Vía 40.22.47

Hay algo en esta ciudad que me embrutece,
sus ventanas sórdidas,
sus ganas de hacer nada,
su necesidad de aparentar,
los pobres sentados bajo el árbol,
viendo sus piés engordar, y sus uñas clavarse en sus dedos.
Veo los niños jugar con la basura
y a las mujeres parir niños de hombres sin cara
de los cuales se niegan a dar el nombre
y dan a sus retoños el nombre del abuelo.
Veo a los hombres jóvenes limpiando los vidrios de los carros
mirando a los ojos a otro pobre igual que ellos
del cual obtendrá una moneda para comprar el pan
que alimentará al niño de pelo desteñido que duerme en los brazos
de la muchachita que espera otro niño
que dormirá -también él- bajo la sombra del único árbol del bulevar.
El sexo mismo es la única recompensa de la existencia,
hijos y enfermedades son meras consecuencias del acto,
como cagar después de comer.
Detrás de las ventanas,
las escuálidas luces de neón iluminan la sala
con la televisión encendida,
y a veces entre comercial y comercial
la familia entera habla entre sí,
de los gritos del vecino que le pegó a la mujer,
de las cuchilladas que esta le clavó en el hombro,
del niño que se cagó en la terraza de la casa frente a todo el vecindario,
del usurero que llegó a cobrar a las malas,
del tío abuelo demente,
del cantante periquero,
del celular de moda,
del pelo de la otra.
Sí, he estado en este lugar,
hoy y ayer también,
no veo esperanza para ellos
los que no toman posición,
los que no quieren leer,
los que comen, copulan y ven por la ventana.
Y no hay esperanza para nosotros,
los que vemos,
tan sólo vemos,
con o sin cariño,
creyendo que algo hacemos,
creyendo que un día algo cambiará,
creyendo que no somos nosotros,
los que comen, copulan y ven por la ventana.

Brotar

Si te hubiera amado más
si te hubiera dicho cuánto te necesitaba
si hubiera entendido que tu visión de la vida había atravesado el umbral del ego,
ese espejo clavado en la nada que refleja únicamente la propia cara.
Si hubiera entendido que ya tú estabas del otro lado,
observando el mundo,
observando a mi hermano,
observándome.
Si hubiera tenido la lucidez para ver que ya habías trascendido
y que no me quedaba más que acurrucarme en tu vientre,
dejarme abrazar por la vida en su estado más sublime,
de la vida consciente de su mortalidad,
de la tragedia en estado puro,
cuánto no habría aprendido,
cuánto no nos habríamos amado.
Habría compartido contigo el pan de la vida,
y habríamos comido las dos,
y habríamos sonreído con las lágrimas en los ojos
brotando
como estrellas que se reflejan en la suave corriente de un río.

Vagabunda

Porque yo siento que si no hago música no estoy haciendo nada,
Qué son estas letras comparadas a tus notas?
Porque yo siento que no puedo enamorarme,
que estoy jugando al juego de siempre
con una baraja nueva.
Veo las nubes teñir de negro el mundo e imagino que en otro lugar
el sol brilla para otros.
Me imagino una casa, la que no tengo,
la que quizás un día podré habitar,
y la añoro tanto como a mi madre muerta.
Escucho la música y leo mensajes de texto en el móvil,
y veo gente nueva que está queriendo desnudarme,
así, sin permiso,
sin resistirse a la tentación de navegar en mis aguas más turbulentas.
Veo a los unos y a los otros quitándome la piel
para hurgar todos mis interiores.
Y yo los dejo.
Mis martirios los regalo, los dono,
al hambriento, al solitario y al necio.
No hago música, no puedo enamorarme, no tengo casa,
no busquen aquí lo que no van a encontrar.

Final

Quisiera morir estrangulada por las manos de un pianista
escuchar la dulce melodía del final
cuando mi cuerpo abandone la lucha y se entregue al infinito.
Sentir sobre la piel fina de mi cuello
la delicadeza con la que el pianista tocará la última nota,
la que lo obliga a contener el aliento,
sobre la que deja caer todo el peso de su cuerpo
con la ligereza de una pluma inmóvil en el vacío.
La que vuelve del crescendo satisfecha y cargada
pero con necesidad de clausura.
La que dejará en el aire su estela,
el recuerdo vivo de toda la partitura
en los oídos del público cósmico.
La que calmará el silencio de las almas,
la que hará de esta humilde vida
una sonata magistral.

Cúbico

Un cubo de silencio
sentado entre nosotros
de Samla Mammas Manna hacemos nuestro mantra,
la luz de plástico crea un set cinematográfico,
y el mundo que se filtra por la ventana ya no nos espera.
El infinito siempre implícito en tus ojos
el viernes por la tarde, y el domingo por la mañana.
Todo parece tan claro – tan obvio –
también el cubo de silencio.
No, no es inerte
está hecho de energía
y en silencio nos habla
nos muestra el futuro.
Tú, en busca de tu canción,
yo, con mis juegos nocturnos en el bosque de la mente.
Nosotros,
sentados en el suelo de mi habitación,
en un bus donde atardece,
en un avión hacia el absurdo,
acostados en la cama viendo la geometría del universo mutar en el techo,
con nuestro cubo de silencio tendido entre los dos,
reflejando nuestros ojos
los tuyos,
los míos,
los mismos.

Carta al No

Viste, esos pudimos ser nosotros.
Una incómoda línea vertical para los ojos del mundo.
Un presente de lava volcánica, primaria, ardiente, real.
Mensajeros del tiempo, sabios del futuro, ermitaños de la verdad.
Testarudos del destino, convencidos del sueño.
Dos seres desnudos que luchan uno contra otro en el lodo de sus virtudes.
Cultivan el jardín del otro, sólo porque así crece el propio.
Ríen juntos del absurdo de la vida, y lloran juntos cuando el fuego arrasa.
Pero ya ves lo que en cambio somos.
Somos el No, somos el miedo, somos el ego puro.
Somos el destilado de lo peor de la dizque humanidad.
Somos el lado más oscuro de lo real.
El que vive esperando algo mejor.
El que bebe de la retórica.
El que no escucha al otro en su esencia, sino en su utilidad.
El que prefiere caer en el vacío que dar la mano para sujetarse.
El que deja caer al otro en la fatalidad del No,
para no dar la mano,
para quedarse con todo.

(forse)

Forse non importa,
anzi,
non importa,
senza forse.