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Primero Francisco

Seis de la mañana y María no contesta el teléfono. Su madre la ha estado llamando desde las 8 de la noche del día anterior. Con esta ya son 267 llamadas las que ha realizado a lo largo de la noche. Mientras tanto, entre la desesperación de no ver llegar a su hija a casa, Laura ha reyado las paredes de su habitación e incluso ha intentado cortarse las venas, bien sabiendo que no lo haría de veras y bien sabiendo también donde se encontraba su hija esa noche. Sabía que estaba con Francisco, un hombre de 39 años, sólo 4 menor que ella, mientras que María tenía 22 recién cumplidos.

María era bella e inteligente, no se sabía si más bella que inteligente o viceversa, pues poseía en palabras de Francisco “esa belleza tan sublime que duele” y había poseído desde siempre una inteligencia muy superior a la de sus contemporáneos. Quizá era justamente esa inteligencia la que daba a su mirada esa profundidad shamánica que sólo las sabias mujeres mayores de los pueblos nativos llegan a cultivar a través de los años. A su corta edad era capaz de hablar perfectamente español, francés, e inglés, y entendía claramente el italiano y el portugues. Su ávida pasión por la lectura y el conocimiento, le habían conferido la habilidad no sólo de leer un gran volumen de libros, ensayos y revistas, sino de interiorizar cada historia y cada reflexión, a tal punto, que al evocarlos no sentía de estar recordando un pasaje de un libro, sino su propia vida. Esto era lo que provocaba a los hombres. Todo el que la conocía, por lo general en los lugares que ella frecuentaba: el teatro del barrio Las Casas y el del centro, el cine público distrital, los bares bohemios de la sexta, la biblioteca de la U Central y el pequeño cine independiente de La Pradera donde se la podía encontrar sin falta todos los días de lunes a viernes, y uno que otro sábado en función vespertina, caía completamente rendido y estupefacto ante su inminente integridad. Quien la quería encontrar sabía que la vería en todo concierto, exposición o evento cultural de la ciudad. A fin de cuentas, esta no es una ciudad muy grande.

Francisco era perfectamente conciente de la belleza y autenticidad de María, así como era conciente de su pasión hacia ella. Era honesto consigo mismo, y si bien sabía que era una joven encantadora, sabía también que aún le quedaba mucho trecho para convertirse en una mujer. Sabía que su atracción hacia ella no solo se generaba por su pensamiento y su vivacidad, sino por la frescura de sus labios, de sus pechos, de su sexo. Él, que era un hombre ya bien experimentado en el tema del amor, el sexo y las mujeres, que había recorrido del mundo y estudiado en las mejores universidades de Europa, perdía completamente la cabeza cuando se trataba de María. La conoció en una charla sobre Steiner, en la cual él era el moderador, y donde ella se levantó a afirmar, con un humilde modo a la vez imponente, que toda poesía era filosofía y luego alababa con lujo de detalles el libro por el cual había conocido el pensamiento del filósofo francés “La poesía del pensamiento”. Francisco quien le había dado la palabra minutos antes, al fijar sus ojos en la muchachita que hablaba con dulzura sobre milenios de filosofía occidental, sintió un calor tan denso dentro de su cuerpo que cuando trató de retomar la charla, su voz había quedado arrinconada en lo profundo de su diafragma. Le tomó un par de segundos normalizar su respiración y volver a dirigir la conversación sin demostrar al público la perturbación que la joven le había causado. Se tranquilizó un poco al notar que dos de los panelistas hacían comentarios sobre ella y que él no había sido el único en caer ante sus beldades.

