Mujer X

Lapiz labial, pestañina, corrector de ojeras, sostén, tacones, alhajas brillantes, palabras bonitas, piernas cerradas, boca callada, mirada sumisa, mirada sensual, mirada permitida, asistencia a la orden, reclamos en la casa, billetera dorada, perico escondido, vagina depilada, uñas moradas, camisa ajustada, cerebro castrado, ovarios alquilados, piernas sedosas, axilas lampiñas, pezones parados, abdomen plano, cintura de avispa, manos mojadas, pensamientos matizados, tanga hilo dental,  bigote prohibido, gemido ficticio, cejas delgadas, menstruación pudorosa, comida ligera, baño limpio, comida preparada, voz de terciopelo, y el pelo? perfecto, brillante y perfumado; cuello alargado, culo bien formado, escuela religiosa, ama de casa, dueña de nada, fatalidad procreadora, caderas anchas, labios carnosos, lengua juguetona, dientes cuidadosos, inteligencia atrincherada, cojones golpeando la entrada, insultos mudos, reflexiones íntimas, oídos sordos, risa seductora, pelo suelto, por detrás y en cuatro, celulitis prohibida, gravedad detenida, estupidez justificada, chistes ridículos, tolerancia máxima, arrugas de mentiras, falda corta, no, larga, no, corta, no, a las rodillas; bikini de dos piezas, topless o nada, playa exigente, suegra imprudente, discoteca deprimente, trabajo limpio, salario mínimo, interés sexual, sometimiento intelectual, menosprecio esencial, destino de lucha. Mujer X, no importa tu nombre.

El oriente que atemoriza

Me encuentro nuevamente en S., reconozco algunas calles gracias esos edificios horribles que tanto me impactaron la vez pasada; me costaba trabajo pensar que en este lindo lugar alguien se haya atrevido a construir semejantes esperpentos. Reconozco también algunas caras, no porque conozca a esas personas, sino por las líneas extrañas que dan forma a sus narices. Sé que estoy en S.  porque el sol rabioso deja caer su energía sobre las cornisas grises de los horribles edificios, diciendo: “Este hermoso cielo azul y estos cálidos rayos no merecen ser contrastados con semejantes esperpentos“, pero sobre todo, porque huele a mar.

Alzo la vista para darme cuenta que estoy muy cerca de las montañas. Desde el cielo, hago un mapeo cenital de mi ubicación, recorro dos o tres montañas para saber qué tan lejos me encuentro de C., pero no alcanzo a divisarlo. Así que vuelvo a abrir los ojos a nivel humano para darme cuenta de que se acerca el tren que me llevará hacia la montaña, alejándome de S. . Debo mencionar que esta estación de tren no era como la recordaba, grande, soviética, gris, ahora es pequeña, clara, al aire libre, con flores y arbustos alrededor. Tomo el tren, atravieso las montañas y me bajo en C. de noche.

Debo ir a la farmacia, pienso. Comienzo a buscar la farmacia donde trabaja T., nadie me sabe dar información, no porque no supieran de él, sino por antipatía supongo. Camino por C. tratando de recordar las calles, pero todo se hace más grande y lejano de aquél pueblecillo que recordaba. Un grupo de trabajadores nocturnos me miran mientras toman un receso sentados a la acera de la plaza principal, otro grupo de jóvenes baja veloz en patinetas, uno que otro automóvil aparece y desaparece como un fantasma.

Pregunto entre todos por la farmacia y si continúa abierta, todo está cerrado. Después de caminar por el pueblo nocturno con un pesado sentimiento temeroso de estar observada, vulnerable, perseguida, frustrada y sola, me refugio en el pórtico de un edificio elegante pero discreto, de luces ambar y puerta de vidrio con detalles dorados. Veo a T. primero de espaldas, luego de perfil, siento que es él sin estar segura. Sube rápido las escaleras y no advierte mi presencia. Convenzo al portero de permitirme entrar, que lo conozco, que es mi amigo, él después de insistir me abre la puerta sin decir palabra.

Corro por las escaleras y llego intuitivamente a la puerta de su departamento, en realidad estuve sólo una vez y ya ni recuerdo qué aspecto tenía el pasillo, la puerta, o qué número era, sólo subo las escaleras, casi que guiada por su propia estela, y toco agitadamente a la puerta. Cuando ésta se abre, sin aún permitirme ver el personaje, sé que estoy en el lugar correcto al notar las paredes pintadas de rosa pálido y el olor a biblioteca que llega desde dentro. Está cálido y el ambiente invita a entrar. Entro sin pensarlo. Busco cobijo a mi inquietud.

