Archivo mensual: marzo 2020

trenes y cabezas

Salto de un vagón a otro, no hay nadie.
Voy sola en este tren furioso que del mar se dirige a la montaña, atravesando bosques y parajes cubiertos de niebla.
Carroza 7, cero personas.
Carroza 6, cero personas.
Carroza 5, cero personas.
Busco saltar a la carroza 4 pero me quedo atrapada en el frágil espacio entre carrozas,
donde los ruidos de la ferrovía pasan en diabólicos 4/4, y no en los dulces 3/4 del confort de la carroza,
donde el viento gélido de los Alpes que se convierten en Apennino, entran por las hendijas del acordeón.
Trato de abrir la puerta, de buscar unos ojos piadosos.
En la carroza 4, cero personas.
Muy al fondo, quizás en la 2, se vislumbran algunas cabezas que no saben que me quedé atrapada en el intestino de este gusano de metal.

Milonga

Para los piés que bailan en el pantano
para las manos que dibujan figuras en el pasado
para los besos disecados en el cuello
para las miradas con vergüenza del deseo
para las mujeres que se sienten viejas
para los hombres que crecieron sin padre
para las hojas con poesías dejadas a mitad
para las almohadas empapaditas de llantos y vigilias
para los amigos en el café de siempre
para las charlas con la madre sentada en el borde de la cama
para los días de fiebre intensa y sin apetito
para los exámenes perdidos en la universidad
para los pulmones teñidos de negro
para los peces que murieron sin saberlo
para los instrumentos que nadie nunca afinó
para las películas sin espectadores
para las tardes sentadas en el mecedor
para los dolores sin enfermedad
para las piedras que no fueron consideradas
para los caminos sin viandante
para las letras sin verdad
para las caricias sin aire
para las almas solas

