Archivo mensual: febrero 2012

Dios retrocede con los brazos cerrados

Creo que sí. Creo que recuerdo cómo se siente la felicidad. Recuerdo mi sonrisa, sí. Recuerdo mi corazón en paz, sí. Recuerdo el mundo bajo mis piés y no sobre mi cabeza. Recuerdo la música, sí. Recuerdo los colores, las formas y los sabores, sí, los recuerdo. Recuerdo haber sido una con el todo y una en la nada. Recuerdo la sensación de volar, creo que sí. Recuerdo nadar en esas aguas en las que descansan todas las rabias y las nostalgias, donde todo lo enfermo se evapora. Recuerdo observar desde mi ventana, las nubes negras que se alejan entre ellas, se abren para abrir paso a la luz maravillosa de lejano sol. Porqué entonces mi alma brinca intranquila? Recuerdos, memorias, fragmentos de grandeza encerrados en una botella y arrojados al mar. Una casa antigua que asiste al deterioro del tiempo, fuegos y llamas de pasión que no lograron nunca incendiar el mundo. Y el mundo soy yo.

No estoy segura de saber cuál es el destino que busco, al contrario de algunos, mi naturaleza desafía constantemente todo lo que se encuentra, lo estudia, trata de entenderlo. Mi carácter es víctima única y exclusivamente de mi propio genio, un genio que se rehusa a develar sus secretos ante mi misma, su ama. Un genio que busca sin cesar una llama mística que encienda de una vez y por todas el amor hacia la vida. Hoy, sólo amo al universo y su eterno misterio, es lo único que concibo verdadero y pleno. La vida humana en cambio está plagada de falsedades, egoísmos, hipocrecias, inconformidades. Veo cómo la mayoría de estos seres que caminan en dos patas no quieren asumir ninguna responsabilidad en la historia de la existencia, viven sus vidas cómodamente en tibia temperatura constante, no viven el sufrimiento, sino aquél que el exterior les presenta de vez en cuando, huyen del sufrimiento, ese que nace desde dentro. Quién es este huésped que habita aquí dentro? …. Soy yo, cada una de esas mujeres que pudieron ser, que quise ser, que incluso fui, y que hoy no soy más. Puede haber dolor más profundo?

En las noches es cuando se agudiza mi cordura, y entonces sufro. Bajo la luz de la luna las almas inquietas se revuelcan en el vacío de la vida , a la espera de un algo que quizás nunca llegará. Entonces aparece el dolor, como un arroyo que arrasa todo con furia, arrancando árboles desde la raíz y abriéndose paso incluso allí donde no hay paso. Rompe las venas, rompe las paredes, rompe las ilusiones, rompe el sueño en mitad de la noche. Y entonces despierto, el techo de la habitación se convierte en una pantalla de cine en la cual repaso una y otra vez las escenas de mi vida, tratando de encontrar el punto exacto en el que me olvidé, en el que me dejé morir. La noche transcurre lenta; los sonidos de la calle, los perros, los autos, la lluvia sobre los tejas de zinc, la neblina, el reloj, el mundo material, el mundo de fuera. La cama siempre está fría, incluso cuando busco un cuerpo que pueda calentarla. Busco una definición, un susurro amoroso, una calma.

El dolor comienza a hacerse una costumbre, una habitación con paredes llenas de fotografías de pasado, de alegrías de antaño, de fracasos, de arrepentimientos, de sonrisas infantiles. Aquí vivo yo, silenciosa y frustrada, con este corazón inerte que paradógicamente late doliente. Acudo entonces a Dios, desesperada, lanzo un grito despavorido, un grito de socorro. Pero Dios no está, no existe para mí, de hecho, no existe para ninguno de nosotros, pues Dios no es más que puro misterio, y a la mística del universo poco le importa de nuestras vidas, poco le importa de nuestras carencias, poco le importa de nuestros sueños rotos.

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Es tarde y no me salío. Me cago en el título.