Una voz masculina y alegre me saluda con una extraña confianza. Su voz no es la de T., me giro precavida y veo inmediatamente en sus ojos que no es él. Sin embargo, este nuevo sujeto asegura ser T., dice que es el paso del tiempo que lo ha hecho envejecer muy rápido, que es la soledad, que son unos kilos de más, que son los golpes de la vida. Me invita a una cerveza, como en los viejos tiempos, tratándome de convencerme de que es él. Cedo por un instante, dándome tiempo de descubrir su identidad, sabiendo que no es él.

Escucho un piano forte sonar una melodía desconocida pero no ajena, entonces sé que es él. Escucho al falso T. hablarme de algo que no me interesa, mientras me concentro en la melodía del piano. Entonces lo veo, sentado allí detrás donde solía estar su piano, en esta habitación que reconozco y que aún huele a él. El presente y el falso T. se derriten y descubren el lugar que venía buscando desde tan lejos. Por fin he llegado y T. está tocando el piano, me sonríe y vuelve a sus teclas. Lo escucho por un rato más… maravillada… la melodía comienza a desvanecerse, abro los ojos y él también. Vuelvo a ver la tierra desde una vista aérea, veo C., veo las montañas a lo lejos, veo el edificio y la luz del departamento prendida, me veo a mí y veo a T. tocando el piano, en la habitación contigua me veo a mí sentada frente al falso T., y mi mente está aquí arriba. A la izquierda, en la costa está S., a la derecha todo el continente desconocido, el camino hacia el oriente.

Invisible

En el centro comercial del norte más norte, se dan cita elegantes damas de la burguesía de antaño, con los rostros estirados y los cuellos colmados de joyas para disimular las arrugas. Se encuentran también los jóvenes emprendedores con sus portátiles mac, sus zapatos de cuero y sus relojes pesados y llamativos. Están sentadas hablando por sus teléfonos inteligentes, coquetas señoras y señoritas, vestidas acordes a la última moda, siguiendo las tendencias más vanguardistas de la revista Cosmopolitan o Vogue. Sus peinados perfectos y su maquillaje bien definido, las distingue de cualquier otra mujer más “casual” o “común”, ellas independientemente de si son empresarias, ejecutivas exitosas, madres o felices mantenidas, deben mantener a todo dar el estilo impecable. Las pieles morenas mestizas son minoría, sin hablar de la piel más oscura que prácticamente no se asoma a estos lugares, a menos que, por supuesto, se trate de un noir a dépassé o como se dice vulgarmente “un negro superado”. No faltan los hipsters, no los describo de más para no darles más atención de la que reclaman.

Un joven, que llegará apenas a los 20 o 22 años, se mueve casi como flotando entre las mesas del café. Es pequeño, delgado, de piel trigueña, pudo haber sido ingeniero, o doctor, o investigador, cualquier cosa, su cara de nerd delata su esencia. Digo pudo, porque ya no lo fue. Su destino se concentra ahora entre traperos, escobas y baldes. Es un servidor de las clases altas. Observa de reojo a cada una de las personas sentadas en las mesas, escucha parte de sus conversaciones, se fija en sus modos, haciendo un análisis profundo de cada uno, quizá deseando ser uno de ellos, o quizá criticando sus vidas, o quizá simplemente les sirve, aceptando su destino sin reproches. A él nadie lo mira, nadie lo oye, nadie le sonríe, es un invisible.

Un Dios Abstracto

Te quedas quieto frente al ruido blanco del televisor. No hay nadie en la sala. Las frecuencias sonoras aturden tus oídos. Quieres creer que piensas pero en realidad tu cerebro se encuentra absorbido por vibras hipnóticas artificiales. Balbuceas algo en tu cabeza. Entiendes tus propios pensamientos? Las palabras se atoran en la parte alta del pecho. Tratan de salir pero se quedan atrapadas entre las cuerdas vocales. Te das cuenta que nada te separa de ti, que estás atrapado en aquello que crees que eres. En la mentira que te has construido por tantos años para sobrellevar la existencia, o quizá para sentir que existes. Entonces comienza la desesperación y la angustia. El corazón late como quien huye de algo, pero nadie está al acecho. La incertidumbre de la soledad, de la composición del cosmos, de la razón del pensamiento y del poder destructivo del ego, se conjuga como un credo vacío. La maravilla del Universo permanece lejana de la sociedad y cada minúscula parte de ella. Sabes ahora que el mundo conocido es la virtualidad que se ha creado el hombre para sí mismo. La banalidad nunca antes había alcanzado tal grado de importancia y pertinencia en el seno de la misma cotidianidad. Cada día que pasa aleja la posibilidad de un reencuentro sincero entre el ser y los seres. El artificio aísla al humano de su estado primitivo, no aquél que nos retrocede a la condición animal, sino aquél que nos contempla dentro de la energía que recorre cada átomo y molécula que componen el todo.  Nadie nunca pudo hablar de Dios.

