas que la gente colecciona son como letras del alfabeto. Se da cuenta haber perdido las gafas de ver de lejos, y al mismo tiempo cae en cuenta que el 95% de las cosas que dice son sobre él, y esto le parece una metáfora perfecta. Muchas han sido las lecciones, y poco lo que he escrito, espero que mi cabeza en alguna parte haya registrado todo. Confío en ella.

El demonio que espera

El demonio no espera nada, y esta es su mejor manera de esperar.

27

Y crecieron en mí tantos sentimientos, como orquídeas en el tronco milenario de un árbol amazónico.

 

Mami espérame

En este pedazo de hoja quiero hoy plasmar la marea de sentimientos que me aqueja. El agua está brava y no hay canción que la calme. Quisiera tirar mi ancla, y reposar, pero estas aguas tan profundas no son aptas para que mi barca se repose. Debo seguir a pesar de la tormenta. Como un niño a punto de nacer, contengo la respiración y confío en que mi madre me empuje con furia hacia el mundo y me saque de este atolladero. Elimino de mi mente lo externo y evoco entonces imágenes felices que hagan de este parto, justo eso, una transición de estado. Imagino que he de llegar a una playa cálida y de arena blanca. A mi arribo veo salir a mi madre de una enorme cabaña con techo ‘e palma. Viene corriendo y me recibe con una inmensa sonrisa y un plato de fruta fresca, detrás de ella mis abuelos se abrazan alegres y al fondo se escucha la banda. Así, de repente, me olvido de los daños que me han hecho y de aquellos que he hecho. No existen. Desaparece todo de un golpe. Se me olvida la tormenta y la violencia del estrecho canal uterino de mi primeriza madre. Y todo se vuelve radiante, brillante, con un sol que quema. Al son de la música abro mi falda de par en par por primera vez, como las alas de un pichón que finalmente se despliegan y se lanzan al abismo. Quiero que mis amigos me hagan un retrato para mis treinta años, que cada uno me dibuje como les venga en gana, para que quede testimonianza de esta mujer.