Archivo mensual: abril 2013

Cuando no hay tiempo

La oscuridad acompaña siempre el camino hacia la aurora. Fue así que una noche de diciembre, cercana a las fiestas, escapé del lugar donde había ido a vacacionar con algunos amigos y donde era posible encontrar a todos los personajes de la comedia humana reunidos en lo que fuera algún tipo de rito transfigurativo. Harta de las risotadas, las miradas inconcientes y sobre todo de las luces que encandilaban mi rostro y lo dejaban desnudo al escrutinio de los otros, decidí marcharme sin mucha reflexión al respecto. No dije nada a nadie. Fue una desaparición sigilosa. En todo caso mi ausencia no habría incomodado a ninguno. Bastó alejarme sólo unos pocos pasos para sentir dentro de mí que algo en mi mente o en mi aura, comenzaba a cambiar, entraba ya en un estado en el que los pensamientos no pertenecían más a la existencia, en el que el tiempo no transcurría de manera lineal en forma de instantes sucesivos sino que parecía por el contrario no transcurrir en absoluto. Caminé unas cinco horas o más, había dejado muy atrás la estridencia de la corriente eléctrica y mi cuerpo, acostumbrado de manera inconciente a la constante influencia de las ondas electromagnéticas, se sentía libre de esa vibración aguda que la vida artificial ejerce sobre nuestros organismos. De hecho, volvía a sentirme eso, un organismo. Había vuelto a sentir mi corazón bombeando sangre caliente hacia el resto de mi cuerpo, sentía con cada inhalación unos pulmones que agradecían cada milímetro de oxígeno, incluso el sólo acto de parpadear me conectaba con la razón de ser una entidad viviente. Así pues, comprendía el mundo y el universo, sabía de qué estaban hechas las estrellas y las plantas, los sonidos y la niebla, comprendía el fenómeno de la luz y de la gravedad, nada me era desconocido, nada me era extraño. No había duda alguna. Caminando sin saber hacia dónde, me sentía exactamente como esa hormiga que sin cuestionárselo se dirige con una enorme hoja hacia su hormiguero, o como la gata cuando maúlla llamando al macho. Parecía que había sido creada y diseñada sólo para caminar esa noche, como si ese camino, ese andar, fuera el único momento de la vida y todo lo demás era sólo eso, lo demás. El camino que había atravesado pequeños riachuelos, pendientes y cuestas empinadas, me había llevado hasta una pequeña playa de aguas calmas, alejada del ruido del mundo y de los ojos inescrupulosos de los satélites. Me quité la ropa y me solté el cabello. Entré caminando hasta que el agua fresca alcanzó el nivel de mis pechos, observé a mi alrededor para encontrarme completamente sola, incluso olvidada de los recuerdos de cualquier otro ser humano, incluso sin nombre y sin edad, y entonces, me sumergí. Un latido, un calor. Una voz dulce me habla, un sonido maternal que no solo me envuelve sino que proviene a su vez de mis adentros. Me reconforta. Me impulso hacia lo profundo hasta tocar el fondo y salgo disparada hacia la superficie. Tomo aire fuerte como si nunca lo hubiera hecho antes y todo queda en blanco durante una fracción que me pareció la eternidad misma. Volví para reconocer el espacio y nadé tranquila hacia la orilla. Salí del agua. Comencé a vestirme con la sensación de estar completamente limpia. Me puse la ropa interior y los pantalones, metí cabeza y los brazos rápidamente en el suéter y al alzar la vista vi que el cielo comenzaba a aclarar. Entonce logré ver mejor el lugar donde estaba, tomé un caminito estrecho siempre en la misma dirección en la que iba y que conducía a un lugar alto. A medida que iba caminando el sol coloreaba el cielo de amarillos y rosas. Alcancé la cima y pude observar la geografía desde lo alto. Callé. Respiré. Sonreí. Había vuelto al mismo lugar de dónde había salido.

Anuncios

En el viejo salón

Veo tus ojos y entiendo que

no eres tú quien se sentará en el salón de mi soledad

en esta habitación vieja y oscura

que huele a humedad

y a cucaracha

donde me siento por las tardes a pensar

en lo que no fue

en lo que no es

en lo que debería ser

 

Entonces,

entre mi último sollozo

y la próxima autoconmiseración

te veo entrar

decidido y casi enojado

golpeando la madera con cada paso

levantando polvo de años

Abriendo todas las ventanas. 

