Archivo mensual: julio 2012

30 horas sin dormir

Me dormí en una parte del mundo y desperté en otra. Parte de mí se quedó del otro lado, acá sólo traje un pedazo de carne y piel, la esencia está como ausente, necesita volver a desarrollarse. No reconozco mucho del exterior, sólo estas edificaciones de los años ochenta de colores muertos que arruinan el paisaje. Pequeños balcones llenos de plantas como un autoengaño de los seres humanos para creer que aún tienen algún tipo de contacto sincero con la naturaleza, con el verde. Múltiples antenas. Persianas cerradas. Sonido de aires acondicionados y carros, muchos. El tan aclamado desarrollo. Y yo que me siento tan ajena, y al mismo tiempo, tan hundida en esta basura. Cómo no volvernos locos si el horizonte está enladrillado? El paisaje cubierto por una enorme pared interminable, cruda, concisa, encarceladora. Y el cielo enmarañado con cables, antenas y naves.

Y cuando no se duerme el tiempo-espacio adquiere una nueva máscara. La geometría del tiempo y del espacio varía, es como si de pronto la fuerza de gravedad aumentara y la curvatura del universo recayera toda sobre mí. Todo se ralentiza, todo pesa, todo es oscuro, denso. Es claro que me muevo a una velocidad distinta de esa en la que se mueven todos. Viajo a una velocidad mucho mayor, constante e independiente de este sistema. Las parejas en la gran Piazza, los jóvenes de las motos sofisticadas, las muchachas a la moda, los que toman el café en el bar, pertenecen siempre al mismo sistema de referencia que todos conocemos. Son todos ellos relojes que se atrasan con el movimiento. Aunque para todos sin excepción el tiempo sea exactamente el mismo. El secreto está en la velocidad, según Einstein, en la intensidad, dirían los filósofos.

Y entre todo eso,  hay cosas que flotan, que son tan estremecedoras que hacen un quiebre brutal del universo. Sensaciones etéreas y divinas, lejanas de las matemáticas y la ciencia, del mundo. Momentos de pequeños big bangs internos, la creación de muchos universos nuevos y desconocidos, que distorsionan la veracidad de este único universo que creemos conocer, o más que distorsionarla, la ponen en duda. Un respiro, la chispa de la genialidad humana, el roce suave con el alma propia. Raptos abruptos hacia un lugar vacío y lleno a la vez. La perfección hecha una gota de sudor en un pequeño poro. Ver el universo a través de los ojos que fueron creados especialmente para ello.

Y aún así, dicho esto, ya nadie cree en nada. Los ancianos ya no esconden nada entre sus arrugas, ni las mujeres entre sus labios, ni los hombres entre las manos. La mística se ha quedado encerrada en los ladrillos de Sant’Angelo, la humanidad no guarda nada, es obscena y cruel, aunque bien vestida. Hiperreflexia, pérdida de la lucidez. Se cumplen exactamente 30 horas sin dormir, sin desconexión de la realidad, como un Tevere que lo ha visto y sufrido todo. Pero aquí ya estuve, como una viajera del tiempo-espacio, sintiendo que he existido siempre y que no me he perdido de nada. Lo juro, que ya el Tevere me había conocido.

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Pasan mil cosas y tengo la cabeza a millón. Son días raros… es la luna, es el mundo, es el universo, es el 2012. La gente comienza a ponerse loca y rara, nosotros nos comenzamos a poner locos y raros. Días de vértigo. Veamos las noticias: Hoy un chico estudiante de neurociencia mató a 12 personas creyéndose un villano de comic; Los mercados no creen en España; Primera terapia génica en el mundo es aprobada; Rebelión indígena en Colombia; Fraude en México; Guerra en Siria; Sequía en EEUU; Kim Kardashian tiene el mejor cuerpo… podríamos seguir.  Estamos llegando al ahorcamiento del sistema, a ese futuro desventurado del que tanto hablaron los grandes intelectuales de nuestra era, el momento en el que la razón y la dialéctica iban a acabar con ese misterioso nexo que nos une al cosmos. El momento en el que el hombre iba a dejar de reconocerse como siempre lo hizo, para comenzar a banalizar los sentimientos, incluso los más nobles. Este tiempo en el que nos vemos obligados a aborrecer cualquier moralismo porque no se acopla a este mundo pragmático compuesto de engranajes, del cual ya no somos los inventores sino una simple pieza, y debemos actuar como tales, como piezas carentes de poder e ingenio, donde el hombre sensible ya no tiene cabida. Nos hemos vuelto roca ante el sufrimiento del otro, el problema de la humanidad, de este colectivo que somos, ya no es nuestro, de “nuestro” ya no hay nada.

