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Todo pasa por ti

Todo pasa por ti
a través,
y por tu causa.

Todo pasa por ti
por tu voz
por tu amargura
por tu esperanza
por tus labios teñidos de rojo sangre.

Todo pasa por ti
y por todo aquello que gira alrededor tuyo
la música
el humo
la vida en un beat que no conozco.

Todo pasa por ti
a través de tu lente y tu pantalla
una captura atípica de lo ideal
de lo humano que quiere ser divino
pero que no lo consigue.

Todo pasa por ti
a través de tus ojos y tus cabellos
y enredados en ellos
tu cúmulo de pasado
que a veces anda tan pesado
que me arrastra hacia la gravedad de tu oscuro.

Todo pasa por ti
por causa tuya
por ser génesis
de este absurdo
que esconde la tragedia de estar vivo
y se desenfoca bajo el velo de nuestros imperfectos.

Todo pasa por ti
a través,
y por tu causa
como aquello que hay
– que habita –
entre el inicio y el fin.

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A Missed Message

Comienza el descenso, ya puedo sentirlo dentro de mi cuerpo, el ritmo cardíaco comienza a ralentizarse, los pensamientos poco a poco comienzan a desaparecer. La habitación se congela, no importa la temperatura real, las paredes se cubren con una fina capa de hielo, la cama, la cobija, el techo, las puntas de mis pies. Miro a mi alrededor, inmovilizado, busco una pista, algo dónde poner a descansar mi mente mientras mi cuerpo comienza el viaje. Un largo hibernar. Un golpe de frío directo en el corazón. Lucidez extrema, de pronto recuerdo todo contemporáneamente. Oscura la ciudad. Corría mirando siempre a mis espaldas. Las luces de los bares abiertos se refleja en el asfalto húmedo. La gente habla, ríe, se seduce, todos juntos en masa, perfumados, labios rojos, zapatos relucientes, chaquetas finas, medias de malla, belleza, alcohol, humo. Nadie me sigue, pero la sensación de ser vigilado constantemente me perturba. El rugido de la fiesta, del sexo y la banalidad es un estruendo lejano, dentro de mí sólo existe atención para lo que voy buscando, la clave para comprender todo este infortunio. Se me acerca una joven mujer con un trago en la mano, lleva los labios pintados de violeta, ríe, sus ojos están desorbitados por el alcohol, trata de organizar sus pensamientos e hilar alguna frase “todos te quieren a ti y tú a quién quieres?” me dice mientras su sonrisa comienza a desdibujarse de su rostro, súbitamente su expresión pasa del éxtasis a la tragedia, comienza el llanto “todo es tan oscuro dentro de mí que los demás se dan cuenta, buscan en mí sólo una cosa, mi cuerpo, mi oscuridad nadie la quiere, pero es esto lo que soy, entonces es a mí a quién no quieren, sino esto… esta cara, esta piel, esta boca que lame y gime, este coño, y yo? mis entrañas?” dice entre lágrimas, un grito adolorido sale desde el fondo de su garganta, me recrimina, me odia, deposita en mí todos sus pesares, todas sus penas, yo sigo inmóvil pensando en sus palabras y mirándola fijamente a los ojos. En un instante fugaz su mirada se recompone, se vuelve brillante y consciente, pero no expresa positivismo alguno, por el contrario veo un profundo odio, una llama iracunda. En este arranque de rabia y frustración la joven revienta el vaso contra el suelo, se quita los aretes, con las manos se borra el labial, la pintura de los ojos, el llanto no cesa, destruye el peinado que tanto le había costado hacerse, se deshace de todas las alhajas, anillos, cadenas, brazaletes. “Mírame, esta soy, sin adornos, sin plumas o flores o colores, ya no quiero cargar con el peso de mis ovarios, qué condena ha sido esta, ser mujer sin belleza, tu eres un hombre joven y bello, yo en cambio qué tengo? un  cuerpo que cada día es menos deseable, que no se me engañe, que poco es lo que les interesa lo que pueda expresar, pensar o sentir. Es como si la inteligencia pasara siempre a un segundo plano. La belleza es siempre lo primero. Es inútil el latido sexual predomina. Mi padre incluso de 70 años aún gira la cabeza detrás de un par de piernas” Se mira de las manos, se toca las caderas, busca algo en su cuerpo, observa detenida y profundamente sus senos. Algo la atemoriza.  La mujer que ante el paso del tiempo y la pérdida de su belleza física se siente como quien está frente a la guillotina, fatalidad, su útero sale de la oferta, no es más un codiciado tesoro, está condenada a su propio cuerpo y a cada trozo de carne en que la sociedad lo ha convertido. No dejo de mirarla, fría, seria, la conozco, entiendo sus palabras y su ira, la abrazo mientras ella llora, qué le ha hecho la sociedad a nuestras mujeres, qué les ha hecho el hombre, qué se han hecho ellas mismas… me pregunto con un poco de ansiedad. “Vete a casa, habla con tu madre” le digo, ella me devuelve la mirada y se aleja cabizbaja. Estoy solo nuevamente, entonces vuelvo a lo mío, cada vez me adentro más en el bosque, árboles con formas humanas, troncos podridos llenos de parásitos, todo aquí me huele a muerto, a putrefacción, allí está ese hombre de cabellos largos y tatuajes, o esa chica de culo apretado y escote pronunciado, o ese otro que parece marcar territorio como los perros, y yo existo para ellos? Qué aspecto tengo? Soy igual de mediocre, nada nos separa, no somos vidas que florecen, sino vidas que se consumen, y ninguno de ellos parece hacer nada al respecto. Entonces descubro el fin de mi búsqueda, un alma que brille entre toda esta multitud, una flor en medio del bosque muerto. Sigo caminando sin razonar sólo olfateando, cuando vuelvo a ser conciente me encuentro en un parque iluminado por una tenue luz pública, no hay nadie a la vista, pero sé que no estoy solo, de pronto simplemente en el centro de la tensión. Me detengo y respiro. Busco mis cigarrillos, no los encuentro. En el piso, perdido y brillante, un brazalete femenino, una delicada cadenilla de oro. Súbitamente el parque ya no es un lugar atemorizante.  Es este el momento justo en el que me doy cuenta de que estoy soñando, las superficies se vuelven transparentes, la gente, los árboles, la noche. Entreabro los ojos, busco la sábana para cubrirme y darme calor, tiemblo y sudo. En el delirio vuelvo a cerrar los ojos. Veo a la mujer fugitiva ya anciana pero aún bella. Algo quiso decirme, pero sus palabras se esfumaron en mi confusión.

