Archivo de la etiqueta: muerte

Turbación

El día no fue fácil, los avatares del sistema nuevamente te obligaron a sucumbir en tu lucha por una utopía. Es la vez número 3487 que la sociedad mató en ti cualquier atisbo de esperanza. Recuerdas entonces a aquella mujer que conociste en la fiesta del sábado, era hermosa cierto? Tenía esa sonrisa encantadora, aunque su vestimenta no era la más apropiada se veía menos común del resto de las mujeres de la noche, así que te acercaste a ella buscando compañía y porqué no, un romance. Te acercaste con esa intención con la que siempre te acercas por primera vez a una mujer, sexo, obvio, pero en el fondo buscando ese calor que sólo sentiste con tu primera novia en secundaria a la cual dejaste por aquella otra mujer casada comedora de jovencitos vírgenes.

Esta chica parecía tener algo especial, estaba allí alejada de la gente mirando a todos los alrededores buscando una mirada masculina, y entonces estabas tu, dispuesto a darle una mirada y mucho más. La charla inicia con las típicas frases tristes  y sin sentido “cómo estás, porqué tan sola… bla bla bla” charlatanerías. Recuerdas entonces las miles de charlas que tuviste entre cervezas y música con tus amigos de siempre, “Hay que trabajarla. No le demuestres tus intenciones de sexo directamente. Sé tierno y sensible. Interésate por ella. Trátala como una reina a ver si te la suelta” Y aplicas las estrategias una vez más. Es así entonces como entre tragos y falsas sonrisas ella empieza a mirarte maliciosamente, y tu a ella, un poco de baile improvisado y obligado tratando de cruzar la menor cantidad de palabras posibles. Entonces cometes el primer error, mover tu mano indebidamente hacia su espalda baja. Ella reacciona rápidamente cambiando de dama seductora a mujer de bien. Después de un cigarro para relajarte, vuelves a tu misión coñística. Ella se deja seducir nuevamente, pero segundo error, lo que pensabas que era una señal positiva estará pronto por convertirse en el tercer error.

Entonces inicias una escuálida charla sobre la vida y el sistema, de lo mal que te sientes en la oficina tratando de vender cada puto día de tu vida esos seguros de vida que roban el dinero de los más honrados que quieren, en caso de morir, dejar algo de estabilidad a su familia. Además de conflicto ético sientes la presión de vender más, para tener más dinero, y ser alguien en la sociedad. Le confiesas que no ganas tanto dinero, pero que finalmente no te importa, porque ya perdiste la fe en aquello que te inculcaron de pequeño. Le confiesas que tus días de soledad te agobian, y que por las noches sollozas por tu madre. Le confiesas que cada noche te fumas un porro para olvidar el peso de la jornada y para liberarte de la cárcel de oro que el establecimiento nos ha construido. Le confiesas que odias a tu jefe, las noticias, la tarjeta de crédito, y hasta aquellos zapatos viejos que te hacen parecer un don nadie. Le confiesas que tú también en lo profundo deseas lujos y placeres, que el dinero no te alcanza para pertenecer a la élite o aparentar serlo, justo cómo a ella le gustaría. Le confiesas que sufres por aquellos que mueren de hambre, no por falta de comida, sino por la violencia social, es decir, la pobreza. Le confiesas tu inconformismo y a la vez tu impotencia y frustración.

Cuando vas por el octavo caipirinha, y tu moral por el octavo círculo del infierno dantesco, ese del fraude, vuelves tu mirada en sus ojos buscando el calor que sólo da esa mirada solidaria que lo ha entendido todo, y que sufre las mismas penas buscando en unos ojos una soledad contigua. Todo esto para darte cuenta que ella hace tiempo dejó de escuchar tus penurias, para escribir quien sabe qué cosas en su BlackBerry. Entonces desciendes al noveno círculo del infierno, traición, traición de tu especie y del género femenino a la vida misma, a los sabios, a la filosofía, a la historia, al pensamiento. Miras a tu alrededor perdido y agobiado, casi con una sensación de claustrofobia a la inversa,  buscas algo que calme tu desconcierto y te reconforte. Pero lo único que encuentras es una manada de alcohólicos y periqueros descerebrados; quienes buscan sexo, quienes buscan diversión, quienes buscan locura, quienes viven porque sí y quienes quieren por un segundo no ser nadie y camuflarse entre la masa.

