Archivo mensual: septiembre 2012

Pronóstico del Tiempo

Dos sujetos cuarentones se encuentran en el bar de la esquina a las 10 de la mañana. Sujeto A, de panza pronunciada, ojos claros y uñas sucias, pide una cerveza, sujeto B, vestido de corbata, de cabello despeinado y ojos de lunático marcados por dos oscuras ojeras, ordena un café. Sujeto C, el barista, luce el cabello corto y la barba recién afeitada con un par de pequeñas cortadas sobre su piel blanca dan una expresión de limpieza y cuidado, su vestimenta de colores oscuros le da un aire de solemnidad, tiene la mirada tranquila y amable, saluda cordial y dirige a los señores un par de palabras cortas a manera de saludo (las mismas de siempre).

C: Bonito día, ya era hora.

B: Si, pero dicen que esta tarde llueve.

A: Es confiable?

B: Lo vi en el noticiero de esta mañana.

A: Hace años no veo las noticias, me aburrí de creerles.

B: Si, no se sabe qué creer, pero al menos hay que estar enterado de lo que sucede.

A: Y para qué? Sirve de algo? Cambia algo?

B: Es nuestro deber como ciudadanos. Es la única arma que tenemos para defendernos.

Sujeto C se limita a secar los vasos y a participar de la conversación pasivamente, haciendo uno que otro gesto de afirmación hacia cada interlocutor.

A: Defendernos de quién? Quién nos está atacando?

B: Pues los señores del poder.

A: Yo creo que lo importante en la sociedad es vivir tranquilo y dejar a los otros vivir tranquilos.

B: Bueno lo pienso también yo.

C: Si, si.

B: Es lo que trato de hacer cada día, mantener un bajo perfil y dedicarme a mis problemas personales.

A: Yo he ido un paso más allá, desinteresarme de la sociedad y el sistema. Ya sé que estoy adentro, por mera sobrevivencia, pero no me interesa nada de él… no le doy ninguna importancia.

B: Pero siendo que estamos dentro y que queriéndolo o no estamos jugando, estamos obligados a conocer las reglas. Al menos para no dejarse joder.

A: No te dejas joder, en el momento en el que no reconoces ningún poder del sistema sobre ti.

B: Puedo no dárselo, sin embargo influye en mi vida. Acaban de alargar la edad para jubilarse. No puedo quedarme sin hacer nada.

A: Y es que puedes hacer algo?

B: Quejarme.

A: Y delante de quién te quejas? Un albañil sucio e ignorante como yo, y nuestro amigo el cantinero…

B: No me interesa polemizar. Sólo no sentirme solo.

A: Ya estamos polemizando.

B: Entonces según usted no vale la pena confrontarse con los otros.

A: Pienso que siempre llegaremos al mismo punto.

B: Cual?

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A: Éste. En el que te das cuenta de que sencillamente no puedes resolver nada. Ahora me despido, tengo que volver al trabajo.

B: Abríguese bien, probablemente llueva.

Sujeto A saca del bolsillo el dinero justo para pagar la cerveza y lo deposita en la barra, cuando sale del bar, cae la primera gota, corre hasta la parada del autobús cubriéndose de la lluvia que comienza. Sujeto B, pensativo y compungido busca la mirada de C.

B: Ehh sí, creo que al final es como dice él.  Debo ir yo también a trabajar. Cuánto te debo?

C: 3 mil.

Sujeto B paga con un billete de 10 mil, espera el cambio en silencio.

B: Entonces es mejor no hablar de nada?

Depositando el cambio sobre la mesa, C sonríe y prosigue: … Siempre se puede hablar del clima.