Touch me now

0:45 Una música calma llena el ambiente, la experiencia del amor finalmente empieza a dar sus frutos, unos frutos rojos y sanos cargados de dulce sabor y fresco aroma. Me dejo llevar por una nube de sentimiento calentada por el tungsteno. Toda una vida que cobra sentido, el perdón al haber nacido, la confianza para todos los años venideros. En este lugar donde el sol sale y se oculta siempre a la misma hora, el tiempo parece no avanzar, me he quedado suspendido en un estado alegre del alma. Un abrazo infinito. Un suspiro que llena cada célula como cada espacio de duda. Cualquier otra cosa se desvanece y se hace frágil ante una potencia tan fuerte. La luz de la calle entra a través de la cortina, se refleja en el espejo, llega hasta mi rostro y me acaricia. La casa está bajo llave, nadie habita aquí más que yo, en este lugar selvático y pacífico al mismo tiempo, la puerta permanece cerrada y del otro lado cualquier cosa es posible, alguien que espera, alguien que lee, alguien que sueña en su propia soledad. La noche cae entre el sonido de una trompeta, se desliza suave e imperceptible, pero furiosa, cargada de sensaciones. Una gota de sudor se desliza por mi espalda. La filosofía se reduce a su mínima expresión, esa dónde ella misma no puede hacer nada: la calma profunda de la noche, el infinito mundo interior que no se ve apabullado ante el silencio y los perros que vigilan la calle sin pavimento. Nosotros que en algún momento corrompimos nuestra vida utópica con una demoníaca y pecaminosa sed de curiosidad, que decidimos concientemente retar el secreto; cuando hay secreto, la respuesta está asegurada y sólo hay que descubrirla, aunque a veces resulte fácil sentirse frustrado ante la ferocidad con la que está resguardado ese secreto. Las miles de veces en las que aniquilamos nuestras ilusiones simplemente desaparecen como si nunca hubiesen existido. Los niños se duermen con el sonido de las palmeras, mientras permanezco extendido en la cama. Un sonido me saca de la reflexión, la puerta de mi habitación rechina, siento el vértigo en mi estomago.