Instantes comunes y fatales

Y de pronto no, de pronto no depende de mí, de pronto he hecho todo bien. Todo aquello que estuvo bajo mi decisión, lo hice de la manera más coherente, tanto conmigo mismo, como con los demás, traté siempre de no dañar a nadie, de brindar una sonrisa amable, incluso en los días más terribles, a pesar de ser pobre ofrecí siempre todo aquello que tuviera a mano. Sí, he sido un hombre bueno, trabajador, amable, sin mayores pretensiones.  

Pensó don Jorge al despertarse de un profundo sueño. Aún sentía los narcóticos hacer efecto en su cuerpo. No sabía qué horas eran, ni cuánto tiempo llevaba acostado sobre un cartón en el pasillo del hospital Santa Bárbara, recodaba sólo haber sido internado unos días antes por uno de sus vecinos, luego de haber sufrido una falla cardíaca. Le resultaba muy difícil abrir los ojos, sentía los párpados pesados y cuando con fuerza lograba despegar uno del otro, la luz se filtraba dentro de su cabeza como un rayo fulminante. Sentía el frío corriendo a través de sus venas y una molestia en el cuello que al tratar instintivamente de quitarla se dio cuenta de estar conectado a algo. Se acurrucó un poco tratando de calentarse un poco más, pero era inútil, el frío del piso pasaba a través del cartón y de su piel y la sensación, más allá del congelamiento físico, era la del abandono más total. Poco a poco pudo abrir los ojos y con la misma lentitud empezó a reconocer el lugar donde estaba.

Una mujer anciana y un niño de unos 7 años, ocupaban, paradójicamente, las dos únicas camas que había en el pedazo de pasillo donde estaba don Jorge. La mujer tenía la mirada perdida, desesperanzada, ida completamente, pero no por falta de cognición, sino por el contrario, la mirada perdida de la mujer era claramente una decisión que ella misma había tomado para evitar turbarse demasiado. Sus ojos, clavados en el horizonte de la línea que dividía el verde del blanco de la pared de enfrente, expresaban la conciencia del ser impotente ante el destino que la había llevado hasta esa cama y ante el destino que vendría. La mirada de la mujer, inamovible, era extremadamente lúcida, en sus ojos podía leerse el conocimiento más profundo de la vida, así como la rabia más voraz, esa que nace del no haber cumplido el objetivo primordial de nuestro paso por la tierra. Sin embargo, para los ojos de cualquier enfermero despistado, ella no era más que una próxima muerta, un cuerpo enfermo falto de conciencia. Cada tanto la mujer bajaba de su pensamiento para mirar a su alrededor, en especial al niño, quien por el contrario estaba completamente inconciente, su rostro dulce y tierno era víctima de un pesado sueño que injustamente le robaba horas de juego, de aprendizaje, de raspones en las rodillas, de abrazos fraternales.

Acostado en el piso junto a don Jorge en el rincón contiguo a la puerta que iba al pabellón de urgencias, un hombre que aparentaba al menos 15 años más de los pocos 34 años que tenía, sostenía en su mano la bolsa de suero que tenía inyectado en el brazo derecho. Su rostro estaba cubierto por una antigua capa de polvo, barro y calle, le faltaban los cuatro dientes delanteros, y desprendía un olor desagradable. Sin embargo, a pesar de todo esto, en algo se diferenciaba de un vagabundo cualquiera, y es que con la otra mano en una posición algo incómoda sostenía un pequeño librillo de poemas, que probablemente habría leído y releído, visto el maltrecho estado del libro. En efecto, conocía de memoria los 78 poemas del libro, una recopilación de escritores poco conocidos de los años 50, de quienes se supo nada o poco en los años siguientes. Y por algún extraño motivo prefería releer los poemas, aunque supiera dónde estaba cada coma, cada exclamación, cada grito de dolor, e incluso los 13 errores de digitación del anónimo libro.