Nirvana-Peste

La sangre viaja rápido a mi cabeza y a mis puños, quiero golpear, masacrar, torturar, matar. Agacho la mirada, busco algún punto con el cual distraerme, respiro profundo, trato de hallar la paz que se esconde en lo profundo de nuestros corazones. Corro veloz a ella huyendo desesperadamente de la ira, si le permito alcanzarme no sé de qué sería capaz, y esto me asusta. Ya he golpeado, no es una grata sensación. La pasión logra apoderarse de mí cegándome el pensamiento, por esto prefiero escapar. Veo entonces mis pies que desesperados me mueven a lo largo de una oscura alcantarilla que emana gases calientes de olor nauseabundo, me deshago de mis ropas tratando de refrescarme, pero no lo logro, mi corazón late fuerte, siento el hervor de mi sangre recorriendo cada una de mis venas. No hay espacio para el pensamiento, sólo para la cólera. Ratas gordas se cruzan en mi camino, sus voces hacen eco en estos túneles subterráneos, el rumor de los automóviles me bombardea los oídos, el chillido del metro deteniéndose me hace doler la cabeza, la ciudad tiembla sobre mí. Los transeúntes se dirigen a sus destinos sin pensar en esos que vivimos en las entrañas más oscuras de la ciudad y del alma. Escuchan la música en los trenes, no se miran, no se hablan, tiran las colillas de los cigarros sin hacer caso, leen los periódicos y las publicidades como cuentos para niños. Yo en cambio corro, sí corro, en las alcantarillas huyendo de la furia y el pánico. Grito mientras corro. Lloro mientras corro. Llamo a mi madre, a mi padre y a mi hermano, llamo a mis amigos, nadie acude a mi rescate, todos le temen a las cloacas, a los túneles donde se entra sin saber si habrá una salida, parece tratarse de un laberinto único con algunos agujeros hacia la superficie, hacia la luz. Corro pero siempre me encuentro en el mismo punto, o en puntos distintos que (mierda!) parecen ser iguales, cómo diferenciarlos?

Huele a muerte y no sirve la desesperación. Me detengo. Respiro. Me seco las lágrimas. Descanso las piernas. Miro a mi alrededor y trato de reconocer lo que me rodea. Cadáveres. Un zapato viejo. Mierda. Ratas. Bolsas de supermercado. Gatos negros. Basura. Abortos. Máquinas oxidadas. Cemento. Moho. Barro. Un reloj detenido. Una botella vacía de whiskey. Dentro de mí la rabia. La dialéctica de la humanidad recae sobre mi espalda y duele, los susurros de la gente llegan a mis oídos como lenguas muertas que no logro comprender. Todos hablan, se cuentan sus penas, despotrican de los gobiernos, de los errores del pasado, de los improperios del presente, de la desesperanza del futuro. De qué sirven todas estas palabras? Son como mis pasos, rápidos o lentos, pisan siempre el mismo suelo, este que pisamos todos y que nos conduce desafortunadamente o afortunadamente al mismo lugar, porque aquí donde estamos, aquí nos quedaremos, no importa cuánto corramos, no importa cuánto caminemos, no importa cuánto nos duela el cuerpo, o cuánto le dolamos nosotros a él, cada palabra es sólo otro ladrillo de este laberinto. Cállense! Cállense todos! Detengan los motores! Apaguen la radio y la tv! Muerte a los símbolos! Sólo en el silencio podemos confiar. Comienzo a correr de nuevo, más fuerte que antes, más enojada que antes, correré cuánto mi corazón pueda bombear, cuántos mis pies puedan desgastarse, no miraré el laberinto, sólo correré más fuerte, con más rabia hasta que pueda estrellarme y desangrarme contra uno de estos muros lógicos o hasta que pueda romper toda lógica y toda retórica.

No sé cómo llegué a este repulsivo lugar, así como usted no sabe cómo fue que llegó a los brazos de su madre… Sí, recuerdo, llegué huyendo de la ira, y aún estoy huyendo, como usted huye también.