Hubiera muerto yo

Si no fuera por esa camisa colgada detrás de mi puerta que aún guarda su perfume, la locura y la desesperación ya habrían devorado mis entrañas. El sonido hueco que retumba en cada esquina de la casa no hace más que amplificar la ausencia. Esa ausencia que entre más pasa el tiempo, en lugar de aminorarse, sólo se hace más presente y el espacio vacío que ha dejado aquél que se fue se remarca cada día entre recuerdos que aunque lejanos sólo delimitan aún más la línea divisoria entre el que no está y el que permanece. Antes de su partida, pensaba que la ausencia de la gente era la desaparición completa de su ser, sin embargo, ahora que experimento en carne propia lo que se siente el haberse quedado, me doy cuenta que la vida de esa persona se ha hecho en cambio más valedera, más fuerte, más presente. Curiosa la palabra presente – y vuelvo a usar la itálica – pues aunque su significado pretende literalmente hacer referencia al tiempo actual, el tiempo que corresponde al mismo en el que se habla, nunca estamos realmente en el presente. Como ahora. Aunque esto, por supuesto, lo leerán ustedes en el futuro, es decir, este mismo instante, que mientras leen ya para el autor es pasado. Pasado es también el día en que quedó la camisa colgada detrás de la puerta, la carta escrita que encontré hoy moviendo cosas viejas, los zapatos que ha dejado guardados por allí, y cada una de las letras que encuentro revisando entre sus cuadernos, papeles y agendas. Pero, cómo puede ser pasado si su vida hoy se hace para mí más presente que nunca, ni siquiera como cuando estaba aquí. Me doy cuenta ahora que estaba a mi lado prescindía de su ser, le miraba a medias, o le amaba a medias, no con mi todo. “Qué belleza eres” me decía, cuando pasaba un tiempo largo sin vernos, o cuando alguien más le hacía caer en cuenta de mi belleza, irónicamente no cuando me tenía al lado mientras veíamos televisión por las noches; debe ser porque nos habíamos acostumbrado a la presencia del otro, y pasábamos por alto la importancia de la otredad en nuestras cotidianidades. Cuando se fue su vida cobró una fuerza superior, mucho mayor a aquella que tenía incluso cuando luchábamos juntos la batalla de la vida. Y es que con su partida la vida se me quedó a medias, yo me quedé a medias, entonces extraño… No por el hecho de no poder oír su voz y ver su rostro, aunque también, sino porque ahora, sin su presencia, parte real de mi existencia, la ausente soy yo.

Tempo Fermo

Para el tiempo que se hace el loco e ignora la presencia humana, la eternidad no es más que el simple ser. Siendo tiempo no puede entender la sucesión. Permanece, según él, inmóvil, y es todo lo demás que se mueve, pero esto tampoco le interesa al tiempo. No le interesa qué pueda pensar alguien más, no le interesa ni siquiera saber que alguien pueda existir. Inició su carrera hace un billón de billones de años, o una billonésima de segundo atrás, siendo exactamente el mismo tiempo, no sabe él si ha sido mucho o poco; nunca es mucho o poco, siempre es mucho o poco, ergo se anula. El tiempo es relativo a la intensidad del pensamiento. Cuántos pensamientos creas en un milisegundo? Cuánto tardan tus neuronas en hacer sinapsis? Cuántas cosas has pensado, sentido o percibido en la última fracción de segundo? La expansión es distinta a la consecución. El universo se expande en todas las direcciones, pero el horizonte siempre se mantiene. Es la planicie la que finalmente da sentido a todo. La planicie que se abre hacía ese infinito que al ojo humano parece finito. Quizá sea este el mayor engaño en el que vivimos. Un engaño necesario però. La ilusión de finitud del horizonte o el camino, nos hace creer que hay un punto de llegada, una meta, caminamos constantemente y sin parar convencidos de que tarde o temprano llegaremos a algún lugar donde nos espera alguna suerte de recompensa. Pero la verdad es otra, la verdad es que nunca llegaremos a ese anhelado descanso, el camino no termina, el tiempo no perdona, él ignora. El tiempo permanece inmóvil, somos nosotros quienes nos movemos hacia la utopía del final.

