Archivo mensual: febrero 2020

Dicha

Querido Sr. Tichy, asegúrate que cuando muera mi belleza quede intacta. Si en mi ataúd me ves y el corazón no se te enciende con mi belleza incluso inerte, te ordeno que sin pensarlo bajes la ventanilla. Luego, apártate o vete de allí, aléjate de mi cadáver y en un lugar agradable saca tu grabadora del bolsillo de tu saco y escucha mi voz, la que has robado de vez en cuando en nuestras reuniones sociales. Trata de hallarme como sólo tú sabes. Habla conmigo y cuéntame entre risas cómo fue el funeral. Cuando tengas ocasión ve a darte un paseo entre bosques de eucalipto, tómate un juguito de piña y toca en el piano alguna canción alegre pero triste, así como soy yo. Ahora, no tomes este texto como una nota premonitoria, estoy sentada en mi oficina viendo las nubes grises cubrir las cimas de las montañas y pienso en el mar que, apacible, observa el espectáculo. No juzgues tampoco este escrito de acuerdo al placer que pueda o no generar en ti, pensando si es bueno o es malo. Sabes que en este espacio, solo tuyo y mío, no hay premios, ni critica social, ni objetivos. Digamos que acá en Xehismo, mi casa intelectual, hay solo espacio para depositar imágenes disruptivas, como por ejemplo, el imaginar de manera casi real mi muerte. Mira, ahora que lo pienso, se me hace hasta natural escribir sin tabúes que estoy imaginando la mañana después de mi muerte física (estoy segura de que moriré de noche), a fin de cuentas, ya nadie escribe de la muerte pues se ha convertido en un cliché y en un tema que es mejor evitar si no quieres terminar siendo visto como un mártir o un romántico sin remedio. Imagina que este texto es perfecto, como la visión de mi último rostro, finalmente en paz y con las palabras que se han apagado para siempre en la Emisora Atlántico de mi cabeza. Imagina, con o sin éxito, que he abandonado la vida biológica y que ahora voy en camino hacia ese vientre universal en el que nos encontraremos desnudos para reirnos de las payasadas que hicimos en este limbo atiborrado de predicados normativos. Vivimos esta vida haciéndonos siempre la misma pregunta: ¿Qué es para mí?. Nos aburrimos del conflicto y de la diferencia, y llegamos a decir “Che cazzo!” cuando no nos alcanzaban las palabras para manifestar nuestro profundo descontento. ¿Qué nos hizo falta de pequeños que ahora deseamos con tanto desenfreno? Yo tengo una única respuesta, la seguridad que te da el tener una casita ¿Tú?. Vamos en la búsqueda del placer continuo, pero no hace falta que te lo diga, el placer es terriblemente aburrido. ¿Viste? Ya estás aburrido tú también. Parece que el único modo de no aburrirnos es volvernos voyeuristas del placer y el malestar de los otros, empezar a ver la vida de los demás bajo el delicado y fino manto de la ficción. Violamos constantemente el sobre cerrado que llega a la casilla postal del vecino, o qué crees que hacían todas esas personas en mi funeral sino exactamente eso? Se regodeaban en el placer que les daba la ficción de mi muerte, o mejor, de lo que fue mi vida, y ahora, al verme ahí atravesada el umbral pero aún presente entre sus cuerpos biológicos, la masturbación llega a su climax. Un bukake ficcional sobre mi rostro sin vida. Por esto te pido a ti, y sólo a ti, que me pudiste ver en vida, y pudiste apreciar mi belleza sin el sesgo que le puede dar un lazo familiar, que cierres mi ataúd si no sientes mi candor. Si por el contrario, una sonrisa se esboza en tu rostro al verme descansar, y sientes ternura y amor, entonces deja que los demás vean que mi valentía no me falló. Que incluso muerta estoy más viva que nunca.

Lo que no dices

Eso que no dices a quien te escucha por primera vez,
lo que se esconde entre el rosal,
el baúl bajo la cama con todas tus pesadillas,
con tus patéticas notas suicidas.
Eso que no sabe quien te observa con ojos luminosos,
la nota discordante,
el hueco por donde entró el gusano a la manzana.
Ahí vivo yo,
entre las espinas y la sombra,
escrita en el pergamino con sangre seca,
la que grita vida,
la que sueña en silencio,
la que no se mira en el espejo,
la que cuenta cada respiro.
Yo soy eso que no dices.
La piedra negra que guardas en la boca,
tu amuleto de paz y guerra,
de amor y odio,
de regocijo y dolor.