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Contaminación Visual

Escena 1

Un muchacho sube al bus, tendría unos 17 años, la barba aún no le sale, tiene la piel sana como la de un niño, su voz tampoco ha madurado del todo. Su discurso no se asemeja al del resto de personas que suben a los buses con historias diversas para pedir limosna, él, a quién llamaré Manuel para sacarlo del anonimato, tiene la voz temblorosa y angustiada, su historia es terrible, habla de un hijo de dos meses enfermo, un tío que lo abandonó, una familia sin techo, una mercancía que le han robado. La desesperación es clara en los ojos de Manuel, un par de lágrimas escapan de sus ojos, comenta de la vergüenza que le da pedir dinero y de lo difícil que fue tomar la decisión de hacerlo.

Escena 2

Atascada en un trancón en plena hora pico, en una de las calles del centro de la ciudad, me quedo observando por la ventana las tiendas y los negocios, preguntándome una y otra vez de dónde sale el dinero para mantener una economía tan explosiva como la de esta capital, qué maquinaria enorme debe ser nuestro sistema para mantener de uno y otro modo la vida de tantos millones de corazones. Qué trabajo tendrán todas estas personas, los ricos y los pobres? De dónde sale tanta mercancía? Quién necesita todo esto? Mientras divago sobre la macroeconomía, una imagen me roba el pensamiento: un hombre de mediana edad, de piel sucia de años y años de calle, defeca bajo el inclemente sol de las montañas y a la vista de todos quienes por allí caminan, sin el menor pudor o preocupación.

Escena 3

Cae la noche y me detengo fascinada por las luces de colores de un edificio enorme y de estilo moderno, un hombre con 10 perros de diferentes razas y tamaños lucha con sus fuerzas para hacerlos retomar el camino mientras ellos huelen alguna marca dejada en un poste por algún otro canino. Detrás de él un grupo de 10 niños vestidos de héroes gringos, o piratas, o princesitas pasan gritando y riendo a su antojo. Después de los niños pasa una pareja de jóvenes homosexuales vestidos a la moda “hipster”. Luego una anciana de rasgos indígenas trata de atravesar la calle asustada por los carros que aceleran para no dejarse coger por el semáforo.

Sí, a todos debe sucederles, por lo menos una vez al día. Me resisto a creer que todas estas caras, carnes, cuerpos, risas, voces, palabras que son los humanos no sientan por un ínfimo instante la angustia que es la vida misma, su misterio, su gravedad. La gente de la calle, quienes venden, quienes caminan afanados, quienes van en carros o en buses, quienes duermen en las aceras, quienes se venden, quienes ríen, todos han de sentir el escozor que la existencia provoca irremediablemente dentro de nuestras mentes y en nuestros mismos cuerpos: sentir que en un segundo nuestras vidas se reducen a la nada, la concepción del hoy y del porvenir es tan frágil como un recién nacido echado a su suerte en algún basurero de la ciudad. Entonces todos salen de sus huecos para deambular por las calles en busca de algo que rellene el tiempo, recitando cada uno su papel con plena convicción; la arrogancia de la que estamos hechos los seres humanos. Me cuesta creer que la fragilidad de nuestro ser no produzca en los otros algún efecto visible, una señal de conciencia. La marea humana pesa sobre la tierra, la hace vibrar, la atosiga, la hace escupir sangre, lo hemos construido todo nosotros, y al andar por la ciudad, veo lo mal que lo hemos hecho, el artificio del humano no rinde homenaje a su genio, por el contrario, cada día es un bombardeo constante a nuestras humildes dignidades, a nuestra voluntad de construirnos, a nuestro sentido colectivo de especie, al amor mismo.

Sentado en una esquina del enorme edificio un hombre adulto vestido de traje y sombrero me busca la mirada, me acerco con confianza, ambos hemos visto el desfile de gentes que acaba de pasar, ambos hemos visto exactamente la misma profundidad de imagen. Me siento a su lado sin decir palabra sólo compartiendo el mismo sentimiento. El hombre toma aire profundamente, sonríe y me dice: “no te preocupes, Moravia ya lo había visto en Roma hace más de 60 años, y en esa época dijo “todos los hombres sin excepción, son dignos de compasión, sólo por el simple hecho de estar vivos” ”.

