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αξιωμα

10:16 de la noche, me siento frente al computador, enciendo un tabaco. Soy Ernesto, tengo 36 años y me dedico a hacer guiones para películas y lo hago bien, el sistema me lo ha permitido y no me da vergüenza usar la fórmula, si ella me permite sobrevivir. Adaptación supongo. Suelo trabajar a esta hora como muchos de mis colegas. Quizá porque la noche despierta a las musas, quizá porque la oscuridad me eleva, o de pronto será el poder mágico de la luna, o simplemente porque me gusta el silencio.

Entonces, frente a la pantalla en blanco y con una vaga idea dando vueltas por la cabeza, me dispongo a escribir algo. Hoy me cuesta más que de costumbre, ya han pasado 20 minutos y no he logrado escribir ni la primera letra de la primera sílaba de la primera palabra de la primera frase. Una historia, me dijeron en la universidad, me sé la carreta de memoria. Puedo ver a todos mis profesores aquí en mi sala recordándome cómo se escribe un guión. Una historia que alguien vive, que alguien cuenta, que alguien conoce. Alguien. ¿Quién? Un personaje. No una persona… un personaje. Una representación de todas las realidades posibles del infinito espectro de realidades paralelas que la teoría de las cuerdas propone. Básicamente una representación de nosotros mismos, pero para ser honesto yo no conozco el “nosotros”, me conozco a mí, y de allí deduzco todo lo demás. Entonces estamos hablando de una representación de mi mismo. Pero no estamos hablando de mi persona, hablamos de un personaje, de una conciencia propia que habita en un mundo ficticio.

¿Por qué digo todo esto? Debo escribir un guión, cierto. Un ejercicio complejo pensándolo bien, admitiendo una vez más que hay fórmulas comprobadas que simplifican el proceso y que además han resultado ser bastante lucrativas, dejando a un lado cualquier romanticismo. Sin embargo, hoy personalmente me siento frustrado. Porque en teoría, debo poner en letras imágenes mentales que más tarde se convertirán en imágenes en movimiento proyectadas sobre una pantalla, que algún alma solitaria verá un martes por la noche queriendo abstraerse un momento de su vida, sufriendo y disfrutando con el drama de alguien más. Claro para esto, una persona real deberá antes olvidarse de sí misma para dar vida a ese personaje que debo construir a partir de mi experiencia personal, y que además deberá ser creíble, por tanto debo depositar en él todo cuanto en mi saber exista sobre los seres humanos y las relaciones entre ellos y las situaciones que atraviesan, y las leyes de la física, y la economía mundial, y las miles de problemáticas que un humano pueda enfrentar, incluida una invasión extraterrestre, entre millones y millones de otras variantes posibles. Es decir soy el Cuentacuentos, el creador de la historia, del universo y de la historia del universo, ergo soy dios.

Y ya sé lo que están pensando, pero no, no es que me emocione ser dios, en realidad sentado aquí frente al computador, con estas ojeras ormai de años y luego de haberme fumado el quinto tabaco en media hora, créanme que lo último que siento es que soy dios. Si fuera dios me saltaría todos estos pasos, descargaría directamente de mi cerebro todas las imágenes, las editaría –cosa que no hago en el cerebro porque amo editar, pero bueno un dios normal, sacaría la película ya hecha de su cabeza- y proyectaría mi historia a aquella pobre alma solitaria que va al cine el martes por la noche. Pero resulta que no soy dios, y que en cambio debo escribir un guión. Lo que me hace caer en cuenta de un principio básico del humano, toda realidad es una construcción lingüística. A partir de un alfabeto establecemos estructuras que unen átomos de verdad, pensamientos que se convierten en proposiciones que terminan finalmente constituyendo el mundo. También el mundo de mi personaje. En el principio ya existía el verbo y el verbo estaba con dios, dice Juan. Y aquí estoy, con todo a disposición para crear a mi imagen y semejanza, una conciencia, una trama, un universo.

Sin embargo, por algo hago escribo películas y no literatura. Y es porque estoy harto del lenguaje y las palabras, y del trabajo que supone el poner mis pensamientos en palabras. ¿Por qué? Porque no son suficientes las palabras y creo que de esto ya se habrán dado cuenta. De un tiempo para acá, ciertas palabras me son esquivas e incluso llego a sentir cierto malestar de sólo referirme a ciertas sensaciones y conocimientos a través de ellas. ¿Qué soy? ¿Un alma? ¿Un cuerpo? ¿Un espíritu? ¿Ernesto? Puede acaso alguna de estas palabras describir-me o describir-te o describir-nos. No sé ni siquiera qué imagen me viene a la mente cuando pronuncio en voz alta la palabra mal o la palabra bien. Ninguna en absoluto. Pero cierto! Recuerdo la cara de mi profesor de sexto semestre diciendo fuerte y claro y con los ojos muy abiertos: Ac-cio-nes. Y ahora me imagino al loco del tratado lógico filosófico diciendo: El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas. Hechos. Recordé mágicamente porqué amo la música y recordé también porqué amo la psicodelia. Sensaciones que vienen de otras dimensiones, viajes espacio-temporales, desdoblamiento, luces, laberintos que llevan a lugares inimaginados, todo sin una letra de por medio ¿Demasiado hippie?