Cuando los ruidos frenéticos y todos nosotros

Se estaban acumulando las palabras en estos días raros, todos han perdido ya la cuenta de cuando iniciaron a mirarse en el reflejo del espejo del baño todas las mañanas de manera ligeramente distinta. Cambios imperceptibles, les llaman. Inicia con una mirada al complejo facial, luego se acerca a los ojos que alcanzan a percibir el frío del vidrio, que inmediatamente se empaña con una exhalación. Continúa con la nariz, luego la línea delgada del labio superior, una sonrisa fingida para un escrutinio dental, y luego tilt up rápido hasta la línea del cabello, a ver si se ha movido hacia atrás de un pelo. Zoom out. Cuello, pecho y hombros. Ojos otra vez. Algunos segundos, y el rezo de la intención del día. Quizás es allí donde se esconde el cambio imperceptible que le llaman. Olor a eucalipto de la infancia. Evanescencias de papeles de oficina. La última frase escrita en el diario, o en el mail al colega. El orden del día. Lo lejos que está la primavera. Las cavilaciones de la noche anterior iniciaban a degenerarse en pesadillas, llantos descontrolados, días pesados, dolores de espalda, todos achaques de la gente esperanzosa. Durante la noche el corazón galopa hacia la aurora sin contemplar que los árboles se han llenado de nidos de pájaros exóticos, que la brizna de la oscuridad cura los malos presagios, y que atravesado el bosque de la verdad, el sol, en su único rayo de luz, nos habría penetrado entre las 9:22 y las 10:08. El corazón ha ensillado el potro más desbocado, y poco interés tiene en darle direcciones. Durante la noche, los sueños ya no hablan de las antiguas penas de amor, de las depresiones cotidianas, del malestar de una vida llena de confort, qué vergüenza que tantos sienten ahora cuando piensan en sus viejas cárceles. Durante la noche, la anciana hermosa del edificio de enfrente enciende la luz a las 2:44, obligando al individuo a abrir los ojos y entreverla a través de las cortinas. Durante la noche, los jóvenes ya no se reúnen a escuchar techno y entonar himnos a la reverenda nada. Reverendísima. Alguien con un televisor encendido se corta las uñas de los piés. Ha de tener razón el potro desbocado que sin sentir el peso de su jockey, corre como si nadie lo montara. El equinoccio de primavera ha llegado, inicia un nuevo año astrológico comentan voces fucsias. El potro busca la potra como es ley, y la potra bebe del pantano aguardando un correo electrónico. Durante el día, inicia la guerra del silencio, cuya arma más letal son las palabras redundantes. Esas sabandijas rebotan de un muro a otro y le dan en la cara marica, a muchos desprevenidos, menos, eso sí, a la anciana hermosa del edificio de enfrente, que ya ha puesto a secar en el tendedero de la ventana, todos los trapos y todos los vestidos y todas las toallas de los últimos veinte años. Durante el día, alguien se pone unos zapatos azules y sale a buscar agua al pueblo de al lado evadiendo los controles policiales, vive convencido que vestido de azul pasa desapercibido, según él, el azul es un color invisible al ojo humano, es el color del agua y del cielo, y nadie nunca ha visto ni el agua, ni el cielo, de verdad, hay que creerle a este señor. En las horas en las que el sol da su media vuelta, redes de hormigas y termitas se entretejen entre las casas de las personas que flotan y se miran al espejo. Llevan electricidad y números bajo estrictos protocolos de encriptación, compresión, y autenticación, hackeados de vez en cuando por una que otra rata en estado de putrefacción. Cuando la vía no está bloqueada, hormigas y termitas, llegan a una casa y en tiempo record realizan el intercambio eléctrico-mecánico. Ha sucedido alguna vez que una termita haya descodificado un paquete de números electrónicos y con decepción haya sido de su conocimiento que un viejo conocido denunciara a las termitas ante las autoridades competentes por haber devorado por completo uno de sus libros preferidos de siempre, el mismo libro que le gustaba también al lector de las montañas aisladas, y a la lectora de la llanura de fuego. Las hormigas en cambio van y vienen, van y vienen, van… y… vienen…., y van… sobre todo van. La persona distraída después de mirarse al espejo, ve ante ella un espectro de posibilidades tan amplio que es abrumador: puede decidir volver a la cama y desarrollar su entera jornada desde allí, darse una ducha, hacer ejercicio local, muscular, intestinal, testicular, musical, manual, vocal, vaginal, intrapulmonar, capilar, anal, dental, paratextual y de todas aquellas palabras que terminen en al o ar; puede decidir dedicarse también a la actividad culinaria, comercial, de aseo, de lectura, de amontonación armónica de la leña recogida en invierno, de organización del material digital y analógico, de costura, de repatriación del tiempo, de clasificación del ocio y de las mentiras del mañana. Sin embargo, entre la bruma de las decisiones cotidianas, tan significativas para el gran panorama de la vida eterna que es este paso por la tierra, el sujeto recuerda haber soñado de ir sobre un potro desbocado que atravesaba un bosque sin pensar que entre las 9:22 y las 10:08, un único rayo de luz le habría penetrado el pecho. Entonces corre hacia la ventana, y a las 9:56, le quedan sólo 12 minutos para que el único rayo de luz le penetre el pecho. Abre las persianas, y allí estaba, vivo, radiante, esperando el levantamiento de los corazones antes de esconderse detrás del edificio de la anciana hermosa del edificio de enfrente. Entonces se expone con el corazón cansado de la galopada de la noche anterior y se recarga mientras los rayos uv le besan las mejillas y le obligan a cerrar los ojos. Esos 12 minutos pasan tan lentos como rápidos, y el único rayo de luz ha desaparecido. La bruma de las decisiones se cierne sin pedir permiso sobre su cabeza, y vuelve a divagar en su mar cerebral. Los golpes a la pared de un vecino universal, lo sacan de esta densidad gris, y toma una decisión que sucesivamente ejecutará sin mayores pretensiones ni mayores remordimientos. Cualquier acción que desarrolle de ahora en adelante estará bien o estará mal, y las hormigas y las termitas no lo sabrán, ni tampoco la anciana hermosa del edificio de enfrente, ni tendrá ningún efecto burocrático sobre las vías que tomará el potro desbocado cada noche, ni tampoco sobre el giro del mundo. Quizás solo un efecto podría tener -y debe ser resaltado este “podría”- el ignorar el abanico de efectos secundarios que una decisión u otra pueda tener sobre el panorama completo de la vida eterna que es este paso por la tierra, y esto es sólo una elucubración, que sea posible vivir durante el día (y durante la noche sin comprobados efectos) sin la contaminación auditiva y visual de los ruidos frenéticos que atiborran las paredes de este edificio, y de estas carreteras, y de las oficinas, y de las casas del pueblo, e incluso de la cueva del ermitaño.  Una vez el señor vestido de azul le echó un cuento extraño al único policía que lo detuvo violando una de las miles restricciones, entre esas la de vestir de azul. Lo que se relatará a continuación es un boca a boca secular, y no rinde homenaje al genio de los zapatos azules. Afirmó el haber soñado que su corazón galopaba un potro desbocado que cruzaba un bosque sin notar que estaba lleno de nidos de pájaros exóticos, y que apenas despertó, se alzó de la cama y salió corriendo. Corrió por días, y fue cuando se detuvo a beber agua en un pueblo cercano que se dio cuenta que todos los nidos de su sueño estaban paridos y que los recién nacidos armonizaban y que él se descubrió sin oídos para oír, ni ojos para ver, ni boca para hablar, ni nariz para sentir, y que era su corazón el incapaz de pasear en su potro sin afanes ni penas.

