Archivo mensual: enero 2013

Bus de Medianoche

El trayecto será más largo de lo que quisiera, por tanto no me interesa saber exactamente  cuántas horas o cuántos kilómetros tendré que recorrer para llegar al destino. Es medianoche, hace frío, los pasajeros se preparan para el viaje, espero a que todos suban primero, me es imposible no sentir que algo de mí estoy dejando aquí, repaso en mi mente todos los momentos asegurándome de no haber olvidado nada. Pero es inútil, todo hace ya parte del pasado, de un pasado sin glorias, todo lo vivido fue ya entregado a un silencioso olvido y traer al presente eso que se descubrió con el mismo vigor resulta un esfuerzo sobrehumano para nuestras débiles memorias. ¿Qué recordamos? ¿Qué debe sucedernos en la vida para que nuestra memoria retenga cada instante ileso del paso del tiempo y de la melancolía? O será simplemente que el olvido es el mecanismo que usa la conciencia para obligarnos a vivir en el presente?  Pero no, me rehúso a olvidar, al menos eso que me ha hecho sentir la vida pulsando en la punta de mis dedos. Por la ventana sólo se ve el reflejo de las luces sobre la carretera mojada, una que otra luz escondida en la montaña, no hay luna, no hay estrellas, no hay afuera, sólo un adentro con un tiempo propio que vaga entre el pasado y el futuro, una esfera de tiempo que es todo menos lo real, las señales del presente pasan desadvertidas para nosotros que constantemente confundimos lo que ha sucedido con lo que ha de suceder. Lo recuerdo entonces, recuerdo la circunstancia, el humo, la proximidad de nuestros cuerpos, su voz, mis manos, recuerdo cuánto él lamentaba la imposibilidad del humano de situarse en el momento presente, se lamentaba talvez de su propia condición. Percibo en su voz el terror que le provoca la idea de vivir en lo sucesivo, es como si hubiera visto el futuro, su futuro, y no le ha gustado eso que ha visto. Amenazado por su propio destino, ha preferido volver al presente, para vivir sin anticipación alguna. Una ráfaga de viento frío que se coló por la ventana me saca de su recuerdo. Pero entonces no es pasado, es presente al recordarlo, pero un presente moldeado por mí misma y que carece de propiedad. Siento en el fondo de mis oídos el tono de su voz, pero no la estoy escuchando, es como si se hubiera quedado atrapada allí, como un eco lejano. Creo recordar su rostro, primerísimos primeros planos cuadro a cuadro, pero su forma física no está frente a mí. El bus frena abruptamente, los pasajeros se despiertan con el golpe, el conductor enciende las luces del pasillo; es el presente que reclama lo suyo con toda la agresividad de su misma relatividad. Abro los ojos para darme cuenta que estaba viviendo otra vez en el pasado. En un pasado muy mío y muy suyo. Sin embargo me descubro en mi propia ingenuidad y en la mismísima nada: todos estos recuerdos no añoran un pasado, sino un futuro, un futuro que no obstante me parece ya haberlo vivido. Aún siendo la primera vez que lo veía, su mirada no me era nada desconocida, se me hizo clara y llena de brillo, y en un instante de libertad logré soñarlo todo en un flash forward fugaz. Lo recuerdo soñándolo en un futuro. Ahora no tengo nada, más que estos pensamientos, una extraña sensación se cierne sobre mí. Algo que es pero que no está. Mi padre cuándo recuerda a su padre, cuando se ve a sí mismo al espejo y descubre en su mirada los genes de su padre, siente que él aún vive, cuando en mí reconoce el mismo calor en la mirada, sabe que será eterno, tanto él, como su padre y el padre de su padre. El cálido soplido de la historia sobre la nuca. Pero esta eternidad no se alcanza solo, necesita de la otredad en busca del mismo fin. Un fin que se rastrea, que se caza, que vibra en el fondo de las pupilas como un instinto primario. Antes de encontrarlo no tenemos nada, sólo la búsqueda, las señales, el olfato, la memoria y la imaginación, para llegar allí y desenterrar del pasado nuestro propio futuro. El bus se mueve a toda velocidad para alcanzar su destino, corre contra el amanecer. Yo sigo despedazándome en pequeñísimos recuerdos, dejándolos regados por el camino, como quien deja una huella quizá.