A los pies de don Jorge recostada contra la pared del pasillo envuelta en una cobija de cuadros amarillos, una mujer de unos 40 años, extremadamente bella, de una belleza poco presumida, muy natural, una belleza que ella misma ignoraba, una belleza que ella pensaba haber perdido muchos años atrás cuando tuvo al primero de sus tres hijos. En su rostro la desesperación, los ojos hinchados de tanto llorar, maldice su suerte, se queja del dolor físico y espiritual que la atormenta, repite sollozando el nombre de sus hijos, Juan José, Laura y Manuel, por momentos se calma, reflexiona, pero es inútil, la desconsolada mujer vuelve a estallar en llanto una y otra vez, y las lágrimas afloran de ella como un manantial de agua pura en la montaña. Lástima que esta agua venga del pozo oscuro de la tristeza y la desilusión. Aún así, la mujer con su llanto llena de feminidad todo el recinto y de cierta manera con su presencia extra feminizada calma las almas de quienes comparten su desdicha, sin quererlo es la madre del niño, del vagabundo, de la anciana y del mismo don Jorge.

Un hombre joven y robusto, de bata blanca, lentes de marco dorado y zapatos deportivos, se acerca por el pasillo directamente hacia don Jorge, echando a su paso una ojeada a cada uno de los pacientes que allí se encuentran.

¿Don Jorge Carranza? Usted necesita una cirugía de la válvula aórtica, ya hemos hablado con su aseguradora, pero me temo decirle que la solicitud ha sido rechazada y deberá emprender medidas legales para que nos autoricen los costes de la cirugía en el menor tiempo posible -dijo el hombre tratando de no mirar a los ojos a su interlocutor, como quien mantiene una fría distancia-

Pero doctor, en estas condiciones, no puedo hacerme cargo, y desafortunadamente mis hijos no responden por mí, mi esposa falleció hace ya varios años, estoy solo – dijo don jorge angustiado-

–  Lamento su situación don Jorge, pero créame que no puedo hacer nada –el joven doctor calló por un momento y detrás de los lentes pudo verse que sus ojos se empañaban- Ya para mí es bastante doloroso ver a mis pacientes en el suelo del hospital, y me he visto obligado a volverme insensible ante tanta crueldad e indolencia de aquellos que realmente podrían hacer algo por todos nosotros –comenzó a desahogarse el mismo doctor dirigiéndose a todos quienes estaban allí- no son ustedes los pacientes los únicos que sufren, quise ser médico para salvar vidas, en cambio cargo cada día con la impotencia de ver las escenas más traumáticas que un ser humano puede vivir y no poder hacer todo lo que podría. No sé quien es usted don Jorge, pero le pido perdón.

–  No me enojo con usted mi doctor, soy conciente de la situación, mírenos no más, ninguno de los congresistas pensó en esto cuando aprobaron que la salud debía ser un negocio. Y aquí estamos cada uno con su enfermedad y su tragedia, esperando algo -los demás pacientes escuchaban atentos reflejando sus dramas en la voz de don Jorge- No quiero, doctor, ni siquiera preguntarle el costo de la operación, ni con todos los ahorros que he hecho trabajando en el campo a lo largo de mi vida podría pagarla. Si me la han negado es porque debe costar mucho, y para esa gente doctor… -Suspiró don Jorge y prosiguió- …mi vida es muy barata.  

Blanco Vacío

Para los amores lejanos no tengo una palabra de aliento,

nos descubrimos sólo como unos románticos fuera de tiempo

luchando a solas,

cada uno en su rincón,

contra la indolencia del viento.

 

Para los amores lejanos tengo sólo palabras que evocan recuerdos,

letras que no alcanzan a habitar el vacío ardiente

de la ausencia viva,

de esos ojos,

de esos labios,

de esas manos,

que en medio de la noche me despiertan con su ingrávida presencia.

 

Para los amores lejanos soy sólo una casa de paso,

una cascada escondida,

una canción en la playa,

una hamaca en la jungla,

un viento suave en la cima de una montaña,

una chimenea en una noche de invierno.

 

Y a mis amores lejanos entrego todo lo que tengo,

para todos soy hermana, puta y madre,

oráculo, yerbatera y musa

porque aunque del monte vengo,

sé ofrecer una poesía, una música, un conocimiento.

 

Pero los amores lejanos sucumben ante el peso de la distancia,

ante la soledad del cuerpo,

ante la resignación de toda espera,

y me rencuentro abandonada y sola,

como un episodio aislado en el camino

de mis amores lejanos.