Entonces te vas de la fiesta completamente borracho, después de haber visto a Satanás en los ojos, sales desesperado en el medio de un aguacero tomas el primer taxi y te dejas estafar porque sólo quieres llegar a casa cueste lo que cueste. Te desprendes con odio de las llaves, del celular, de la billetera, de los zapatos y con la ropa todavía mojada te tiras a la cama imaginando que es un manantial de agua tibia que traerá relajación y regocijo, para encontrarte con una cama helada y solitaria. Con un impulso involuntario pero salido desde el fondo de la desesperación, te agarras el pene, estrujándolo, raspándolo, lastimándolo con furia, haciéndole pagar por las frustraciones acumuladas en el día, queriéndolas arrancar del fondo de tu alma de una vez y para siempre en un orgasmo efímero y letal.

Tu mano está ahora bañada con tu esperma perdida, lejos de su óvulo, de su célula compañera. Sientes pereza de ir al baño a buscar papel higiénico o a lavarte las manos, así que dejas tu plasta en la cama. Pensaste que te ibas a librar de tu agobio? Pues No. Ahora yaces en tu cama vacía y oscura, la cabeza te da vueltas, no entiendes dónde estás, y no te queda más que mirar al techo y recorrer tu vida para encontrar justo ese instante en el que dejaste de ser feliz, para convertirte en el ser inconforme y decadente que eres hoy.

Boys by Aneta Bartos

Empiezas entonces a desear y lentamente a vislumbrar una abundante cabellera negra, unos labios, unos senos, una piel, y lentamente la pesadumbre va desapareciendo para dar paso al sueño, al descanso, a la salida de ese laberinto que es cada maldito día. Pasó ya otro día con su noche. Sobreviviste a sus obstáculos, sobreviviste un día más a la maldad, a la sociedad y su vacío, a la incertidumbre y a la soledad, sobreviviste un día más a ti.

Viaje al fondo de las pupilas

Me gusta cenar sola y de pié en la vieja cocina de Quito. Cenar, o desayunar un poco tarde: huevos, pan y jugo de naranja. Tengo que esperar a que llegue el domicilio con las anticonceptivas, soy tan floja como para salir de mi guarida, claro, si alguien me invitase a recordar porqué me tomo las pepas sagradamente cada noche, de pronto sí, me animaría a salir. Nunca leí los libros que he dicho que he leído, ni todas esas películas de culto que todos vieron, en cambio, oculto como gran secreto que me deleito viendo documentales sobre mecánica cuántica, leyendo la teoría del vacío y de las cuerdas, y talvez uno que otro ensayo postmoderno.

Soy mucho más joven de lo que podrían pensar. Recién cumplí 22 años, nací en el caribe y he vivido en Quilmes, en los alpes marítimos, en Kingston, en Ciudad de Panamá, en Valparaíso, en Jujuy, en la selva amazónica, en Quito, que es donde me encuentro ahora. En Quito, o en el cuarto de la lavandería, mucho mejor. La luz no funciona muy bien, a veces prende, a veces no. Como todo. Es pequeño, húmedo, azul, frío, solitario. Como yo. Me declaro una amante empedernida, una diva en decadencia, una musa indiferente, un demonio sin poderes, una reina sin corona y una diosa sin creyentes. En pocas palabras,  soy un maldito desastre.

Para hacerme el par de huevos que me estoy comiendo, tuve que quemar la sartén. Me quemé cuando la puse en el lavaplatos para que “se enfriara”. Derramé el poco de chocolate que me hice, lo serví fuera del pocillo. Tengo que limpiar, y derramo el chocolate en el piso. La imagen que presencio en este ridículo momento, es el de una tipa con el cabello más enredado que wikileaks, con pantalones que se caen por mi extrema delgadez, y esta pañoleta enrollada en el cuello, comprada de segunda en el centro de mi amada ciudad.  Estoy de pié, estoy comiendo mi par de huevos con tostadas, y no lo soporto. El estómago quiere vomitar cualquier bocado que ingiera. Diarrea constante. Son los gusanos de la vida que viven dentro de mí como un ejército de viles canallas, que hacen que cada sentimiento, experiencia, conocimiento se vuelva mierda. Mierda líquida, dolorosa y maloliente.