Día frío. Después del trabajo vuelvo a casa con ganas de escribir algo. De celebrar el reencuentro con la soledad. Me siento y me dispongo a pensar. Pero como siempre mi cuerpo se queja de algo, esta vez se queja de hambre, así que bajo a comprar alguna porquería en la tienda de la esquina y de paso pongo a lavar la ropa. Dejando la ropa en la lavadora me dirijo a la tienda, en el camino no desvío la mente de ciertos pensamientos que vienen picándome el cerebro, como por ejemplo, el nivel en el que los unos nos contaminamos a los otros con nuestros egoísmos, es como si cada quien quisiera vivirse su propio sueño olvidándose que al final todos construimos este sueño juntos. Pero… Debemos necesariamente olvidarnos de nuestras cotidianidades? O debemos entonces ir vestidos de blanco ofreciendo sonrisas y flores a todos como flotando en una nube de infinita tranquilidad? Aparentar que amamos a toda la gente, que somos felices necesariamente, o que de un día para otro todos nos convertimos en monjes y vivimos en un paraíso de  sabios y gente de buena onda con un mismo ideal y hacemos todo con elegancia y que nuestras vidas son felices y que no existe desconfianza y resultamos todos siendo una gran manada de “seres superiores” juntos que son la evolución de la raza y que viven en un gran jardín de amor y paz. En realidad voy buscando “gente de buena onda” en la vida? Qué rayos significa eso? No hay derecho a estar de mal humor? Buscamos un mundo compuesto de illuminati?  Hecha la tarea volví al departamento a tratar de escribir algo, depronto una elegía al pequeño espacio metafísico en el cual vivimos, una franja entre el universo de la física y el universo de dios, que a su vez se coquetean entre sí constantemente sumergidos en un mar cálido de completo y puro entendimiento y equilibrio juntos. Y nosotros todavía vemos un horizonte, y creemos que es posible llegar hasta el abismo donde termina esa línea. Aún creemos en las columnas de Heracles, hasta allí llega nuestra visión de lo que apenas conocemos y preferimos quedarnos cómodos en la seguridad que brinda la tierra firme, el reino de lo conocido. Lo desconocido está justo allí, pero se nos olvida que interactuamos constantemente con lo que desconocemos, y me temo, que es más lo que desconocemos de lo que conocemos. Me pregunto qué hay que hacer para adentrasrse en el mundo de lo oscuro de lo desconocido, qué se necesita para traspasar el umbral? Es hora de sacar la ropa de la lavadora y  ponerla en la secadora, de paso bajo la basura también, entonces bajo del cuarto piso al primero a hacer mis deberes interrumpiendo mi escrito por un momento pero de seguro no mi reflexión, esta vez ya a oscuras y bajando con precaución las escaleras, continúo pensando esta vez en cuánto nos debemos a la cotidianidad, lo que vivimos de modo tangible permeará siempre nuestro mundo interior, y bueno muchos dirán jactarse de vivir desprendidos del cuerpo y de las adversidades de la vida física y de ser fortalezas de hierro contra el mundo exterior a quienes nada afecta. Pero puede ser del otro modo, no? No nos afectará el hecho de nacer en ciertas condiciones? Del tener la suerte en este mundo social o colectivo del que hacemos parte de nacer con parte de la vida resuelta, digo, en cuestiones de pura sobrevivencia? Deber cumplido. Retorno a mis escritos. Subo las escaleras y me doy cuenta de que puse la basura en su lugar pero me olvidé de sacar la ropa de la lavadora y de ponerla en la secadora. Justo antes de abrir la puerta me percato del descuido. Entonces bajo, teniendo siempre un poco de precaución en las escaleras porque están mojadas. En el preciso instante en el que el pie derecho de mi pensamiento pisaba el último escalón de la empinada escalera con alguna nueva pregunta existencial, alguien aparece en el panorama. Quién? Mi mente necesita un par de segundos para identificar al personaje, antes de lograr alguna conjetura ella mueve los labios parece que quiere comunicar algo. Quién eres? Me pregunta ella. Qué? Digo yo. Quién eres? Repite ella. Ehhhh… no logro dar una respuesta. Qué se supone que debo decir? Pienso mientras ella me mira atónita. Vivo aquí, es la mejor respuesta que le doy. Ya sé que vives aquí, dice ella. Christu! Eso fue lo mejor que le pude decir y ahora qué le digo? Pienso. Soy Cecilia, digo un poco confusa. Sí me dijeron que eres Cecilia y vives en el 8 con Cristina, eres la que trabaja en la radio, colombiana, no? Dice ella. Un momento! Necesito comprender esto… pienso mientras la miro estupefacta… Sabes perfectamente los detalles de mi vida, y aún así me preguntas que quién soy? Pero qué demonios se supone que debo responder a semejante pregunta? Pienso. No sé cuánto tiempo pasó realmente mientras miraba su larga y blanca nariz al tiempo que pensaba todas estas cosas. Tengo que bajar, chao! Dice y se va. Rompe mi nube de pensamiento. Trato de sacar alguna conclusión, de analizar lo que acaba de ocurrir. Pero me confieso a mi misma que no tengo ni ganas ni necesidad en pensar en esto. Qué tenía que hacer? Mmmm…… Sacar la ropa de la lavadora y ponerla en la secadora. Lo hago inmediatamente y subo con premura al departamento. Ahora estoy escribiendo todo esto, el texto tomó su rumbo, o la vida? o mi mente? Cuántas posibilidades habrán existido de otros textos posibles de otras vidas posibles? Sin embargo este es el texto final, con vida y orgullo propios. De todas esas posibilidades esta fue la ganadora, o quien sabe, si todas esas vidas y posibilidades posibles conviven paralelamente. O quien sabe si este no fue el sueño que tuve anoche o que tendré esta noche. Bueno. Creo que la intención primera del día está cumplida. Ahora ya es hora de cenar. Tengo hambre de nuevo. Todavía no le puse título, algo se me ocurrirá a lo largo de la noche. Espero.

