Archivo mensual: septiembre 2013

Inicio

Todo cuanto ha hecho y pensado la raza humana tiene que ver con la satisfacción de necesidades profundamente sentidas y la mitigación del dolor. Toda comprensión sucede siempre en retraso, y se inaugura en procesos inconscientes mucho antes de que su contenido consciente pueda ser formulado de forma racional. Mientras más claramente nos damos cuenta de esta limitación, tanto más fácilmente ésta puede ayudarnos. El gran libro de la naturaleza está escrito en lenguaje matemático, pero es el sentimiento cósmico religioso lo que constituye la más fuerte y noble motivación de la investigación científica. El mundo es grande, magnífico y hermoso, pero la imagen científica del mundo es muy deficiente. Una minúscula motita en medio del tiempo inconmensurable, en medio incluso de los miles de millones de años finitos que hemos aprendido a determinar. La ciencia proporciona una cantidad de información sobre los hechos, reduce toda experiencia a un orden maravillosamente consciente, pero guarda un silencio sepulcral sobre todos y cada uno de los aspectos que tienen que ver con el corazón, sobre todo lo que realmente nos importa. De dónde venimos y hacia dónde vamos? Somos solamente espectadores. Somos, según todas las apariencias, algo tan accidental, tan alejado del esquema fundamental del universo, que a priori lo más probable es que, cualquiera que sea el significado global del universo, éste trascienda nuestra limitada experiencia humana. En un modelo de mundo que se hace accesible sólo al coste de eliminar de él todo lo personal, no puede caber un dios personal. No encuentro a dios en ninguna parte del espacio o del tiempo. Pero, al decirlo, salta el reproche de aquellos en cuyo catecismo está escrito: dios es espíritu; radical, total, absoluta e igualmente inmanente tanto en cada partícula, como en la suma del todo. El alma puede percibir estas imágenes primigenias, por medio de un instinto innato; ideas preesxistentes en la mente divina e impresas en el alma humana.  El ego es idéntico al todo y por eso no puede contenerse en él como parte de él. Yo estoy en el este y el oeste, yo estoy encima y debajo, yo soy el mundo entero, un mundo independiente creado de la inteligencia pura. La doctrina de la identidad viene reforzada por el hecho empírico de que la conciencia nunca se experimenta en plural, solamente en singular. Si afirmamos que no puede haber más de una conciencia en la misma mente, tal afirmación suena a pura tautología; somos totalmente incapaces de imaginar lo contrario. Tenemos que confesar que nos vemos aquí enfrentados a una de esas típicas antinomias que provienen del hecho de no haber conseguido aún plasmar una perspectiva lo suficientemente comprensible sobre el mundo, que incluya la propia mente, creadora de la imagen del mundo: de manera que la mente no encuentra sitio en ella. Sólo el individuo está dotado de alma. Ni siquiera la divinización de la humanidad, como totalidad abstracta, sería acorde con el espíritu que encierra este mismo ideal. Y el sumo destino del individuo es servir, antes que mandar o imponer su voluntad del modo que sea. Mirando la esencia más que la forma, estas últimas palabras expresan la real democracia. No importa si el mundo existe en mi mente o en la de cualquier otro espíritu creado, – o no – su objetividad proviene del hecho de subsistir en la mente de algún espíritu eterno. La materia, sea lo que sea, es una versión substraída, reducida o condensada de la idea, sea lo que sea. Haciendo parte de la naturaleza, somos parte del misterio que intentamos resolver. Nos hemos encontrado con una huella extraña en las playas de lo desconocido. Hemos inventado, una tras otra, las más profundas teorías tratando de explicar su origen. Al fin hemos podido determinar la criatura que dejó la huella. Y vean! La huella es nuestra!