Casualmente, la encontró al día siguiente en uno de los bares bohemios de la sexta. Se sorprendió al verla sola tomando un vino caliente y leyendo un libro de Steiner, uno de los que se había hablado el día anterior. Francisco, quien estaba acompañado de Simona, una treintañera italiana que visitaba el país, deseó con todas sus fuerzas que la milanesa desapareciera de su lado y así quedarse libre para cortejar a María el resto de la noche. Al ver a María de lejos, tomó a Simona de la mano y diciéndole “está muy lleno, vamos al de al lado que el barista es amigo mío” la sacó del lugar antes de que María lo viera e imaginara que estaba comprometido. Fue una reacción natural que afloró instantáneamente del galán que es. Mientras Simona hablaba en su confuso español, y él se fijaba en las manchas cafés de sus dientes a causa del tabaco y en la belleza marchita de la italiana, no dejaba de imaginar a María sola, en el bar de al lado, leyendo a Steiner. Pensaba en cuánto le habría gustado levantarse de la mesa, y volver a verla, primero en silencio, oculto, detrás de la ventana del bar escondido donde no pudiera verlo, y luego acercarse a ella con el pretexto obvio de la charla del día anterior para entonces hablar de filosofía y poesía y literatura, y verla diáfana, divina, hablando con sus labios carnosos y rojos, sobre la vida con esa ilusión que los jóvenes poseen cuando apenas van a salir a ver el mundo.

“Che cazzo pensi?” le dice Simona entre risas y él solo nota las arrugas de sus ojos, se fastidia con lo que ve y en un flashforward ve exactamente lo que pasará un par de horas después cuando la lleve a su apartamento y la desvista. No puede evitar hacer una vaga reflexión sobre la belleza efímera de la mujer, sobre la ligereza de las relaciones que entablaba y lo insulso que le resultaba el sexo con sus amantes casuales. “Ou! Ma sei proprio andato via!” le llama la atención Simona con cierta simpatía, Francisco se despierta sintiéndose algo culpable de los pensamientos que ha tenido y del rechazo  que ha sentido hacia ella y sus 32 años. Pero luego pensó en María y supo que a ella nunca le pasaría lo mismo. Mientras muchas otras a esa edad habrían perdido ya su belleza física y se habrían desgastado por los golpes de la vida, María no perdería nunca esa belleza acentuada por la sabiduría que ya le había sido conferida. María sería bella siempre, las canas y las arrugas no acabarían nunca con esa poderosa mirada tan exquisita y rara. El resto de la noche hizo su mejor esfuerzo para apartar la imagen de María de su cabeza, pero no tuvo éxito. Simona se dirigió al baño, Francisco pagó la cuenta y salió a fumarse un cigarro, aprovechó la ocasión para asomarse por la ventana del bar contiguo y ver si María seguía allí. Pesimista, pues ya había pasado más de dos horas, Francisco se acerca a la ventana tranquilo y desprevenido, quizá por ello el golpe de frío en el pecho que se llevó al verla fue tan fuerte como para dejarlo nuevamente sin aliento. “Sei qua! Vamos?” Dice Simona. “Si, si” responde Francisco y se va, sintiendo que comete un gran error.

Esa noche, después de prácticamente “echar” a Simona de su apartamento después de follarla, Francisco permaneció solo en la sala, pensando en María. Recordando cada uno de sus gestos y palabras, todos los que su memoria le permitiese. Esa noche decidió no volver a ver a ninguna de sus amantes y se propuso en cambio volver a ver a María y hablar al menos una vez con ella. Sentía que sólo así iba a romper el hechizo.

