Espinho

La calle es tan larga como la noche. Las casas abandonas cuentan historias en sus otrora vitrales colorados, en las plantas que nunca murieron, en las puertas entreabiertas, en la sombra del humo que emana de sus chimeneas.

La sabiduría grita insegura en el fondo del pecho. Los años vírgenes de la temprana adultez abren sus puertas a una carrera de cachorros. Los ojos transilvanos de Ioana iluminan la gran vía oscura y solitaria que lleva al hostal.

Un pensamiento acalambra el corazón y luego la garganta en una única palabra. Una guitarra y un pez dorado esperan en Casa de Adriano, donde a la puerta golpea el Atlántico cargado con fríos cuentos de Manhattan.

El viejo neozelandés espera el temporal en la hamaca, mientras los venezolanos escriben su tragedia en las cajetillas vacías de Marlboro. Las ventanas de las casas hablan con voces delicadas. Los baldosines verdes, amarillos y azules sonríen en el silencio de la noche.

Y San Juan, hoy más que nunca nos alarga la vida y nos ofrece el tiempo para nosotros, los que caminamos sabiendo que al final de la calle iniciará un nuevo día.

El mordisco del mico

De mis viajes por la selva siempre extraje una única sensación, la de no pertenecerme. Bajando un día hacia la chacra, después de un par de horas de camino, la línea que dibujaba el sendero desapareció. No sé si la perdí por andar sumergida entre mis pensamientos, o si realmente se había borrado de la tierra. Al alzar la mirada, me di cuenta que el follaje era tan espeso que a duras penas se podía ver algo a más de tres metros de distancia. Hacia todos los ángulos un muro verde encerraba la visión y el estar. Más que sentirme atrapada me sentí sumergida en algo mucho más grande que yo, que todos, que tu ego. Arriba el cielo se veía muy lejano, los árboles más altos entrelazaban sus ramas creando un único cielo verde. Abajo, la tierra negra y húmeda permanecía cubierta de una capa de musgo, hongos, hojas caídas, ramas, flores. Al cerrar los ojos, la orquesta más grande del planeta tocaba su sinfonía primordial, y separar los sonidos y comprenderlos era una tarea del todo imperfecta, imposible; por una parte porque para un oído virgen la mayor parte de las fuentes sonoras eran desconocidas, no era posible saber qué ser generaba qué sonido y con qué intención. Mientras algunos sonidos eran uniformes, repetitivos y tranquilos, otros saltaban de la nada, agresivos, dolorosos, intimidantes.  Otros sonidos eran complejas conversaciones, un diálogo animal exactamente igual al humano, cuentos de la vida cotidiana, necesidad de solidaridad, de unidad. Ese día no llevaba zapatos puestos, se me habían roto en el camino y los abandoné en algún punto, o más bien ellos me habían abandonado a mí. Con todas las especies venenosas que podían habitar el suelo selvático, no di ni un sólo paso con temor, me había olvidado por completo que iba descalza por una parte, y por otra parte ese día me había olvidado también de mi mala suerte. Es difícil sentir en la selva que se está solo. Yo estaba sola, sí. No había humanos a mi alrededor, o por lo menos no los percibía. Sin embargo, una firme pero silenciosa certeza estaba presente. Firmes y silenciosas presencias. No lo podía ver, pero sabía que el jaguar estaba allí. No los podía alcanzar pero sabía que los monos saltaban de un árbol a otro sobre mi cabeza. No los diferenciaba de entre las hojas, pero allí estaban todos los pájaros de la selva observándome. Vas a pensar en tu nombre ahora? Ni siquiera el pensamiento de llamarme a mí misma con el nombre que creía fuera mi nombre, me pasaba por la mente. Yo no era ese nombre. No lo soy. No sabría tan siquiera cuál es, pero sé que todos ellos sí lo saben. Sé que me están llamando todos en sus lenguajes por un mismo nombre del que no conozco los símbolos. Sé que a sus ojos soy algo concreto