1:17 El invierno ya está aquí. El frío se lee a través de la ventana, dentro es cálido y no provoca salir de la estancia, no provoca alejarse del fuego. La noche se divorcia de la melancolía, la copa de vino para uno jamás fue tan agradable, los pequeños recuerdos amorosos llenan el espacio; nunca antes la belleza en todas sus expresiones, fue tan trascendental. Cualquier movimiento por más suave que sea, deja una estela al pasar, una estela que permanece en la eternidad, miles de fotogramas que sobreviven en el gran álbum de la historia y de la relatividad del tiempo. Estar aquí evoca todas las noches anteriores, pero el fuego de la chimenea hoy no guarda escenas de falsa compañía o ridícula soledad, hoy brilla con un rojo especial, casi como si hablara, como si comprendiera. Espero algo. Miro el reloj que parece andar más rápido que mi pensamiento. Imagino algo: algún paraje extraño a mi cotidianidad donde de todos modos he dejado una parte de mí y que vive allí solitaria como use único lucero que esta noche acompaña a la luna. Sí. Es la misma luna y es el mismo lucero. Una energía superior nos abraza, latimos al unísono con la misma trompeta. La fatalidad de la existencia se disuelve entre las palabras y me conforta. Hoy he sido absuelto una vez más de la nimiedad y a cambio de muy poco. Aquél árbol frente a casa ya perdió casi todas sus hojas. Dicen que mañana será un día frío y nublado. Dicen que el próximo año habremos superado la crisis. Dicen que existe algo que se llama sociedad, y existo yo lejos de ella. Dicen de mí que soy un loco que escribe largas cartas al amanecer. Y cada día llega uno nuevo, o quizá el mismo que se repite hasta el infinito. Aquí me quedaré sentado hasta que el rey sol me alumbre a través de la ventana, cuando me sorprenderá dormido en mi viejo sillón con algunas brasas aún calientes. Es la eterna soledad, entre la multitud, o en pleno orgasmo, nunca cambia, nunca se va. Permanece. Y eso que permanece somos nosotros. Quienes nunca se han sentido solos no serán nunca capaces de reconocerse. Suspiro. Río en mis adentros. Miro a mi alrededor. Una luz se enciende del otro lado de la puerta. El ritmo del corazón se acelera subitamente. Una silueta humana se acerca silenciosa en la penumbra.

“Te estaba esperando”

“Yo también”

“Sólo era cuestión de abrir la puerta”

Contaminación Visual

Escena 1

Un muchacho sube al bus, tendría unos 17 años, la barba aún no le sale, tiene la piel sana como la de un niño, su voz tampoco ha madurado del todo. Su discurso no se asemeja al del resto de personas que suben a los buses con historias diversas para pedir limosna, él, a quién llamaré Manuel para sacarlo del anonimato, tiene la voz temblorosa y angustiada, su historia es terrible, habla de un hijo de dos meses enfermo, un tío que lo abandonó, una familia sin techo, una mercancía que le han robado. La desesperación es clara en los ojos de Manuel, un par de lágrimas escapan de sus ojos, comenta de la vergüenza que le da pedir dinero y de lo difícil que fue tomar la decisión de hacerlo.

Escena 2

Atascada en un trancón en plena hora pico, en una de las calles del centro de la ciudad, me quedo observando por la ventana las tiendas y los negocios, preguntándome una y otra vez de dónde sale el dinero para mantener una economía tan explosiva como la de esta capital, qué maquinaria enorme debe ser nuestro sistema para mantener de uno y otro modo la vida de tantos millones de corazones. Qué trabajo tendrán todas estas personas, los ricos y los pobres? De dónde sale tanta mercancía? Quién necesita todo esto? Mientras divago sobre la macroeconomía, una imagen me roba el pensamiento: un hombre de mediana edad, de piel sucia de años y años de calle, defeca bajo el inclemente sol de las montañas y a la vista de todos quienes por allí caminan, sin el menor pudor o preocupación.