Asmodeo

Basta un segundo para comprenderlo todo en los ojos de alguien más, basta poco, un gesto, una señal. Lo sé bien que es fácil equivocarse: creer que la hubo, aunque no, y viceversa, creer que no la hubo, para luego darse cuenta de que era necesario un poco más de tiempo. En todo caso, son excepcionales, esas veces que sucede de golpe, instantáneo, y luego, como por arte de magia el contacto se establece, busca su natural punto de equilibrio y logra finalmente perdurar en el tiempo. Míralo: hace años arribado de lejanas tierras empujado hasta esta orilla por aires vagabundos, según Plinio el Viejo, había nacido con una sonrisa en los labios, lo que auguraba su sabiduría. Cómo no notarlo. Primero la confusión, luego la rendición, pero obviamente él también se ha rendido, un pequeño pacto secreto nace de un momento de rendición total, un equilibrio fino y delgado que camina sobre el filo de una navaja. Seducción, deseo carnal, amor por lo profano. Todo puede saberse desde el principio, todo puede decidirse desde el principio, siendo concientes de que  decisiones de este tipo comportan una gran apuesta que no siempre estamos dispuestos a aceptar, quizá por cuestiones de pura conveniencia, y sin embargo, cuya tensión es una corriente de energía poderosa que atrae y recarga. Potencia. Despierta. Sacude. Renueva. Así pues nos hemos encontrado en algún punto del camino, siendo quienes somos ahora, tan diversos y tan distantes. Él se beneficia tanto de mí como de él, aunque cada vez se invade un poco más el espacio del otro, y no obstante, si es un juego de estrategia bien pensado, puede resultar entretenido y gratificante. Noches de música en antiguos lugares olvidados  por la civilización enmarcaron nuestros casuales encuentros. Rocío, castillos, luces tenues, sonrisas, vinos, palabras cordiales, primeros planos sobre los ojos, ciao, sonrisa, mirada, de nuevo sonrisa, suspiro, arrivederci, mirada, mirada, mirada, suspiro, media vuelta y camino. Fugitivos contactos físicos, dedos inquietos que buscan un poco más de piel. Jugar a ser poetas malditos, románticos fuera de tiempo, galanes de filmes en blanco y negro. Una espiral de arte movida por un instinto primario de eterna seducción; difícil calcular hasta dónde se está dispuesto a llegar cuando dentro del estomago la pasión y la curiosidad por lo desconocido suena como una campana que llama a misa, a una ceremonia donde se es al mismo tiempo, carnífice y víctima, una ceremonia cuya experiencia nos ha demostrado una y otra vez la estupidez del humano, quien no satisfecho con el encuentro y sus bondades siente sed de poder, placer macabro y ávido, y todo placer quiere eternidad. Hasta dónde más estás dispuesto a caer? Cuánto más peso puede resistir nuestra delicada tela de araña tejida con frágiles inquietudes, deseos, fantasías, dudas y perversiones?  La carne reclama su parte, el batido del corazón que con cada golpe envía calor a las zonas erógenas del cuerpo, el ritmo cardíaco que se escucha dentro de los propios oídos como un cronómetro diabólico, que asusta, que persigue, que desea, que excita. La oscuridad de la noche que envuelve los sentidos con un manto de complicidad, haz lo que quieras, la luz no te observa. El rugido del bosque que ahoga cualquier gemido o grito de socorro. Salgo de mi fantasía y abro los ojos: me despierto cercada por las frustraciones de los demás, sus miedos, sus represiones, su falta de libertad, su aburrimiento, sus odios, sus tragedias, necesidad enferma de coaptar la libertad del otro, porque el otro es imperfecto como uno mismo y es justamente esa imperfección del otro lo que nos reconforta, y hasta no encontrar esa imperfección el juego de la seducción se mantiene vivo. Eres tu la perfección que también estás hecho de carne y ego? No, somos todos hijos del hombre. Te escondes detrás de tu aire solemne, no respondes a todas las preguntas sobre tu vida, pues bien sabes que tú también eres débil, llevas el placer hasta su nivel extremo (al menos esos placeres que puedes dominar), los otros los miras solo de reojo, atento a no perder el control de tu respiración, pero basta solamente un nuevo encuentro, uno más próximo, una palabra susurrada al oído, una mirada fuerte y determinada.