Modulazioni

A me qualcosa mi preme ogni volta
Non so bene cosa
A volte inadeguatezza
A volte stanchezza
A volte voglia di morire avvolta dalla pelle di qualcun altro
A volte voglia di piangere il tutto
A volte bisogno di ballare al tempo del mio cuore
A volte vergogna
A volte dolcezza
A volte voglia di mordere le dita del pianista
A volte pesantezza
A volte troppi pensieri troppo veloci
Eppure resto tesa
sul filo del coltello
col mazzo di carte in mano
aspettando la prossima volta
un lampo, una tempesta,
il caos, il buio
noi due, la musica,
il colore del tramonto attraverso la finestra,
la superluna, la strada a casa.
Svegliarsi da un sonno troppo lungo,
solo per un istante,
solo per vederci da lontano,
isolati senza un dio,
passando da si minore a re maggiore,
senza fermare il fiume,
senza abbassare il volume.

A ti, mujer invisible

Sé que me estás leyendo, y sé qué es lo que vienes a buscar.
Has venido a conocerme pero terminarás por conocerte a ti misma.
Bienvenida eres si no hay morbo, y sin embargo lo hay, lo habrá siempre.
Crees que lograrás husmear en mis entrañas, pero acá dentro no hay más que un espejo.
Todos los sentimientos son universales, y te digo, estoy cansada de fingir que no lo sean.
La brillantez de la verborrea a menudo nos desvía de la verdad.
Tú conoces la verdad, yo también.
Es encantador dejarse llevar por la corriente de las palabras, pero en ellas nunca encontrarás descanso.
Y cuánto duele darse cuenta de haber pronunciado palabras que luego se te regresan como cuchillos.
Pobres los hombres que no tienen más que palabras. Imagínate la pobreza del espíritu.
Pero mira lo que nosotras podemos hacer con las palabras cuando dicen la verdad:
En la cima de una montaña rocosa nace una flor besada por dios.
Y esa flor sola,
eres tú,
soy yo,
somos nosotras.
La aridez de las palabras que están desconectadas de la verdad crean un hueco de arena en el desierto de la esperanza.
Sin raíces, nos terminamos yendo por ese canal que lleva al peor lugar que te puedas imaginar.
Ven, te lo describo:
No hay nada, y tú no eres nadie.
Hablas y tu voz se te devuelve.
Gritas y lloras, y nadie te oye.
Abres los ojos y no ves nada ni nadie.
Y sabes qué pasa cuando pasas mucho tiempo allí?
Inicias a imaginarte la felicidad.
La imaginas con tanta fuerza que empiezas a creer que es real, y la engendras como a una vida en tu pancita. Sueñas con ver sus ojos, sueñas con acariciar su cabellito.
Empiezas entonces a sentir que hay mucho amor dentro de ti, y te parece irreal que nadie te vea.
Sobre tu cabeza aparece claro y conciso el hilo de palabras que en espiral construyeron este hueco con el paso de los años.
Proust lo llamó À la recherche du temps perdu.
Casi diez millones de caracteres que forman palabras, frases, párrafos, cartas, correos electrónicos, chats, horas y horas de conversaciones mirando el techo, girando entorno a tu cabeza.
Y entonces vuelves a gritar… para que nadie te oiga.
Cuando nadie te ve pasa algo también terrible,
te olvidas de tu cara,
escuchas sólo y nada más que tus pensamientos,
una pelota de tennis que rebota y rebota y rebota contra el centro de tu frente, allí donde dicen que duerme el tercer ojo.
Las mentiras con las que hemos crecido las mujeres datan de mucho tiempo atrás,
de aún cuando tus genes se creaban en los incipientes ovarios de tu madre, cuando ella era un feto todavía, y así hasta el inicio de los tiempos.
Luego, a lo largo de nuestra vida, los hombres nos repetirán hasta el cansancio las mismas mentiras, pues ellos a su vez viven en ellas.
Pero con un agravante, ellos eligen vivir en ellas.
Las promocionan.
Ah! la comodidad.
No todos, pero todos a su modo lo hacen.
Mi hermano también, y eso que es el mejor ser humano de la creación.
No basta ser un buen hombre y no pegarle a la mujer.
No basta ser un buen hombre y “amar a las mujeres”.
No basta ser un buen hombre y sólo hablar.
No te conviertas en palabras vacías en la boca de un charlatán.
No dejes que las palabras te roben el hoy, y el mañana.
No dejes que te hagan creer que eres algo que no eres.
No dejes que te hagan avergonzar de las certezas de tu corazón.
No dejes que te dejen sin útero, cuando llegan a decirte que no serías una buena madre.
No dejes que te arranquen tus raíces, cuando te digan que creer en el verdadero compañerismo entre los sexos es una sobre-estructura.
No te quedes en el aire,
no entres al desierto de la esperanza,
no te dejes arrastrar al hueco sin fondo de las construcciones gramaticales vacías,
no te olvides,
no golpees la caja de cristal de las palabras como una mosca en una ventana.
Elige el ser, al hablar.
Elige ser esa flor sola en la cima de la montaña,
brillando sólo para ti,
y para ese dios que tiene los ojos de tu madre.
Perdona si hablé demasiado,
necesitaba decir la verdad.