Sagra dello Stinco

Si algo saben hacer los italianos es comer, han aprendido entre guerras e inviernos duros a satisfacer sus estómagos siempre con un toque de distinción y sibaritismo, nada muy distinto del tener un hermoso cuadro adornando la sala, o escuchar una buena canción, o incluso farsi una bella scopata (echarse un buen polvo).Satisfacer ciertas necesidades básicas –sí, el arte es una necesidad básica- con gusto y estilo. El antipasto, el primo, el secondo, el contorno, el pan, agua y vino, el dolce, el caffe y el amaro. El momento de la comida es un ritual donde todos se sientan en la mesa, hablan, comparten, ríen, cantan, ingieren diversos tipos de alimentos, pero siempre bajo el manto de la ceremonia. Con el pasar del tiempo las reglas de la mesa también se han refinado, reglas sencillas de cordialidad que permitan el libre y tranquilo transcurso de la serata. Podemos hablar también de la exquisita variedad de platos que existen en la gastronomía italiana, variedad que cambia entre pueblo y pueblo, marcada por la historia particular de cada zona y sus alimentos nativos. Negar que lo disfruto sería una mentira, lo disfruto, y mucho. Espero con avidez la hora del almuerzo o de la cena, conservo mi hambre para degustar con extremo placer los manjares de este pueblo. Recientemente estuve en la Sagra dello Stinco e della Birra en algún pequeño pueblo de la Liguria del cual ya no recuerdo el nombre, en todo caso no era importante, lo importante era, en efecto, la comida. Música de pueblo, serpentinas, guirnaldas, viejas en vestidos de flores, hombres en pantalonetas, jóvenes con ropas extrañas, todos riendo y bebiendo entorno al éxtasis de la vida comunitaria, pero no la vida comunitaria de los días aburridos, estamos hablando de la vida comunitaria de la fiesta,  la vida comunitaria donde las vecinas que normalmente se miran con recelo se juntan para dar de comer a cientos de visitantes a quienes deberán atender con esmero.

Así transcurre la noche en medio del ambiente festivo con los últimos aires cálidos del verano. La fila para comprar la comida es larguísima. Entre tanto hablamos con una cerveza en la mano. El cuerpo está contento, sabe que su hambre esta noche será bien saciada, entonces resiste. Después de 30 minutos de fila buscamos algún sitio para comer, pero todos comen y beben, no hay lugar para tanta gente. Un joven vestido de abejita sexy pasa a frente a mí con una caja en la mano, sus amigos lo reciben con aplausos en la mesa, abre la caja y extrae su contenido. Uno de los amigos se lo rapa de la mano, encuentra un boquete y comienza a inflar. Al cabo de un rato una enorme muñeca inflable de tetas enormes, culo pronunciado y un enorme hueco en la boca, hace su aparición, los jóvenes estallan de júbilo, al parecer se están divirtiendo. Justo en esa mesa veo un par de asientos para mí y mis amigos. Ahora a esperar. Los ancianos y los niños que trabajan en el evento están a millón sirviendo a los comensales. Pasan dos horas. La abejita y sus cómplices ya se han marchado, las mesas comienzan a desocuparse. Todavía quedan algunos hambrientos como nosotros que esperan su ración. El vino es por el momento nuestra única distracción, hemos acabado las charlas y las risas, sólo pensamos en nuestras hambres. Con el estomago pegado a las costillas y la segunda botella de vino casi por terminarse aparece una de las mujeres voluntarias de la fiesta cargada de platos, platos enormes con carne de cerdo, polenta, papas, quesos, focaccia. La felicidad. Comamos hasta que se acabe el mundo! Todo, todo lo que se pueda!