y definido pero que al mismo tiempo se amalgama con el verde de la vegetación. Soy algo más pequeño que las hormigas rojas que cargan sus hojas por sus largas carreteras. No soy nada en comparación a los colores de las plumas de aquél pájaro. Mis manos no son ágiles como las de los micos que seleccionan sus frutas. No me siento a la altura de este ecosistema, no siento pertenecer, y al mismo tiempo siento que mi función ha estado fijada, sólo que no sé cuál es y mientras más me pregunto más me alejo de ella. Mi corazón late único y a destiempo de la sinfonía, y tanto ellos como yo lo sentimos. Inicio a caminar sin rumbo pero sin miedo, al final a alguna parte llegaré. La selva me está protegiendo, nada me hace daño, nada me atemoriza, me siento resguardada. Un rayo de luz se abre paso entre la vegetación, una ráfaga de viento bien definida llega hasta mi cuerpo sudado y lo refresca. Continúo mi camino hacia la abertura. Al llegar me encuentro en una plaza natural, un espacio circular abierto entre la enormidad y el espesor de la selva. Algunos árboles acostados se han convertido en los guardianes de ese espacio. Me senté sobre uno de ellos, dejé que el sol limpiara mi mente y la brisa mi cuerpo. Terminé tendiéndome sobre el tronco. Un sueño de cuya duración no podría dar cuenta se cernió sobre mí. En el sueño, un mico de pequeñas dimensiones pero de ojos bien abiertos se acerca a mi cara. La profundidad de sus pupilas conecta con esa parte de mí que deja de ser mía y es algo más, un no-yo primitivo y arcaico. Me levanto y lo sigo con la mirada mientras el animal me examina meticulosamente. Toca mis dedos de los pies y toca los suyos como si los contase. Toca mis uñas y las suyas. Siente la textura de la piel de mis pantorrillas. Sube a mis rodillas y con sus pequeñas uñas hace fricción sobre la piel firme de la articulación. Halla una cicatriz en mi rodilla derecha, mientras la observa recuerdo perfectamente el día que me caí patinando en una calle del pueblo, recuerdo que sangré mucho y que mi padre me curó al instante. Sólo recordando sentí que de algún modo había comunicado al mico cómo me había hecho esa cicatriz, porque cuando terminé de recordar me miró y se fijó en mi mano izquierda. La olió. La lamió y la mordió suavemente. La tomó con sus dos pequeñas manos y me dejó también explorar las suyas, sentir las líneas duras y profundas de sus palmas, las dimensiones de sus pequeñas uñas, la largueza y fineza de sus pequeños dedos. A este punto éramos ya amigos, parientes. El mico subió hasta mi cabeza y empezó a hurgar entre mi cabello, sentía su ligero peso sobre mis hombros y podía leer sus pequeños movimientos, así como podía escuchar los latidos de su corazón y su respiración. Comencé a pensar en todo esto, pensaba en lo maravilloso y fascinante de la criatura, de la creación, en lo afortunada que me sentía de estar allí, en lo que habría contado a mis amigos cuando volviera a la ciudad, comencé a pensar en lo poco que me separa de él, cómo en sus pupilas había visto la misma expresión de mi abuelo con alzheimer. Pensé en esto y mucho más, pensé en las clases de biología de la escuela, en la profesora Carmen y su eterna contradicción entre su credo católico popular mal infundado y sus estudios en biología y ecología. Pensé en el catolicismo y en las religiones, en lo alejadas que están de mí pero en lo bien que las comprendo. Pensando en el catolicismo pensé en mi abuela y en su afán por creer que el paraíso existe, ese donde la están esperando sus seres queridos, pensé en su dolor, en su inmenso dolor. Pensé en su lucha contra el ateísmo de mi padre. Un fuerte dolor punzante en el muslo de mi pierna derecha me sacó de mis divagaciones. El mico me había clavado sus cuatro colmillos y se había alejado tan rápido que en pocos segundos ya lo había perdido de vista.