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Nirvana-Peste

La sangre viaja rápido a mi cabeza y a mis puños, quiero golpear, masacrar, torturar, matar. Agacho la mirada, busco algún punto con el cual distraerme, respiro profundo, trato de hallar la paz que se esconde en lo profundo de nuestros corazones. Corro veloz a ella huyendo desesperadamente de la ira, si le permito alcanzarme no sé de qué sería capaz, y esto me asusta. Ya he golpeado, no es una grata sensación. La pasión logra apoderarse de mí cegándome el pensamiento, por esto prefiero escapar. Veo entonces mis pies que desesperados me mueven a lo largo de una oscura alcantarilla que emana gases calientes de olor nauseabundo, me deshago de mis ropas tratando de refrescarme, pero no lo logro, mi corazón late fuerte, siento el hervor de mi sangre recorriendo cada una de mis venas. No hay espacio para el pensamiento, sólo para la cólera. Ratas gordas se cruzan en mi camino, sus voces hacen eco en estos túneles subterráneos, el rumor de los automóviles me bombardea los oídos, el chillido del metro deteniéndose me hace doler la cabeza, la ciudad tiembla sobre mí. Los transeúntes se dirigen a sus destinos sin pensar en esos que vivimos en las entrañas más oscuras de la ciudad y del alma. Escuchan la música en los trenes, no se miran, no se hablan, tiran las colillas de los cigarros sin hacer caso, leen los periódicos y las publicidades como cuentos para niños. Yo en cambio corro, sí corro, en las alcantarillas huyendo de la furia y el pánico. Grito mientras corro. Lloro mientras corro. Llamo a mi madre, a mi padre y a mi hermano, llamo a mis amigos, nadie acude a mi rescate, todos le temen a las cloacas, a los túneles donde se entra sin saber si habrá una salida, parece tratarse de un laberinto único con algunos agujeros hacia la superficie, hacia la luz. Corro pero siempre me encuentro en el mismo punto, o en puntos distintos que (mierda!) parecen ser iguales, cómo diferenciarlos?

Huele a muerte y no sirve la desesperación. Me detengo. Respiro. Me seco las lágrimas. Descanso las piernas. Miro a mi alrededor y trato de reconocer lo que me rodea. Cadáveres. Un zapato viejo. Mierda. Ratas. Bolsas de supermercado. Gatos negros. Basura. Abortos. Máquinas oxidadas. Cemento. Moho. Barro. Un reloj detenido. Una botella vacía de whiskey. Dentro de mí la rabia. La dialéctica de la humanidad recae sobre mi espalda y duele, los susurros de la gente llegan a mis oídos como lenguas muertas que no logro comprender. Todos hablan, se cuentan sus penas, despotrican de los gobiernos, de los errores del pasado, de los improperios del presente, de la desesperanza del futuro. De qué sirven todas estas palabras? Son como mis pasos, rápidos o lentos, pisan siempre el mismo suelo, este que pisamos todos y que nos conduce desafortunadamente o afortunadamente al mismo lugar, porque aquí donde estamos, aquí nos quedaremos, no importa cuánto corramos, no importa cuánto caminemos, no importa cuánto nos duela el cuerpo, o cuánto le dolamos nosotros a él, cada palabra es sólo otro ladrillo de este laberinto. Cállense! Cállense todos! Detengan los motores! Apaguen la radio y la tv! Muerte a los símbolos! Sólo en el silencio podemos confiar. Comienzo a correr de nuevo, más fuerte que antes, más enojada que antes, correré cuánto mi corazón pueda bombear, cuántos mis pies puedan desgastarse, no miraré el laberinto, sólo correré más fuerte, con más rabia hasta que pueda estrellarme y desangrarme contra uno de estos muros lógicos o hasta que pueda romper toda lógica y toda retórica.

No sé cómo llegué a este repulsivo lugar, así como usted no sabe cómo fue que llegó a los brazos de su madre… Sí, recuerdo, llegué huyendo de la ira, y aún estoy huyendo, como usted huye también.

