Volo

Non posso fare altro che volerli bene. Li osservo dall’inizio. Il giapponese della maglia rosa, il senegalese degli occhi buoni, la signora nera con la parruca che mi chiede dov’è l’aereo, la coppia vecchia con il neonato, la mamma francese con il figlio adolescente, la ragazza nera con la bambina più bella che abbia mai visto. La giovane famiglia eritrea con i due bimbi piccoli, e tutti con gli occhi buoni. Il ragazzo con la fidanzata più grassa di lui, l’italiano con gli occhiali da sole, il signore bianco con la sciarpa e l’aria bohemia, il ragazzo con le cuffie, le eleganti dame dell’equipaggio, il padre che spiega tutto al figlio di sei anni, l’uomo degli occhiali e l’anello con pietra nera nel mignolo. Il signore pelato con le scarpe da ginnastica, il ragazzo del naso fino che sfoglia un telefonino con lo schermo rotto, il capitano che parla francese, la ragazza con la sciarpa a quadri che guarda dalla finestra, la vecchia che cerca di dormire. La ragazza mora che scrive nel suo quaderno rosso, l’uomo con la maglia a fiori che sfoglia il catalogo delle vendite on board, il tipo della cravatta grigia e rosa, la donna semigiovane – semivecchia con i capelli corti, il signore di calvizie appena iniziata che legge qualcosa sull’ipad, quello col colletto bianco, quella degli occhi chiusi, la anziana dei capelli viola. In fine, come non volerli bene.

Falsificaciones

Te conozco como te conocen todos, de la tv, de haber dejado marcada mi infancia con tu presencia noble y brillante, la de un personaje, que no eras tu. Pero luego no te volví a ver, sólo a través de lo poco de dicen las noticias de ti, los noticieros, las redes sociales. Sé tu nombre, como se sabe que algo existe, algo material quiero decir, lo pronuncio y todos saben quien eres, pero el no pronunciarlo sintiendo en cambio la esencia de tu ser, esa que apenas puedo imaginar, me conduce a un vórtice de pasión. Es lo que me ha pasado esta noche. Nunca he seguido tu huella, pero aún así te has aparecido, espléndido y radiante, sin ni siquiera esperarte, llamándome por mi nombre, mirándome a los ojos como si supieras que existo y acercándote peligrosamente a mis labios, (o yo a los tuyos?). Me he despertado sin la menor duda de haber compartido el tiempo y el espacio contigo, en una dimensión oculta ubicada en los fosos más oscuros de mi memoria infantil, y te he visto como eres hoy. Te he buscado virtualmente, para saber qué dice el tiempo de ti, y veo que no soy la única a desearte. Amanece, y la luz del día trae también la razón y la seriedad. La licencia onírica me dice que esto no ha sido más que un banal pero intenso sueño erótico, pues bueno, me conformo.

Davanti

Hai camminato tanto, e ora sei qui.

Dietro, la chiarezza.

Davanti, la nebbia.

Quella che c’è sempre stata…

En la misma calle

Las voces se alzan desde el fondo del callejón. Retumban en las paredes de los edificios hasta llegar a la ventana, la última ventana, la única  con la luz encendida. Dos bellas jóvenes, una de rizos rojos y risa luminosa, y la otra de pelo y ojos indios, negros como la misma noche, caminan a paso lento pero brioso. Cercanas la una de la otra para darse calor hablan de sus vidas, con un tono rencoroso que se endurece como una muralla fría entre las dos. Comienzan a caer repentinamente gotas gordas sobre la ciudad, sobre este callejón oscuro y solitario que se tuerce como una culebra en la selva espesa y que parece no terminar jamás. Esta es una selva espesa, me responde la india. Las dos almas solitarias, sienten ganas de reír pero no ríen, necesidad de llorar pero no lloran. Dos personajes pesados y oscuros a pesar de que su belleza sugiere todo lo opuesto. Tú, lector, estás ansioso de que las dos bellezas solitarias que caminan por el callejón, frágiles, húmedas y exuberantes, se revelen fuente de delirio y deseo alegre, las sueñas como esas pequeñas florecillas amarillas que nacen en las grietas de los muros de piedra y entre los adoquines. No te engaño, yo también siento el mismo deseo, pero ellas son indescifrables; su hermosura responde a su juventud, su brillo ilumina la noche y sus voces son capaces de amansar a las fieras,  pero la melancolía es tan pesada, densa como el aire milenario… Ahora llueve y en ellas se desata la furia, quieren luchar, lastimarse, brutalmente destrozar el rostro de la otra, con los mismos puños con los que la india amasa el pan y la roja acaricia a su padre. La rabia quema los gritos heridos que suben reverberando entre los muros de los edificios. Se cruzan, chocan contra las paredes y se fortifican, hasta morir en la libertad del cielo nocturno. Hasta que una voz, no sé bien de quién, si de la india o de la roja, o una hija de ambas, entra por el espacio insólito de la única ventana abierta en la lluvia y con la luz encendida, llega hasta los oídos de alguien y susurra algo. Desde la ventana del último piso, hasta  los adoquines donde termina la visión, al fondo del oscuro callejón, una imagen lejana del paraíso. Mátame, decía la voz.