Granchi azzurri

Sono nata quando mancavano 5 minuti alla mezzanotte. Alle 7 del mattino hanno autorizzato l’uscita di mia madre con la neonata. Alle 8 del mattino mia madre, madre per prima volta, ha mangiato delle uova rotte con un po’ di sale e un po’ di pepe con mezzo bicchierino di succo d’arancia appena spremuta. Quello che mia madre non sapeva e non poteva neanche pensare, era che a casa la mattina del 27 di dicembre del ’88 non c’era niente da mangiare e non c’erano neanche due soldi per comprare qualcosa. C’era solo un’arancia che cominciava a marcire. Mio padre disperato per la triste situazione di non avere niente da dare da mangiare alla sua giovane donna che aveva appena partorito per prima volta, è uscito al giardino a fumare una sigaretta. Fra le lacrime che gli riempivano gli occhi vede che il morrocoy esce dalla sua tana, e dietro al fondo del piccolo buio vede il bianco delle sue uova. Con quelle due uova e l’arancia che rimaneva solitaria ha alimentato la sua donna. Mia madre non sapeva neanche che la settimana prima del parto, quando mio padre tornava da un lavoro vicino alle piantagioni di platanos, e attraversava la grande palude di Santa Marta, aveva sentito furia e impotenza quando un migliaio di granchi enormi azzurrissimi di pinze bianche ha deciso di attraversare l’autostrada e nessuna delle macchine che a quell’ora della notte passavano a 120 Km/h si è fermata, generando la strage più grande che mio padre abbia mai visto. Ma né l’idea della lontananza da se stesso e il corpo dei granchi che stavano per morire, né il rumore dei loro corpi spezzati sotto le ruote gli ha spezzato il cuore tanto come quello che ha visto appena è arrivato il suo turno di passare. Alcuni metri prima di arrivare sul luogo della strage, ha rallentato la macchina. Ha notato che ormai erano più i granchi schiacciati che quelli che passavano. Quando finalmente si è fermato del tutto, i fari della macchina hanno illuminato una scena che non se ne sarebbe più andata via dalla sua mente: i granchi che rimanevano si erano alzati con le ultime zampe e hanno alzato le pinze in modo di difesa. Come se potessero essersi difesi da lui, da noi. Con la macchina ferma e fermando le poche macchine che venivano dietro, ha aspettato che attraversassero gli ultimi e ha continuato. Un mese dopo la mia nascita, un giorno che mio padre è andato per lavoro nelle vicinanze di Mompox, lungo il fiume Magdalena, mia madre e mia nonna si erano messe d’accordo per portarmi alla chiesa di San Rocco. Il vento che arrivava dal nord pareva voler portar via il tetto della chiesa, le borse, i vestiti. Mia madre mi aveva avvolta bene e mi proteggeva con tutto il suo corpo dal forte vento. Quando sono arrivate alle porte della chiesa, il sagrestano che stava andando via chiudendo la porta, ha detto alle due signore che non potevano più entrare. Mia nonna, che aveva una missione da compiere, gli ha chiesto gentilmente di aprire la porta, perché erano partite da molto lontano solo e unicamente per raggiungere quella chiesa, perché in quella chiesa era custodito il Divino Bambino. Il sagrestano, a quel punto convinto, aprì la porta e le ha accompagnate. Arrivate alla presenza della grande statua, mia nonna mi ha preso in braccia, mi ha tolta tutti i vestiti e con entrambe mani mi ha alzata verso l’alto ringraziando il fatto di essere nata sana. Mio nonno aveva fatto costruire una piccola bambola d’oro che hanno agganciato al dito anulare della mano sinistra del divino bambino. In quell’enorme fattoria dove mio padre era stato quello stesso giorno saremmo andati a vivere, io, mio padre e mia madre, qualche mese più tardi. Ci saremmo poi fermati due anni. In quello spazio strappato alla selva c’erano alberi altissimi. I loro rami si stendevano larghi e lunghi verso il basso e verso i lati, e un solo albero poteva dare un’ombra di 40 metri di diametro. Alla stessa ora, verso le 5 del pomeriggio, arrivavano centinaia di scimmie urlatrici. Riempivano gli alberi che c’erano intorno alla casa, e scendevano a bere l’acqua che mio padre preparava per loro. A quell’età pensavo che con quei suoni potevo comunicare con i miei. Qualche mese dopo il mio primo compleanno mia madre è rimasta incinta per seconda e ultima volta, di mio fratello. Quando era al suo quinto mese, abbiamo dovuto viaggiare alla città in un piccolo aeroplano completamente meccanico che si muoveva con qualsiasi brezza, dall’alto vedevamo gli alberi dove abitavano le scimmie, abbiamo visto la palude dove un anno prima c’era stata una delle più grandi stragi di granchi della storia. Al ritorno dalla città, mio padre si è fermato a parlare con uno dei contadini vicini: erano preoccupati per diverse situazioni sospette accadute nell’area. Mia madre ha proseguito, con me per mano e mio fratello nella pancia. Quando è entrata in casa ha trovato una donna sulla quarantina, completamente nuda, che gridava di terrore con gli occhi spalancati. Con grande spavento, mia madre mi ha chiusa in camera e le ha trovato una maglietta lunga, ma la donna era completamente fuori dalla sua umanità. È scappata correndo e si è persa nella giungla. Mio fratello, che tutti pensavano sarebbe stato una bambina, a cui mia nonna paterna avrebbe suggerito il nome di Ramona, è stato un bambino. Una settimana dopo la sua nascita siamo tornati alla fattoria vicina al fiume dove abitavano le scimmie. Sono trascorsi quasi due mesi, quando una sera è arrivata la guerriglia. I lavoratori hanno avvertito mio padre e gli hanno suggerito di mandar via mia madre con i due bambini sull’aeroplano, ma lei si sentiva incapace di viaggiare da sola con una bambina di 2 anni e un bimbo di quasi due mesi. Mio padre ha preso la macchina ed è partito con la sua famiglia alle 2 di notte verso la città, 7 ore di strada suddivise attraverso una sosta in un blocco militare per riposare tranquilli prima di poter continuare. Uscendo dalla zona si sono sentiti degli spari e non siamo mai più tornati a Santana. Oggi, io e mio padre siamo passati dalla palude e abbiamo visto che le numerosissime mangrovie che la popolavano sono completamente morte. Rimangono i cadaveri bianchi di alcune di loro; di altre, le più vecchie, rimangono soltanto pezzi di tronchi solitari. Mi ha detto mio padre che quelle mangrovie erano piene di pappagalli colorati, scimmie di diversi tipi e che mai più si sono visti quei granchi azzurrissimi dalle pinze bianche.