30 horas sin dormir

Me dormí en una parte del mundo y desperté en otra. Parte de mí se quedó del otro lado, acá sólo traje un pedazo de carne y piel, la esencia está como ausente, necesita volver a desarrollarse. No reconozco mucho del exterior, sólo estas edificaciones de los años ochenta de colores muertos que arruinan el paisaje. Pequeños balcones llenos de plantas como un autoengaño de los seres humanos para creer que aún tienen algún tipo de contacto sincero con la naturaleza, con el verde. Múltiples antenas. Persianas cerradas. Sonido de aires acondicionados y carros, muchos. El tan aclamado desarrollo. Y yo que me siento tan ajena, y al mismo tiempo, tan hundida en esta basura. Cómo no volvernos locos si el horizonte está enladrillado? El paisaje cubierto por una enorme pared interminable, cruda, concisa, encarceladora. Y el cielo enmarañado con cables, antenas y naves.

Y cuando no se duerme el tiempo-espacio adquiere una nueva máscara. La geometría del tiempo y del espacio varía, es como si de pronto la fuerza de gravedad aumentara y la curvatura del universo recayera toda sobre mí. Todo se ralentiza, todo pesa, todo es oscuro, denso. Es claro que me muevo a una velocidad distinta de esa en la que se mueven todos. Viajo a una velocidad mucho mayor, constante e independiente de este sistema. Las parejas en la gran Piazza, los jóvenes de las motos sofisticadas, las muchachas a la moda, los que toman el café en el bar, pertenecen siempre al mismo sistema de referencia que todos conocemos. Son todos ellos relojes que se atrasan con el movimiento. Aunque para todos sin excepción el tiempo sea exactamente el mismo. El secreto está en la velocidad, según Einstein, en la intensidad, dirían los filósofos.

Y entre todo eso,  hay cosas que flotan, que son tan estremecedoras que hacen un quiebre brutal del universo. Sensaciones etéreas y divinas, lejanas de las matemáticas y la ciencia, del mundo. Momentos de pequeños big bangs internos, la creación de muchos universos nuevos y desconocidos, que distorsionan la veracidad de este único universo que creemos conocer, o más que distorsionarla, la ponen en duda. Un respiro, la chispa de la genialidad humana, el roce suave con el alma propia. Raptos abruptos hacia un lugar vacío y lleno a la vez. La perfección hecha una gota de sudor en un pequeño poro. Ver el universo a través de los ojos que fueron creados especialmente para ello.

Y aún así, dicho esto, ya nadie cree en nada. Los ancianos ya no esconden nada entre sus arrugas, ni las mujeres entre sus labios, ni los hombres entre las manos. La mística se ha quedado encerrada en los ladrillos de Sant’Angelo, la humanidad no guarda nada, es obscena y cruel, aunque bien vestida. Hiperreflexia, pérdida de la lucidez. Se cumplen exactamente 30 horas sin dormir, sin desconexión de la realidad, como un Tevere que lo ha visto y sufrido todo. Pero aquí ya estuve, como una viajera del tiempo-espacio, sintiendo que he existido siempre y que no me he perdido de nada. Lo juro, que ya el Tevere me había conocido.

¿Puede resultar trágico un asno?

Esta noche buscaba hombres y mujeres, buscaba seres humanos concientes de su egoísmo, de sus deseos, de sus miedos, de sus virtudes. Buscaba ojos que lograran reflejar un atisbo de luz, buscaba calma, comfort en la existencia del otro, felicidad en la vida compartida, cúmulos de energía valiosa, inteligente, aquello que en teoría somos. Pero como diría uno de los pocos grandes hombres,  sólo encontré monos imitadores de su ideal. Quienes pisotean la legitimidad del instinto y de la pasión, creyendo que son capaces de dominarse. Aquellos otros que en cambio sólo viven bajo la ley cruda y primitiva del instinto, negando los estados de razón a los cuales hemos llegado. Esos pocos que creen que la felicidad se halla a través de la razón y de la virtud. Cuál de todos más sensato.