La sensación es certera. Las imágenes de mi mente son las verdaderas. Estamos llenos de claves que lo explican todo. Me enojo al darme cuenta que aquello único y cierto en lo que creo, algún tipo de esencia, luz, camino, conocimiento primario sobre la vida y el universo, se descompone cada vez que intento hacerlo lógico, al hacerlo lenguaje pierde su fuerza. Como estar extremadamente feliz –creo que esta es la palabra más aburrida de todas- con alguien y arruinarlo todo con un te amo, sufriendo la angustia que significa reducir todo a tan maltratada oración que no basta para describir semejante cúmulo de mini bigbangs internos simultáneos. Y así hacemos con todo. Yo creo que Juan se equivocó, díganme hippi pero en el principio todo era música y colores brillantes que jugaban a hacer formas en el vasto espacio, luego llegaron los occidentales con sus lógicas y sus religiones y sus políticas, y nuestra conexión primaria con lo etéreo sencillamente se extravió entre tantos jeroglíficos, que al final sólo nos alejaron de la verdad.

De la verdad etérea, pasamos a la lógica de los signos, de los símbolos, que no es más que el enigma. Ahora se me viene a la mente un pensamiento muy retorcido: venimos al mundo a crear el misterio y a perseguirlo hasta la muerte. Y luego nos veo a nosotros occidentales desesperados tomando brebajes, fumando, inyectando e inhalando sustancias, haciendo cursos de meditación en la India en busca de ello. Creo que por esto hago películas; aunque no sea dios y me toque escribir páginas y páginas de imágenes mentales que debo representar con acciones, que luego serán interpretadas por actores, mientras un productor jode la vida por algo, el director sufre de crisis existencial, y un noctámbulo edita horas y horas de imágenes, hago todo esto sin otro objetivo que aliviar las penas de aquél pobre solitario que va al cine los martes por la noche para sumergirse en el placer de abstraerse de la propia realidad, sin tanta palabrería, sin tanto misterio. El cine es sólo un haz de luz capaz de contener un universo completo.

Pero quisiera despedirme de ustedes con dos mensajes rápidos:

  1. Destruir el lenguaje. Sí, eso quisiera. Y con él destruir el mundo, el universo, dios, mi ego, tu iglesia y tu partido político. Quisiera vivir el mundo y la existencia sin palabras.
  1. Recuerdan eso que dije antes que no me gusta ser dios? Pues mentí. Soy dios.

Proyecciones

Vuelvo, fracturado y cansado, el entusiasmo antes vivo ahora anda pesado y sollozante. En el único día de la vida, nada parece pasar en vano, y aún así todo se olvida como si nunca hubiera sucedido. Cada momento se sobrepone al anterior con brutalidad tal que condena cualquier recuerdo al fatuo olvido. Un olvido que se asemeja más a una gran mole de concreto que a la libertad. No debería el olvido aligerar el paso? Y en cambio no, todo lo que se echa al olvido en cambio pesa, y es que todo se olvida, y ese todo aunque olvidado existe en alguna parte del espacio-tiempo. No hay remedio. La experiencia se impone. El corazón reina, y todo lo demás se recompone en alguna parte de nuestra historia; para el corazón no hay ayeres ni mañanas, sólo hoyes de enigmática complexión. Y camina. Dale, camina! Muevo la pierna y siento el peso de eso que no me permite correr, ni volar, ni nadar, ni moverme. Camina! Anda! –No puedo, pesa demasiado- Conciente de estar volviendo, sin saber de dónde, sin recordar cuándo me he ido, veo el camino como una larga cueva oscura, un siempre y/o un jamás que parecen ser un mismo castigo. Y aún así todo esto no me parece el caos, sino la normalidad, una tediosa normalidad. Vuelvo por un camino que ya conozco, nada me es ajeno, todo es tan cotidiano, tan jodidamente lo mismo, ese hombre que se me cruza por el camino, los tejados de estas casas, el graffiti de la esquina, la avenida que tomo cada día para bajar a casa, incluso hasta los pensamientos que tengo son los mismos de siempre: el trabajo, las cuentas, los sueños aplazados miles de veces, esa compañía  falta de pasión, las auto recriminaciones, los anhelos, los deberes, y todo eso que se opone entre mí y ese imaginario desenfocado de felicidad que existe en el fondo de mi desear, como una voz que de cierta manera me lleva hacia un algo y en lo cual de cierta manera confío.