30 horas sin dormir

Me dormí en una parte del mundo y desperté en otra. Parte de mí se quedó del otro lado, acá sólo traje un pedazo de carne y piel, la esencia está como ausente, necesita volver a desarrollarse. No reconozco mucho del exterior, sólo estas edificaciones de los años ochenta de colores muertos que arruinan el paisaje. Pequeños balcones llenos de plantas como un autoengaño de los seres humanos para creer que aún tienen algún tipo de contacto sincero con la naturaleza, con el verde. Múltiples antenas. Persianas cerradas. Sonido de aires acondicionados y carros, muchos. El tan aclamado desarrollo. Y yo que me siento tan ajena, y al mismo tiempo, tan hundida en esta basura. Cómo no volvernos locos si el horizonte está enladrillado? El paisaje cubierto por una enorme pared interminable, cruda, concisa, encarceladora. Y el cielo enmarañado con cables, antenas y naves.

Y cuando no se duerme el tiempo-espacio adquiere una nueva máscara. La geometría del tiempo y del espacio varía, es como si de pronto la fuerza de gravedad aumentara y la curvatura del universo recayera toda sobre mí. Todo se ralentiza, todo pesa, todo es oscuro, denso. Es claro que me muevo a una velocidad distinta de esa en la que se mueven todos. Viajo a una velocidad mucho mayor, constante e independiente de este sistema. Las parejas en la gran Piazza, los jóvenes de las motos sofisticadas, las muchachas a la moda, los que toman el café en el bar, pertenecen siempre al mismo sistema de referencia que todos conocemos. Son todos ellos relojes que se atrasan con el movimiento. Aunque para todos sin excepción el tiempo sea exactamente el mismo. El secreto está en la velocidad, según Einstein, en la intensidad, dirían los filósofos.

Y entre todo eso,  hay cosas que flotan, que son tan estremecedoras que hacen un quiebre brutal del universo. Sensaciones etéreas y divinas, lejanas de las matemáticas y la ciencia, del mundo. Momentos de pequeños big bangs internos, la creación de muchos universos nuevos y desconocidos, que distorsionan la veracidad de este único universo que creemos conocer, o más que distorsionarla, la ponen en duda. Un respiro, la chispa de la genialidad humana, el roce suave con el alma propia. Raptos abruptos hacia un lugar vacío y lleno a la vez. La perfección hecha una gota de sudor en un pequeño poro. Ver el universo a través de los ojos que fueron creados especialmente para ello.

Y aún así, dicho esto, ya nadie cree en nada. Los ancianos ya no esconden nada entre sus arrugas, ni las mujeres entre sus labios, ni los hombres entre las manos. La mística se ha quedado encerrada en los ladrillos de Sant’Angelo, la humanidad no guarda nada, es obscena y cruel, aunque bien vestida. Hiperreflexia, pérdida de la lucidez. Se cumplen exactamente 30 horas sin dormir, sin desconexión de la realidad, como un Tevere que lo ha visto y sufrido todo. Pero aquí ya estuve, como una viajera del tiempo-espacio, sintiendo que he existido siempre y que no me he perdido de nada. Lo juro, que ya el Tevere me había conocido.

Cavilaciones en vigilia

cómo voy a creer / dijo el fulano
     que el universo es una ruina
     aunque lo sea
     o que la muerte es el silencio
     aunque lo sea

-Utopías, Mario Benedetti

Hace mucho que quería escribir pero las palabras me eran esquivas. Hace mucho que quería escribirme, reinventarme, reencontrarme, como en los viejos tiempos de alcoholismo y depresión. Y mientras tanto, Cómo puedes sonreir así? Cómo te llamas cuando ries así… tan … exquisitamente? Quién puede reir así? Qué clase de alma viaja por el mundo sin pesares, sin miedos, como la tuya?… Hace mucho que quería escribir, sin pensar, sólo escribir en un mero ejercicio de catarsis. Pero hoy mi catarsis tiene mil rostros, los tuyos, los míos, los nuestros. Camaleónicas miradas que cambian a cada instante con tan sólo el poder de un mínimo pensamiento, como cuando te quedas en silencio con la mirada pesada sobre el horizonte. Y es que a veces nos alejamos como lobos que se gruñen en el bosque frío, buscamos cada uno nuestra comida y nos paseamos solitarios entre los árboles de la habitación con el hocico lleno de sangre. Ya conozco tus colmillos, sé cuánto hieren. Otras veces rasguñamos la puerta y maullamos para poder entrar a la casa caliente, lamernos mutuamente, recostarnos cerca de la chimenea, dormir.