La competencia por la sobrevivencia, que se reduce a la competencia por el dinero, no dejan espacio a la fraternidad y la solidaridad, palabras que de sólo escribirlas me generan cierto escozor, demasiado cursis para estar todavía pensando en ellas, añorándolas. Somos tantos que corremos hacia algún tipo de “puerta” metafísica que nos va a sacar de este pedazo de tiempo, como a la salida de un partido de fútbol multitudinario o de un vuelo de 8 horas, todos queremos salir afanosos, algunos se caen y mueren aplastados por la masa, los demás estamos ahí presionando al de adelante y siendo estripados por todos los que vienen detrás.  El mundo ya no nos necesita como individuos y menos en un planeta que ha sobrepasado los 7 billones de humanos, no valen ya nuestras palabras o sueños o sentimientos, son sólo gritos que se pierden en un espacio sin eco. Creer que podemos desviar el camino es una mera ilusión. La historia se va escribiendo sin nosotros. Sucumbimos, como diría Sabato, a la imposibilidad de toda meta y al fracaso de todo encuentro. Es la verdad. Es, por lo menos, mi cotidianidad. Ya no es tiempo de creer en lo sublime, en la conexión sincera con el otro, el frenetismo de estos tiempos nos tiene a todos perdidos, atrapados en un universo duro y enigmático. Es normal que cada día desfallezcamos física, psíquica y espiritualmente.

Entonces observo como una señal de desespero esa afanosa búsqueda de un “algo” espiritual que llene este vacío que ha dejado el materialismo en nosotros. Abundan las nuevas sectas, el recrudecido fanatismo en los milagros, los occidentales que se dejan obnubilar por los ritos de oriente. Vivimos un vacío de humanidad que nos duele a todos en el pecho, y contra el cual creemos que no podemos hacer nada. Veo con tristeza la fatiga de las luchas sociales, el cinismo de los poderosos, la dureza del establecimiento, el radicalismo de algunos pocos valientes. Y los que flotamos en el medio tratando de hacer lo mejor para lidiar con nuestra propia existencia. La maldita idea de la libertad que nos persigue (o que perseguimos?) como un fantasma arcaico. Finalmente siempre me encuentro en este limbo que subyace entre la reflexión lógica y los quehaceres diarios del mundo carnal al que todos pertenecemos. Los valores de la humanidad, esos de los que hablaban los griegos en sus mitos, hoy en día son justamente eso, imágenes de dioses remotos.

Lo curioso de toda esta historia, y donde quisiera creer que hay alguna esperanza, es que pareciera que todos somos concientes de esto. Todos. Parece que sabemos dentro de nosotros que algo terrible va a suceder. Como un instinto colectivo primario, como el de las hormigas o los elefantes. Y ante esta posibilidad estamos viviendo como en un frenesí. Veo cómo por ejemplo la gente que siempre vivió en países fríos busca desesperadamente vivir en el trópico, y viceversa, los del trópico creen que en los polos fríos es mejor la vida. Veo también que mucha gente trata de hacer todo lo que no hizo antes. Veo otros que se han sumergido en la ligereza, en el no pensar, en el poner la mente en blanco y dejar que el cuerpo se las arregle como pueda. Otros en el seguir la señalización del sistema. Otros en el hallar la felicidad en lo que ofrece el mundo material. Pero en cualquiera de los casos preferimos no hablar de ello, cualquier trivialidad sirve para evadir el problema, y dentro de “trivialidad” cabe todo lo que no es real. Como si hubiéramos hecho el pacto de avanzar sin preocuparnos mucho por el asunto. Es lo mejor que podemos hacer?