 

Porque a mis amores lejanos no pido nada a cambio,

soy, entrego y sueño,

crezco, escucho y beso,

conciente siempre de esa esencia que no se junta, no se mezcla

que busca siempre

y que nunca encuentra.

 

Y quizá sea cierto que nos hemos amado,

y quizá ninguno me olvide,

y quizá alguno volverá a saludarme,

y  quizá algún otro me añore,

y quizá aquél otro recuerde todavía mis ojos encendidos.

 

Y quizá seré siempre brújula,

estrella del norte,

diosa amazónica,

sueño etéreo de amor perfecto,

sol del caribe,

más nunca destino

porque todos reemprenden el paso.

αξιωμα

10:16 de la noche, me siento frente al computador, enciendo un tabaco. Soy Ernesto, tengo 36 años y me dedico a hacer guiones para películas y lo hago bien, el sistema me lo ha permitido y no me da vergüenza usar la fórmula, si ella me permite sobrevivir. Adaptación supongo. Suelo trabajar a esta hora como muchos de mis colegas. Quizá porque la noche despierta a las musas, quizá porque la oscuridad me eleva, o de pronto será el poder mágico de la luna, o simplemente porque me gusta el silencio.

Entonces, frente a la pantalla en blanco y con una vaga idea dando vueltas por la cabeza, me dispongo a escribir algo. Hoy me cuesta más que de costumbre, ya han pasado 20 minutos y no he logrado escribir ni la primera letra de la primera sílaba de la primera palabra de la primera frase. Una historia, me dijeron en la universidad, me sé la carreta de memoria. Puedo ver a todos mis profesores aquí en mi sala recordándome cómo se escribe un guión. Una historia que alguien vive, que alguien cuenta, que alguien conoce. Alguien. ¿Quién? Un personaje. No una persona… un personaje. Una representación de todas las realidades posibles del infinito espectro de realidades paralelas que la teoría de las cuerdas propone. Básicamente una representación de nosotros mismos, pero para ser honesto yo no conozco el “nosotros”, me conozco a mí, y de allí deduzco todo lo demás. Entonces estamos hablando de una representación de mi mismo. Pero no estamos hablando de mi persona, hablamos de un personaje, de una conciencia propia que habita en un mundo ficticio.

¿Por qué digo todo esto? Debo escribir un guión, cierto. Un ejercicio complejo pensándolo bien, admitiendo una vez más que hay fórmulas comprobadas que simplifican el proceso y que además han resultado ser bastante lucrativas, dejando a un lado cualquier romanticismo. Sin embargo, hoy personalmente me siento frustrado. Porque en teoría, debo poner en letras imágenes mentales que más tarde se convertirán en imágenes en movimiento proyectadas sobre una pantalla, que algún alma solitaria verá un martes por la noche queriendo abstraerse un momento de su vida, sufriendo y disfrutando con el drama de alguien más. Claro para esto, una persona real deberá antes olvidarse de sí misma para dar vida a ese personaje que debo construir a partir de mi experiencia personal, y que además deberá ser creíble, por tanto debo depositar en él todo cuanto en mi saber exista sobre los seres humanos y las relaciones entre ellos y las situaciones que atraviesan, y las leyes de la física, y la economía mundial, y las miles de problemáticas que un humano pueda enfrentar, incluida una invasión extraterrestre, entre millones y millones de otras variantes posibles. Es decir soy el Cuentacuentos, el creador de la historia, del universo y de la historia del universo, ergo soy dios.

Y ya sé lo que están pensando, pero no, no es que me emocione ser dios, en realidad sentado aquí frente al computador, con estas ojeras ormai de años y luego de haberme fumado el quinto tabaco en media hora, créanme que lo último que siento es que soy dios. Si fuera dios me saltaría todos estos pasos, descargaría directamente de mi cerebro todas las imágenes, las editaría –cosa que no hago en el cerebro porque amo editar, pero bueno un dios normal, sacaría la película ya hecha de su cabeza- y proyectaría mi historia a aquella pobre alma solitaria que va al cine el martes por la noche. Pero resulta que no soy dios, y que en cambio debo escribir un guión. Lo que me hace caer en cuenta de un principio básico del humano, toda realidad es una construcción lingüística. A partir de un alfabeto establecemos estructuras que unen átomos de verdad, pensamientos que se convierten en proposiciones que terminan finalmente constituyendo el mundo. También el mundo de mi personaje. En el principio ya existía el verbo y el verbo estaba con dios, dice Juan. Y aquí estoy, con todo a disposición para crear a mi imagen y semejanza, una conciencia, una trama, un universo.

