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Hubiera muerto yo

Si no fuera por esa camisa colgada detrás de mi puerta que aún guarda su perfume, la locura y la desesperación ya habrían devorado mis entrañas. El sonido hueco que retumba en cada esquina de la casa no hace más que amplificar la ausencia. Esa ausencia que entre más pasa el tiempo, en lugar de aminorarse, sólo se hace más presente y el espacio vacío que ha dejado aquél que se fue se remarca cada día entre recuerdos que aunque lejanos sólo delimitan aún más la línea divisoria entre el que no está y el que permanece. Antes de su partida, pensaba que la ausencia de la gente era la desaparición completa de su ser, sin embargo, ahora que experimento en carne propia lo que se siente el haberse quedado, me doy cuenta que la vida de esa persona se ha hecho en cambio más valedera, más fuerte, más presente. Curiosa la palabra presente – y vuelvo a usar la itálica – pues aunque su significado pretende literalmente hacer referencia al tiempo actual, el tiempo que corresponde al mismo en el que se habla, nunca estamos realmente en el presente. Como ahora. Aunque esto, por supuesto, lo leerán ustedes en el futuro, es decir, este mismo instante, que mientras leen ya para el autor es pasado. Pasado es también el día en que quedó la camisa colgada detrás de la puerta, la carta escrita que encontré hoy moviendo cosas viejas, los zapatos que ha dejado guardados por allí, y cada una de las letras que encuentro revisando entre sus cuadernos, papeles y agendas. Pero, cómo puede ser pasado si su vida hoy se hace para mí más presente que nunca, ni siquiera como cuando estaba aquí. Me doy cuenta ahora que estaba a mi lado prescindía de su ser, le miraba a medias, o le amaba a medias, no con mi todo. “Qué belleza eres” me decía, cuando pasaba un tiempo largo sin vernos, o cuando alguien más le hacía caer en cuenta de mi belleza, irónicamente no cuando me tenía al lado mientras veíamos televisión por las noches; debe ser porque nos habíamos acostumbrado a la presencia del otro, y pasábamos por alto la importancia de la otredad en nuestras cotidianidades. Cuando se fue su vida cobró una fuerza superior, mucho mayor a aquella que tenía incluso cuando luchábamos juntos la batalla de la vida. Y es que con su partida la vida se me quedó a medias, yo me quedé a medias, entonces extraño… No por el hecho de no poder oír su voz y ver su rostro, aunque también, sino porque ahora, sin su presencia, parte real de mi existencia, la ausente soy yo.

Blanco Vacío

Para los amores lejanos no tengo una palabra de aliento,

nos descubrimos sólo como unos románticos fuera de tiempo

luchando a solas,

cada uno en su rincón,

contra la indolencia del viento.

 

Para los amores lejanos tengo sólo palabras que evocan recuerdos,

letras que no alcanzan a habitar el vacío ardiente

de la ausencia viva,

de esos ojos,

de esos labios,

de esas manos,

que en medio de la noche me despiertan con su ingrávida presencia.

 

Para los amores lejanos soy sólo una casa de paso,

una cascada escondida,

una canción en la playa,

una hamaca en la jungla,

un viento suave en la cima de una montaña,

una chimenea en una noche de invierno.

 

Y a mis amores lejanos entrego todo lo que tengo,

para todos soy hermana, puta y madre,

oráculo, yerbatera y musa

porque aunque del monte vengo,

sé ofrecer una poesía, una música, un conocimiento.

 

Pero los amores lejanos sucumben ante el peso de la distancia,

ante la soledad del cuerpo,

ante la resignación de toda espera,

y me rencuentro abandonada y sola,

como un episodio aislado en el camino

de mis amores lejanos.

 

Porque a mis amores lejanos no pido nada a cambio,

soy, entrego y sueño,

crezco, escucho y beso,

conciente siempre de esa esencia que no se junta, no se mezcla

que busca siempre

y que nunca encuentra.

 

Y quizá sea cierto que nos hemos amado,

y quizá ninguno me olvide,

y quizá alguno volverá a saludarme,

y  quizá algún otro me añore,

y quizá aquél otro recuerde todavía mis ojos encendidos.

 

Y quizá seré siempre brújula,

estrella del norte,

diosa amazónica,

sueño etéreo de amor perfecto,

sol del caribe,

más nunca destino

porque todos reemprenden el paso.