Animal

Anoche tuve un sueño. Soñé de manera clara y vívida que vivía en la selva, en un pueblo típico de la Amazonía, entre “civilizado” y aislado, con una única carretera principal de asfalto, casas de madera con uno que otro electrodoméstico y gatos salvajes husmeando entre las basuras de las casas. Soñé que para escapar de un perro enorme que se comía a los otros, mi padre, aún joven, me cargó en su espalda y corrió a la velocidad de un rayo para alejarnos del terrible animal. Llegamos a la carretera principal que se encuentra al costado de la montaña y desde la cual se vislumbra toda la selva. Al llegar ahí, un grito no humano salió del pecho de mi padre, como un llamado antiguo, todos los pobladores del pueblo salieron, allí estaba mi abuela y tu también estabas, y todos, incluso tú, uno a uno, empezaron  a gritar al unísono. La selva se silenció, lo único que se escuchaban eran los gritos antropoides que nacían del profundo de cada uno de ellos. Las voces formaron un coro, una melodía sublime completamente distinta a cualquier cosa que haya escuchado nunca. Un sentimiento radicalmente animal tomó posesión de mí, mi adn milenario comenzó a vibrar y a reconocerse por primera vez, me sentía parte de un grupo de aves migratorias, de orangutanes o de una manada de elefantes. Algo me hablaba con naturalidad y no era una voz articulada. Reconocí mi existencia pero sin palabras ni significados. La melodía se alzaba hacia el cielo y retumbaba en cada árbol, en cada hoja, en cada larva, en cada ser vivo de la selva. Pero había algo de doloroso al interior del coro, cada uno emitía un sonido completamente distinto al del compañero pero exactamente igual. Cada uno con su timbre y su color producía un alarido entre alegre y trágico, lleno de felicidad y liberación pero al mismo tiempo de dolor y rabia. En el grupo había unión pero también soledad. Todos callaron subita y contemporáneamente, agacharon sus cabezas y se dispersaron entre la selva como fantasmas que vuelven a sus tumbas. Me quedé sola en la carretera sintiendo el eco del grito que lentamente se extinguía entre la humedad de la selva. Luego desperté rodeada de muebles Ikea, con el Mac en el escritorio, mi orquídea cautiva y mis libros de informática. Desperté en medio del plástico blanco aséptico, con la sensación del grito que corría desde mi centro hacia los extremos queriendo abandonar mi cuerpo. Cuando fui conciente, la voz se evaporó a través de mis poros con un soplido suave pero decidido.

Representaciones

Si no quieres morir este jueves, no vengas a hablarme. Enrolla tus palabras en una forchetta y cómelas, con salsa al perfume de mar o de hojas secas, como prefieras, que igual lo que se digiere se caga.

Si no quieres morir este jueves, mejor piérdete entre montañas de color azul, entre los bosques de tus múltiples retóricas, aunque que ya no puedas reconocer los árboles que has sembrado.

Si no quieres morir este jueves, deja de creer que el mapa es igual al territorio, pues si lo fuera nos perderíamos en el mapa tal como nos perdemos en el territorio.

Si no quieres morir este jueves, deja de creer que las palabras son significado, pues si lo fueran no seríamos más que fonemas pronunciados por …  Nessun Ente.

Si en cambio quieres morir, encuéntrame a mí que soy tu, que soy yo que eres tu. No ellos. Pero esto significa morir. Morir. A que aún no lo entiendes.

El jueves unos caracteres formarán una palabra en el espejo de tu pequeño baño, la entenderás pero fingirás que no. No tengo nada que decir, y sin embargo, lo estoy diciendo.