Escena 3

Cae la noche y me detengo fascinada por las luces de colores de un edificio enorme y de estilo moderno, un hombre con 10 perros de diferentes razas y tamaños lucha con sus fuerzas para hacerlos retomar el camino mientras ellos huelen alguna marca dejada en un poste por algún otro canino. Detrás de él un grupo de 10 niños vestidos de héroes gringos, o piratas, o princesitas pasan gritando y riendo a su antojo. Después de los niños pasa una pareja de jóvenes homosexuales vestidos a la moda “hipster”. Luego una anciana de rasgos indígenas trata de atravesar la calle asustada por los carros que aceleran para no dejarse coger por el semáforo.

Sí, a todos debe sucederles, por lo menos una vez al día. Me resisto a creer que todas estas caras, carnes, cuerpos, risas, voces, palabras que son los humanos no sientan por un ínfimo instante la angustia que es la vida misma, su misterio, su gravedad. La gente de la calle, quienes venden, quienes caminan afanados, quienes van en carros o en buses, quienes duermen en las aceras, quienes se venden, quienes ríen, todos han de sentir el escozor que la existencia provoca irremediablemente dentro de nuestras mentes y en nuestros mismos cuerpos: sentir que en un segundo nuestras vidas se reducen a la nada, la concepción del hoy y del porvenir es tan frágil como un recién nacido echado a su suerte en algún basurero de la ciudad. Entonces todos salen de sus huecos para deambular por las calles en busca de algo que rellene el tiempo, recitando cada uno su papel con plena convicción; la arrogancia de la que estamos hechos los seres humanos. Me cuesta creer que la fragilidad de nuestro ser no produzca en los otros algún efecto visible, una señal de conciencia. La marea humana pesa sobre la tierra, la hace vibrar, la atosiga, la hace escupir sangre, lo hemos construido todo nosotros, y al andar por la ciudad, veo lo mal que lo hemos hecho, el artificio del humano no rinde homenaje a su genio, por el contrario, cada día es un bombardeo constante a nuestras humildes dignidades, a nuestra voluntad de construirnos, a nuestro sentido colectivo de especie, al amor mismo.

Sentado en una esquina del enorme edificio un hombre adulto vestido de traje y sombrero me busca la mirada, me acerco con confianza, ambos hemos visto el desfile de gentes que acaba de pasar, ambos hemos visto exactamente la misma profundidad de imagen. Me siento a su lado sin decir palabra sólo compartiendo el mismo sentimiento. El hombre toma aire profundamente, sonríe y me dice: “no te preocupes, Moravia ya lo había visto en Roma hace más de 60 años, y en esa época dijo “todos los hombres sin excepción, son dignos de compasión, sólo por el simple hecho de estar vivos” ”.