Esa

Hay canciones que quedan sonando en la cabeza por siempre. Palabras y curvas sonoras que labran un surco profundo en el terreno fértil del cerebro joven. Canciones que se convierten en la luz del alumbrado público que entra a través de una ventana abierta y se filtra por una delicada cortina blanca que se mueve con el viento que sopla a las 3 de la mañana. Una tonada que permanece inmóvil en una espiral de humo, en una sonrisa, en la calle que acompaña el camino a casa a la misma hora, con los mismos perros y las mismas palmeras. El eco de una voz que se convierte sin querer y sin avisar en el narrador de los propios pensamientos, de lo que va pasando, y hace de cada segundo vivido un aforismo genial exclusivo y único. Esa voz hace que el asfalto húmedo que brilla con los faros traseros de los pocos carros que pasan, se convierta en el escenario perfecto para contar la vida. Esa melodía que relata sin palabras el gesto de una matrona negra que clava su mirada en la nuestra mientras pasa. Esa nota precisa, especial, que sonará por siempre en el momento menos esperado y que nos transportará inmediatamente a esa misma calle cómplice del divagar.  Han pasado años, los siento en mi piel. La gente me dice que soy joven todavía, no les creo, ahora que conozco el paso del tiempo. La gente me dice que la vida es hoy, que el mañana será aún más bello, yo no les creo. No sé qué tiene el pasado que sabe encapsular la belleza, sólo la belleza, lo más sublime, en esa atemporal tonada inolvidable.

