Un grito estúpido

A nadie deseo nacer mujer.
Vivir sabiendo que la sonrisa caduca,
vivir sabiendo que la carne está siempre expuesta.
Llamarse María Culpa, o Cecilia Angustia,
y que ese nombre ruede en la boca de los hombres
cuando cuentan los miles de imperfectos, y lo poquito que se salva:
cuando te comparan, cuando especulan, cuando te imaginan de rodillas ante ellos,
cuando se vanaglorian si en el primer encuentro entraron por tu recto,
cuando te escriben o te llaman o te invitan a dar una vuelta,
y sabes que esperan sólo poder vencer al alba,
ya no por conocer el placer, sino por poner una nueva estrella en el tablero de sus egos.
Porque tu nunca haces lo que quieres, sino lo que ellos lograron que tu hicieras.
Saber que en boca de las mujeres eres todo menos ternura,
eres rapaz, ave de mal agüero, rival, enemiga, cabrona,
la que peor va vestida, la gorda o la flaca, todo, todo lo malo.
Y ay! donde mires a su hombre aunque sea para decir “buenos días”.
Vivir sin saber cómo hablar, cómo sonreír,
porque cualquier gesto, palabra o acción puede ser malinterpretado.
No caminar sola, nunca, y tanto menos si el sol no acompaña.
Maldita luna que no proteges.
Maldita luna que me haces mestruar.
Maldita luna que me revuelves el alma.
Maldita luna que me haces sentir nada.
Ser mujer y tratar de triunfar, al menos, en los espacios reservados para las mujeres,
porque somos la minoría más grande de la especie.
Aceptar que ahora todos hablen de nosotras y de nuestras luchas,
porque es necesario hablar de feminismo
y aún así sentirte inútil y ridícula,
porque vivimos sabiendo que nadie entiende realmente
que nadie nos cree cuando nos duele algo,
que nadie nos cree cuando estamos cansadas,
que nadie nos cree cuando la intuición habla.
Y escribo esto y me lleno de ira,
y quiero borrar este grito, retractarlo,
porque me doy cuenta que decir mujer, no es decir nada,
que son tantas cosas y tantas tan malas,
que incluso la voz del poeta que se inspira en su musa,
se vuelve un insulto.
Vivir sabiendo que cada día hay que luchar contra el tiempo,
contra la sociedad,
contra los hombres,
contra las mujeres,
contra ti misma,
contra todo.
A nadie deseo nacer mujer,
porque es nacer en guerra.

Anuncios

Essere Non

E passeranno gli anni.
Li vedrai uno dietro l’altro entrando in Aula Magna.
Passeranno proprio davanti ai tuoi occhi per poi sedersi in ordine cronologico,
dal più recente al più antico,
dall’ultima fila di sedie fino alla prima.
Incominciano ad entrare bambini ermafroditi con la saggezza di un centenario.
Poi adolescenti adulti esuberanti e ribelli,
ognuno con la sua personalità
non ci sono due minimamente simili.

Tutti portano il proprio quaderno e la propria penna,
che è diverso da quelli degli altri.
Gli anni dell’infanzia sono quelli più anziani,
di lunghe barbe bianche e occhi dolci,
e si siedono tutti in prima fila.
Arriva quello più anziano per ultimo,
cammina verso la sua sedia aiutandosi da un bastone,
emanando un’aria di solennità
che fa sentire il rispetto che gli professano gli altri anni.
Ma rimane ancora una sedia vuota.
La prima sedia,
l’anno Zero.

In silenzio ognuno si alza
e si avvicina a te,
che li aspetti sulla cattedra.
Senza dire parola, ogni anno viene giudicato,
in uno scambio telepatico
che scatta con l’incontro degli sguardi.
Alcuni li riconosci al primo colpo,
ti fanno spalancare gli occhi togliendoti il pensiero
oppure ci sono altri che i tuoi occhi fanno diventare torbidi.
Per qualcuno hai bisogno di qualche secondo per ricordarlo bene
e basta solo l’arretrato ricordo di un profumo antico
per farti tornare quell’autunno.