No obstante, el destino, el azar o la fatalidad, o dios, o el voodoo, hacen coincidir las situaciones y los rostros menos esperados, en una fuga de lo plana que puede ser la realidad a veces. Camino a casa, el sonido eléctrico de un televisor que suena a alto volumen me llama la atención. Una voz femenina habla, hace preguntas y espera respuestas que no son contestadas sino dejadas en el silencio. La mujer alza el tono de la voz, pero sin rabias, más bien con la seguridad de estar expresando un pensamiento legítimo y digno de ser contestado. Busco la fuente del sonido y alcanzo a ver que al final de la rampa de un parqueadero subterráneo, dos sujetos están sentados frente a un agujero de donde se emite la luz y el sonido. No logro ver la pantalla. Sólo la luz proyectada hacia fuera. Camino hasta allí fascinado por esta voz fuerte y poderosa que reclama un no sé qué con un ímpetu tal que siento que fuese mi propia voz exigiendo al azar otro no sé qué definitivo. Al llegar, me doy cuenta de que los dos hombres de frente a la pantalla están dormidos o muertos, no me interesa tampoco investigar, están inconscientes  Me giro y allí me encuentro de frente a esta pantalla de dimensiones enormes, extremadamente blanca y luminosa. Trato de reconocer la figura o el rostro de la mujer, pero me es difícil, veo sólo un juego de sombras y luces que emergen del recuadro. Entonces la voz vuelve y con ella logro entrever la silueta de la persona que habla y que pareciera acercarse a mí personalmente, de no ser que es sólo un holograma que se filtra dentro de mi cabeza a través de mis ojos. No existe ni fuera ni dentro. Fuera no es más que luz, dentro no es más que electricidad. “No tienes ningún poder sobre el universo simbólico, si acaso sobre el universo real, y ni siquiera” La figura es de tamaño humano y pareciera estar frente a mí y hablarme mirándome a los ojos. Es una figura indiscutiblemente femenina, de belleza sublime, vestidos holgados y claros, cabellos sueltos y desordenados, rostro sereno. La belleza no me permite pronunciar palabra, estoy conmovido, la conozco de siempre y de nunca, su presencia no me inquieta, por el contrario me provoca una claridad tal, que súbitamente logro comprenderlo todo… Este es el artificio en su más elevada potencia.

Un pensamiento que se comunica a través de una pantalla, un cuerpo que en realidad es sólo un haz de luz, la anatomía se ha esfumado, queda sólo una apariencia incluso más verdadera que la forma de la cual ha sido proyectada. Una apariencia que al no poseer una fuente material verificable al instante, posee un poder aún más radical, no pertenece a nada ni a nadie y allí reside su poder. La apariencia juega sólo con mi mente, destruye toda noción de tiempo o espacio, me desubica y debo alcanzar la abstracción máxima para captar de ella el mensaje. Busco a la mujer de nuevo, apretando los ojos para tratar de ver algo, entonces sobre la pantalla su feminidad resalta vibrante y caliente, como una musa, como una bruja. Sus ojos expresan la perversión y la ferocidad, la dualidad sexual a la que está atado el humano. Sus ojos expresan la dualidad entre superficie y profundidad, característica exclusiva de la feminidad. Entonces estallo de deseo. Su secreto resulta a mis ojos la verdad del mundo, el santo grial de la perfección, el remedio para mi tediosa normalidad plana. Ella representa el caos en sí misma. El caos que me va buscando y que voy buscando. El caos que da origen al todo. El caos incierto y oscuro, como sus ojos, como su boca, como su vagina. Un mar de locura dónde perderme. La pulsión del universo, de mi universo, cuya fuerza de gravedad comienza a concentrarse en mi pene. En un arranque de deseo carnal me aviento contra ella dirigiendo mi mano masculina hacia su entrepierna, quiero poseerla, dejar mi marca sobre ella, mancillarla, he ahí el desafío que me enloquece. Pero no encontré ningún cuerpo, sólo una tela inerte, rígida. Ella permanece inmóvil, pero observándome seria y analíticamente. Su encanto supera la materia, y ahora lo comprendo. Vine hasta aquí seducido por una luz, por una voz, por una situación atípica que atraía mi curiosidad y mi interés, pero el haber querido calmar una pulsión que poco  puede hacer frente a la magia del pensamiento y del abstracto, me deja sólo vacío y estúpido.