Sin embargo, por algo hago escribo películas y no literatura. Y es porque estoy harto del lenguaje y las palabras, y del trabajo que supone el poner mis pensamientos en palabras. ¿Por qué? Porque no son suficientes las palabras y creo que de esto ya se habrán dado cuenta. De un tiempo para acá, ciertas palabras me son esquivas e incluso llego a sentir cierto malestar de sólo referirme a ciertas sensaciones y conocimientos a través de ellas. ¿Qué soy? ¿Un alma? ¿Un cuerpo? ¿Un espíritu? ¿Ernesto? Puede acaso alguna de estas palabras describir-me o describir-te o describir-nos. No sé ni siquiera qué imagen me viene a la mente cuando pronuncio en voz alta la palabra mal o la palabra bien. Ninguna en absoluto. Pero cierto! Recuerdo la cara de mi profesor de sexto semestre diciendo fuerte y claro y con los ojos muy abiertos: Ac-cio-nes. Y ahora me imagino al loco del tratado lógico filosófico diciendo: El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas. Hechos. Recordé mágicamente porqué amo la música y recordé también porqué amo la psicodelia. Sensaciones que vienen de otras dimensiones, viajes espacio-temporales, desdoblamiento, luces, laberintos que llevan a lugares inimaginados, todo sin una letra de por medio ¿Demasiado hippie?

La sensación es certera. Las imágenes de mi mente son las verdaderas. Estamos llenos de claves que lo explican todo. Me enojo al darme cuenta que aquello único y cierto en lo que creo, algún tipo de esencia, luz, camino, conocimiento primario sobre la vida y el universo, se descompone cada vez que intento hacerlo lógico, al hacerlo lenguaje pierde su fuerza. Como estar extremadamente feliz –creo que esta es la palabra más aburrida de todas- con alguien y arruinarlo todo con un te amo, sufriendo la angustia que significa reducir todo a tan maltratada oración que no basta para describir semejante cúmulo de mini bigbangs internos simultáneos. Y así hacemos con todo. Yo creo que Juan se equivocó, díganme hippi pero en el principio todo era música y colores brillantes que jugaban a hacer formas en el vasto espacio, luego llegaron los occidentales con sus lógicas y sus religiones y sus políticas, y nuestra conexión primaria con lo etéreo sencillamente se extravió entre tantos jeroglíficos, que al final sólo nos alejaron de la verdad.

De la verdad etérea, pasamos a la lógica de los signos, de los símbolos, que no es más que el enigma. Ahora se me viene a la mente un pensamiento muy retorcido: venimos al mundo a crear el misterio y a perseguirlo hasta la muerte. Y luego nos veo a nosotros occidentales desesperados tomando brebajes, fumando, inyectando e inhalando sustancias, haciendo cursos de meditación en la India en busca de ello. Creo que por esto hago películas; aunque no sea dios y me toque escribir páginas y páginas de imágenes mentales que debo representar con acciones, que luego serán interpretadas por actores, mientras un productor jode la vida por algo, el director sufre de crisis existencial, y un noctámbulo edita horas y horas de imágenes, hago todo esto sin otro objetivo que aliviar las penas de aquél pobre solitario que va al cine los martes por la noche para sumergirse en el placer de abstraerse de la propia realidad, sin tanta palabrería, sin tanto misterio. El cine es sólo un haz de luz capaz de contener un universo completo.

Pero quisiera despedirme de ustedes con dos mensajes rápidos:

  1. Destruir el lenguaje. Sí, eso quisiera. Y con él destruir el mundo, el universo, dios, mi ego, tu iglesia y tu partido político. Quisiera vivir el mundo y la existencia sin palabras.
  1. Recuerdan eso que dije antes que no me gusta ser dios? Pues mentí. Soy dios.