Oreztar Sud

Quiero contarles de un encuentro particular que tuve algunos años atrás y del cual aún no logro recuperarme. Quiero aclarar que cuando digo “recuperarme” no me refiero al recuperarme de un daño, sino de una impresión enigmática. Todo sucedió al sur del sur, tenía una cita a las 9:35 de la noche en un no-lugar, un observatorio astronómico situado entre dos pequeñas localidades: a 40 minutos en carro de un caserío donde habitan cuatro familias y a una hora y media del siguiente pueblo, de apenas 300 habitantes. Yo provenía de la capital, una gran metrópolis de más de 10 millones de personas, tomé el autobús 32 horas antes y atravesé en esas 32 horas unos 1700 kilómetros. La indicación que tenía era bajarme en Oreztar, en la vía a Imangú, según la invitación el conductor del autobús debía saber la ubicación del lugar. Efectivamente así fue. Cuando el conductor se detiene y anuncia Oreztar, a eso de las 9:15, me levanto sobresaltado y me doy cuenta que soy la única persona que debe bajar en este paraje. Tomo la mochila que había depositado en el compartimiento superior, y noto cierto estupor en los rostros de las 7 personas que viajaban en el mismo bus. Veo por la ventana pero no se ve nada, sólo la oscuridad de la noche, se me hizo extraño. Estando a punto de bajar, el conductor abre la puerta y un frío visible entra como una ráfaga, apenas pasa, trato de vislumbrar el lugar. Un escalofrío me corre por el cuerpo y no precisamente por las bajas temperaturas. Miro al conductor buscando sosiego, él sólo responde “Oreztar”. Trago en seco y bajo del autobús, que no habiendo puesto un pié en la carretera húmeda, arranca, dejándome abandonado a mí mismo. Las luces rojas se alejan pintando a su paso el paisaje de un tenue color rojizo violeta. Tomando la última curva que se perdía detrás de la colina, el conductor sonó el pito, como despidiéndose, como diciendo “ahora te quedas sólo”. Terminada la curva, el autobús, la luz rojiza violeta, los 7 pasajeros y el conductor, eran ya parte de otra realidad. Ahora sí, mi realidad: pequeñas montañas calvas se levantan de la tierra a mi izquierda “al norte”, al fondo de mi visión “al oriente”, detrás de mí “al occidente” y a mi derecha “al sur” las montañas se abren cada vez más, tanto que al fondo se logra ver el horizonte recto. Hay árboles, pero sobre todo hay cactus, poca vegetación. Hay una cruz en la cima de la montaña que está delante de mí, y justo detrás una luna menguante ilumina débilmente el cielo. Debajo, veo cuatro cubos blancos, que con un esfuerzo visual puedo pensar que son casas, y probablemente el lugar de mi cita. La invitación decía que debía dirigirme a la segunda casa. Eso hago. Mis pies van dejando huellas en la arena, estoy en una especie de desierto helado. Al llegar al lugar, noto que los cubitos eran eso, cubos blancos o casas sin ventanas, sólo una puerta. Me dirijo a la segunda casa, toco a la puerta, pero nadie abre. Espero unos minutos y lo intento de nuevo, mientras tanto las articulaciones de mis dedos se congelan por el frío, no hay respuesta. Voy a la primera casa, no hay respuesta. En la tercera logro ver una delgada línea de luz que marca el contorno de la puerta, la desesperación hace me hace tocar la puerta en un modo brusco, pero no me percato de ello. Alguien abre a la puerta. Aparece una mujer de unos 80 años, aunque a decir verdad aparenta unos 60, su piel es tersa aunque tenga arrugas y su pelo brilla y es abundante aunque sea completamente blanco. Está temblando. En su rostro veo angustia, ansiedad, rabia, irritabilidad. Me habla en una lengua extraña, casi gritando, disparando sílabas por segundo. No logro decir nada, cuando la puerta se cierra violentamente en mis narices. Todo vuelve a ser completamente silencioso, congelado, estático, lejano, abstracto, oscuro, solitario, vacío. Me dirijo hacia el segundo cubo, levanto la arena con mis pies, y no puedo dejar de pensar en lo absurdo que es el desierto helado. Me siento en el suelo con la espalda apoyada en la arena, y ruego al cielo que la temperatura no siga bajando, aunque sé que es poco probable, mi mente está preparada para lo peor. El reloj marca las 11:22. Las luces de un carro provienen de la curva donde desapareció el autobús. Trato de pensar que no viene para acá, que va a seguir de largo, deseando en cambio que venga aquí, que allí dentro venga la persona a la que debo encontrar. El carro se acerca lentamente, ilumina