Y acá estamos, herederos de un destino bastante complicado, con una tierra que agoniza, con una plaga de seres humanos en la miseria, olvidados de quienes somos y de aquella meta que solía llamarse con el nombre de felicidad. El tiempo que se pasa imperceptible, la presión de los millones de niños que nacen cada día, la rabia de los viejos y la responsabilidad que tenemos en nuestras manos los jóvenes de hoy, que buscamos desesperadamente una alternativa, una respuesta, pero vagamos por ahí en un mundo que no nos brinda ninguna satisfacción. Aquí estamos viendo con nuestros propios ojos esta bomba de tiempo que va a estallar pronto. Son días locos para todos. Tenemos una historia.

Una noche en Boston

Querida amiga:

Ve, estoy algo mal, en mi propia forma. Sólo puedo hablar esto contigo que eres, no sé porqué, la única que tiene acceso a mi oscuridad. Acabo de hacer algo totalmente ilógico, y perfectamente lógico a la vez, y no siento absolutamente nada, solo que algo se va desmoronando en frente mío. Me siento entumecido, como en un cuarto oscuro pequeño y frío con gotas de ácido que caen distantes y lentas y que queman, que queman como palabras, y que no puedo hacer nada más que esperar allí mientras el ácido penetra el cemento de mi cabeza. Podría decirse que así son los pensamientos que pasan por mi mente en estos momentos. Flashes de ácido. Imágenes, olores, recuerdos, palabras, sensaciones que no logro comprender, que caen en forma de gotas de ácido fluorhídrico. Veo cosas terribles ocurrir, justo frente a mis ojos, pero esas tragedias no me tocan, las veo desde la distancia, aunque estén tan cerca de mí, aunque sean tal vez mis propias tragedias. Mi tragedia es esta, entender que me he distanciado del sentir, del probar en carne viva los calores de nuestro nexo con el otro.

Ayer la vi llorar. Ella es alegre y tierna, y me lo está ofreciendo todo sin tapujos. Yo trato de amarla sin pensar en el mañana. Miento. Trato de hacerla sentir amada. No, no la amo. Sin embargo, me entrego a ella, a sus ilusiones, a sus risas, también a sus vacíos y penumbras, lo hago porque me gusta verla sonreír, porque una mujer sonriente me hace creer en la magia. Entonces sé que todo finalmente lo hago por mí, por eso que ella me da, por cómo me siento al verla reir, pero no sólo a ella, sino a la mujer, a todas esas que se roban mi atención en el bulevar. Las atenciones y la cortesía nacen de mí naturalmente, soy siempre yo, las escucho con atención y trato por un segundo ser el príncipe que todas sueñan en lo más profundo de sus corazones infantiles. Sabiendo perfectamente que también desean al macho viril, aquél que las debe desvestir con furia, hacerlas temblar de lujuria, ese que saque de ellas el calor de sus ovarios. Y cuando todo eso pasa, y pasa sinceramente, ellas entregan su corazón. Un corazoncito maleable y calientito con olor a hierbas. Yo lo alimento, lo baño, lo acaricio, duermo con él. Pero siempre llega lo inevitable, después de un periodo, puede ser una semana o un verano, entiendo que no lo quiero, que exige demasiado cuidado, y yo que no amo, que solo juego, no siento la fuerza para dedicarme a él con el cariño y la paciencia que requiere. Definitivamente algo se ha roto en mí, me veo a mi mismo desde el tercer ojo y me quedo helado al verme hace un rato dedicándole palabras de amor que repentinamente ya no tienen valor. Están por completo fuera de este tiempo, de este nuevo orden de sentimientos.