Pero tengo que comer, el organismo me lo pide.  Sola en casa, con la vida que se deshace cada segundo. Es un lento transitar por una calle desolada y oscura. Sólo falta que llueva. Y mierda! Llueve. Cuando todo parece aclararse, no te alegres, significa que volverá a estar oscuro. Es un lento transitar entre la neblina, cuando crees que estás viendo algo, es sólo una imagen desenfocada. Yo lo sé mejor que nadie, por la noche la azotea del edificio es un mar de humo, y por la mañana… también. Por la mañana, muy en la mañana, tipo 6. Ahora, cómo es posible que este demonio nocturno conozca la niebla de las seis de la mañana, sencillo, tengo que trabajar. Así es. Trabajo en una oficina, en un computador, con una luz blanca en el techo. Si yo, la diva en decadencia, la diosa sin creyentes, la musa sin poderes, la reina sin corona. Trabajar, Trabajar y Trabajar, cuánto te recuerdo querido ex presidente Uribe. Y así me presento, sin bañar, con el cabello más emproblemado que Gadafi, con la ropa del día anterior, con las mismas botas viejas que fueron a medio mundo y volvieron, las mismas que dejan filtrar el agua por las suelas, y en Quito siempre llueve. Los jeanes rotos, con las pantaletas que hacen gala cuando mis caderas inexistentes dejan resbalar el pantalón hacia abajo. Con los ojos rojos, y con una expresión en la cara que dice: a esta puta hora no-se-tra-ba-ja. Pero bueno, alargo la lista del proletariado, ese que trabaja para los demás. O en palabras de Cantinflas: Algo malo debe tener el trabajo, o los ricos ya lo habrían acaparado. Lo bueno es que mi trabajo tiene algo de sentido, al menos no me siento en tan en deuda con el mundo. Entonces olvido todo lo demás, y lo hago con gusto.

Yo, la reina sin reino, soy fanática del tetris y de los juegos de cartas, ahora mismo mientras se me ocurre cualquier parolaccia, estoy jugando solitario. Ahora que lo pienso, el solitario es el juego del amor por excelencia. Todos quieren jugar en solitario, finalmente, horas y horas, derrota tras victoria, y viceversa. Y las cartas son todas al maldito azar. Desde hace unos meses no he logrado superar el puntaje. Sin embargo esta semana logré picos bien altos, pero bueno, aposté todo y perdí todo. La adicción al juego, será.

Soy buena para el juego, tengo esta maldita cara de diva en decadencia a la que nadie puede negarse. Pueden pasar dos cosas, o te asustas, o te intrigas. La mayoría de la gente opta por la primera opción, salen corriendo. Supongo que la diva en decadencia se puede comparar casi a una bruja malévola. Pero no se asusten, no tengo poderes. Esta mirada fría e irreductible, guarda mucho más. O bueno, será precisamente esto lo que asusta, la profundidad del vacío.

Mis ojos son negros, negrísimos, igual que mi cabello. Mi piel es morena, quemada por el sol. He sufrido múltiples picaduras de insectos en la selva, conservo aún algunas marcas. Me gustan. Me recuerdan lo duro que es el mundo real. Tengo estos labios desahuciados, hinchados por la sed, y violetas por el frío. Pocas veces se les ve sino es en su forma natural de boca inmóvil. Mi mirada se pierde constantemente en el vacío. En un punto fijo e inexistente. Es difícil seguirme. Lo sé. Tengo estas manos cadavéricas, largas y huesudas, muy largas. Los pintores con ellas se vuelven locos, los hombres comunes… también. Ni tan comunes, pues los comunes siempre se intimidan con estos ojos, y la verga no se les para. No tengo tiempo para perder, querido.

El hombre que me desee tiene que soportar esta mirada fría y de muerte, y clavarme para redimirme. Tiene que lograr dominarme mentalmente. Es la guerra, y quiero ser la víctima mortal. Hubo un par de valientes en mi historia de amante empedernida, unos más que otros. El primero terminó huyendo. El segundo todavía resiste, huye y vuelve, huye y vuelve.  Hubo otro, pero no supo ser lo suficientemente perverso. Y hay un músico hermitaño que ahora mismo debe estar encerrado en sus cuatro paredes, frente a la pantalla, igual que yo, y lo amo puramente. Recién conocí uno, uno de verdad. ¿Hablar de él? Difícil.

Para resumir puedo decir que es el cielo y el infierno, en el mismo tiempo y en el mismo espacio.  Yo, la musa indigente, puede tener sus pretensiones de vez en cuando, ¿no? Pero el cielo no es para mí. Tampoco el infierno. Finalmente vivo y merezco vivir en un limbo sin tiempo, ni espacio. Sólo oigo el pasar de los motores, respiro el humo de sus enormes chimeneas, me alimento de sus químicos,  y a veces, rara vez, sueño. Pero ni eso vale la pena. Si quiero me toco el alma un segundo, y reflexiono sobre el maledetto amore. La casa está vacía, puedo desnudarme por completo. Pero estoy segura de que no querrán ver esta escena, tan perturbadora.

Me estoy matando de hambre, no terminé mi desayuno nocturno. Soy un cadáver, ormai, sumida en la desolación. Sentada sola frente al mirador de la propia ruina. Pienso en todo y pienso en nada. Luego recuerdo las palabras de mi padre: Relájate, es sólo un paseo. Qué susto, el timbre! Llegaron las pastillas anticonceptivas, pago por mi egoísmo. Finalmente, son el signo de una naturaleza reprimida, pero a la vez de una humanidad liberada. Es tarde y ya estoy harta de pensar y deshacerme, trataré de dormir.