La pantalla se apaga. Todo queda en silencio y en la oscuridad. Me siento frustrado. Suspiro profundo tratando de comprender lo que sucedió y el sentimiento que la reciente experiencia dejó en mí. Su imagen sigue grabada en mi mente clara y contundente, entonces recuerdo las únicas palabras que logré entender antes de arruinar el encuentro con mis afanes fálicos “No tienes ningún poder sobre el universo simbólico, si acaso sobre el universo real, y ni siquiera” La maldita ya  lo sabía desde antes, y agrega ese ni siquiera a lo último para dejarme clara mi impotencia. Hubiera podido demostrarle mi inteligencia y mi profundidad de no haber sido por el instinto que inequívocamente se me despierta ante la intriga. Demostrar mi inteligencia hubiera sido continuar con el juego de la seducción. Caí frío sobre el pavimento, sobre mí las estrellas, allí cerca los hombres dormidos que no se percatan de mi presencia. Cierro los ojos. Pienso en ella, en cuánto falsa era, y en cuánto cierta. Una imagen, un pensamiento que no cede ante el poder corporal, un poder  que vuela por una ruta mucho más alta de todas las que conocí hasta hoy, de todas las mujeres que conocí, viví y toqué hasta ahora. Y ella era sólo una proyección, una imagen astral, un alguien que hasta el momento de mi equivocación guardó complicidad conmigo, una invitación cordial y erótica a un laberinto de signos… Unos pasos se acercan, puedo sentir las suaves vibraciones en el suelo donde ahora yazco, poco a poco el sonido de los pasos se hace más fuerte y más concreto. Mi mente se alegra de tener un descanso y dejar a los sentidos encargados de la situación. Sé que es ella, no hace falta ni siquiera confirmarlo. Viene a burlarse de mí en mi cara, de mi debilidad. Y aún así no puedo evitar sentirme excitado y atraído sólo de saber su presencia cerca de mí. Los pasos se detienen junto a mis oídos, sin abrir los ojos sé que me está mirando. Lentamente los abro. Ya está amaneciendo. Veo un par de zapatos de tacón, unos pantalones largos negros y una chaqueta negra, no logro ver su rostro a contraluz, pero por su atuendo me doy cuenta de que es una mujer que va a trabajar, probablemente en una oficina, vista la hora y la vestimenta. La imagen se volvió carne y ya no me importa nada. Ella me mira durante unos instantes y luego se aleja apurada, mientras yo todavía trato de comprender qué pasa, dónde estoy, quién soy. Pero no importan los esfuerzos que haga para encontrar un significado, una explicación, una revelación, no hay ningún secreto, no hay nada que entender. Son sólo signos. Indicios. Señales. Tensión.

A Missed Message

Comienza el descenso, ya puedo sentirlo dentro de mi cuerpo, el ritmo cardíaco comienza a ralentizarse, los pensamientos poco a poco comienzan a desaparecer. La habitación se congela, no importa la temperatura real, las paredes se cubren con una fina capa de hielo, la cama, la cobija, el techo, las puntas de mis pies. Miro a mi alrededor, inmovilizado, busco una pista, algo dónde poner a descansar mi mente mientras mi cuerpo comienza el viaje. Un largo hibernar. Un golpe de frío directo en el corazón. Lucidez extrema, de pronto recuerdo todo contemporáneamente. Oscura la ciudad. Corría mirando siempre a mis espaldas. Las luces de los bares abiertos se refleja en el asfalto húmedo. La gente habla, ríe, se seduce, todos juntos en masa, perfumados, labios rojos, zapatos relucientes, chaquetas finas, medias de malla, belleza, alcohol, humo. Nadie me sigue, pero la sensación de ser vigilado constantemente me perturba. El rugido de la fiesta, del sexo y la banalidad es un estruendo lejano, dentro de mí sólo existe atención para lo que voy buscando, la clave para comprender todo este infortunio. Se me acerca una joven mujer con un trago en la mano, lleva los labios pintados de violeta, ríe, sus ojos están desorbitados por el alcohol, trata de organizar sus pensamientos e hilar alguna frase “todos te quieren a ti y tú a quién quieres?” me dice mientras su sonrisa comienza a desdibujarse de su rostro, súbitamente su expresión pasa del éxtasis a la tragedia, comienza el llanto “todo es tan oscuro dentro de mí que los demás se dan cuenta, buscan en mí sólo una cosa, mi cuerpo, mi oscuridad nadie la quiere, pero es esto lo que soy, entonces es a mí a quién no quieren, sino esto… esta cara, esta piel, esta boca que lame y gime, este coño, y yo? mis entrañas?” dice entre lágrimas, un grito adolorido sale desde el fondo de su garganta, me recrimina, me odia, deposita en mí todos sus pesares, todas sus penas, yo sigo inmóvil pensando en sus palabras y mirándola fijamente a los ojos. En un instante fugaz su mirada se recompone, se vuelve brillante y consciente, pero no expresa positivismo alguno, por el contrario veo un profundo odio, una llama iracunda. En este arranque de rabia y frustración la joven revienta el vaso contra el suelo, se quita los aretes, con las manos se borra el labial, la pintura de los ojos, el llanto no cesa, destruye el peinado que tanto le había costado hacerse, se deshace de todas las alhajas, anillos, cadenas, brazaletes. “Mírame, esta soy, sin adornos, sin plumas o flores o colores, ya no quiero cargar con el peso de mis ovarios, qué condena ha sido esta, ser mujer sin belleza, tu eres un hombre joven y bello, yo en cambio qué tengo? un  cuerpo que cada día es menos deseable, que no se me engañe, que poco es lo que les interesa lo que pueda expresar, pensar o sentir. Es como si la inteligencia pasara siempre a un segundo plano. La belleza es siempre lo primero. Es inútil el latido sexual predomina. Mi padre incluso de 70 años aún gira la cabeza detrás de un par de piernas” Se mira de las manos, se toca las caderas, busca algo en su cuerpo, observa detenida y profundamente sus senos. Algo la atemoriza.  La mujer que ante el paso del tiempo y la pérdida de su belleza física se siente como quien está frente a la guillotina, fatalidad, su útero sale de la oferta, no es más un codiciado tesoro, está condenada a su propio cuerpo y a cada trozo de carne en que la sociedad lo ha convertido. No dejo de mirarla, fría, seria, la conozco, entiendo sus palabras y su ira, la abrazo mientras ella llora, qué le ha hecho la sociedad a nuestras mujeres, qué les ha hecho el hombre, qué se han hecho ellas mismas… me pregunto con un poco de ansiedad. “Vete a casa, habla con tu madre” le digo, ella me devuelve la mirada y se aleja cabizbaja. Estoy solo nuevamente, entonces vuelvo a lo mío, cada vez me adentro más en el bosque, árboles con formas humanas, troncos podridos llenos de parásitos, todo aquí me huele a muerto, a putrefacción, allí está ese hombre de cabellos largos y tatuajes, o esa chica de culo apretado y escote pronunciado, o ese otro que parece marcar territorio como los perros, y yo existo para ellos? Qué aspecto tengo? Soy igual de mediocre, nada nos separa, no somos vidas que florecen, sino vidas que se consumen, y ninguno de ellos parece hacer nada al respecto. Entonces descubro el fin de mi búsqueda, un alma que brille entre toda esta multitud, una flor en medio del bosque muerto. Sigo caminando sin razonar sólo olfateando, cuando vuelvo a ser conciente me encuentro en un parque iluminado por una tenue luz pública, no hay nadie a la vista, pero sé que no estoy solo, de pronto simplemente en el centro de la tensión. Me detengo y respiro. Busco mis cigarrillos, no los encuentro. En el piso, perdido y brillante, un brazalete femenino, una delicada cadenilla de oro. Súbitamente el parque ya no es un lugar atemorizante.  Es este el momento justo en el que me doy cuenta de que estoy soñando, las superficies se vuelven transparentes, la gente, los árboles, la noche. Entreabro los ojos, busco la sábana para cubrirme y darme calor, tiemblo y sudo. En el delirio vuelvo a cerrar los ojos. Veo a la mujer fugitiva ya anciana pero aún bella. Algo quiso decirme, pero sus palabras se esfumaron en mi confusión.