Litost

Odio estas primeras noches. Comenzó la temible época del insomnio. Antes cuando tenía que ir a la oficina, debía levantarme a las 6, por tanto a las 9 ya estaba destrozada, y a las 10 ya estaba soñando placidamente. No recordaba lo que se sentía no dormir, esta maldita sensación de no saber en qué pensar, y pensar en todo al mismo tiempo, ver el cuadro de la vida desde lejos, tratando de fijarse en cada detalle y en la armonía del todo, y al final no lograr ver ni lo uno ni lo otro, ni los particulares ni lo general. El cuadro se mezcla todo y termina por ser un manchón abstracto, sin forma, sin explicación, sin mensaje. Esto, justamente esto odio. La falta de coherencia. Por esto también odio esas pinturas que son sólo un punto rojo en el medio de una tela blanca que los críticos y demás pseudointelecutales se quedan observando por horas entendiendo el sentido de algo que sencillamente carece de sentido, o mensaje, o belleza –aunque esto es subjetivo-. Por esto amo las pinturas del renacimiento, pinceladas suaves y acertadas que en conjunto forman un perfecto retrato, cargado de sentimientos, pensamientos, significados, claros y a la vista de todos, sin tener que adivinar en lo que el artista quiso expresar, porque su obra es transparente y clara como él mismo, sin acertijos cursis, la obra está allí, haciendo una invitación a observarla porque a diferencia del punto rojo, ésta está cargada de tantos pormenores que son a su vez grandes significados que se combinan perfectamente entre ellos para completar lo que yo llamo arte. A estas horas los pensamientos fluyen demasiado veloces, viajan entre neurona y neurona en un ferrari y yo a duras penas viajo en una carroza tirada por una vieja mula. No los comprendo, no sé quienes son, y tampoco logro distinguir en qué dirección viajan. Pero allí van, entremezclándose, y casi mofándose de mi intelecto. No se dejan atrapar, no se vuelven ideas sólidas, a veces tengo la intuición de que son las llavecitas que me dejarán abrir la puerta a una vida feliz, si logro atraparlas, ordenarlas, entenderlas y usarlas, en cambio las malditas son como las moscas. Y no tengo ningún atrapamoscas en mi maleta de primeros auxilios. Me acordé de Anselma, que las mataba con gran facilidad armada solamente que con un periódico. Me acordé también que ella se quedaba todo el día sentada en la misma silla, donde yo asumo habrá pasado más del 70% de su vida, mirando exactamente la misma ventana y el mismo paisaje, y yo la miraba atónita, estupefacta, a mí, en su lugar, ya me hubieran acabado los pensamientos. Como creo que me están acabando ahora. Los personajes de los libros que he leído últimamente siguen vagando en mi mente, ahora además de mí, en mi cerebro también habitan ellos, no basta con cerrar el libro en la hoja final. Ellos se quedan dando vueltas como zombies dentro de mi cabeza, y sus voces, y sus caras son igual de reales a las de aquellos otros detestables personajes de la vida real que desafortunadamente todavía viven en mi cabeza. Lo peor es que yo soy como una mujer demasiado buena, una matrona que no echa a sus inquilinos así no le hayan pagado los últimos 8 meses de pensión, yo me conmisero de ellos y los dejo quedar a dormir en casa, pero como ven, la casa se me va llenando, y ya hasta tengo alguno durmiendo en el cuarto de lavado en condiciones deplorables. Pero, y a dónde van si los echo? No podría con la culpa. Algunos de ellos se quedarían golpeando a mi puerta hasta las 3 de la mañana, y no me dejarían dormir… como ahora. Y qué sería de mi casa si los echo? Qué hago yo sola con este caserón tan enorme? No podría soportar oir el eco de mi voz retumbando por las paredes de este cerebro, sin nadie que responda. Además, las casas que se quedan vacías se ponen viejas rápido, se arruinan, se las come la soledad. Entonces no hay remedio, debo convivir con estos inquilinos tan malcriados –por mi misma-, eso si no quiero que la casa se me venga abajo, ellos al menos le ponen un poco de vida, aunque a veces me desesperen. Sin duda, los que más me desesperan, son un par de ellos que no se han tomado el placer de presentarse. Entonces no los conozco, he visto sus caras, pero no sé cómo se llaman, ni qué hacen por aquí, ya ni siquiera recuerdo cómo fue que llegaron a mi casa, cómo fue que les di posada. Pero acá están, y no parece que tengan intenciones de irse por el momento. Así los voy acumulando, diferentes clases de personajes: pensamientos, ideas, sueños, odios, rencores, miedos, amores, todos juntos en la misma casa. Y aunque me hacen sentir viva, y mantienen la casa con bulla, me tienen harta con su falta de delicadeza, ellos tienen su vida propia, hacen y deshacen a su antojo, y me ignoran. Ahora por ejemplo mi cuerpo está cansado y tiene sueño, y yo misma me siento agotada y con ganas de soñar, de desconectarme del mundo, de ellos, quiero buscar un poco de paz, pero ya es tarde, es viernes, y todos los inquilinos de la casa están de farra. Si hasta prostitutas han metido a mi casa. Han empezado a controlarme, o mejor, he empezado a perder el control. He empezado? Hace rato que perdí el control, pero creo que sólo hasta ahora lo admito. Es por eso que odio estas horas y el insomnio, porque me pone a batallar contra todo, pero en desventaja, ya cansada y vencida, a esta hora no tengo fuerza para pelear contra mis inquilinos, pero es cuando ellos están más despiertos. Voy a concluir este escrito (no sé cómo, ya veremos) y voy a quedarme en silencio y a oscuras, esperando quedar dormida. En pocas horas saldrá el sol, y será el 26 de Mayo, y el 25 no regresará, y quizá yo tampoco.

