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Aria Scura

El otoño llegó antes de lo esperado, la excitación del verano ha quedado atrás, los bailes, los cantos, los pantalones cortos, el helado, las sombrillas enormes de la playa se cierran una a una. Un verano corto para presupuestos cortos. Este año los comensales no llegaron, la crisis, dicen, el pescado se quedó congelado. Los jóvenes volvieron a sus casas. Los amores fugaces no alcanzaron a ver las horas de la madrugada.

Los días más oscuros que de costumbre anuncian la voluntad de la naturaleza, la bipolaridad del artífice que todo lo controla. Las gatas hacen ruido por la noche, raspan las puertas queriendo entrar al calor de la casa. No puedo evitar pensar en aquello que me ocurre en la vida cotidiana, las situaciones, las circunstancias, los lugares, las personas, los paisajes, las maneras diversas de avanzar en el tiempo. No logro llegar a resoluciones concretas, y aquí encuentro un punto de divergencia con la masculinidad, ellos están acostumbrados a los resultados, al inmediato, lograr lo que se tiene que lograr a cualquier costo y más allá de los particulares, los métodos, las personas involucradas, etc. Para la mujer parece ser distinto, fuimos diseñadas para la procreación, un lento transcurso que requiere paciencia y cuidado, es así entonces como actuamos bajo una ética del proceso, donde el resultado será obra del tiempo y la cura. Me intereso pues en el descubrimiento y la discusión de cada momento, gasto mi energía en el tratar de tomar decisiones concientes, caminando siempre hacia donde guía el instinto, el propio horizonte, resulta entonces necesario creer en ese destino que nuestra voluntad nos depara incluso también cuando la neblina desdibuje el objetivo. Como hoy.

Un suspiro. Resistencia.

No se sabe si son las 11 de la mañana o las 5 de la tarde. El día es homogéneo, oscuro, húmedo, la gente ya no ríe, ya no muestra las piernas, es hora de volver a ocuparse del pensamiento. La cosa extraña es que el otoño me persigue, la lluvia, la neblina, las nubes, el gris. Todos se han calmado después del éxtasis. Pronto comenzará el trabajo, el estudio, volverán todos a los quehaceres cotidianos, el fin de la libertad. Para eso sirve el verano, dejar andar la cabeza en un mar cálido, tomar el sol para llenarnos de energía como los lagartos, beber, reír, andar desnudos, copular, hablar hasta altas horas de la madrugada bajo las estrellas… pero este año el verano fue corto, cortísimo. Tragedia. No fue suficiente. Muchos con ilusión esperan algunos otros días de sol, otros pesimistas ya desempolvaron las chaquetas del invierno pasado. No fue suficiente tampoco para mí, ahora vuelvo a mi estado natural: con impermeable.

Otoño sin otoño

Otoño sin otoño

Me encontré en medio del bosque, con fuentes de agua a mí alrededor, y un viejo anciano que me contaba una de sus historias. Me decía que el dinero es la invención humana más fatal para el alma, y en sus ojos vi el sufrimiento de un hombre con dinero pero sin amor. Me hablaba de los venenos que corren por las venas, de los gatos y de las mujeres. Me hablaba de mí y de mis respuestas. Me tomó con su mano callosa y me llevó con él a su vieja casa, allí bebimos un poco del vino que él mismo había confeccionado y recordábamos aquél día que por la ventana se cruzaron nuestras miradas.

Me encontré en un gran pastizal, bajo un sol radiante y un cielo azul, campanitas sonaban a mi alrededor, y una vieja anciana que me contaba una historia sin palabras, me decía sin decirme que amaba la vida por más ruin que fuera, me amaba a mi, me contaba su historia con su mirada y su sonrisa. Me hablaba de una lejana mujer que no conocía el placer de la música ni de la risa, que por las noches caminaba sola entre los lobos y los jabalíes, para ir a dormir sobre el heno, y despertar a la mañana con el canto de las aves. Me hablaba de mi. Me llevó en silencio a un manantial escondido, la fuente de su sabiduría y su fortaleza. Esa agua era tan pura y cristalina… como ella.