a su paso con sus tenues luces delanteras la triste vegetación de la cual resaltan sólo los dignos cactus. Gigantes, erguidos, magníficos, humanos. El carro entra por la carretera destapada que hace unas horas atravesé caminando. Está claro que este es su destino, y sea quien sea, le rogaré dejarme entrar. El carro continúa acercándose iluminando todo, incluidas unas piedras que con la luz brillan azules. La luz ciega mi vista. Me veo sentado frente a la puerta iluminado por el carro, pequeño, ínfimo, enfermizo. Yo en cambio no logro divisar la persona que conduce. El motor se apaga y al mismo tiempo las luces. Escucho la potente respiración del conductor y me parece escuchar también los latidos de su corazón, su sangre pulsar hasta cada una de sus uñas. Abre la puerta, se baja, es un hombre alto, erguido, como uno de los cactus. Me levanto con toda la velocidad que puedo procurar, me arreglo la camisa y me seco los mocos. Saludo con un tímido y tembloroso “buenas noches”. Buenas noches, recibo de vuelta. Entremos, me dice el hombre. En la oscuridad no logro ver su cara, la luna se ha ocultado detrás de unas nubes, y está ya demasiada alta como para iluminar los detalles de un rostro. El sujeto que es unos 20 centímetros más alto que yo, saca las llaves del bolsillo, y se dispone a abrir la puerta. Mientras yo me encuentro embaucado completamente por un olor que mezcla tabaco, vainilla y cáscaras de naranja al halo masculino y fuerte que emana. La puerta se abre, todo está oscuro. Entramos. Oigo los pasos del sujeto alejarse, enciende la luz. Y logro verlo, por primera vez. Trataré de describirlo sabiendo de antemano que fallaré en mi intento. Sus zapatos son negros de suela firme, gruesa. Lleva un par de jeans oscuros. Una chaqueta que le cubre los muslos, verde oscura. Guantes de lana negros. Un gorro le cubre el cabello que sale tímidamente de los extremos, completamente blanco. Su rostro era de otro mundo, ojos achinados y verdes, o azules o grises. Nariz fileña. Labios delineados, húmedos, rosados. Tez morena. Sonrisa cálida. Un rostro familiar pero que al mismo tiempo no se podía asociar a ninguna “raza”.  La edad indescifrable.  Era un hombre aunque parte de sus facciones parecían femeninas. Quizá era una mujer. No lo sé. Lo primero que llamó mi atención fue intentar descubrir al sujeto, aunque señores, eso era lo menos extraño de toda la situación. El cubo, o la casa en forma de cubo, o el bunker sin ventanas y una sola puerta, se iluminó por completo cuando el sujeto encendió la luz, pero me tomó algunos segundos, o minutos, no sé cuánto tiempo ha transcurrido, para darme cuenta que mi alrededor mutaba constantemente, de playas de arena negra a grandes extensiones de hielo, al desierto de tierra roja, todos lugares sin embargo al aire libre, abiertos y sin rastro humano, y era casi la misma hora para todos, no sé bien si el atardecer o el amanecer, pero el cielo estaba pintado de líneas radioactivas amarillas, naranjas, fucsias, azules y la luz impregnava mi rostro y mis manos con una luz oblicua. Todos los escenarios eran casi paradisíacos, el edén en todas sus presentaciones, los árboles de cuerpos violetas se derretían y se convertían en rocas gigantes o en arena amarilla, el horizonte dejaba de ser agua para convertirse en dunas o un musgo infinito. El sujeto permanecía inmóvil en un mismo sitio, mientras sonreía al observar mi reacción atónita imagino. Una banal conversación se dio entre nosotros, talmente banal que repetirla sería estúpido, ya podrán imaginarla, yo pregunto dónde estoy, qué es esto, quién eres, y él responde en modo enigmático. A estas preguntas no obtuve una respuesta satisfactoria. En un momento el sujeto, se aleja, da la vuelta y camina hacia atrás, en ese momento el entorno era un bosque de árboles altísimos, alcanza la rama de una especie de pino sin hojas, y cuando la tira hacia sí, tratando de arrancarla se convierte en una tetera que pone en el fuego de una cocina, y nos encontramos entonces en una cocina, un único ambiente de una casa de paredes de barro pintadas de cal, una sala con un sofá de cuero, una puerta entreabierta que va a un pequeño baño con letrina, dos camas solitarias cubiertas con edredones de lana colorada tejido a mano, y una pantalla larga y ancha como una pared con radares y puntos brillantes azules, rojos, amarillos y verdes. “Entonces, cuáles son las condiciones ambientales del planeta en cuestión?”