María

Esta María de la que hablamos nació cuando la hoy República de Colombia se llamaba Estados Unidos de Colombia, y cuando la industrialización, el ferrocarril, el romanticismo y las guerras civiles marcaban la historia colombiana. Época en la que el Valle de Cauca era escenario protagónico de muchos de los cambios por los que atravesaba nuestra querida patria boba. Allí nació la María de Jorge Isaacs, en medio de exuberantes paisajes verdes, perfumados y floridos, cruzados por riachuelos febriles, y musicalizados por el canto de las aves, en un lugar mejor conocido como “El Paraíso”.

María, máxima exponente del romanticismo colombiano, relata la historia de un idilio de amor truncado por la muerte. Por primera vez, la tragedia del amor era recreada entre los valles de la cordillera de los Andes colombianos y era la cotidianidad de la naciente República de Colombia la que dibujaba las vidas de la bella María y su amante Efraín. María por su delirio, pasión y sufrimiento es sin duda, una de las más preciosas joyas que ha dado la literatura colombiana.

María permanece inmarcesible e intacta en el tiempo, prueba máxima de su grandeza artística. Pues cuando el arte es arte, engendra arte, evoluciona y lucha contra el olvido. Es así como de ella se han realizado diversas adaptaciones al cine y al teatro. En 1921 se realiza María, el primer largometraje mudo hecho en Colombia, basado en la María de Isaacs. De ese primer largometraje colombiano sobreviven hoy 4 planos, que encuadran, en voz del mismísimo Efraín “planicies de verdes gramales, regadas por riachuelos cuyo paso me obstruían hermosas vacadas, que abandonaban sus sesteaderos para internarse en las lagunas o en sendas abovedadas por florecidos písamos e higuerones frondosos”

En 1985 otro hijo de Cali, Luis Ospina, invitado de honor a la segunda versión del FICBAQ, realiza el documental “En busca de María” con la misión de encontrar pedazos, pistas, rastros de esa primera María retratada en la pantalla grande. Para su desilusión y la nuestra, la película sucumbió ante el paso del tiempo y la desidia. Algo similar sucedió con otra María, la María de Enrique Grau, que estuvo archivada y perdida hasta 2007, cuando la Fundación Enrique Grau y Patrimonio Fílmico la salvan del polvo y los hongos.

El maestro Grau, uno de los más grandes artistas plásticos de nuestro país, nació en Ciudad de Panamá, se crió en Cartagena, cultivó su arte en Nueva York e hizo parte del Grupo de Barranquilla. Grau es reconocido por su pintura, y pocos saben de su incursión en el cine. Pues bien, el cine de Grau es un cine experimental y vanguardista. Tanto así que en 1954, actuó y realizó junto a Álvaro Cepeda Samudio, Luis Vicens, Nereo López y Gabriel García Márquez, La Langosta Azul, el surrealista y tropical cortometraje barranquillero que hoy da nombre al galardón del Festival Internacional de Cine de Barranquilla, FICBAQ.

En 1965, Enrique Grau decide revivir María registrándola en 8 mm, a color y sin sonido. Pero esta nueva versión de María, revela una historia más profunda y oscura, que trasciende el idilio amoroso para acariciar la demencia y el parricidio. Es tanta su crudeza e irreverencia que críticos de la época, la señalaron como un “insulto” para la obra de Isaacs, e incluso quisieron vetarla. Otros por el contrario, señalan a María de Enrique Grau como “una de las mejores obras de la vanguardia del cine en Colombia”.

En 2014, el FICBAQ rescata a la María de Grau del silencio y la musicaliza en vivo, en su acto de inauguración, con una obra experimental que mezcla instrumentos análogos y digitales, acompañado de una ambientación sonora que vestirá a María con los tintes que 50 años atrás Grau designó para ella. Una paleta de colores que inicia conservadora y luminosa pero con un denso y sutil in crescendo fatalista. La otra mitad por el contrario se tiñe de rojo sangre, siendo audaz, incorrecta, gótica, todo lo que un músico de rock desearía interpretar.

Esa María que se transformó en cine, hoy vuelve a vivir.