Bus de Medianoche

El trayecto será más largo de lo que quisiera, por tanto no me interesa saber exactamente  cuántas horas o cuántos kilómetros tendré que recorrer para llegar al destino. Es medianoche, hace frío, los pasajeros se preparan para el viaje, espero a que todos suban primero, me es imposible no sentir que algo de mí estoy dejando aquí, repaso en mi mente todos los momentos asegurándome de no haber olvidado nada. Pero es inútil, todo hace ya parte del pasado, de un pasado sin glorias, todo lo vivido fue ya entregado a un silencioso olvido y traer al presente eso que se descubrió con el mismo vigor resulta un esfuerzo sobrehumano para nuestras débiles memorias. ¿Qué recordamos? ¿Qué debe sucedernos en la vida para que nuestra memoria retenga cada instante ileso del paso del tiempo y de la melancolía? O será simplemente que el olvido es el mecanismo que usa la conciencia para obligarnos a vivir en el presente?  Pero no, me rehúso a olvidar, al menos eso que me ha hecho sentir la vida pulsando en la punta de mis dedos. Por la ventana sólo se ve el reflejo de las luces sobre la carretera mojada, una que otra luz escondida en la montaña, no hay luna, no hay estrellas, no hay afuera, sólo un adentro con un tiempo propio que vaga entre el pasado y el futuro, una esfera de tiempo que es todo menos lo real, las señales del presente pasan desadvertidas para nosotros que constantemente confundimos lo que ha sucedido con lo que ha de suceder. Lo recuerdo entonces, recuerdo la circunstancia, el humo, la proximidad de nuestros cuerpos, su voz, mis manos, recuerdo cuánto él lamentaba la imposibilidad del humano de situarse en el momento presente, se lamentaba talvez de su propia condición. Percibo en su voz el terror que le provoca la idea de vivir en lo sucesivo, es como si hubiera visto el futuro, su futuro, y no le ha gustado eso que ha visto. Amenazado por su propio destino, ha preferido volver al presente, para vivir sin anticipación alguna. Una ráfaga de viento frío que se coló por la ventana me saca de su recuerdo. Pero entonces no es pasado, es presente al recordarlo, pero un presente moldeado por mí misma y que carece de propiedad. Siento en el fondo de mis oídos el tono de su voz, pero no la estoy escuchando, es como si se hubiera quedado atrapada allí, como un eco lejano. Creo recordar su rostro, primerísimos primeros planos cuadro a cuadro, pero su forma física no está frente a mí. El bus frena abruptamente, los pasajeros se despiertan con el golpe, el conductor enciende las luces del pasillo; es el presente que reclama lo suyo con toda la agresividad de su misma relatividad. Abro los ojos para darme cuenta que estaba viviendo otra vez en el pasado. En un pasado muy mío y muy suyo. Sin embargo me descubro en mi propia ingenuidad y en la mismísima nada: todos estos recuerdos no añoran un pasado, sino un futuro, un futuro que no obstante me parece ya haberlo vivido. Aún siendo la primera vez que lo veía, su mirada no me era nada desconocida, se me hizo clara y llena de brillo, y en un instante de libertad logré soñarlo todo en un flash forward fugaz. Lo recuerdo soñándolo en un futuro. Ahora no tengo nada, más que estos pensamientos, una extraña sensación se cierne sobre mí. Algo que es pero que no está. Mi padre cuándo recuerda a su padre, cuando se ve a sí mismo al espejo y descubre en su mirada los genes de su padre, siente que él aún vive, cuando en mí reconoce el mismo calor en la mirada, sabe que será eterno, tanto él, como su padre y el padre de su padre. El cálido soplido de la historia sobre la nuca. Pero esta eternidad no se alcanza solo, necesita de la otredad en busca del mismo fin. Un fin que se rastrea, que se caza, que vibra en el fondo de las pupilas como un instinto primario. Antes de encontrarlo no tenemos nada, sólo la búsqueda, las señales, el olfato, la memoria y la imaginación, para llegar allí y desenterrar del pasado nuestro propio futuro. El bus se mueve a toda velocidad para alcanzar su destino, corre contra el amanecer. Yo sigo despedazándome en pequeñísimos recuerdos, dejándolos regados por el camino, como quien deja una huella quizá.