Buscaba individuos, no gente, no masa; individuos concientes y responsables de la vida propia -alucinación?-. Mientras caminaba por la noche, con la luz de la luna entre las piedras y sin zapatos, me di cuenta cómo cada minuto me obligaba a tomar decisiones para poder continuar; meto los pies descalsos entre el fango y la mierda de caballo, o trato de subir por aquella roca? Tomo por la izquierda o por la derecha? Cruzo el riachuelo o mejor camino por el bosque? Por favor, no piensen que eran decisiones menores, un camino de dos horas en el medio de la jungla. Son pasadas las 8, no cargo linterna, debo llegar a la civilización, es este el camino correcto? Un paso tras otro constante, no quiero perder el ritmo de mi respiración, en el camino de las luciérnagas, del sonido de las ranas y  de los monos. Cada paso, recuérdenlo bien, es una decisión.  No nos quitemos nuestras responsabilidades de encima con frases tipo: “es el destino” “la voluntad divina” “la vida me buscó”. El azar juega con nuestras existencias constantemente, pero al final siempre somos nosotros quienes decidimos qué camino queremos tomar. Un sí, un no. Ahora. Es fácil y hasta entendible usar este tipo de frases a diario, no porque sean justas, sino porque la mayoría de decisiones a las cuales nos enfrentamos a cada segundo, las tomamos de manera inconciente. Es cierto que no podemos saber cómo será el futuro, si nos irá bien o mal de acuerdo con la decisión tomada,  pues hay espacio también para el arrepentimiento, aunque por ahí anda muy de moda el “yo no me arrepiento de nada en mi vida” con un aire de orgullo de por medio y gente que incluso se lo cree cuando lo dice. Es cierto que no es fácil tomar decisiones y que muchas veces la decisión que tomamos es simplemente procrastinar, o dejar que los otros decidan por nosotros. Pero éstas, si bien nos libran del peso de la decisión, debemos ser concientes de que también son decisiones. Mi reclamo es por la conciencia.

Puede uno llegar a ser conciente cuando se camina en la oscura selva con los árboles que ocultan la tenue luz de la luna, puede uno caminar entre la oscuridad y creer que este fango que piso es real, o este riachuelo? No puedo verlos. Soy conciente de ello. No importa cual sea el mundo, la verdad y la realidad, sólo pueden existir dentro de mi mente sin sentidos que me muestren un mundo hecho de apariencias. Pues hasta mi imagen en el espejo es sólo una apariencia, algo que percibo con la vista. Esta no soy yo. Yo soy esta otra que escribe sobre su propia conciencia, sólo puedo ver mis manos escribiendo, un efecto, no puedo ver mi mente pensando, la causa. Píntenme cualquier otro escenario, el mundo no existe, el ser es otra cuestión. Apaguen todas las luces, que no dejaré de soñar. Súbanme a un avión, que seguiré pisando tierra. Nada de esto me interesa. Entre más camino en medio de la noche, de la muerte o del sueño, me doy cuenta de cómo cada tiempo se extingue a sí mismo, cada segundo nace y se consume individualmente, ningún segundo es similar a otro, como las olas. Un peñón, un pantano, una montaña, unos leños, un puente, un salto, una caída, díganme si he dejado de ser la misma. Controlo mi pensamiento, soy dueña del misterio de la existencia, vengo del mar y de la selva, procreo, soy un animal como cualquiera de esas ranas, y aún así puedo ver las estrellas.

Somos tan ridículos en nuestro querer ser. Somos no más que un melodrama constante en el querer imitar aquello que nuestra razón de “seres intelectualmente superiores” nos dicta. Cuántas frases patéticas he escuchado por ahí que vienen a mí en este camino como un eco eterno, que nace en medio de la jungla, rio en silencio y mi sonido se camufla con el rumor de los grillos, ellos insectos yo humana. Rio pensando en las idioteces que nos decimos a nosotros mismos y a los demás para congraciarnos con el ideal de ser humano queremos ser. Te creíste muy listo? Pues te tengo. Como dije al inicio del post, terminamos siendo imitadores, protagonistas de una película que nosotros mismos nos inventamos, nada de lo que dijimos fue real. Quiero sentir algo real, como el sonido fértil de esta ranita en el medio del fango. Busco hombres y mujeres reales y concientes. No creerán que entre más palabras refinadas decimos mejores personas somos. Es pura dialéctica. Creemos que podemos construirnos como queremos sólo a través de las palabras, y en parte es cierto, pero las letras no son más que símbolos muertos. Cada una de estas palabras ya estaba muerta antes ser escrita, sin embargo, ustedes creen conocerme sólo por esto que escribo.

