Porqué?

Porqué me quieres tú?
Viandante incansable,
jinete gitano,
trovador de las montañas,
marinero vagabundo,
lector nocturno,
escritor de lo ficticio,
amante maldito,
shaman frustrado,
profesor de viejos,
diamante en bruto,
artista de lo efímero,
pintor del movimento,
pianista desolado,
cantante de la contradicción,
brujo enamorado,
madre sin útero.

Porqué cuando nos juntamos…
nacen niños,
se rompen guitarras,
se engendran ficciones,
se trazan abismos,
tiemblan los libros,
se queman casas,
amenaza la muerte?

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Cuentas

Y si hiciéramos una cuenta atrás…
y pensáramos en todos los momentos compartidos?
Hasta dónde nos llevaría?
Emergerían de la memoria, los buenos y los malos,
algunos importantes y otros quizá insignificantes.
Otros ni siquiera vendrían a nuestras mentes.
Algunos los pensaría yo, y otros los pensarías tú.
Muchos permanecerían latentes debajo de la piel,
aunque no se materialicen en imágenes o palabras.
Empezarían a confundirse sueños y deseos con momentos reales,
y no sabríamos distinguir cuáles son los unos o los otros.
Quizá no nos acordaríamos de todos los momentos,
y otros probablemente ya los habremos olvidado.
Entonces nos damos cuenta de estar encerrados en la jaula de lo posible,
mientras lo virtual subyace en algún lugar inimaginado.
Allí viven todos aquellos posibles caminos que hemos aún de tomar,
o que incluso hemos ya recorrido,
o que tal vez estemos recorriendo.
Lo triste,
lo realmente triste,
es que de nada sirven,
si al final de la noche
nos descubrimos – cada uno –
solo o sola,
anhelando.

Primeras Conclusiones

A los cinco años me fascinó un libro que había en casa “Lugares Maravillosos”. Contenía fotos e información histórica de los más destacados sitios arqueológicos del planeta, los clásicos. Quise saber desesperadamente quién en el mundo tenía el trabajo de estudiar esos lugares. Cómo estás personas lograban mirar al pasado con tanta claridad. Pregunté una noche a mis padres, que estaban sentados en los mecedores de la sala. Me contaron que había personas que dedicaban sus vidas a estudiar el cambio de las civilizaciones en el tiempo. Mi padre, el veterinario, trabajando en el campo, hallaba continuamente tumbas indígenas, ollas en cerámica y hasta joyas. Fue él quien me explicó sobre algunos métodos usados para calcular la edad de un material. Mi madre, apasionada de la cultura, me contó innumerables historias y leyendas de los indígenas de nuestra región. Esa noche descubrí lo que era la arqueología: el estudio de lo antiguo. Quiero ser arqueóloga! dije al día siguiente en mi colegio. Mis compañeras no entendían qué significaba esa palabra tan difícil de pronunciar. Mis profesores en cambio no daban crédito alguno. Todavía quiero ser arqueóloga. La vida me llevó por otro camino, no muy distinto, o al menos, creo que inconscientemente siempre he tratado de volver a girar la línea de mi vida hacia esa rama científica. Voy siempre en busca del pasado. Quiero siempre comprender la evolución de algo. Cómo fue que llegamos hasta aquí. Sigo investigando, y aunque siempre lo hice quizás sin darme cuenta, hoy investigo en ámbito formal y académico. Sin embargo, sólo ahora me doy cuenta, que hace 25 años, yo ya había elegido el rumbo de mi vida.

Algo similar, me pasó a los 14 años exactamente. Mi compañera de escuela Roxana Durán, con quien estudié desde los 5 años hasta los 16 en la misma escuela, durante esa época trajo unas joyas para vender entre las compañeras. Eran anillos, cadenas y pulseras de plata. Entre su surtido había un anillo un poco más grueso de los demás, con un particular entramado. Tenía un aire lejano, casi árabe. Fue la única prenda que me interesó, y apenas lo probé en mi dedo anular de la mano izquierda, encajó perfecto, como si estuviera hecho a mi medida. Ahorré durante todo un mes del dinero de mi merienda, para comprarle el anillo a Roxana. Bueno, 15 años más tarde, aún lo uso, siempre en el dedo anular de mi mano izquierda. Desde entonces, y todos los días de mi vida, prácticamente sin excepción, lo he utilizado. Nunca lo he perdido. Aunque he pasado algunos sustos. Acercándome a los treinta, y viviendo en un país extremadamente católico y anticuado, en cuánto a relaciones sentimentales se refiere, veo que la mayor parte de las personas de mi edad usan el anillo de matrimonio. Mis padres no lo llevaban, porque no estaban casados, aunque esto me lo confesó mi padre sólo un par de años después de la muerte de mi madre. Por otra parte, quizá porque es una prenda costosa, en Colombia no vi a nadie nunca utilizarlo, o quizá nunca me fijé. Ahora que lo veo en las manos de mis compañeros, profesores y colegas, me causa cierta curiosidad, pues parece que la gente necesita ratificar ante la sociedad que pertenece a alguien más, que tiene un compromiso. Un día, imaginando una hipotética boda mía, pensaba en si llevaría este anillo o no. Miré el dedo anular de mi mano izquierda, y allí estaba, el anillo que a los 14 años me compré a mi misma. Entendí que a esa edad, cuando recién vivía mis primeras menstruaciones, ya me había casado, conmigo, con mi independencia, con mi sueño de ser arqueóloga, con mi belleza, con la promesa implícita de que nadie nunca me habría colocado un grillete, aunque fuera minúsculo y de oro.