Decido devolverle su corazón, pero ella no lo quiere, es como si no supiera qué hacer con él, desea que alguien más se lo cuide y lo moldee. Devolverle el corazón ella lo entiende como un desprecio, como si ese regalo tan valioso que ella me ha dado no tuviera significado para mí, cree que su corazón es poca cosa, que eso que creyó tan importante y que pocas veces entrega yo simplemente lo rechazo sin más. Lo que ella no entiende es que soy yo el incapaz, el que no está a la altura de un corazón de mujer, el que no ha entendido lo importante que es ese gesto femenino, el de entregar. Ellas, madres por naturaleza, hayan en la entrega su máxima gratificación, entregan en silencio (como Sophia Loren en el film de Scola Una giornata particolare) y todas sin excepción esperan que alguien reconozca el valor de su entrega. Y no es la primera vez que una mujer me entrega su corazón, y no es la primera vez que me siento incapaz de quererlo. Pero, el olor a mujer y ese coraje con el que hablan en la primera cita, me hacen olvidar lo sensibles que son. Se muestran tan frías, fuertes, inteligentes y distantes que me enloquecen, se hacen ver como un castillo de roca imposible de penetrar, como la fruta más jugosa en la rama más alta del árbol, y yo, que soy curioso y niño, tengo la irremediable necesidad de entrar al castillo, de beber de ese néctar dulce. Y entonces me decido a batallar contra ella, uso todo mi ingenio para llegar a la cima y alcanzar la fruta y con el veneno de la ambición y el egoísmo corriendo por mis venas y la excitación que produce el alcanzar una nueva meta, la muerdo sin pensar, la muerdo sediento de victoria. Y ya es demasiado tarde, derrumbé sus murallas, escalé por sus difíciles ramas, ella se ha entregado. La desperté de su letargo. Entonces cree que el destino le ha sonreído, que esta vez tuvo suerte, que alguien se tomó el trabajo de luchar por su amor, pero para su desdicha sólo se encuentra con el niño que jugaba a alcanzar su objetivo y que ahora debe ir en busca de uno nuevo. Siento que se me encogen los testículos.

Y llega lo peor. El llanto. Ella llora desconsolada, sintiendo toda su vulnerabilidad en la garganta, tratando de recordar a su madre cuando le decía de niña “no dejes que un hombre te vea llorar”. Yo la veo sentado en el sillón como quien observa una tormenta desde la comodidad del hogar. Y no lo voy a negar, yo me siento ajeno a ese llanto, no lo siento propio, no puedo fingir unos ojos comprensivos y apresurados a sanar, sino que se mantienen gélidos, inmóviles. Ella me llama insensible, y la verdad es que yo reconozco esa insensibilidad dentro de mí. Ella llora queriéndome hacer sentir miserable y desagradecido, pero no puedo evitar sentir todo lo contrario, que he ganado una batalla más y que ella ha perdido. Que estoy en una posición de poder. Que el balón está en mi cancha. “Por favor no seas frágil. No te quebrantes enfrente mío” le digo con un aire de suficiencia. Ella me mira en silencio con los ojos hinchados y llenos de dolor. Para ella estoy despreciando su llanto, su pasión y eso la desespera aún más. Y de pronto al verla así tan vulnerable y pequeña, logro verla trágicamente hermosa. Genera en mí un sentimiento extremo que se confunde entre la pasión, el amor, la fatalidad. La mujer sublima la belleza cuando llora, la lleva a otro nivel, a la belleza del dolor. Recuerdas a la niña que lloraba por su madre en Saló y que resultaba conmovedoramente erótica? Un nivel de emoción que no logro sentir y que envidio de las féminas. En ellas veo cómo todo adquiere súbitamente la capacidad de salirse de su orden lógico para ajustarse a un caos afectivo, nada está en el sitio en el que nuestras mentes normalmente acomodan las cosas, cuando los impulsos nerviosos e inquietos de nuestros espíritus rompen las cadenas de la razón y se desordenan, todo después se acomoda en esos pequeños espacios donde el alma es más receptiva. Yo observo esto como un espectador, no poseo esa capacidad de moverme de mi cómodo yo (en el sentido freudiano) para entregarme a esa zona de nuestra humanidad donde la dialéctica pierde el control y sólo nos queda el absurdo…que es finalmente, el absoluto.