Uno a uno vanno passando e vanno sparendo,
ognuno lascia un pensiero e un sentimento
a volte minuscolo,
a volte colossale.
Quando tutti sono passati davanti a te,
perfino quello più anziano
noti la presenza di quel soggetto assente,
l’anno zero.
Rivolgi lo sguardo verso la sedia vuota,
e più la guardi,
più hai la certezza di quella assenza.
Ti chiedi che faccia avrà,
come saranno i suoi occhi.

Allora scendi dalla cattedra.
I tuoi passi sono tardi e grevi,
e fanno digrignare il legno antico del pavimento
che risuona nei tetti e le pareti dell’Aula magna.
Man mano che ti avvicini alla sedia dell’anno zero,
un’energia fa battere il cuore e scaldare le mani.
E lì, una volta di fronte,
il professore si siede e diventa studente.
Nell’aula vuota,
non ci sono più insegnamenti,
ne cronologia,
ne ricordi,
ne esami.

Porqué?

Porqué me quieres tú?
Viandante incansable,
jinete gitano,
trovador de las montañas,
marinero vagabundo,
lector nocturno,
escritor de lo ficticio,
amante maldito,
shaman frustrado,
profesor de viejos,
diamante en bruto,
artista de lo efímero,
pintor del movimento,
pianista desolado,
cantante de la contradicción,
brujo enamorado,
madre sin útero.

Porqué cuando nos juntamos…
nacen niños,
se rompen guitarras,
se engendran ficciones,
se trazan abismos,
tiemblan los libros,
se queman casas,
amenaza la muerte?

Cuentas

Y si hiciéramos una cuenta atrás…
y pensáramos en todos los momentos compartidos?
Hasta dónde nos llevaría?
Emergerían de la memoria, los buenos y los malos,
algunos importantes y otros quizá insignificantes.
Otros ni siquiera vendrían a nuestras mentes.
Algunos los pensaría yo, y otros los pensarías tú.
Muchos permanecerían latentes debajo de la piel,
aunque no se materialicen en imágenes o palabras.
Empezarían a confundirse sueños y deseos con momentos reales,
y no sabríamos distinguir cuáles son los unos o los otros.
Quizá no nos acordaríamos de todos los momentos,
y otros probablemente ya los habremos olvidado.
Entonces nos damos cuenta de estar encerrados en la jaula de lo posible,
mientras lo virtual subyace en algún lugar inimaginado.
Allí viven todos aquellos posibles caminos que hemos aún de tomar,
o que incluso hemos ya recorrido,
o que tal vez estemos recorriendo.
Lo triste,
lo realmente triste,
es que de nada sirven,
si al final de la noche
nos descubrimos – cada uno –
solo o sola,
anhelando.

Primeras Conclusiones

A los cinco años me fascinó un libro que había en casa “Lugares Maravillosos”. Contenía fotos e información histórica de los más destacados sitios arqueológicos del planeta, los clásicos. Quise saber desesperadamente quién en el mundo tenía el trabajo de estudiar esos lugares. Cómo estás personas lograban mirar al pasado con tanta claridad. Pregunté una noche a mis padres, que estaban sentados en los mecedores de la sala. Me contaron que había personas que dedicaban sus vidas a estudiar el cambio de las civilizaciones en el tiempo. Mi padre, el veterinario, trabajando en el campo, hallaba continuamente tumbas indígenas, ollas en cerámica y hasta joyas. Fue él quien me explicó sobre algunos métodos usados para calcular la edad de un material. Mi madre, apasionada de la cultura, me contó innumerables historias y leyendas de los indígenas de nuestra región. Esa noche descubrí lo que era la arqueología: el estudio de lo antiguo. Quiero ser arqueóloga! dije al día siguiente en mi colegio. Mis compañeras no entendían qué significaba esa palabra tan difícil de pronunciar. Mis profesores en cambio no daban crédito alguno. Todavía quiero ser arqueóloga. La vida me llevó por otro camino, no muy distinto, o al menos, creo que inconscientemente siempre he tratado de volver a girar la línea de mi vida hacia esa rama científica. Voy siempre en busca del pasado. Quiero siempre comprender la evolución de algo. Cómo fue que llegamos hasta aquí. Sigo investigando, y aunque siempre lo hice quizás sin darme cuenta, hoy investigo en ámbito formal y académico. Sin embargo, sólo ahora me doy cuenta, que hace 25 años, yo ya había elegido el rumbo de mi vida.