L’ingordizia. El estomago se me revienta, el corazón bate más rápido y más fuerte, le cuesta fatiga metabolizar todo lo que he comido. Respiro profundo tratando de oxigenar mi cuerpo para tan dificultosa tarea. Mareo. El vino, cazzo, el vino. Cuánto vino. Demasiado. El helado, el café, el amaro. Lo stinco! Un enorme pedazo de cerdo. El mundo que da vueltas. Fue demasiado. Demasiado de todo. Me dirijo al baño conciente de que debo expulsar el excedente. No hay alternativa, sobrepasé mis límites. Es como si no supiéramos cuándo parar, cuándo es razonable detenerse, cuándo hemos satisfecho nuestros deseos; la delgada línea entre lo justo y la demasía. Y es que cuando tenemos en nuestras manos la posibilidad de tener todavía más de lo que ya tenemos pareciera imposible no poder detenerse, incluso sabiendo que eso de más que podemos tener no nos hará más felices de lo que ya tenemos, pero no, no importa, igual lo queremos. Como cuando sabes que la borrachera ha alcanzado su climax y de todos modos sigues tomando. Como cuando te echas un polvo sin sentir ni siquiera el deseo de hacerlo, pero te lo echas aún sabiendo que te sentirás una basura después de haberlo hecho. Nunca es suficiente. 2 es mejor que 1, y 500 mejor que 234. Pero recordemos que 1 es mejor que nada. Pareciera también que se nos va la vida tratando de tener más, más amantes, más viajes, más pares de zapatos, más reconocimientos, justamente porque lo hemos tenido todo siempre… pero claro, también nos aburre tener todo siempre, entonces queremos no aburrirnos y atiborrarnos de todo lo que esté en nuestro alcance. A fin de cuentas, no hemos sido parte de quienes no quieren “más” sino lo justo, lo básico, lo único. Y luego nos veo, a nosotros occidentales, leyendo libros, yendo a seminarios, haciendo retiros espirituales de miles de sectas orientales distintas para aprender a rechazar todas las comodidades con las que hemos sido mimados y que tanto trabajo nos da abandonarlas, o solo, la idea de abandonarlas.

Afortunadamente existe el vómito.

(y ésta será otra historia)

Aria Scura

El otoño llegó antes de lo esperado, la excitación del verano ha quedado atrás, los bailes, los cantos, los pantalones cortos, el helado, las sombrillas enormes de la playa se cierran una a una. Un verano corto para presupuestos cortos. Este año los comensales no llegaron, la crisis, dicen, el pescado se quedó congelado. Los jóvenes volvieron a sus casas. Los amores fugaces no alcanzaron a ver las horas de la madrugada.

Los días más oscuros que de costumbre anuncian la voluntad de la naturaleza, la bipolaridad del artífice que todo lo controla. Las gatas hacen ruido por la noche, raspan las puertas queriendo entrar al calor de la casa. No puedo evitar pensar en aquello que me ocurre en la vida cotidiana, las situaciones, las circunstancias, los lugares, las personas, los paisajes, las maneras diversas de avanzar en el tiempo. No logro llegar a resoluciones concretas, y aquí encuentro un punto de divergencia con la masculinidad, ellos están acostumbrados a los resultados, al inmediato, lograr lo que se tiene que lograr a cualquier costo y más allá de los particulares, los métodos, las personas involucradas, etc. Para la mujer parece ser distinto, fuimos diseñadas para la procreación, un lento transcurso que requiere paciencia y cuidado, es así entonces como actuamos bajo una ética del proceso, donde el resultado será obra del tiempo y la cura. Me intereso pues en el descubrimiento y la discusión de cada momento, gasto mi energía en el tratar de tomar decisiones concientes, caminando siempre hacia donde guía el instinto, el propio horizonte, resulta entonces necesario creer en ese destino que nuestra voluntad nos depara incluso también cuando la neblina desdibuje el objetivo. Como hoy.

Un suspiro. Resistencia.

No se sabe si son las 11 de la mañana o las 5 de la tarde. El día es homogéneo, oscuro, húmedo, la gente ya no ríe, ya no muestra las piernas, es hora de volver a ocuparse del pensamiento. La cosa extraña es que el otoño me persigue, la lluvia, la neblina, las nubes, el gris. Todos se han calmado después del éxtasis. Pronto comenzará el trabajo, el estudio, volverán todos a los quehaceres cotidianos, el fin de la libertad. Para eso sirve el verano, dejar andar la cabeza en un mar cálido, tomar el sol para llenarnos de energía como los lagartos, beber, reír, andar desnudos, copular, hablar hasta altas horas de la madrugada bajo las estrellas… pero este año el verano fue corto, cortísimo. Tragedia. No fue suficiente. Muchos con ilusión esperan algunos otros días de sol, otros pesimistas ya desempolvaron las chaquetas del invierno pasado. No fue suficiente tampoco para mí, ahora vuelvo a mi estado natural: con impermeable.