Noir

Esta mañana me desperté con el corazón apretado por una angustia insoportable. Mi cuerpo estaba completamente afectado por microorganismos diabólicos. Abrí los ojos y fue inmediato, sabía que había vuelto a entrar a un túnel oscuro. No sé cuántos días han pasado desde que estoy así, pero me parece una eternidad. La última imagen o recuerdo que tengo de mí en buen estado físico y mental me parece de hace siglos, o incluso como si nunca hubiese sucedido. Quisiera encontrar un culpable a mi malestar. No hay explicaciones, todo misticismo me es ajeno, si a alguien hay que señalar que sea a mí mismo… por qué razón? La que sea. Quizá la eterna estupidez del humano, la mía, que me ha llenado el pasado con cientos de errores. Mi hermano dice que no debemos sentirnos estúpidos por cometer errores, si es la primera vez que erramos obedece a la lógica del “ensayo y error”, una experimentación legítima. La estupidez es volver a caer en el mismo error una y otra vez. He errado muchas veces por necesidad de probar, otras, debo admitirlo, por estupidez. Mi hermano también dice que todos somos estúpidos y que no debería sentirme mal por haber actuado estúpidamente un par de veces, algunas veces, muchas veces. Todos somos ridículos, todos somos patéticos, todos somos estúpidos, es parte del ser humano. La gente que me rodeaba una a una se ha ido marchando, no han necesitado de mi compañía, o quizá simplemente no les agrada, y quién necesita tener un enfermo cerca? Quién necesita tener a alguien cerca? Lentamente cada persona es más consciente de su soledad en el mundo, curiosamente en un mundo que es cada vez más poblado de nuestros similares, y precisamente preferimos encerrarnos en nuestras pequeñas burbujas individuales repitiendo el mismo mantra de la soledad “a fin de cuentas estamos solos”, como una gran implosión individualista a la que todos llegamos en algún momento, sobre todo en los estados peores del existir. Hace poco iba en un bus con mi hermano, algo raro me pasaba, mientras él hablaba podía escucharlo perfectamente, pero cada vez que quería decir palabra, expresar alguna idea, movía mis labios y mi lengua y creía articular una idea, veía que mi hermano me escuchaba atento, pero yo no podía escuchar lo que yo mismo estaba diciendo, entraba en conflicto pues no tenía la confirmación de estar diciendo eso que estaba pensando, eso que creía compartir. De pronto no era importante eso que decía, de pronto sólo era momento de callar y escuchar, de pronto mi mente ya estaba cansada de escuchar mi propia voz. Sin embargo simultáneamente esta imposibilidad de escucharme, me hacía sentir atrapado bajo una capa espesa de barro, como ese sueño que tuve en una de mis tantas siestas de enfermo, en el que me encontraba en algún espacio lleno de fango, pero un fango sucio y maloliente, no importaba cuánto me esforzaba por salir de él, era inútil, dejaba solo cansancio e impotencia. Mi hermano dice que esos sentimientos son sólo catalizadores de los procesos naturales que experimentamos como individuos conscientes. Pero a veces se me hace que la tristeza llega al cuerpo y le causa malestar a la conciencia, odio hacia el hecho de estar vivo, al tener obligaciones fisiológicas que ni siquiera están determinadas por nosotros mismos. La tristeza llega al cuerpo como cualquier otra enfermedad, quita el hambre, el sueño, adelgaza, disminuye las defensas. Mi hermano dice que la enfermedad es un estado de aberración del bienestar que se da por un desequilibrio del organismo en cuestión. Y estamos siempre en desequilibrio, nosotros. Él dice que cuando se rompe el equilibrio entre lo que te ataca y lo que te defiende, entre lo que entre lo que entra y lo que sale, entre lo que muere y lo que vive, la enfermedad gana sobre el cuerpo. Le pregunto entonces por el desequilibrio emocional, a lo que responde que los sentimientos en cambio necesitan el desequilibrio, son estados que necesitan de la contraposición, del sopesarse una cosa con la otra, y cada mínimo movimiento en una de ellas sopesa a la otra, ergo un vaivén constante. Tengo ganas de vomitar, pudo haber sido lo que he comido o bebido en estos días, o algunos bichos aprovechados de mis bajas defensas en mis días de desamor. O pudo haber sido todo al mismo tiempo. Cuerpo, alma, conciencia, historia, trabajo, futuro, todo junto, todo revuelto, dado en una píldora de malestar holístico y cuando nada funciona, ni el espíritu, ni el colón, ni los oídos, ni la cabeza, la habitación desaparece, el calor, el frío, la noche, el día, el almuerzo o el desayuno, es siempre ahora y es siempre mal, todos los órganos, todo el sistema. Mi hermano me ayuda a tenderme en la cama, me dice que me relaje y sea consciente de mi enfermedad, pronto mejoraré y volveré a estar bien como siempre. Pero es cierto que no recuerdo qué significa estar bien y mucho menos como siempre. No recuerdo la última risa, la última tranquilidad, el último buen sueño. Cierro los ojos e intento olvidarme, dejar que mi cerebro descanse de tanto dolor. Quiero terminar este largo día con una muerte. “Hay que acoger esa muerte, mañana renacerás” dice mi hermano.