María vivía de arroz

Me llamo María, aunque muchos se olviden de mi nombre o no les guste porque es demasiado común o porque María se llamaba la “madre de dios”, a mí en cambio me gusta mucho, llamarse María es como llamarse Mujer o Fémina, es el nombre de mujer por excelencia. Estoy jóven todavía, mi pelo es completamente negro gracias al arroz y en mis ojos se ve todavía la misma mirada que tenía hace 20 años, no ha cambiado y mi padre lo sabe. Nací mujer aunque muchas veces me guste jugar a ser hombre, nací mujer por puro azar y no me disgusta, sin embargo no juego a lo que la sociedad le pide a la mujer, soy mujer y me comporto como mi naturaleza me lo indica, sin prejuicios sociales o religiosos, por el contrario, confío, más que en cualquier otra cosa, en mí, que soy madre, bruja y hembra. Confío ciegamente en eso que llaman el instinto, aunque para algunos suene demasiado místico como para ser considerado legítimo. Mi lógica y mi razón no son estructuras rígidas que se alzan como rascacielos sobre la ciudad de las pasiones, mi lógica y mi razón son mejor como el sistema eléctrico de esta ciudad oscuramente apasionada; alumbra las calles obsenas de mi mente y enciende los motores que hacen funcionar  la ciudad que habito.

Me juzgan por allí por atender los cánones de la sociedad, pero amigos, no hay mujer como yo que no quiere ser limitada por estos cánones, porque incluso el hoy y la modernidad imponen sus normas a la sociedad y a la mujer. Es así entonces como la “mujer liberada” también debe actuar de cierta manera para acoplarse a las exigencias del mundo moderno, para no parecer la mujer sumisa del medioevo. A mí no me interesa nada de esto, ni vestirme de cierto modo, ni dejarme atrapar por la imagen de la mujer moderna, no, son todas tonterías. Nacida hoy como nacida hace 500 años, me interesa sólo conectarme con el principio primordial de la humanidad, comprender el tiempo y el universo y mi paso por el mundo de la física. No me interesa destruir vuestras lógicas complicadas, vuestra vida teorizada, vuestras convicciones de antaño. No. Porque se pueden eregir grandes templos al mundo teórico y dialéctico, y podemos cerrar las puertas de ese templo a cualquier atisbo de irracionalidad o salvajismo. Cierto. Pero acaso no morimos cómo mueren los pájaros o las flores?