Machiavelli

La televisión está encendida y sintonizada en una cadena alemana. Pasan un programa sobre volcanes y lava. El ruido visual de la débil señal del viejo cable hace que el azul se mezcle con el rojo y las formas humanas sean casi imposibles de reconocer. Son las 20:11 del 20.11. En el hotel Machiavelli, la cama está cubierta con un edredón dorado que se combina con las cortinas doradas y rojas, y todo el ambiente trata de rememorar el siglo quince, época dorada de la Florencia dei Medici. Fuerte contraste con el siglo veintiuno que corre por la calle di Via Nazionale. De la habitación contigua se escuchan voces que hablan y ríen. Desde la ventana veo la ventana de enfrente, la única con las cortinas abiertas. Una cama blanca espera en una habitación iluminada tenue y sugestivamente, una figura masculina merodea, busca, da vueltas inquieto. En Madrid llueve, en París se oyen guitarras, en Nueva York se saluda a la familia real, en Génova los hombres se aman. Mientras avanza la noche, todas las voces se apaciguan, también las trompetas de antaño, también el vino que se versa en las copas, e incluso las sevillanas se van a dormir. Queda sólo el ruido estático de la electricidad del frigorífico, el ascensor que sube y baja vacío, y un carro lejano que va a buscar algo no sé dónde. Este texto quiso nacer como un elixir de la noche fiorentina, pero en lo que va, es sólo un enmiendo de las culpas de quien escribe. Frases incongruentes que le vienen a la cabeza en un ambiente que algo inspira. Sensaciones materiales de un plano vivencial que esconde un secreto. Una habitación que no tiene puertas aparentes, sólo la conciencia de que existen en algún rincón de lo no-virtual.  El teclado me pide paradigmas y sintagmas, sintaxis y semántica, conceptos, relatos, algo que quede escrito para la inmortalidad de los hombres, algo que perdure 500 años como el Príncipe. Yo al teclado le pido al menos una pista, pero sus símbolos son plásticos y requieren de la combinación, del cerebro y la imagen, del lenguaje. El teclado es un medio del computador, del internet, y ambos un medio del lenguaje, y el lenguaje el medio de la mente para llegar a otra mente. Lo abstracto desea ser atrapado, encapsulado, condensado y encarcelado para siempre en una simple ecuación. Todo es lenguaje, y todo lenguaje es prisión, por tanto Todo es prisión. Estamos encerrados en el todo, con la ilusión de algún día ser libres en la nada eterna. Un hombre ríe y su risa retumba en la habitación, irrumpe en el pensamiento del escritor, interrumpiendo sus frases incompletas, susurra algo incomprensible y lo entrega a la imaginación del escritor que no sabe qué hacer de ello, teclea un punto. Pasan largos minutos desde ese último punto. Sólo un espacio entre caracter y caracter elimina el tiempo en el que el escritor se pierde, se avergüenza y se frustra buscando palabras para continuar su inocuo texto. El escritor se siente fracasado, y emerge la tentación de borrar cuanto ha escrito con una rápida combinación de teclas. Selecciona todo el texto, Cmd+A. Ubica su dedo índice sobre la tecla Delete, ←, mira atentamente la pantalla, toma un respiro profundo. La lava inicia a desbordarse del viejo televisor.