La hora del silencio

Un grupo de hombres se reúne todas las noches en la esquina de mi casa. Mi ventana está cerca de esa esquina. Todas noches cuando estoy en cama a punto de quedar dormida, los hombres comienzan a hablar, sus palabras son indescifrables, utilizan la voz baja, así como un acento musical y veloz que envuelve las frases. Algunas veces cuando están alegres cantan y ríen. Cada tanto los perros de la cuadra se comunican, corren por la calle, cuidan el territorio. Los gatos maúllan como niños fantasmas. Los árboles se mecen retorciéndose y rozando sus hojas. Un televisor de sonido eléctrico se oye en tercer plano sonoro. Detrás de todos estos sonidos, el eterno zumbido de la electricidad, sea un aire acondicionado o una nevera, o los mismos postes eléctricos. La banda musical de la noche siempre es una salsa antigua. La casa de madera de la esquina es el espacio perfecto para que indígenas, negros, marineros, blancos, se encuentren a comentarse de manera casual las aventuras de sus vidas. Voces de razas distintas, palabras de lugares ajenos, todas confluyen en la superficialidad de la oralidad. La noche se rompe con los fuertes truenos que las motos que pasan por esta callejuela descargan a toda velocidad. Las mujeres gritan histéricas acariciadas por el vibrar de la motocicleta, el cabello les vuela entre las ráfagas de viento, se agarran al conductor en un derroche de adrenalina y sexo. Un recién nacido se despierta con el rugir de los motores, llora queriendo sacar de su cuerpecillo su alma nueva. Los niños más grandes juegan con pólvora en la mitad de la calle sin asfalto, triki traki, se le llama en mi ciudad a las pequeñas pastillas de pólvora que estallan al frotarlas contra el suelo. Un anciano camina lento observando a los pequeños, saluda a los marineros, los perros se le acercan y le acompañan, el lento caminar de sus pasos llega hasta mis oídos como un ruido que pesa en la conciencia, el lejano futuro que a veces se presenta como una triste fatalidad. La noche no para, y aquí me encuentro, en silencio, en mi habitación, detrás de la ventana, estando sin estar, observando en la oscuridad y con los ojos cerrados cuánto pasa en esta esquina de este pequeño pueblo de mar…. Poco a poco las motos comienzan a hacerse menos frecuentes. Una madre furiosa llamó a los niños a dormir. El anciano llegó a su casa y se llevó con él a los perros del vecindario. Las mujeres fueron llevadas a sus lujuriosos destinos y ahora gritan lejos de mi calle. Los hombres de la esquina, uno a uno tomaron rumbos distintos, y ahora sólo queda uno silbando una lenta melodía. El recién nacido volvió a meter su alma en su pequeño cuerpo. La salsa se fue a bailar a otro lado. Los gatos fueron a buscar comida a los basureros. La electricidad se fue, y con ella se llevó al aire acondicionado, a la nevera, al poste de la luz. La brisa acaricia suave los árboles y arrulla el vecindario. Sigo en la oscuridad hundiéndome en la madrugada, olvidando que fuera de mi cuerpo existe sonido alguno, todo lentamente comienza a desaparecer. Desciendo a las profundidades de mi alma en busca de un silencio total. Pero éste no existe. Dentro de mí, los pensamientos que fluyen en forma de palabras retumban como ecos de antepasados fallecidos, el sonido de mi voz se repite en mi mente como un loop eterno y maquiavélico. Los recuerdos dolorosos lloran sin descanso. La ira y la impotencia gritan en mi estomago. Los remordimientos caminan con pasos pesados por encima de cualquier voluntad de paz. Entonces busco más adentro, con la intención de desconectarme del ruido, pero descubro un ritmo que retumba en las oscuras profundidades de un inmenso mar de sangre, un ritmo que nunca se detuvo. Allí comienza la música. Allí comienza la vida, con un sonido que se abre paso entre los líquidos de las entrañas. No habrá silencio hasta el día de la muerte. Hasta el día que el corazón no pare de bombear.