Algo similar, me pasó a los 14 años exactamente. Mi compañera de escuela Roxana Durán, con quien estudié desde los 5 años hasta los 16 en la misma escuela, durante esa época trajo unas joyas para vender entre las compañeras. Eran anillos, cadenas y pulseras de plata. Entre su surtido había un anillo un poco más grueso de los demás, con un particular entramado. Tenía un aire lejano, casi árabe. Fue la única prenda que me interesó, y apenas lo probé en mi dedo anular de la mano izquierda, encajó perfecto, como si estuviera hecho a mi medida. Ahorré durante todo un mes del dinero de mi merienda, para comprarle el anillo a Roxana. Bueno, 15 años más tarde, aún lo uso, siempre en el dedo anular de mi mano izquierda. Desde entonces, y todos los días de mi vida, prácticamente sin excepción, lo he utilizado. Nunca lo he perdido. Aunque he pasado algunos sustos. Acercándome a los treinta, y viviendo en un país extremadamente católico y anticuado, en cuánto a relaciones sentimentales se refiere, veo que la mayor parte de las personas de mi edad usan el anillo de matrimonio. Mis padres no lo llevaban, porque no estaban casados, aunque esto me lo confesó mi padre sólo un par de años después de la muerte de mi madre. Por otra parte, quizá porque es una prenda costosa, en Colombia no vi a nadie nunca utilizarlo, o quizá nunca me fijé. Ahora que lo veo en las manos de mis compañeros, profesores y colegas, me causa cierta curiosidad, pues parece que la gente necesita ratificar ante la sociedad que pertenece a alguien más, que tiene un compromiso. Un día, imaginando una hipotética boda mía, pensaba en si llevaría este anillo o no. Miré el dedo anular de mi mano izquierda, y allí estaba, el anillo que a los 14 años me compré a mi misma. Entendí que a esa edad, cuando recién vivía mis primeras menstruaciones, ya me había casado, conmigo, con mi independencia, con mi sueño de ser arqueóloga, con mi belleza, con la promesa implícita de que nadie nunca me habría colocado un grillete, aunque fuera minúsculo y de oro.

