Mami espérame

En este pedazo de hoja quiero hoy plasmar la marea de sentimientos que me aqueja. El agua está brava y no hay canción que la calme. Quisiera tirar mi ancla, y reposar, pero estas aguas tan profundas no son aptas para que mi barca se repose. Debo seguir a pesar de la tormenta. Como un niño a punto de nacer, contengo la respiración y confío en que mi madre me empuje con furia hacia el mundo y me saque de este atolladero. Elimino de mi mente lo externo y evoco entonces imágenes felices que hagan de este parto, justo eso, una transición de estado. Imagino que he de llegar a una playa cálida y de arena blanca. A mi arribo veo salir a mi madre de una enorme cabaña con techo ‘e palma. Viene corriendo y me recibe con una inmensa sonrisa y un plato de fruta fresca, detrás de ella mis abuelos se abrazan alegres y al fondo se escucha la banda. Así, de repente, me olvido de los daños que me han hecho y de aquellos que he hecho. No existen. Desaparece todo de un golpe. Se me olvida la tormenta y la violencia del estrecho canal uterino de mi primeriza madre. Y todo se vuelve radiante, brillante, con un sol que quema. Al son de la música abro mi falda de par en par por primera vez, como las alas de un pichón que finalmente se despliegan y se lanzan al abismo. Quiero que mis amigos me hagan un retrato para mis treinta años, que cada uno me dibuje como les venga en gana, para que quede testimonianza de esta mujer.

Caribe

Soy del Caribe, al calor no temo
voy por el mundo con calma
segura de que en mi invierno
un cálido mar me aguarda

Soy del Caribe y no tengo miedo
tengo los ojos indómitos de mi madre y el corazón hecho de tierra
con la mochila que me heredó
me dejó preparada para la guerra

Voy lejos pero siempre vuelvo
al corozo, al tamarindo y a la gaita
a la bondad del mamo y del palabrero
a la protección invicta de mi viejo sombrero

Soy la hija predilecta del indio
la adorada libertad del esclavo
el sueño inalcanzable del blanco
la perla que los piratas jamás encontraron

Me pongo a mirar lejos y entonces me doy cuenta,
Yo soy lo que no se entiende
no hay palabra que lo explique
a mí me traen las brisas que sólo llegan en diciembre

Soy del Caribe, del caribe colombiano
del sol no me escondo
mis pies descalzos pisan la arena ardiente
y en el viejo muelle esperaré mi próxima muerte

El abanico e’ yuca me arrulla ya con ternura
la bonga me cubre en los días inclementes
Por las noches la hamaca me espera tranquila
y que sea la cantaora a barajar mi suerte

Soy del Caribe y me reafirmo con cada totuma de agua
con el paso firme de mi pie izquierdo,
que en las noches de cumbia
sigue al llamador hasta llegar el alba

Me acuerdo de mama mode y papa toño
ahí van las morrocollas que alargaron sus pasos
mi abuela me narra leyendas del pasado
cuentos que aún retumban en estas paredes de barro.

 

Hombre Solo

Te veo sentado en la punta del muelle, solo
Veo las montañas y el mar
La nieve fresca
Y el verde virgen de la primavera

Desde mi vida te observo
Envidiosa soy de tu soledad
De tu cuaderno, de tu silencio
Y de las palabras que allí escribes

No voy a tu encuentro
No soy capaz de invadirte
Ya me invado a mi misma
Acá dentro no existe tregua alguna

Entre el nacimiento y la muerte
Te amalgamas con la naturaleza
Aceptando la vida con enorme ligereza
Mirando las montañas, y el mar…

Y la nieve fresca
Y el verde virgen de la primavera

Volo

Non posso fare altro che volerli bene. Li osservo dall’inizio. Il giapponese della maglia rosa, il senegalese degli occhi buoni, la signora nera con la parruca che mi chiede dov’è l’aereo, la coppia vecchia con il neonato, la mamma francese con il figlio adolescente, la ragazza nera con la bambina più bella che abbia mai visto. La giovane famiglia eritrea con i due bimbi piccoli, e tutti con gli occhi buoni. Il ragazzo con la fidanzata più grassa di lui, l’italiano con gli occhiali da sole, il signore bianco con la sciarpa e l’aria bohemia, il ragazzo con le cuffie, le eleganti dame dell’equipaggio, il padre che spiega tutto al figlio di sei anni, l’uomo degli occhiali e l’anello con pietra nera nel mignolo. Il signore pelato con le scarpe da ginnastica, il ragazzo del naso fino che sfoglia un telefonino con lo schermo rotto, il capitano che parla francese, la ragazza con la sciarpa a quadri che guarda dalla finestra, la vecchia che cerca di dormire. La ragazza mora che scrive nel suo quaderno rosso, l’uomo con la maglia a fiori che sfoglia il catalogo delle vendite on board, il tipo della cravatta grigia e rosa, la donna semigiovane – semivecchia con i capelli corti, il signore di calvizie appena iniziata che legge qualcosa sull’ipad, quello col colletto bianco, quella degli occhi chiusi, la anziana dei capelli viola. In fine, come non volerli bene.