Pecado en el Santo Sepulcro

9:34 AM ya es tarde. Mi objetivo era llegar a la Universidad a eso de las nueve, pero bueno, extenderé el plazo hasta las 10. En 5 minutos llego al Café del Porto, tomo un capuccino y un pedazo de focaccia, y subo a la Facultad. Según mis cálculos cotidianos, a eso de las 10 menos 5 ya estaré posando mis nalgas y mi computador en mi escritorio de siempre. Entre todos estos pensamientos, me pongo la chaqueta, me cuelgo el morral en la espalda y salgo de casa. Mientras estoy cerrando la puerta del apartamento con triple llave, se me acerca un cura vestido completamente con el hábito negro y el collar blanco. Un hombre adulto no muy viejo, estará próximo a sus 50 años, de piel clara y ojos claros, lleva puestos unos lentes y carga consigo un maletín negro en el hombro. “Buongiorno figlia, voi benedire la tua casa?” Ante la sorpresa del cura en mi viejo edificio del medioevo y mi afán por llegar lo más rápido posible a mi cita con mi capuccino matutino, mi cerebro se toma un poco más de un segundo para hallar una respuesta cortés pero negativa ante la petición del sacerdote. Después de todo, hace mucho abandoné toda creencia religiosa “perdóname padre santo” pienso y me río, si me oyera mi abuela.  “Mi scusi don, devo scappare”. El cura que por su cara parecía estar más aliviado que contrariado por mi respuesta, se apresura entonces a salir él también, se nota que no está de humor para andar repartiendo bendiciones a diestra y siniestra, tiene la frente sudada y sus cachetes de montaña completamente rojos, mala suerte que aún le quedaban dos pisos por visitar, el primero y el piano terra. Pasamos el primer piso, yo delante y él detrás, vi que la puerta estaba cerrada, y escuché también que el padrecito no se había detenido a tocar. A este punto mi curiosidad se había despertado, presentí que el cura ya conocía mi edificio, y que sabía de sobra quienes eran las habitantes del primer piso y el piano terra. Bajamos al piano terra, siempre yo adelante, vi que ambas puertas a lado y lado del pasillo estaban cerradas pero sin el escueto candado que las asegura. Abro en mi afán la puerta de la calle, y más atrás el cura aprieta el paso y sale él también al vico más estrecho y oscuro de toda la zona, el Vico del Santo Sepolcro. Curiosamente las dueñas del vico no se encontraban en sus lugares habituales, yo giro a la derecha y el padre a la izquierda, yo ralento el paso mientras él agarra más fuerte el maletín y se dispone a escapar del Santo Sepolcro.

Hacia la derecha al fondo del vico se encuentra Via San Luca, una de las más amplias, comerciales y vivas del centro histórico de Génova, La Superba,  a la izquierda en cambio, hacia donde se dirigía el padrecito, se encuentra la piazzetta del Santo Sepolcro, donde se encuentran de día una decena o más prostitutas colombianas y dominicanas de mediana edad, de 30 para arriba, unas cuantas prostitutas italianas un poco más mayores, de unos 50, y unas tres o cuatro, italianas de la vieja guardia, de unos 70 o quizás más años, a esperar clientes. En la esquina el negocio del árabe. Fuera del negocio fornidos jóvenes africanos venden hachís y marihuana, beben y a veces hasta cantan. Las prostitutas latinoamericanas hablan un español entre caleño y dominicano, mezclado con palabras italianas. Ninguna se hace llamar por su nombre, y visten atractivas ropas ceñidas al cuerpo, pelucas hasta la cintura y botas de piel o tacones rojos muy altos. El vico del Santo Sepolcro y todos los vicos de la zona son famosos por las prostitutas, quienes inician sus jornadas laborales a las 8 de la mañana y terminan a las 8 de la noche, se sientan en las puertas de los edificios, incluído el mío, y desde San Luca o los vicos adyacentes sólo se ven un par de piernas con tacones que invitan a los viejos solitarios a darse una sacudidita a lo latino. Las cincuentonas italianas, fuman y se visten raro, tienen un aspecto más rudo, dan vueltas en un mismo punto y hablan entre ellas. Las veteranas, esas de cabellos blancos, que pasarían por cualquier abuela, se sientan en sus sillitas con la sobriedad que les da la edad y con la autoridad que les da la experiencia, a esperar, quien sabe a qué viejo cliente de toda la vida.

Las latinas me caen bien, son gentiles y les puedo hablar en español. Muchas veces desde mi ventana pongo algo de salsa, vallenato o merengue y las oigo cantar alegres. Se cuentan cómo les va en el día, que hicieron de comida la noche anterior, y ríen, ríen y ríen todo el día. A fin de cuentas no me parece que llevan una vida dura como las de las prostitutas que trabajan en latinoamerica, o incluso esas que se las ve de invierno semidesnudas a los lados de las autopistas de las ciudades europeas. Las del Santo Sepolcro son las dueñas de su vida, no tienen ningún chulo que las presione, viven prácticamente en su lugar de trabajo, trabajan de día, y se dan el lujo de elegir a sus clientes. El otro día escuchaba a una de ellas tratar de convencer a un viejo genovés de gozar un ratito, estos viejos lobos de mar, que a la voz de un mi amor y una piel canela se derriten, conocen ya las calles, los portones y saben cuáles son sus muchachas preferidas, pero este viejo en cambio pasaba desapercibido a botar la basura en uno de los contenedores donde un grupito de cuarentonas latinas se sientan a esperar cliente. “Fa troppo caldo” responde el viejo, las mujeres concuerdan y se echan todos a reír.

No ha alcanzado a llegar el curita hasta la piazzetta del Santo Sepolcro cuando de mi edificio salen cuatro mujerones: Morena, Telma, Yuri y Taty, Morena y Yuri, dominicanas, Telma y Taty, negras caleñas. Valga decir que las colombianas, sin importar la edad, son las más bellas del centro histórico. “Don! Don!” llaman al padre con afán. El curita se gira despavorido y al mismo tiempo derrotado. “Venga venga Don, a benedire la nostra casa” dice Morena, la dominicana mayor, con un italiano golpeado pero exótico. Entre las cuatro lo rodean, mientras More lo lleva por el brazo. El curita cabizbajo, vuelve al viejo edificio, a bendecir las habitaciones donde estas latinas hacen pecar a más de uno.