Un flamingo en la cocina

La recuerdo entera. Recuerdo cómo mis dedos minúsculos se aferraban a sus muslos, mientras mis uñas sin querer se hundían en su piel morena. Mis brazos enteros daban la vuelta a sus piernas, y mi cara se amoldaba a la forma de sus caderas y de su vientre. Su voz me miraba siempre desde lo alto, eligiendo en perfecta resonancia las palabras precisas que se amarraban una después de otra. Recorro su espalda y veo cada una de sus vértebras cuando estaba sentada desnuda, sin sostén, corvada en el borde de la cama, pensando, observando sus pies. Los pies de su abuelo, largos y delicados, con el segundo dedo más largo que el pulgar. Cuando cocinaba encendía la radio y la sintonizaba en la emisora de los vallenatos y porros viejos. Solía plantar el pié sobre el muslo y quedarse en perfecto equilibrio como un flamingo rosado de la Guajira, luego con calma cambiaba de pié y seguía cocinando, tarareando. Iba siempre descalza, como queriendo sentir con sus pies todas sus raíces, todas las vibraciones del suelo, el calor de los pasos que habían recorrido esa casa, la misma de Pau Pau. Recuerdo sus senos y cuánto quería que fuesen míos. Esas tetas fuertes, de matrona imponente y de madre joven. Un poco más abajo su ombligo, que me parecía siempre la profundidad que no habría alcanzado nunca. Apretujaba mi rostro contra su panza queriendo entrar por allí, y quedarme en sus entrañas, y vivir ahí, para siempre, pero no lo conseguía. Sin embargo, al cerrar los ojos, y con un poco de concentración, lograba hipnotizarme con el sonido de su corazón, que vibraba en la punta de un pétalo invisible, tan claro y tan fuerte, que si por un momento dejo de escribir y cierro los ojos, lo siento, y mi corazón se agita queriendo sonar al unísono. Entonces, metía sus manos perfectas entre mi pelo y me lo enmarañaba riendo, abría los ojos y buscaba los lunares de sus manos para asegurarme una vez más que era ella, y era ella! Así, de un lunar a otro, subía por sus venas por sus delicados brazos. El izquierdo marcado por una cicatriz de varicela. Subo un poco más y encontraba cómo en su cuello se anidaban tantas esperanzas. Entonces veía su cara, con un poco de temor y vergüenza. Mirarla a los ojos era confesarse. A veces, cuando algo turbio daba vueltas en mi conciencia, le quitaba la mirada, segura de que ella leía mis pensamientos. Sí, los leía. Con esos ojos negros grandes y brillantes, que ocupaban mitad de su cara, sólo para dar paso a una boca dibujada por Dios y una sonrisa que cuando alumbraba, y no era siempre, se podían ver con claridad todas las praderas del porvenir. La recuerdo entera, y ahora me pierdo en su cabello negro largo, cabello de negra, enredado, interminable, como ella.

La hora de la nada

Y bien, has vuelto. Qué vienes a buscar? Símbolos negros sobre un espacio blanco que den sentido a algo? Algún significado? Una pista? O quizás belleza, poesía, un refresco para el alma? En el segundo que marca la diferencia entre un día del otro, escribo esto para llenar un espacio vacío que hay en mi cerebro. Los últimos dos días han sido un fluir con un único sol y una única luna, y aún así se cuentan 48 horas. Así mismo se dividen dos años, pero la división del tiempo es sólo una división mnemónica, visual, abstracta, el tiempo no se puede cortar, su fluir es constante, como el sonido de nuestras palabras que se tocan con la otra haciendo de nuestros discursos una cascada constante. Las palabras y cada uno de sus significados las dividimos en nuestras mentes, en un segundo o tercer momento, sólo cuando necesitamos detenernos a hacer cuentas, a pensar bien. Luego están las comas, los segundos, los punto y comas, los dos puntos, los minutos, los medios días, y los días, las noches, los meses, los signos exclamativos, los años, los párrafos, las comillas, los paréntesis, las canciones, los semáforos, los ritmos, el latido del corazón, la respiración, una palabra, una sílaba, una frase, una tarde, este texto. Abres esta puerta buscando algo, a mí quizás, a mi fluido de pensamiento, al tiempo que he dedicado a este momento, que señala el límite entre el hoy y el mañana, o quizás tu estás tratando de darle sentido a este espacio de tu tiempo… que no llega, que no se llena, que está en blanco, como el espacio que sigue después de cada letra. Con qué quieres que lo llenemos querido lector? Con un pensamiento mío o con un pensamiento tuyo? O porqué no, con un pensamiento de ambos? Será posible crear un pensamiento único sin que esto sea una dictadura de quien escribe? Un pensamiento tornasolado, que se mueva y cambie de color, que brille y deje espacios de luz que bañen la cara, un pensamiento que pueda tomar cualquier forma, que entre por los ojos y los oídos, la boca, la nariz, que toque la lengua y agite el pelo, baje por el cuello hasta los pies erizando cada poro de la piel, vuelva y suba y se meta en el pecho, y lo empuje, y bombee vida, y sangre y calor, y te haga respirar y exhalar estrellas. Esta es la hora de la nada, en menos de un segundo será un nuevo día, y no notarás la división, porque el tiempo no se detiene, ni la vida, ni la energía, ni el pensamiento y así, este texto se queda sin punto final