Me llamo María y nací en una casa donde todos los días se come arroz blanco con un pedazo de carne. Puro y sencillo arroz blanco cuyo único objetivo es saciar el hambre. Y entonces dirán que no sabe a nada, que es el emblema de la pobreza, que es la comida de los enfermos. Y yo les digo que no me lamento del arroz blanco, que no me lamento de su poco sabor, pues un pueblo que saborea los alimentos es un pueblo satisfecho que come por placer y no por hambre. Y el hambre no es más que vida. Un hombre sin hambre es sólo un pretencioso. Y ya no estoy hablando sólo del arroz. Nací con poco, con lo básico para crecer con un cerebro nutrido, pero es precisamente lo poco lo que me mueve, el espacio vacío que debo todavía llenar. Me doy cuenta de que estoy triste cuando se me quita el hambre, cuando me siento morir no tengo hambre. Ahora recuerdo las palabras de una vieja anciana que conocí vagando por las frías noches del norte, al hablar de su vejez me decía precisamente “como muy poco, no tengo apetito”. Ella ya está satisfecha y no puede más que esperar la muerte. Un hombre satisfecho de manjares se aburre y sufre, quizá por tenerlo todo, por tener demasiada energía y poca vida. Yo no tengo nada, sólo un pasado en las venas y un futuro incierto; no tengo certezas, sólo dudas; no tengo amores, sólo soledades amontonadas; no tengo días, sólo noches de sueños. Y con hambre espero el ocaso.

Me llamo también Cecilia. Sé que a muchos no gusta tener varios nombres, yo en cambio le doy otro sentido a esta tradición popular latinoamericana. Tengo dos nombres, así como soy bilateralmente simétrica, característica de los animales menos primitivos, dicen los biólogos. Tengo dos nombres así como tengo dos rostros. Cuando me aburro de la ingenuidad de la una, me paso a la aspereza de la otra. Pero a pesar de que todos cargamos dentro al Dr Jekyll y a Mr Hyde conviviendo y peleándose continuamente, recordemos que para que haya simetria debe existir un eje central del cual se desprende todo lo demás. Un eje que será nuestro soporte y nuestro sistema nervioso central. Quisiera saber entonces cómo me piden conservar el equilibrio, siendo que mi columna vertebral vive en mi cuerpo como una serpiente corriendo sobre las dunas del desierto y hace doler… la arena. No me pidan más cordura, no me pidan que actúe como la mujer perfecta, porque no soy una obra perfecta ni de la naturaleza ni de dios, que he bien he nacido con un mal congénito, o dos: mi cuerpo deformado y mi mente inquieta.

Pequeñísima oda a la utopía

Yo habito donde no llega el ruido de la ciudad, donde comienza la nada y termina el todo. Habito donde los niños no son hijos de la calle sino hijos del campo, habito donde termina el asfalto, donde se rompen las olas del viento justo detrás del volcán. Habito donde las horas no se llaman horas sino primaveras, donde el agua no se esconde, donde las hierbas sirven de cama, medicina y todo. Habito donde los pájaros anidan al lado de las tortugas, donde las libélulas se detienen a contemplar los primeros rayos de sol. Habito donde nadie existe, donde los nombres se dejan sólo para las plantas y los animales y nosotros somos sólo una parte más de la existencia, no mejor que las rocas o los hipopótamos. Habito donde el río es mejor que la TV, donde los sueños son el quéhacer diario, donde la piel es terciopelo y mutuamente nos cubrimos todos con ella.

Voz en off

No hay peor sensación en el mundo que la de sentir esta voz dentro de mi cabeza. Esta voz que susurra cosas que a veces no se pueden entender, pero que espantan. Quién? Quién está aquí dentro? Cómo llegaste hasta aquí? … Un attimo de terror. De verdad nos sentimos seguros de nuestra “privacidad”? Qué guardamos de nosotros únicamente para nosotros? A veces imagino mi cabeza como un bunker, donde creo y confío que estoy sola conmigo misma, donde nadie absolutamente podría llegar alguna vez hasta allí, un lugar del cual sólo yo tengo la llave. Y depronto, en el clímax de la confianza de esta intimidad primordial… la voz. Voz que no carga mensajes de paz. Voz que envuelve mi mente como nubarrones negros que se ciernen sobre la ciudad. El juego perverso que todos estamos jugando, este mal fundamental que todos llevamos dentro. Estamos todos condenados a él, incluyendo el santo.