He caminado tanto que he perdido la noción del tiempo, mis pies están completamente cubiertos por el barro, los zancudos me chupan la sangre, ya me resbalé un par de veces, mi mente sigue batallando con la realidad. Han pasado unas cuatro personas en caballo en el sentido contrario al mío, les pregunto cuánto me falta, cuánto estoy lejos de mi destino. Todos me dicen lo mismo “20 minutos” y luego un “dale que ya casi llegas”. Ellos cargan linternas. Cuando se camina tanto tiempo en la oscuridad la luz repentina enceguece. Me saca de mi pensamiento, me obliga a interactuar, y sigo sin encontrar esos seres humanos al final del viaje. Miles de segundos se han extinguido, sin embargo vuelvo al lugar de dónde partí, al mar, a la selva, a la conciencia: “Puede resultar trágico un asno?”

Futurismo

En Héxpoli ha comenzado la época fría; la neblina, el granizo, la lluvia y un frío húmedo invaden la ciudad. No puedo  considerar una mera casualidad el hecho de encontrarme con “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, el libro favorito de mi padre, en un pequeño charco formado en una grieta de la calle. Me encuentro en una zona de Héxpoli que hace mucho no visitaba por dedicarme a recorrer los barrios ocsuros, decadentes y sórdidos de la ciudad. En cambio, este lado de la ciudad, el lado oriental, es bastante interesante; hay graffittis coloridos por doquier, pequeñas bibliotecas, un acogedor museo de arte y lo que me ha traído hasta acá un espectáculo teatral. No fue muy extraño para mí, encontrarme con el libro de Houxley por estos lares. Sin dudarlo lo tomé, traté de sacudirlo un poco, pero el agua ya había logrado correr la tinta de las letras, lográndose entender algunas palabras en medio de hermosas figuras abstractas formadas por la voluntad del agua.

Recuerdo entonces las palabras de mi padre, diciéndome con certeza y asombro, que mucho de lo que él había leído cuando era niño en este libro, ya se había convertido en realidad o iba en camino. En efecto, y fijándome en la creatividad que fluye desde este lado de la ciudad, es muy fácil ver cómo aquello que imaginamos tiene todo el potencial para convertirse en realidad. Y es que todo lo que vivimos hoy en día, es la fusión de los sueños de miles de seres humanos, y de cierto modo nos estamos preparando como civilización para algo que sabemos que llegará en algún momento. No se me hace tan desquisiado entonces comparar las últimas tendencias de la moda, con los vestidos que lucen los Supersónicos, o imaginarme que la publicidad del año 3000 nos sea transmitida a través de los sueños, como se plantea en un capítulo de Futurama. Absurdo?

Cada día las máquinas son más inteligentes, capaces de hacer mucho mejor muchas tareas que antes realizaba el hombre. Sin embargo, lo  más escalofriante es pensar que tanto física como técnicamente se deben asemejar a nosotros con la necesidad de querer asumir un papel de Dios; crear a nuestra imagen y semejanza a quienes serán nuestros remplazos, máquinas que se dediquen a las labores cotidianas, terrenales y físicas de la existencia para permitir el nacimiento de un hombre dedicado meramente al intelecto, la espiritualidad y la divinidad en una especie de “cielo”. Pero como que el hombre tiende a la pereza, puede occurrir el contrario – como ya pasa –  que al tener máquinas que realizan por él y de manera más eficiente sus quehaceres cotidianos, el cerebro se concentra en actividades superfluas y carentes de desafío intelectual, terreno fértil para estupidez.

Finalmente qué separa la física del surrealismo?La ciencia ficción de la ciencia real? Lo bizarro del universo con lo bizarro del ser humano?Lo absurdo de las moléculas? El ahora del ayer?Esta dimensión de la dimensión desconocida?     Los expedientes X de las pirámides de Egipto? La imaginación humana del futuro?

No ha dejado de llover desde las 3 de la tarde, los techos de las casas parecen a punto de reventarse, las fuertes brisas hacen retumbar las ventanas. Toda la ciudad está en casa. Y me pregunto que estarán haciendo, pues la lluvia ha causado daños en las instalaciones eléctricas, no hay televisión, ni videojuegos, ni internet. Qué es hoy de la gente sin nada de esto? Siempre nos cuesta volver a los orígenes y encontrar entretenimiento en actividades que no requieran la luz eléctrica.

Yo en cambio me siento feliz y reconfortada, el hecho de que la lluvia arruine nuestros sistemas electrónicos, es un claro recordatorio de que el poder de la naturaleza y del destino siempre será más fuerte que nuestros artificios.

Do not forget.