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Noir

Esta mañana me desperté con el corazón apretado por una angustia insoportable. Mi cuerpo estaba completamente afectado por microorganismos diabólicos. Abrí los ojos y fue inmediato, sabía que había vuelto a entrar a un túnel oscuro. No sé cuántos días han pasado desde que estoy así, pero me parece una eternidad. La última imagen o recuerdo que tengo de mí en buen estado físico y mental me parece de hace siglos, o incluso como si nunca hubiese sucedido. Quisiera encontrar un culpable a mi malestar. No hay explicaciones, todo misticismo me es ajeno, si a alguien hay que señalar que sea a mí mismo… por qué razón? La que sea. Quizá la eterna estupidez del humano, la mía, que me ha llenado el pasado con cientos de errores. Mi hermano dice que no debemos sentirnos estúpidos por cometer errores, si es la primera vez que erramos obedece a la lógica del “ensayo y error”, una experimentación legítima. La estupidez es volver a caer en el mismo error una y otra vez. He errado muchas veces por necesidad de probar, otras, debo admitirlo, por estupidez. Mi hermano también dice que todos somos estúpidos y que no debería sentirme mal por haber actuado estúpidamente un par de veces, algunas veces, muchas veces. Todos somos ridículos, todos somos patéticos, todos somos estúpidos, es parte del ser humano. La gente que me rodeaba una a una se ha ido marchando, no han necesitado de mi compañía, o quizá simplemente no les agrada, y quién necesita tener un enfermo cerca? Quién necesita tener a alguien cerca? Lentamente cada persona es más consciente de su soledad en el mundo, curiosamente en un mundo que es cada vez más poblado de nuestros similares, y precisamente preferimos encerrarnos en nuestras pequeñas burbujas individuales repitiendo el mismo mantra de la soledad “a fin de cuentas estamos solos”, como una gran implosión individualista a la que todos llegamos en algún momento, sobre todo en los estados peores del existir. Hace poco iba en un bus con mi hermano, algo raro me pasaba, mientras él hablaba podía escucharlo perfectamente, pero cada vez que quería decir palabra, expresar alguna idea, movía mis labios y mi lengua y creía articular una idea, veía que mi hermano me escuchaba atento, pero yo no podía escuchar lo que yo mismo estaba diciendo, entraba en conflicto pues no tenía la confirmación de estar diciendo eso que estaba pensando, eso que creía compartir. De pronto no era importante eso que decía, de pronto sólo era momento de callar y escuchar, de pronto mi mente ya estaba cansada de escuchar mi propia voz. Sin embargo simultáneamente esta imposibilidad de escucharme, me hacía sentir atrapado bajo una capa espesa de barro, como ese sueño que tuve en una de mis tantas siestas de enfermo, en el que me encontraba en algún espacio lleno de fango, pero un fango sucio y maloliente, no importaba cuánto me esforzaba por salir de él, era inútil, dejaba solo cansancio e impotencia. Mi hermano dice que esos sentimientos son sólo catalizadores de los procesos naturales que experimentamos como individuos conscientes. Pero a veces se me hace que la tristeza llega al cuerpo y le causa malestar a la conciencia, odio hacia el hecho de estar vivo, al tener obligaciones fisiológicas que ni siquiera están determinadas por nosotros mismos. La tristeza llega al cuerpo como cualquier otra enfermedad, quita el hambre, el sueño, adelgaza, disminuye las defensas. Mi hermano dice que la enfermedad es un estado de aberración del bienestar que se da por un desequilibrio del organismo en cuestión. Y estamos siempre en desequilibrio, nosotros. Él dice que cuando se rompe el equilibrio entre lo que te ataca y lo que te defiende, entre lo que entre lo que entra y lo que sale, entre lo que muere y lo que vive, la enfermedad gana sobre el cuerpo. Le pregunto entonces por el desequilibrio emocional, a lo que responde que los sentimientos en cambio necesitan el desequilibrio, son estados que necesitan de la contraposición, del sopesarse una cosa con la otra, y cada mínimo movimiento en una de ellas sopesa a la otra, ergo un vaivén constante. Tengo ganas de vomitar, pudo haber sido lo que he comido o bebido en estos días, o algunos bichos aprovechados de mis bajas defensas en mis días de desamor. O pudo haber sido todo al mismo tiempo. Cuerpo, alma, conciencia, historia, trabajo, futuro, todo junto, todo revuelto, dado en una píldora de malestar holístico y cuando nada funciona, ni el espíritu, ni el colón, ni los oídos, ni la cabeza, la habitación desaparece, el calor, el frío, la noche, el día, el almuerzo o el desayuno, es siempre ahora y es siempre mal, todos los órganos, todo el sistema. Mi hermano me ayuda a tenderme en la cama, me dice que me relaje y sea consciente de mi enfermedad, pronto mejoraré y volveré a estar bien como siempre. Pero es cierto que no recuerdo qué significa estar bien y mucho menos como siempre. No recuerdo la última risa, la última tranquilidad, el último buen sueño. Cierro los ojos e intento olvidarme, dejar que mi cerebro descanse de tanto dolor. Quiero terminar este largo día con una muerte. “Hay que acoger esa muerte, mañana renacerás” dice mi hermano.