Un flamingo en la cocina

La recuerdo entera. Recuerdo cómo mis dedos minúsculos se aferraban a sus muslos, mientras mis uñas sin querer se hundían en su piel morena. Mis brazos enteros daban la vuelta a sus piernas, y mi cara se amoldaba a la forma de sus caderas y de su vientre. Su voz me miraba siempre desde lo alto, eligiendo en perfecta resonancia las palabras precisas que se amarraban una después de otra. Recorro su espalda y veo cada una de sus vértebras cuando estaba sentada desnuda, sin sostén, corvada en el borde de la cama, pensando, observando sus pies. Los pies de su abuelo, largos y delicados, con el segundo dedo más largo que el pulgar. Cuando cocinaba encendía la radio y la sintonizaba en la emisora de los vallenatos y porros viejos. Solía plantar el pié sobre el muslo y quedarse en perfecto equilibrio como un flamingo rosado de la Guajira, luego con calma cambiaba de pié y seguía cocinando, tarareando. Iba siempre descalza, como queriendo sentir con sus pies todas sus raíces, todas las vibraciones del suelo, el calor de los pasos que habían recorrido esa casa, la misma de Pau Pau. Recuerdo sus senos y cuánto quería que fuesen míos. Esas tetas fuertes, de matrona imponente y de madre joven. Un poco más abajo su ombligo, que me parecía siempre la profundidad que no habría alcanzado nunca. Apretujaba mi rostro contra su panza queriendo entrar por allí, y quedarme en sus entrañas, y vivir ahí, para siempre, pero no lo conseguía. Sin embargo, al cerrar los ojos, y con un poco de concentración, lograba hipnotizarme con el sonido de su corazón, que vibraba en la punta de un pétalo invisible, tan claro y tan fuerte, que si por un momento dejo de escribir y cierro los ojos, lo siento, y mi corazón se agita queriendo sonar al unísono. Entonces, metía sus manos perfectas entre mi pelo y me lo enmarañaba riendo, abría los ojos y buscaba los lunares de sus manos para asegurarme una vez más que era ella, y era ella! Así, de un lunar a otro, subía por sus venas por sus delicados brazos. El izquierdo marcado por una cicatriz de varicela. Subo un poco más y encontraba cómo en su cuello se anidaban tantas esperanzas. Entonces veía su cara, con un poco de temor y vergüenza. Mirarla a los ojos era confesarse. A veces, cuando algo turbio daba vueltas en mi conciencia, le quitaba la mirada, segura de que ella leía mis pensamientos. Sí, los leía. Con esos ojos negros grandes y brillantes, que ocupaban mitad de su cara, sólo para dar paso a una boca dibujada por Dios y una sonrisa que cuando alumbraba, y no era siempre, se podían ver con claridad todas las praderas del porvenir. La recuerdo entera, y ahora me pierdo en su cabello negro largo, cabello de negra, enredado, interminable, como ella.