Todo esto sucedió anoche 14 de Julio, día en el que ella cumplió 24 años, (Imagínate qué flor!) después de haberle hecho el amor tres veces sin parar, sólo para demostrarle lo buen amante que soy, el hombre que ella necesita, el hombre que ella siempre soñó, para dejarla satisfecha… pero he vuelto a engañarla, era otra vez mi egoísmo jugando a la pasión.  Ah! Me siento excesivamente terrible, decepcionado conmigo mismo, y lo transmito. Le dije que no la merecía en este momento de mi vida. Y es de verdad lo que siento. Sin embargo me siento triste al recordar que ya he dicho estas palabras un par de veces más y luego he huido cobardemente con una medalla al mérito por haber alcanzado el corazón de otra mujer. Es una sensación extraña, el sentirme un poco como un cascarón de mi mismo, sin poder alcanzar a mi propio ser. Y no comportarme como tal con ella. Todo lo que ha visto de mí ha sido sólo un cascarón, un holograma que he creado de mí mismo donde reflejo al amante perfecto, que escucha, besa, acaricia, habla, sonríe, copula. Pero que esconde a este idiota que es capaz de verla deshacerse con ojos de hielo. Siempre suficiente, con la soberbia que me da el expiar mis tragedias y mis vacíos personales a través del llanto de otra persona, y no de mi propio llanto. “En 15 minutos pasa el último tren” Le dije, aún con el orgullo de querer ganar la discusión. Ella se ha ido en silencio con la cabeza gacha, como si hubiera perdido su propia dignidad, con esa última soledad de la que hablaba Sabato, la del amante sin su amado.  Ahora estoy solo en casa tratando de comprender todo lo ocurrido. Y  he logrado tocarme en mi propio sexo. De toda esta tragedia romántica sólo me queda una fuerte fatiga espiritual. Un dolor concentrado en el glande. Toda esa masculinidad de la que alardeaba ha quedado reducida a nada, pero no me lamento, por el contrario, el acongojo me oxigena, me recuerda quien soy en mi parte más privada. Me hace retornar a esos tiempos en los que me quedaba dormido bebiendo leche tibia que mi madre producía exclusivamente para mí.

Vuelvo al país la próxima semana. Te abrazo con el pensamiento.

D.R

Realimentación Negativa

Hoy no me detuve a pensar en el misterio del mundo, ni en el bosón de Higgs, ni en la nada, ni en las estrellas, ni en la miseria. No pensé ni un segundo en el amor, ni en el odio, ni en la amargura de los hombres. Hoy me olvidé de aquello que me normalmente me intriga. Me olvidé del cosmos. Me olvidé del ego humano. Me olvidé del arte y de la teoría de Darwin.

Hoy salí de casa sin más. Sin nubarrones negros lloviendo pensamientos sobre mi cabeza. Sin diablillos picándome el hipotálamo. Sin las palabras de mi vieja retumbando en las paredes de mi cerebro. Sin mis comunes pesares tercer mundistas. Sin mis ovarios jodiéndome porque otra vez quemé los huevos.

Salí y caminé. Me dediqué sin mayor esfuerzo a las trivialidades de la cotidianidad. Hacer mercado para el almuerzo. Pagar uno que otro recibo. Resolver un par de cuentas pendientes con mis intestinos. Lavar el baño, si señor! Dar de comer a la gata que nuevamente está en celo.

La vida me pasó por encima como suele hacer cada día, sólo que esta vez no puse ninguna resistencia. El tiempo me usó una vez más para sus propósitos mayores de los cuales no huelo ni siquiera la intención. Y yo dejé que me usara. Al fin de cuentas, creer que lo usamos es pura imaginación.

Ahora estoy otra vez en esta habitación pensando en aquello que no pensé en todo el día. Sólo para notar que otro día ha pasado, como el anterior, y como el anterior al anterior. Y yo ni siquiera me fijé creyendo que eso era libertad. Andar por allí como flotando, indiferente a los cambios, a los minúsculos cambios.

Algo que robé por allí

Cami está dormido en un viejo colchón sucio. Un colchón sencillo de rayas azules y blancas, ya está deformado de tanto uso, trozos de espuma salen por algunos agujeros, unas grandes manchas marrones se extienden por la tela. Cami es enorme. Es un hombre grande. Desde el lugar de donde lo observo él está de espaldas a mí, en posición fetal, recogiendo sus largas piernas para que quepan dentro del colchón. Usa sus brazos como almohada y así acomodar su cuello. Cami está desnudo, cubierto sólo de la cintura para abajo por una delgada y roída sábana azul. En su espalda se distinguen un par de tatuajes, uno en las cervicales en forma de triangulo o flecha con la punta señalando a su cabeza, el otro en el hombro derecho es una esvástica rara, deforme, con sólo tres puntas. Cami no se mueve. Respira lento. Sus pulmones de gigante se llenan poco a poco como absorbiendo todo el aire de la estancia. Su cabello largo está húmedo, de su cuello caen algunas gotas de sudor que ruedan lentamente hasta hundirse en el viejo colchón. Verlo ahí con toda esa existencia suya tan vasta, dejándose caer pesada sobre una pequeña superficie rota que parece hacer un gran esfuerzo para sostenerlo, resulta conmovedor. Su humanidad de pronto se hace pequeña y frágil, aunque él inspire todo lo contrario, que nada puede contra él.