Domingo por la tarde

No sé si será el antiguo ambiente familiar que se respira en el aire dominical, o el casi olvidado rito solemne católico que invita a misa y al descanso en el séptimo día, o la consciencia de que mañana es lunes y reinicia el trabajo, lo que hace del domingo un día cargado de melancolía. Las calles vacías y silenciosas, abuelos y niños en la plaza, ropa tendida en los balcones. Un viento suave que entra por la ventana y se va silencioso después de recorrer toda la casa. La guitarra que no se deja afinar. Perfume de mujer adulta que recuerda su juventud. Hombres ancianos en compañía. En fin, las caras de la gente hoy se me hacen lejanas y se descomponen en adjetivos lúgubres al pasar, las campanas de San Lorenzo suenan tan tristes que casi puedo sentir su olor a hierro milenario desde aquí. Pienso en los amigos y en los amores, y en los verdaderos amigos y amores, hoy los desconozco todos, y de la marea de gente que mi mente ha codificado con el paso de los años sólo unos cuantos rostros permanecen inmóviles ante la verdad. Siento la soledad en la carne, en el cuerpo, y deja de ser un estado mental o del alma (?) para convertirse en un ente físico, un bloque de cemento pesado dormido en el medio de mi sala medieval. Facebook se desliza hacia el pasado. Los platos aún están por lavar, y aún así bajo y recorro las calles del centro buscando un lugar donde hallarme en esta tarde de domingo, se me ocurre ir al McDonalds, extraño lugar pensarán ustedes de esta trágica escritora solitaria, sobre todo para una que vive en uno de los lugares con mejor tradición culinaria del mundo, extraño es efectivamente ir a meterse en un lugar aséptico y artificial como el McDonalds, frío, lejano, con olor a plástico frito, y mientras lo describo y más imágenes me vienen para enriquecer el cuento y justificar mi estancia en susodicho lugar, más me convenzo de que es el lugar perfecto para el spleen del siglo xxi. Allí se reúnen los personajes más absurdos, más insignificantes e inocuos y por tanto extravagantes. La satanización de la que ha sido víctima la famosa cadena de comidas rápidas en los últimos tiempos y su descenso de “lugar de encuentro familiar” a “bassissimi prezzi”, lo han convertido en un lugar odiado y evitado por los intelectuales y gente de bien que conozco, o mejor dicho por la gran mayoría de mis amistades, gente de razón, gente culta, gente que prefiere comer las papas y los tomates de su huerta que cualquier cosa proveniente de las cestas transgénicas de Ronald McDonald. Ha de ser por esto, que entrando al McDonalds siento que me ensucio de mundo real. Los bares bukowskianos se los dejo a los cantautores y a los poetas. Encuentro un banco solitario que da contra una pared, y como mi intuición lo presentía en cuestión de segundos personajes tan diversos como extraños empezaron a pasar con sus bandejas, la mujer de 60 con vestido negro de escote y pelo desteñido, el hombre anciano con peluca negra al estilo Nino Bravo, los novios japoneses con barros juveniles en las frentes, lentes de aumento y camisetas con nombres de universidades gringas. Termino mi merienda y salgo, igual de desubicada pero con algunas palabras en la cabeza, ninguna historia. Por la calle se mueven las sombras de aquellos que en la playa disfrutan de los últimos días de verano.