Llorar en Silencio

Quedar sepultado en la oscuridad, con cientos de kilos de tierra sobre ti y pedir auxilio. No entender qué pasa. Negar. Quedarse sin oxígeno en el fondo, lejos de la superficie, luchando contra el reflejo involuntario de abrir la boca para tomar aire. Perder el casco del traje en una caminata espacial. Ahogarse. Quedarse inmóvil y con miedo en una pesadilla; queriendo gritar, queriendo correr, queriendo golpear y sin poder hacerlo. Desesperarse. Ignorar. Ir en un tren que se descarrila, ver morir a la propia familia en el accidente, y quedar vivo, solo. Ver noticias de muertos, guerras, hambre, injusticia, en la gris comodidad del hogar. Dormir todo el día. Saber que alguien muy cercano está próximo a la muerte, verlo sufrir, verlo desaparecer, y no tener la cura, el remedio, el menjurje que logre devolverle la energía. Tocar lo imposible. Rabia. Desechar la esperanza y al mismo tiempo aferrarse a ella. Retornar a dios en la última instancia, después de haberlo negado por años y negándolo aún mientras le ruegas. Frustrarse. Recordar en el lecho de muerte aquello que no se hizo, aquello que avergüenza, aquello que duele y aquello que enoja. Lanzarse de un edificio y quedarse vivo en el intento, cuadrapléjico. Haber renunciado al amor, pero buscándolo en cada cara. Levantarse con los ojos hinchados. No tener hambre, ni deseo, ni ánimos, ni perspectiva. Pensar en los sueños propios como elementos del pasado y no del futuro. Descubrir que las pocas certezas que habían tardado años en madurarse, no son más que pajas mentales. Descubrirse solo, cada día, a cada momento, noche y día. Pensar que todo va a estar mejor y morir sentado esperando ese día. Tener de cerca la felicidad y un obstáculo enorme entre los dos. Un obstáculo ajeno, puesto por el destino – o por dios – fuera del control humano. Una piedra de setecientas toneladas. Pensar que es una prueba de la vida y enojarse porque le tocó a uno. Pensar que es un chiste de mal gusto y sentirse humillado por la propia existencia. Querer pensar en un hermoso después, pero saber, con una certeza desconsoladora, que nunca llegará.

Allá y Luego

Lunes por la tarde y ella aún no despierta. Siempre me regañaba por dormir hasta tarde, ahora es ella quien no se alza de la cama. Con esfuerzo entreabre los ojos mira a su alrededor y vuelve a caer dormida, sin fuerzas, desvanecida. A veces balbucea una que otra palabra, creo que me habla, pero luego caigo en cuenta de que está confundiendo su sueño con la realidad; toma partes de aquí y de allá, del ahora y del después, las une, y termina flotando en un limbo onírico que toca la orilla de la realidad, siendo que finalmente sueño y realidad, vigilia y profundidad, superficie y fantasía conviven en la misma playa.

Miércoles a medianoche. No sé cuántos días han pasado desde que duerme, sé que va al baño y que come algo pero pareciera que elige el momento en el que estoy distraído o fuera de casa para hacer estas labores. Una vez la vi levantarse mientras su mente permanecía sumergida en su otra realidad, sé que no sale de allí y que permanece atrapada no sé si en contra de su voluntad o queriéndolo concientemente. Puede ser una mezcla de ambas cosas, su alma simplemente está allá y allí es feliz, aunque racionalmente no lo haya escogido. Aún así, qué otra cosa más voluntaria que la elección natural del alma hacia su destino?

Viernes de madrugada. Abre los ojos súbitamente se queda mirando fijamente algo que no está. Está concentrada y absorbida por ello. La observo en silencio, agotado pero esperando una respuesta, o mejor, una resolución. La tensión del momento es tan aguda que la escena parece adquirir una luminosidad mayor de la normal y todo alrededor se enfoca finamente como queriendo contar dentro de la historia pero sin conseguirlo. Ella despega su espalda de la cama y se levanta lentamente con la mirada clavada en el misterio. Permanece sentada. Se desploma nuevamente en la cama. Toma con fuerza una última bocanada para volver a sumergirse.  No sé si esta vez será la definitiva, yo sólo sé que estoy aquí en la orilla mientras la observo, la acompaño y la dejo explorar esa profundidad que no es ni el aquí, ni el ahora.