La hora de la nada

Y bien, has vuelto. Qué vienes a buscar? Símbolos negros sobre un espacio blanco que den sentido a algo? Algún significado? Una pista? O quizás belleza, poesía, un refresco para el alma? En el segundo que marca la diferencia entre un día del otro, escribo esto para llenar un espacio vacío que hay en mi cerebro. Los últimos dos días han sido un fluir con un único sol y una única luna, y aún así se cuentan 48 horas. Así mismo se dividen dos años, pero la división del tiempo es sólo una división mnemónica, visual, abstracta, el tiempo no se puede cortar, su fluir es constante, como el sonido de nuestras palabras que se tocan con la otra haciendo de nuestros discursos una cascada constante. Las palabras y cada uno de sus significados las dividimos en nuestras mentes, en un segundo o tercer momento, sólo cuando necesitamos detenernos a hacer cuentas, a pensar bien. Luego están las comas, los segundos, los punto y comas, los dos puntos, los minutos, los medios días, y los días, las noches, los meses, los signos exclamativos, los años, los párrafos, las comillas, los paréntesis, las canciones, los semáforos, los ritmos, el latido del corazón, la respiración, una palabra, una sílaba, una frase, una tarde, este texto. Abres esta puerta buscando algo, a mí quizás, a mi fluido de pensamiento, al tiempo que he dedicado a este momento, que señala el límite entre el hoy y el mañana, o quizás tu estás tratando de darle sentido a este espacio de tu tiempo… que no llega, que no se llena, que está en blanco, como el espacio que sigue después de cada letra. Con qué quieres que lo llenemos querido lector? Con un pensamiento mío o con un pensamiento tuyo? O porqué no, con un pensamiento de ambos? Será posible crear un pensamiento único sin que esto sea una dictadura de quien escribe? Un pensamiento tornasolado, que se mueva y cambie de color, que brille y deje espacios de luz que bañen la cara, un pensamiento que pueda tomar cualquier forma, que entre por los ojos y los oídos, la boca, la nariz, que toque la lengua y agite el pelo, baje por el cuello hasta los pies erizando cada poro de la piel, vuelva y suba y se meta en el pecho, y lo empuje, y bombee vida, y sangre y calor, y te haga respirar y exhalar estrellas. Esta es la hora de la nada, en menos de un segundo será un nuevo día, y no notarás la división, porque el tiempo no se detiene, ni la vida, ni la energía, ni el pensamiento y así, este texto se queda sin punto final

Mi guardi bene gli occhi

Cercare nella storia l’elemento che non si vede. Assumere il presente come si assume il partito che ha vinto l’elezioni. Raccogliere le rovine del futuro. Osservare la vita come un perimetro che limita le possibilità. Da qualche metro in lá ci sono le impossibilità. Verso est quello per cui non si ha più tempo, verso ovest quello per cui non si hanno più le forze, verso sud quello che hanno fatto gli altri, quello che non è più originale, verso nord quello per cui non si ha più voglia, quello che ormai sembra senza senso.
Hai il tuo passaporto in mano: non riconosci la lingua in cui è scritto, nè la tua naturalità. Le date sono geroglifici futuristi. L’unica cosa che capisci è il soggetto della foto. Sei tu. Consegni il passaporto al Gendarme della frontiera.
Gendarme (senza staccare lo sguardo dal passaporto): Occhi marroni
Dentro di te, irritato: Non sono marroni. Sono verde oliva oscuro.
Vai alla pagina numero 33 e vedi che è vuota, qualche pagina fa non ce ne sono più timbri, più segni, più date, più entrate, più uscite. O+ il tuo sangue, quello più comune.
Nello sguardo del gendarme trovi l’indifferenza. Cerchi disperato nelle pagine del tuo passaporto un filo logico, una narrazione, qualche cronologia. Un personaggio c’è, e un tempo, una data di rilascio e una scadenza.
Gendarme: Che ha fatto il 18 aprile del 2011?
– Non ricordo
Gendarme: Con chi si trovava?
– Non ricordo
Gendarme: Dove si trovava all’ora del tramonto?
– Non ricordo
Gendarme: Riproviamoci. Il 25 novembre del 2014 lei doveva essere in Argentina, giusto?
– Si.
Gendarme: Con chi si trovava?
– Forse con la mia ex.
Gendarme (sospira impaziente): Forse…    Cosa ha fatto fra le 9 e le 12 ore?
– Non ricordo
Gendarme: Cosa ha fatto al pomeriggio?
– Non ricordo. Mi permetta controllo sul telefono, forse trovo qualche foto.
Gendarme: Non è possibile. Il suo telefono è confiscato. Lei dovrebbe ricordare. Dico, sono i giorni più importanti della sua vita.
– Ma non sono i giorni più importanti della mia vita!
Gendarme: Lei pensa questo, ma nei nostri quaderni, Lei, nel corso dei suoi 11.680 giorni di vita, ha un accumulato di 23 giorni P.I.V, cioè, logicamente: Più Importanti della Vita.
– 23?
Gendarme: 23.
– Ma che è successo in quei giorni?
Gendarme: Lei dovrebbe sapere. Non è compito nostro rivelare questa informazione.
– Ma si sta parlando della mia vita!
Gendarme: Appunto. Pare che non gli interessi molto.
– Faccia dirlo a me! Se m’interessa o no la mia vita!
Il gendarme riconsegna in mano il passaporto chiuso.
– Mi guardi bene gli occhi! Non sono marroni! Sono verde oliva!

Configurazione #1

Non ho mai pensato che potevo avere il meglio,
Allora ho scelto sempre il peggio.