La brisa golpea con fuerza los vidrios de las dos ventanas que hay en el recinto. A través del polvo que hay en las ventanas se puede distinguir una playa de mar grisáceo y arena opaca, nubes cargadas anuncian tormenta, pero detrás de ellas todavía logra distinguirse el sol. Debe ser medio día. Sin embargo el golpeteo de las ventanas y el crujir del techo no despiertan al gigante. Parece estar sumergido en un profundo letargo. Camino explorando el lugar, pero tratando de no hacer ruido, la madera del piso está vieja y resuena con cada paso. A pesar de la tormenta que se avecina, el calor arrecia, sale del suelo, ha calentado todo, la tierra, los cimientos de la casa, el mar, la atmósfera, la piel. La lluvia no se presenta como un ente amenazante, sino como una promesa de frescura. Entre más me acerco a Cami, puedo detallar que de su espalda brotan pequeñas gotas de sudor, algunas se hacen pesadas y caen por inercia. Un par de moscas revolotean por la casa, tratan de salir por las ventanas, se golpean, zumban, se cansan, desaparecen, vuelan, se posan sobre Cami, pero éste ni las siente. El colchón sobre el cual yace nuestro amigo, está en el medio del salón. Cerca de la cabeza de Cami, un viejo radio de pilas AA, al lado su ropa llena de arena, unas sandalias viejas de cuero, un reloj de pulsera que marca las 12:36, un chocolate derretido y lleno de hormigas, un elástico para el cabello. En una esquina del salón un botellón de agua contiene la última gota. Ahora que me he acercado lo suficiente al gigante veo en su brazo derecho un tatuaje con forma de corona y en el hombro un signo de igual. Entre su pecho parece guardar algo con recelo… una pera. Él no se percata del mundo exterior, ni de mí presencia, no existo. Me siento frente a él, lo observo, trato de respirar a su ritmo, pero es demasiado lento y siento que me ahogo. Para él, transportar oxígeno hasta cada una de sus células es un proceso más prolongado, su sangre recorre largas distancias para llegar a cada uno de los rincones de su cuerpo. De su frente brota el sudor. Con delicadeza muevo su cabello hacia atrás para liberar la frente. Suavemente soplo aire a su piel. Al observarlo así fijamente, de pronto se vuelve pequeño, cuando duerme los rasgos de su cara dejan de ser rasgos de gigante, de hombre rudo y grande, para descubrirse precario, vulnerable, como cualquier otro. Allí acurrucado apretando una pequeña pera verde entre sus brazos como si fuera su único tesoro.

El reloj ahora marca las 12:47. La brisa no golpea como antes. Todo ha quedado en silencio. Cami hace un pequeño movimiento con el entrecejo, lo frunce, como quien tiene un mal sueño. Vuelve a calmarse. Se relame los labios secos. Y sigue profundo. Con cuidado deslizo mis manos hasta la pera, la tomo, le doy un mordisco y vuelvo a colocarla donde estaba con un movimiento suave. Está fresca, dulce y jugosa. Una gota de fructosa se escapa de mi boca. Abro un poco las ventanas para ventilar el ambiente. Cami siente la diferencia y con un movimiento rápido se cubre un poco más con la pequeña sábana. Sin hacer ruido me levanto, vuelvo a observarlo en plano general desde arriba. Me despido de él en silencio. Vuelvo a mi posición inicial y desaparezco. No sé cuándo despertará. Si sintió me presencia, creerá que ha sido sólo un sueño.

No! Es cierto… cuando despierte verá la marca de mis dientes clavada en su pera.