Me encontré en una casa vieja llena de gatos, uno de ellos, tuerto, inspiraba temor. Una casa que tosía vejez y olía a vida, a niños que allí nacieron y ancianos que allí murieron.  Me senté en una de sus sillas, y miré por la pequeña ventana de madera, vi pasar a una joven solitaria y decidido, me lastimó el ver sus ojos tristes. La casa me arropaba con su calor y me invitaba a permanecer con ella; pude sentir su miedo de desboronarse, ella en cambio pudo sentir mi pesar. Compartimos cada uno el peso de nuestras vidas sobre nuestros propios cimientos, los de ella, eran viejos y corroídos por las ratas; los míos aunque jóvenes, endebles, y corroídos por la desesperanza.

Me encontré en un establo, con algunas vacas y un toro, un viejo anciano de un solo ojo, me miraba y me miraba, me miraba mejor que muchos otros que tienen ambos ojos. Me miró y supo de inmediato quién era yo. Nos sentamos a observar la huerta. Se acercaba a mí con confidencia y me hablaba de las bestias, me hablaba de los alimentos, y del agua simple, me hablaba de la tierra y de las plantas, me hablaba de cada forma de vida existente por más pequeña que fuera, me hablaba del camino, y del sacrificio. Del peso de la vida. Del ser hombres y del ser humanos.

Me encontré en una cocina, la comida se hacía lenta pero sabrosa, el olor de la leña se adormecía en mi cabello, dos viejas hermanas yacían cada una en sus años; una observaba las montañas a través de la ventana, la otra se concentraba en un tejido infinito. Hablaban de recuerdos, hablaban de tristezas, hablaban de fantasmas, hablaban con melancolía, hablaban con añoranza, hablaban con voz baja y con voz alta, hablaban desde la vida, y hablaban desde la muerte, hablaban con el teléfono, y con el televisor, hablaban de los hijos, hablaban de los nietos, hablaban de las estrellas, hablaban de los días y de las noches, del frío y del calor, de las hojas y del viento, hablaban de ellas, mientras aguardaban calladas cada una en su silla, cada una en su memoria.

Me encontré en la cima de una montaña, el sol se ocultaba tras las nubes, un viento frío soplaba y golpeaba mis mejillas, una vieja cruz guardaba silencio mientras batallaba contra la brisa. Escuché una canción que venía del fondo del valle, y me senté.

Espere varios días, y varias noches, observaba las hojas de los árboles lejanos mecerse con el viento, y les daba nombre a cada uno. Me hice amiga de aquellos  jóvenes y de los más viejos. Los veía desnudarse suavemente para el invierno. Observé el tiempo, observé mis manos y observé mis pies, observé mis propios ojos reflejados en el cielo. Aquella canción con su melodía antigua y triste, se acercaba lentamente a la cumbre donde yo aguardaba. Pasaron días, mi cuerpo permanecía inmóvil e intacto ante el alba pero también ante el ocaso. Mi vida transcurría por mis venas, mi vida transcurría en forma de nubes. La voz que cantaba me acompañaba; cantaba poesías al mar, a las montañas, al hombre, a la historia, a los pájaros, a los niños, a los viejos, a las madres y a los padres, a la vida.

Me encontré en un pequeño parque en un lugar muy lejano de aquella montaña, en un lugar alegre y triste a la vez. Una fuerte brisa de caribe refrescaba la noche con olores de nostalgia, de navidades pasadas. Una pequeña luz de brillo tenue iluminaba mi rostro, sentí aquellas melodías antiguas que había escuchado alguna vez en aquella tierra de viejos, esta vez, cantaba una poesía sobre una mujer solitaria que caminaba un día por los bosques mágicos del norte. Cerré los ojos sintiendo una profunda melancolía que emanaba de mis lágrimas, cuando los abrí me encontré de nuevo en la cima de esa misma montaña, viva.