Falsificaciones

Te conozco como te conocen todos, de la tv, de haber dejado marcada mi infancia con tu presencia noble y brillante, la de un personaje, que no eras tu. Pero luego no te volví a ver, sólo a través de lo poco de dicen las noticias de ti, los noticieros, las redes sociales. Sé tu nombre, como se sabe que algo existe, algo material quiero decir, lo pronuncio y todos saben quien eres, pero el no pronunciarlo sintiendo en cambio la esencia de tu ser, esa que apenas puedo imaginar, me conduce a un vórtice de pasión. Es lo que me ha pasado esta noche. Nunca he seguido tu huella, pero aún así te has aparecido, espléndido y radiante, sin ni siquiera esperarte, llamándome por mi nombre, mirándome a los ojos como si supieras que existo y acercándote peligrosamente a mis labios, (o yo a los tuyos?). Me he despertado sin la menor duda de haber compartido el tiempo y el espacio contigo, en una dimensión oculta ubicada en los fosos más oscuros de mi memoria infantil, y te he visto como eres hoy. Te he buscado virtualmente, para saber qué dice el tiempo de ti, y veo que no soy la única a desearte. Amanece, y la luz del día trae también la razón y la seriedad. La licencia onírica me dice que esto no ha sido más que un banal pero intenso sueño erótico, pues bueno, me conformo.

Davanti

Hai camminato tanto, e ora sei qui.

Dietro, la chiarezza.

Davanti, la nebbia.

Quella che c’è sempre stata…

En la misma calle

Las voces se alzan desde el fondo del callejón. Retumban en las paredes de los edificios hasta llegar a la ventana, la última ventana, la única  con la luz encendida. Dos bellas jóvenes, una de rizos rojos y risa luminosa, y la otra de pelo y ojos indios, negros como la misma noche, caminan a paso lento pero brioso. Cercanas la una de la otra para darse calor hablan de sus vidas, con un tono rencoroso que se endurece como una muralla fría entre las dos. Comienzan a caer repentinamente gotas gordas sobre la ciudad, sobre este callejón oscuro y solitario que se tuerce como una culebra en la selva espesa y que parece no terminar jamás. Esta es una selva espesa, me responde la india. Las dos almas solitarias, sienten ganas de reír pero no ríen, necesidad de llorar pero no lloran. Dos personajes pesados y oscuros a pesar de que su belleza sugiere todo lo opuesto. Tú, lector, estás ansioso de que las dos bellezas solitarias que caminan por el callejón, frágiles, húmedas y exuberantes, se revelen fuente de delirio y deseo alegre, las sueñas como esas pequeñas florecillas amarillas que nacen en las grietas de los muros de piedra y entre los adoquines. No te engaño, yo también siento el mismo deseo, pero ellas son indescifrables; su hermosura responde a su juventud, su brillo ilumina la noche y sus voces son capaces de amansar a las fieras,  pero la melancolía es tan pesada, densa como el aire milenario… Ahora llueve y en ellas se desata la furia, quieren luchar, lastimarse, brutalmente destrozar el rostro de la otra, con los mismos puños con los que la india amasa el pan y la roja acaricia a su padre. La rabia quema los gritos heridos que suben reverberando entre los muros de los edificios. Se cruzan, chocan contra las paredes y se fortifican, hasta morir en la libertad del cielo nocturno. Hasta que una voz, no sé bien de quién, si de la india o de la roja, o una hija de ambas, entra por el espacio insólito de la única ventana abierta en la lluvia y con la luz encendida, llega hasta los oídos de alguien y susurra algo. Desde la ventana del último piso, hasta  los adoquines donde termina la visión, al fondo del oscuro callejón, una imagen lejana del paraíso. Mátame, decía la voz.