Recuerdo todavía cuando me sentenciaron a muerte, aún no había nacido, ni siquiera en la imaginación, a un alma ausente, a un corazón demente, a un sufrimiento adictivo. Y así soy, aqui estoy, bella, alcoholica, y completamente perdida en la utopía de una vida construída solamente con irracionalidad. Y aqui estoy en alguna parte del camino, sin entender si es el comienzo, la mitad, el final, el quinto tramo, o quizá éste ni siquiera es el camino, pero estoy caminando y con los pies descalzos. Cargo en la mochila miles de años de pensamiento, de sufrimiento, de dudas pesadas como piedras. Cargo en la mochila varios kilos de carne cruda humana para cuando siento hambre. Cargo también con un labial rojo y una navaja para las noches solitarias en la ciudad de la niebla.

No puedo amar confieso, soy la sombra, silenciosa, vigilante, solitaria, vacía. Observo. Vivo detrás de los objetos tocados por la luz. Quien pueda ver mi rostro podrá encontrar la indiscutible soledad, la soledad del alma. Pero mi soledad es terriblemente bella, sólo soy en ella, es como existo. Cómo puede amar un gato de calle? Cómo puedo ser yo misma sin estar sola? Y es que no soy yo, es por esto que eres verdugo. Cuando me besas siento la muerte que respira detrás de mi cuello, y sin embargo, no puedo reclamarte nada, depronto, siempre estuve muerta y es la vida la que respira detrás de mi cuello. Es el corazón que bombea oxígeno a todo motor, que literalmente me mata de vida. Entonces vivo fingiendo que no me asusto cuando camino bajo este cielo gris que bien conoces, fingiendo que no escucho el eco de nuestras risas y nuestros llantos, de las risas y los llantos de los demás, fingiendo que puedo caminar sola con las manos congeladas entre los bolsillos, fingiendo que no me viene la rabia de saberme completamente jodida. No puedo oir la noche sin todos tus acordes, no puedo contemplar el cielo sin odiarlo por ser inalcanzable, no puedo escribir estas líneas sin sentirme la más sucia de las promesas, no puedo mirar mi propio rostro sin ver en él todas las viejas cicatrices que el tiempo me ha dejado. Y las tuyas? Recién volviste cansado de la batalla y  la sangre aún emana de tus heridas, déjame quitarte las botas.

En la vida

En la vida. Recuerdo con clara memoria aquella tarde en la finca, un calor atróz sofocaba el ambiente, la arena y las hojas secas de los palitos de mango cubrían el piso. Una hamaca mecía un bebé durmiendo, el amo y señor del único abanico. Los demás niños estaban jugando cerca de las vacas, yo preferí quedarme sola con mis muñecas dentro de la casa, cerca del abanico.

Un zumbido desesperado.

Una mosca gigante trataba de salir de la casa por una de las ventanas. Para la mosca allí fuera estaba el jardín, no requería mucha astucia para saber que allí fuera se encontraba su espacio natural, donde no hay techos ni paredes, sólo árboles, flores, agua, viento, sol. Pero este vidrio transparente la separaba de su ideal. Depronto entró a la casa atraída por el olor de la comida, pero una vez satisfecha era hora de volver al hábitat.

Hoy, 20 años después, me siento exactamente igual a esa mosca. Me golpeo una y otra vez contra este vidrio que me separa del jardín. A veces doy vueltas por la casa, busco comida, observo al niño que duerme en la hamaca, pero tarde o temprano siento esta imperiosa necesidad de salir de este encierro. Cómo hace una simple mosca para atravesar un vidrio?

Cómo hago yo para atravesar el umbral de la vida?