Archivo mensual: abril 2014

Un Dios Abstracto

Te quedas quieto frente al ruido blanco del televisor. No hay nadie en la sala. Las frecuencias sonoras aturden tus oídos. Quieres creer que piensas pero en realidad tu cerebro se encuentra absorbido por vibras hipnóticas artificiales. Balbuceas algo en tu cabeza. Entiendes tus propios pensamientos? Las palabras se atoran en la parte alta del pecho. Tratan de salir pero se quedan atrapadas entre las cuerdas vocales. Te das cuenta que nada te separa de ti, que estás atrapado en aquello que crees que eres. En la mentira que te has construido por tantos años para sobrellevar la existencia, o quizá para sentir que existes. Entonces comienza la desesperación y la angustia. El corazón late como quien huye de algo, pero nadie está al acecho. La incertidumbre de la soledad, de la composición del cosmos, de la razón del pensamiento y del poder destructivo del ego, se conjuga como un credo vacío. La maravilla del Universo permanece lejana de la sociedad y cada minúscula parte de ella. Sabes ahora que el mundo conocido es la virtualidad que se ha creado el hombre para sí mismo. La banalidad nunca antes había alcanzado tal grado de importancia y pertinencia en el seno de la misma cotidianidad. Cada día que pasa aleja la posibilidad de un reencuentro sincero entre el ser y los seres. El artificio aísla al humano de su estado primitivo, no aquél que nos retrocede a la condición animal, sino aquél que nos contempla dentro de la energía que recorre cada átomo y molécula que componen el todo.  Nadie nunca pudo hablar de Dios.

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Hubiera muerto yo

Si no fuera por esa camisa colgada detrás de mi puerta que aún guarda su perfume, la locura y la desesperación ya habrían devorado mis entrañas. El sonido hueco que retumba en cada esquina de la casa no hace más que amplificar la ausencia. Esa ausencia que entre más pasa el tiempo, en lugar de aminorarse, sólo se hace más presente y el espacio vacío que ha dejado aquél que se fue se remarca cada día entre recuerdos que aunque lejanos sólo delimitan aún más la línea divisoria entre el que no está y el que permanece. Antes de su partida, pensaba que la ausencia de la gente era la desaparición completa de su ser, sin embargo, ahora que experimento en carne propia lo que se siente el haberse quedado, me doy cuenta que la vida de esa persona se ha hecho en cambio más valedera, más fuerte, más presente. Curiosa la palabra presente – y vuelvo a usar la itálica – pues aunque su significado pretende literalmente hacer referencia al tiempo actual, el tiempo que corresponde al mismo en el que se habla, nunca estamos realmente en el presente. Como ahora. Aunque esto, por supuesto, lo leerán ustedes en el futuro, es decir, este mismo instante, que mientras leen ya para el autor es pasado. Pasado es también el día en que quedó la camisa colgada detrás de la puerta, la carta escrita que encontré hoy moviendo cosas viejas, los zapatos que ha dejado guardados por allí, y cada una de las letras que encuentro revisando entre sus cuadernos, papeles y agendas. Pero, cómo puede ser pasado si su vida hoy se hace para mí más presente que nunca, ni siquiera como cuando estaba aquí. Me doy cuenta ahora que estaba a mi lado prescindía de su ser, le miraba a medias, o le amaba a medias, no con mi todo. “Qué belleza eres” me decía, cuando pasaba un tiempo largo sin vernos, o cuando alguien más le hacía caer en cuenta de mi belleza, irónicamente no cuando me tenía al lado mientras veíamos televisión por las noches; debe ser porque nos habíamos acostumbrado a la presencia del otro, y pasábamos por alto la importancia de la otredad en nuestras cotidianidades. Cuando se fue su vida cobró una fuerza superior, mucho mayor a aquella que tenía incluso cuando luchábamos juntos la batalla de la vida. Y es que con su partida la vida se me quedó a medias, yo me quedé a medias, entonces extraño… No por el hecho de no poder oír su voz y ver su rostro, aunque también, sino porque ahora, sin su presencia, parte real de mi existencia, la ausente soy yo.