Contaminación Visual

Escena 1

Un muchacho sube al bus, tendría unos 17 años, la barba aún no le sale, tiene la piel sana como la de un niño, su voz tampoco ha madurado del todo. Su discurso no se asemeja al del resto de personas que suben a los buses con historias diversas para pedir limosna, él, a quién llamaré Manuel para sacarlo del anonimato, tiene la voz temblorosa y angustiada, su historia es terrible, habla de un hijo de dos meses enfermo, un tío que lo abandonó, una familia sin techo, una mercancía que le han robado. La desesperación es clara en los ojos de Manuel, un par de lágrimas escapan de sus ojos, comenta de la vergüenza que le da pedir dinero y de lo difícil que fue tomar la decisión de hacerlo.

Escena 2

Atascada en un trancón en plena hora pico, en una de las calles del centro de la ciudad, me quedo observando por la ventana las tiendas y los negocios, preguntándome una y otra vez de dónde sale el dinero para mantener una economía tan explosiva como la de esta capital, qué maquinaria enorme debe ser nuestro sistema para mantener de uno y otro modo la vida de tantos millones de corazones. Qué trabajo tendrán todas estas personas, los ricos y los pobres? De dónde sale tanta mercancía? Quién necesita todo esto? Mientras divago sobre la macroeconomía, una imagen me roba el pensamiento: un hombre de mediana edad, de piel sucia de años y años de calle, defeca bajo el inclemente sol de las montañas y a la vista de todos quienes por allí caminan, sin el menor pudor o preocupación.

Escena 3

Cae la noche y me detengo fascinada por las luces de colores de un edificio enorme y de estilo moderno, un hombre con 10 perros de diferentes razas y tamaños lucha con sus fuerzas para hacerlos retomar el camino mientras ellos huelen alguna marca dejada en un poste por algún otro canino. Detrás de él un grupo de 10 niños vestidos de héroes gringos, o piratas, o princesitas pasan gritando y riendo a su antojo. Después de los niños pasa una pareja de jóvenes homosexuales vestidos a la moda “hipster”. Luego una anciana de rasgos indígenas trata de atravesar la calle asustada por los carros que aceleran para no dejarse coger por el semáforo.

Sí, a todos debe sucederles, por lo menos una vez al día. Me resisto a creer que todas estas caras, carnes, cuerpos, risas, voces, palabras que son los humanos no sientan por un ínfimo instante la angustia que es la vida misma, su misterio, su gravedad. La gente de la calle, quienes venden, quienes caminan afanados, quienes van en carros o en buses, quienes duermen en las aceras, quienes se venden, quienes ríen, todos han de sentir el escozor que la existencia provoca irremediablemente dentro de nuestras mentes y en nuestros mismos cuerpos: sentir que en un segundo nuestras vidas se reducen a la nada, la concepción del hoy y del porvenir es tan frágil como un recién nacido echado a su suerte en algún basurero de la ciudad. Entonces todos salen de sus huecos para deambular por las calles en busca de algo que rellene el tiempo, recitando cada uno su papel con plena convicción; la arrogancia de la que estamos hechos los seres humanos. Me cuesta creer que la fragilidad de nuestro ser no produzca en los otros algún efecto visible, una señal de conciencia. La marea humana pesa sobre la tierra, la hace vibrar, la atosiga, la hace escupir sangre, lo hemos construido todo nosotros, y al andar por la ciudad, veo lo mal que lo hemos hecho, el artificio del humano no rinde homenaje a su genio, por el contrario, cada día es un bombardeo constante a nuestras humildes dignidades, a nuestra voluntad de construirnos, a nuestro sentido colectivo de especie, al amor mismo.

Sentado en una esquina del enorme edificio un hombre adulto vestido de traje y sombrero me busca la mirada, me acerco con confianza, ambos hemos visto el desfile de gentes que acaba de pasar, ambos hemos visto exactamente la misma profundidad de imagen. Me siento a su lado sin decir palabra sólo compartiendo el mismo sentimiento. El hombre toma aire profundamente, sonríe y me dice: “no te preocupes, Moravia ya lo había visto en Roma hace más de 60 años, y en esa época dijo “todos los hombres sin excepción, son dignos de compasión, sólo por el simple hecho de estar vivos” ”.