La más grande ironía

Hoy amanecí con la desconfianza entre los dientes, con el amargo sabor de la soledad descansando sobre mi lengua, tiritando de frío, con los ojos completamente secos y los labios en coma. Hoy me desperté con la fotografía de mi muerte en el pensamiento, no sé si les ha pasado esto que a mí frencuentemente, de imaginar mi muerte de formas diversas pero siempre como quien observa una polaroid recién hecha. A veces cuando estoy tomando el café me veo muerto sobre el pavimento, cuando me ducho me veo en la cama de un hospital, cuando camino por la calle imagino que en cualquier momento alguien me sorprenderá con un revolver por la espalda, otras veces, la mayoría, me vi muerto por mis propias manos. Cuando la polaroid fatal viene a mi mente normalmente no me asusto, soy conciente de que tarde o temprano algo pondrá fin a esto que llamamos vida, sin embargo sueño con una muerte que no me duela, sueño con una muerte que me permita degustarla hasta el último segundo de aire.

Hoy amanecí con el frío entre los huesos, con hambre de tener hambre, con mi descendencia seca en la punta del pene, con los bronquios que duelen de tanto aspirar el humo letal de la desidia. Hoy me reconozco más que cualquier otro día, hoy me desperté resignado a esto que soy. Hoy no hay mañana. Hoy amanecí con la pereza de soñar con un futuro. No quiero poner más cruces en el calendario, no quiero esperar el momento en el que me caerá del cielo la felicidad. No quiero esperar el día ese del que todos hablan, el día en el que me levantaré con el sol en la frente. No. Hoy estoy cansado. Estoy cansado también de dormir, de drogarme con la idea de desconectarme del mundo cada noche, para luego darme cuenta en el sueño de que del propio subconciente es imposible desconectarse, allí está siempre latiendo, allí está siempre atormentándome con sus miedos, con sus paranoias. No vale la pena tampoco dormir desde que la tristeza me acompaña.

Hoy amanecí con la vida que se me cae del pelo, con la saliva guardada en el armario, hoy amanecí largando la primera esperanza con la primera meada del día, tragando la primera nostalgia con el primer sorbo de café, olvidando mis sueños de niño debajo de la almohada. Hoy amanecí sin ninguna fe. Hoy amanecí sabiendolo todo del mundo sin dejarle ningún espacio a la sorpresa. Hoy amanecí apestando a autocompasión

Sin embargo y a pesar de todo, hoy amanecí.

En la vida

En la vida. Recuerdo con clara memoria aquella tarde en la finca, un calor atróz sofocaba el ambiente, la arena y las hojas secas de los palitos de mango cubrían el piso. Una hamaca mecía un bebé durmiendo, el amo y señor del único abanico. Los demás niños estaban jugando cerca de las vacas, yo preferí quedarme sola con mis muñecas dentro de la casa, cerca del abanico.

Un zumbido desesperado.

Una mosca gigante trataba de salir de la casa por una de las ventanas. Para la mosca allí fuera estaba el jardín, no requería mucha astucia para saber que allí fuera se encontraba su espacio natural, donde no hay techos ni paredes, sólo árboles, flores, agua, viento, sol. Pero este vidrio transparente la separaba de su ideal. Depronto entró a la casa atraída por el olor de la comida, pero una vez satisfecha era hora de volver al hábitat.

Hoy, 20 años después, me siento exactamente igual a esa mosca. Me golpeo una y otra vez contra este vidrio que me separa del jardín. A veces doy vueltas por la casa, busco comida, observo al niño que duerme en la hamaca, pero tarde o temprano siento esta imperiosa necesidad de salir de este encierro. Cómo hace una simple mosca para atravesar un vidrio?

Cómo hago yo para atravesar el umbral de la vida?