Mañana es sábado. Mañana es lunes. Mañana es viernes. Mañana es la esperanza de un despertar menos doloroso. Pero me es imposible sentir el deseo de abrir los ojos.

Una mejor vida: la música

Hay quienes saben sobreponer algunas bellas palabras sobre una melodía. Existen algunas personas en este mundo que nacieron con el don de escribir poesía, escribir música. No puedo evitar conmoverme, al sentir alguna canción, una de esas que logran desunir de mí cada uno de mis átomos, llevándome al éxtasis, al flotar.
Salir del mundo que conocemos, cerrar los ojos y dejarse caer en un lento espiral de ensueño, meditar sintiendo cada vibración que duerme las puntas de los dedos. Una voz aterciopelada que acaricia mi rostro, besa mis labios con suave ternura, descansa cada músculo del cuerpo, y desvanece cada pesar, cada pensamiento, cada asunto humano.

Mundos imaginarios
están flotando en el aire
pasan por nuestros cuerpos
ecos de mil radares
cuando te afectan
nadie lo sabe
G.C

Será Dios? Es difícil no preguntarme cuando me he dejado llevar por la corriente de este inmenso y calmo mar de sensaciones en el que me he sumergido. Será Dios? Vuelvo a preguntarme, sin no haberme antes reconocido como la primera incrédula. Está bien que la evolución nos haya hecho tal cual nos vemos en un espejo, que la física, la matemática y la química me expliquen cada suceso de la realidad. Pero y la música? Qué hace que la música rompa con las barreras del tiempo, sea tan antigua y tan actual a la vez, qué hace que sea tan liviana pero tan trascendente, tan irracional pero tan humana. Desde un comienzo, desde la música más tribal, quisiera entender qué hizo que el hombre se haya visto obligado a producir sonidos, a comunicar sus estados de ánimo a través de ritmos, melodías y armonías. Sin duda, existe una correlación entre el nacimiento del primer sentimiento y la demostración del mismo. Ahora, cual sería el primer sentimiento del hombre, y a qué se debe, esto es otro misterio. El eslabón perdido le llaman, a ese enigma, a ese momento justo en el que el hombre dejó de ser animal para convertirse en una especie superior. Habrá razones estructurales del cerebro, claro, pero la chispa que desencadenó la catarata de sentimientos que a lo largo de nuestras vidas experimentamos, es algo que está mucho más allá de cualquier cosa que pueda especular. Y me vuelve la pregunta: Será Dios?

Y como el fuego reflejado en el agua
dibujaba partículas de dios
El fin de amar
(es) sentirse más vivo
G.C

Sé de un ser musical -de un genio de la seducción, de las palabras y de la transportación- que duerme profundo, en un mundo de tales nociones musicales que nosotros no alcanzamos a escuchar. El está envuelto en esas miles de melodías y sensaciones que no alcanzó nunca a darnos, porque el está ahora en un estado superior al nuestro. El permanece en un espacio en el que flota lenta y constantemente al ritmo de esos secretos que sólo la música conoce. Y repito, la música es el misterio más secreto que se guarda la creación para sí. O para el día de nuestras muertes. Quien ha amado la música, y se ha perdido en los laberintos de cada nota colocada por en su lugar por el supremo, ha conocido el rostro de Dios. Cómo más podemos explicarnos que aún hoy tratamos con esfuerzo descifrar a Bach, cómo es posible que cada nota esté tan exactamente colocada para decir tanto en tan poco espacio. Espacio? Dónde está la música? Dónde vibra? La física cuántica, tan mágica, nos habla de diminutas cuerdas de violín que atraviesan el universo y que vibran con cada tonada. Nos dice también, que la música penetra cada célula de nuestros cuerpos y hace vibrar las moléculas de agua dándole una forma particular y maravillosa a cada una.

Este hombre introdujo y cerró todas mis noches de amor, los primeros besos, las primeras caricias, miles de lunas contemplé con melancolía guiada por su voz. Cuántas noches lejos de casa le escuché, haciendo de cada lugar mi propia casa.
Gustavo Adrián Cerati, en qué clase de sueño podrá estar sumergido hoy? Creo que aquí nos dejó una pista:

Puedo equivocarme
tengo todo por delante
Nunca me sentí tan bien
Viajo sin moverme (de aquí)
Chicos del espacio
Están jugando en mi jardín
Medirán el azar con el viento
Fuerza natural
(…y me eché a la suerte…)