Archivo mensual: septiembre 2011

xEh = mc 2

Es tarde. Serán las 11 pm de un martes lluvioso y frío en la metrópoli, no cargo dinero, así que camino hasta casa con esa actitud con la que siempre cargo, melancólica, solitaria, erótica, decadente, musical… y la noche es perfecta para meterse en el papel. Emprendo un viaje que comienza en el centro de la ciudad y que termina en la esquina entre las calles “crímen” y “onirismo” del barrio oscuro de mi mente.

Hace mucho que no transitaba por estos lares. Un clima de peligro inunda el ambiente con olor a asfalto húmedo. Cada tres segundos observo sigilosamente mis espaldas para asegurarme que nadie me sigue, por más que me aseguro de que no hay nadie detrás, no puedo deshacerme de este sentimiento de ser perseguida. En mi cabeza “Verbo Carne” suena en un loop eterno, dándole vida a la escena. Este camino por el que ando y que nadie recomienda por su inseguridad, me genera una adrenalina tal que mis terminaciones sexuales se excitan, provocando en mi un derrame de hormonas, químicos y todas esas drogas que nuestro cuerpo produce naturalmente para hacer de nuestras vidas, un trip sicodélico perenne. Sexo y muerte son las dos fuerzas gemelas de la existencia.

Sentir las puntas de mis pezones erectarse y sensibilizarse al máximo, como ese llamado al placer que grita desde mi vagina,  que inunda mi torrente sanguíneo con una alta dosis de éxtasis y que nace del pavor, de la noche, de la maldad y del peligro, no me hace pensar en nada más que en una muerte sangrienta y placentera. Y al hablar de sangre recuerdo siempre mi primera menstruación, la muerte de la niña, el nacimiento de la mujer que se hace conciente del transcurrir del tiempo, del fin de las etapas, y del fin de la vida. Extraña relación aquella que existe entre mi vagina, central del placer sexual, y la sangre que emana de ella cada mes, sangre que significa la no-vida de un óvulo no fecundado. No-vida que a su vez significa el placer de copular si re-producirse.

En qué momento mi subjetividad se mezcla con la química y la biología natural del cuerpo humano? Qué relación hay entre mis perversiones y las sensaciones que recorren mi física?

Miles de protagonistas en una historia escrita por mi. La noche: la vuelta del mundo cada 24 horas. La lluvia: mero fenómeno atmosférico. La ciudad: artificio humano, compuesto de moléculas y personas interactuando constantemente. La circunstancia que me trajo hasta este preciso instante: consecuencia de eventos dependientes y no de mi voluntad. El espacio geográfico: un punto terrestre de este planeta que flota entre miles de otras estrellas compuestas de materia y de las cuales desconocemos su orígen. El momento: algún segundo perdido en la historia de millones y millones de segundos del universo.

Una extraña conyuntura entre la física del espacio-tiempo que ignora mi existencia, y mi existencia producto del azar de la física. Extraño y hermoso cruce de fatalidades que se hacen palabras bajo la luz de mi xeh-conciencia y que se traducen en el impulso sexual que conforma junto a la mortalidad, el lazo único y real de la raza humana.

Al salir de este vértigo de pensamientos absurdos, vuelvo a la realidad como una simple espectadora de lo externo, para advertir que estoy llegando a casa.

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Aquí dentro yace Víctor Jara

Una de las voces más profundas y acogedoras de nuestra Patria Grande. Hoy día de tu muerte, te recordamos.

De viaje por la ciudad

Simbiosis 2

La ciudad es siempre inmensa, por más chica que sea. Mientras sea ciudad siempre será una selva de cemento, casi tan oscura, compleja y peligrosa como la selva real. Animales de todo tipo algunos de piel y hueso, otros de metal y motor, caminos difíciles, rincones oscuros, rincones claros, caras en cada esquina y caras en cada árbol. Largos caminos llenos de obstáculos para volver al refugio. Sin embargo es otro mundo. Pues mientras en la selva el aire es pureza extrema y la comida naturaleza pura, una manada de sensaciones que alimentan el cuerpo y el espíritu y que nos hacen aprender a vivir cada experiencia sensorial al máximo, la ciudad en cambio nos obliga a cubrir nuestros olfatos de grandes nubes de humo negro, tapamos nuestros oídos con Ipods o simple imaginación para no tener que distraernos con el insoportable sonido de las bocinas, evitamos el roce con superficies contaminadas y la comida que encontramos en ella es siempre alguna mezcla química. La ciudad nos obliga a alejarnos de ella lo más que podamos, pero dentro de ella, debemos concentrarnos tanto en nosotros mismos, en nuestras casillas, en nuestras mentes, en nuestros negocios, para no volvernos locos, nos obliga a la introspección y a la apatía a lo externo. La selva es todo lo contrario, nos obliga a sentirla sensorialmente, a abrir nuestros sentidos a la sensibilidad más alta que consigamos, es ella quien nos brinda las pistas para el camino. La ciudad es confusa, como es confuso el ser humano, zonas lindas y zonas feas, unas peligrosas y pobres, otras ricas y elegantes, unas políticas, otras recreativas; si un cerebro pudiera pavimentarse… sería una ciudad.

Y esta ciudad no me agrada, no se alinea con las calles de mi personalidad, ni con las avenidas de mi pensamiento. Acostumbrarse a un lugar distinto en todos sus aspectos nunca es fácil, es entretenido y vale la pena intentarlo, siempre y cuando se consiga un bienestar. Pero no siempre es así, a veces por más que lo intentemos no logramos acomodarnos a ciertos lugares, incluso, aunque los disfrutemos.

Por ejemplo, no hay día que no me impacte el aplomo y el respeto con los que los dos indígenas, hombre y mujer, que trabajan en labores de aseo de la oficina y que no miden más de 1,50 mts, me saludan cada mañana. Un cálido temor, acompañado de un gran respeto y de una desarmante sumisión. No llegaré a comprender jamás sus miradas, tan profundas y tan inocentes a la vez, así como nunca podré olvidarlas, y al recordarlas, cada vez, encantarme.

No me resulta fácil relacionarme con estas personas, y siendo que las personas son la personalidad de la ciudad,  pues con la ciudad misma. Soy exactamente como el pelícano de la foto. Un ave de mar, chocándose contra la antena del celular, los postes de luz, y los edificios. Por más que lo intente, nunca logrará su paz en medio del caos. Y yo por más que lo intente nunca me voy a acostumbrar a la maldita nube negra que toce cada automovil. Quiero aire de mar. Y punto.