Odio y otros remedios para el malestar cotidiano

En el teatro de la sociedad, los mejores actores tendrán los mejores papeles y podrán ser famosos y aclamados, pero son los silenciosos pensadores quienes escriben la obra y se esconden tras el gran telón.

Muchas son las características que describen el momento que estamos atravesando, o yo diría mejor, sufriendo. Sin duda alguna el ser humano, tanto física como mentalmente, evoluciona día tras día adaptándose al entorno que lo rodea. Y nuestro entorno es hostíl. Así de sencillo. Es difícil ser una “buena persona” hoy en dia, o como dirían los Cohen, “a serious man”. A cada momento nos enfrentamos con situaciones realmente duras y complejas a las cuales no siempre podemos responder como quisiéramos. No hace falta que describa el etorno hostíl, pero para que no quepan incertidumbres, me refiero a la envidia, la grosería, el egoísmo, la maldad, el rencor, y dirán seguramente, “ah si pero el ser humano por naturaleza es así… siempre ha sido así”, pero es que el problema no son estos “antivalores” como su escala actual. Hoy, estos comportamientos han traspado los límites de la mesura y la conciencia.

Es decir, todos queremos y soñamos con un mundo feliz, todos. Muchos violentos -no hablo de los violentos psiquiátricos- hoy en cárceles, lo son no por elección sino por el vivir sométidos a entornos hostiles que, aunque no hay justificación alguna, los obligan a adoptar estas actitudes ofensivas y dañinas hacia los demás. Podríamos serguir develando estas razones que bien conocemos, para terminar remitiéndonos nuevamente al sistema podrido que nos maltrata. Pero este no es el tema, el tema es que no me parece tan absurdo comportarnos con los demás, así cómo quisiéramos que ellos se comportaran con nosotros. Comportamiento que va más allá de las personalidades de cada quien; gruñones, amargados y tímidos, todos tienen la capacidad de brindar un buen trato, un trato justo, que dignifique a la otra persona, aceptando siempre la propia personalidad y la del otro.

Todos nos quejamos, todos quisiéramos tener menos preocupaciones, todos soñamos con caminar tranquilos por las calles, entonces yo no me explico, el porqué de tanta maldad. Es una maldad que se ha extendido de modo tan desmedido que invade cada milímetro de nuestras existencias, y terminamos aceptando ese entorno e incluso sin quererlo participando de él, simplemente porque no “hay otra alternativa” para defenderse. Pareciera que el ser “buena gente” no paga, no sirve, nos hace bobos sociales, carnada para que un “vivo” se aproveche de nosotros. Porque si se fijan bien, la mayoría de personas exitosas (en el sentido capitalista de la palabra) no son almas bondadosas, por el contrario, han recurrido a actitudes dañinas para poder llegar a su cima.

De seguro me dirán ahora, “entonces eres misántropa” como le preguntaron una vez a Zizek en una entrevista. Yo digo no, no soy misantropa, odiar a la especie humana es odiar también sus bondades y caer en el mismo juego de la maldad hacia el otro. No obstante, comparto la respuesta de Zizek: “Sí, soy misántropo… existe cierto tipo de misantropía que es mucho más aceptable como  actitud social que la hipocrecía que representan muchas actitudes sociales hoy entendidas como buenas, tipo ese optimismo vulgar de los libros de autoayuda, o la caridad barata que tantas empresas como iglesias predican”.

Hoy, mi querido amigo Robert, misántropo o no, citaba en su facebook: “Verdadera miseria es vivir en la tierra. Cuando el hombre quiere ser más espiritual, tanto le será más amarga la vida; porque siente mejor y ve más claro los defectos de la corrupción humana.” KEMPIS: imitación de Cristo, libro 1, capítulo 22.  Aunque quisiera ser filántropa, me es imposible no coincidir con dicha frase. Pues bien me pasa cada día, que entre más intento reconciliarme con la raza humana teniendo un trato justo con todos, apelando a su bondad y conciencia por más escondida que esté en cada uno, más me doy por vencida y más me siento frustrada.