Inmóvil en la cama, las paredes ya no parecen tan seguras, ni las cortinas anti voyeur, ni la puerta impenetrable. Fingiendo no sentir miedo, permanezco helada y tiesa bajo las cobijas, acomodando palabras para eliminar los malos pensamientos, pero siguen ahí. Inquilinos que siempre han estado allí. Suspiro profundo queriendo tranquilizar las venas, pero este temor que mantengo oculto se cuela entre los calados de la noche y de la vigilia. Se aprovechan de mi alma sola para perturbarme en el inconciente. La mezquindad, la culpa, el error, la maldad.  Así nutrimos a nuestros huespedes, comen de nuestras peores pasiones. Y ellos viven justo allí, en el espacio abismal y oscuro que separa la conciencia del sueño. Y cada noche vuelven, porque la noche siempre vuelve incesante, con sus voces que anuncian muerte. El espacio que en mi mente se preña de miedo, de sueño, de remordimiento. Ha sido siempre esta la historia de la noche, historia que ha engendrado los más siniestros poemas.

Dicen por allí que siempre estamos solos, pero no, siempre hospedamos en nosotros fragmentos de pasado que vagan perenne por los pasillos de nuestra mente, vidas solitarias que caminan en procesión recitando una y otra vez sus propias penas, como si no las conocieran ya bastante bien. Cadáveres delirantes que atraviesan mis túneles. La muerte está pegada a las paredes de mi mente como la humedad al techo de mi alcoba o el hongo a las baldozas del baño. Y en este sufrimiento, en el medio de esta tormenta, no me queda más opción que volver a mi cueva oscura donde puedo no ser, donde no tengo que verme al espejo, donde los demás no existen, donde puedo llorar sin que nadie me escuche, donde mi llanto no es más que un eco insonoro. Corro hasta allí, hasta mi guarida, y cuando me creo por fin sola, por fin tranquila, por fin en silencio… La voz.

La más grande ironía

Hoy amanecí con la desconfianza entre los dientes, con el amargo sabor de la soledad descansando sobre mi lengua, tiritando de frío, con los ojos completamente secos y los labios en coma. Hoy me desperté con la fotografía de mi muerte en el pensamiento, no sé si les ha pasado esto que a mí frencuentemente, de imaginar mi muerte de formas diversas pero siempre como quien observa una polaroid recién hecha. A veces cuando estoy tomando el café me veo muerto sobre el pavimento, cuando me ducho me veo en la cama de un hospital, cuando camino por la calle imagino que en cualquier momento alguien me sorprenderá con un revolver por la espalda, otras veces, la mayoría, me vi muerto por mis propias manos. Cuando la polaroid fatal viene a mi mente normalmente no me asusto, soy conciente de que tarde o temprano algo pondrá fin a esto que llamamos vida, sin embargo sueño con una muerte que no me duela, sueño con una muerte que me permita degustarla hasta el último segundo de aire.

Hoy amanecí con el frío entre los huesos, con hambre de tener hambre, con mi descendencia seca en la punta del pene, con los bronquios que duelen de tanto aspirar el humo letal de la desidia. Hoy me reconozco más que cualquier otro día, hoy me desperté resignado a esto que soy. Hoy no hay mañana. Hoy amanecí con la pereza de soñar con un futuro. No quiero poner más cruces en el calendario, no quiero esperar el momento en el que me caerá del cielo la felicidad. No quiero esperar el día ese del que todos hablan, el día en el que me levantaré con el sol en la frente. No. Hoy estoy cansado. Estoy cansado también de dormir, de drogarme con la idea de desconectarme del mundo cada noche, para luego darme cuenta en el sueño de que del propio subconciente es imposible desconectarse, allí está siempre latiendo, allí está siempre atormentándome con sus miedos, con sus paranoias. No vale la pena tampoco dormir desde que la tristeza me acompaña.

Hoy amanecí con la vida que se me cae del pelo, con la saliva guardada en el armario, hoy amanecí largando la primera esperanza con la primera meada del día, tragando la primera nostalgia con el primer sorbo de café, olvidando mis sueños de niño debajo de la almohada. Hoy amanecí sin ninguna fe. Hoy amanecí sabiendolo todo del mundo sin dejarle ningún espacio a la sorpresa. Hoy amanecí apestando a autocompasión

Sin embargo y a pesar de todo, hoy amanecí.