Es irreversible, el individualismo es el presente y el futuro, comportarnos como animales egoístas es y será el único modo de sobrevivir. Hemos llegado a un punto, en que la ética y la convivencia pacífica, no representan nada, es así entonces como prácticas nobles como la justicia, la política, la economía y la democracia se ven envilecidas, incluyendo la religión, y por ende el trato cotidiano. Cuando nuestras razones para justificar cualquier disputa son la ética y los buenos valores, lo único que recibiremos como contrarrespuesta será una burla, que te calienta la sangre, te indigna y te ofende. Y eso envenena a cualquiera. Sin embargo, y para cerrar con un poco de optimismo -cosa que no suelo hacer- entre más veneno más inmunidad, nunca la hostilidad, la brutalidad y la maldad, serán razones suficientes para decidir dejar de tener un trato digno hacia los demás. Deberemos entonces conformarnos con el placer que brinda comportarse en consecuencia con aquello en lo que creemos, en lugar de hacerlo porque creemos que brindando un trato justo vamos a construir una mejor sociedad, este ingenuo sueño sólo nos traerá más resentimiento y frustración, pues ya dijo Nietzche: la esperanza es el tormento del hombre.

No me importa si  escondes la comida en tus cajones para no compartir. No me importa si ignoras mi presencia. No me interesan tus planes para destruirme. No me interesa tu envidia  y tu codicia. No me importa que me dejes en la calle, que te robes mi dinero y mis bienes. La dignidad es indestructuble. Y de todos modos para la próxima guerra ya no importará qué está bien o qué está mal, sino aquello que ha quedado.

Coctel Suicida

Salir de otro día de trabajo a encontrarte contigo mismo. Te das cuenta entonces que el trabajo se convierte simplemente en un antídoto contra la filosofía, la escusa perfecta para no torturarte con los dilemas existenciales de cada día. Ahora comprendo el éxito de esos adictos al trabajo, mejor dedicar tus esfuerzos intelectuales y físicos a algo que está fuera de ti. no? Sin embargo, siempre llega un punto en el que tienes que enfrentarte cara a cara con la realidad.

Salir del trabajo a tomar el bus de regreso a casa, de regreso a la soledad, de regreso a la libertad. Y es duro convivir con la libertad. El bus se convierte entonces en la transición entra la anestesia y el dolor. Caras, muchas caras, cada una ensímismada en un mar de pensamientos. Gente común, gente de verdad, es la “gente” de la que tanto hablamos, y a la que tanto tememos, y a la cual, queramos o no, pertenecemos. Empieza entonces el desfile de la infelicidad y la injusticia.

“Señores disculpen la molestia, no quiero robar su tiempo, ni sacarles la mirada de la ventanilla. Soy un joven con dos hijos, no tengo empleo, y vengo a ofrecerles estos caramelos. Al menos no estoy en las calles robando y vengo a ganarme la vida honradamente. Ayudénme con cualquier monedita. Dios los bendiga” Dice más o menos el discurso de todos. Y es normal preguntarse: porqué no soy yo el que está allí ganandose la vida en un bus?

La ventanilla en efecto es el único escape a tan desdichado espectáculo y a tan desdichados pensamientos. Te concentras entonces en ver la ciudad, quienes caminan, quienes van en carro, quienes están en los negocios, quienes duermen en la calle. La ciudad y su humo tóxico. La maldita ciudad, símbolo del desarrollo y la modernidad. La ciudad y su gentío. La ciudad y su ruido. Hay algo más parecido al infierno?

Llegas a la casa y entras buscando refugio, y justo en el momento en que tus oídos se apaciguan, tu mente empieza a batallar. El sinsentido de la vida te envuelve en una espiral de pensamientos que terminan por producirte vómito y mareo. Hasta que un estruendoso sonido ensordece y ciega tu cabeza. Como una bomba atómica que es lanzada por algún ser malvado, cuando menos te lo esperas y destruye todo a su paso.

-Silencio-

Respiras profundamente, y en un arranque involuntario, te pones los zapatos de nuevo, la chaqueta y sales a buscar algo. Algo. Cualquier cosa. En un vértigo de colores, la noche con su ruido, la gente y los olores, te acogen al tener que preocuparte sólo por pedir el siguiente trago. Pruebas una tranquilidad momentánea, y sabes que es momentánea. Es así como los placeres, te salvaron de nuevo de una noche de depresión y soledad, exactamente como un Joker. Una semana más que termina en el círculo vicioso que es la vida.

Sí, tengo tiempo para filosofar, pero gracias a Satán…. es Viernes!