A ti, mujer invisible

Sé que me estás leyendo, y sé qué es lo que vienes a buscar.
Has venido a conocerme pero terminarás por conocerte a ti misma.
Bienvenida eres si no hay morbo, y sin embargo lo hay, lo habrá siempre.
Crees que lograrás husmear en mis entrañas, pero acá dentro no hay más que un espejo.
Todos los sentimientos son universales, y te digo, estoy cansada de fingir que no lo sean.
La brillantez de la verborrea a menudo nos desvía de la verdad.
Tú conoces la verdad, yo también.
Es encantador dejarse llevar por la corriente de las palabras, pero en ellas nunca encontrarás descanso.
Y cuánto duele darse cuenta de haber pronunciado palabras que luego se te regresan como cuchillos.
Pobres los hombres que no tienen más que palabras. Imagínate la pobreza del espíritu.
Pero mira lo que nosotras podemos hacer con las palabras cuando dicen la verdad:
En la cima de una montaña rocosa nace una flor besada por dios.
Y esa flor sola,
eres tú,
soy yo,
somos nosotras.
La aridez de las palabras que están desconectadas de la verdad crean un hueco de arena en el desierto de la esperanza.
Sin raíces, nos terminamos yendo por ese canal que lleva al peor lugar que te puedas imaginar.
Ven, te lo describo:
No hay nada, y tú no eres nadie.
Hablas y tu voz se te devuelve.
Gritas y lloras, y nadie te oye.
Abres los ojos y no ves nada ni nadie.
Y sabes qué pasa cuando pasas mucho tiempo allí?
Inicias a imaginarte la felicidad.
La imaginas con tanta fuerza que empiezas a creer que es real, y la engendras como a una vida en tu pancita. Sueñas con ver sus ojos, sueñas con acariciar su cabellito.
Empiezas entonces a sentir que hay mucho amor dentro de ti, y te parece irreal que nadie te vea.
Sobre tu cabeza aparece claro y conciso el hilo de palabras que en espiral construyeron este hueco con el paso de los años.
Proust lo llamó À la recherche du temps perdu.
Casi diez millones de caracteres que forman palabras, frases, párrafos, cartas, correos electrónicos, chats, horas y horas de conversaciones mirando el techo, girando entorno a tu cabeza.
Y entonces vuelves a gritar… para que nadie te oiga.
Cuando nadie te ve pasa algo también terrible,
te olvidas de tu cara,
escuchas sólo y nada más que tus pensamientos,
una pelota de tennis que rebota y rebota y rebota contra el centro de tu frente, allí donde dicen que duerme el tercer ojo.
Las mentiras con las que hemos crecido las mujeres datan de mucho tiempo atrás,
de aún cuando tus genes se creaban en los incipientes ovarios de tu madre, cuando ella era un feto todavía, y así hasta el inicio de los tiempos.
Luego, a lo largo de nuestra vida, los hombres nos repetirán hasta el cansancio las mismas mentiras, pues ellos a su vez viven en ellas.
Pero con un agravante, ellos eligen vivir en ellas.
Las promocionan.
Ah! la comodidad.
No todos, pero todos a su modo lo hacen.
Mi hermano también, y eso que es el mejor ser humano de la creación.
No basta ser un buen hombre y no pegarle a la mujer.
No basta ser un buen hombre y “amar a las mujeres”.
No basta ser un buen hombre y sólo hablar.
No te conviertas en palabras vacías en la boca de un charlatán.
No dejes que las palabras te roben el hoy, y el mañana.
No dejes que te hagan creer que eres algo que no eres.
No dejes que te hagan avergonzar de las certezas de tu corazón.
No dejes que te dejen sin útero, cuando llegan a decirte que no serías una buena madre.
No dejes que te arranquen tus raíces, cuando te digan que creer en el verdadero compañerismo entre los sexos es una sobre-estructura.
No te quedes en el aire,
no entres al desierto de la esperanza,
no te dejes arrastrar al hueco sin fondo de las construcciones gramaticales vacías,
no te olvides,
no golpees la caja de cristal de las palabras como una mosca en una ventana.
Elige el ser, al hablar.
Elige ser esa flor sola en la cima de la montaña,
brillando sólo para ti,
y para ese dios que tiene los ojos de tu madre.
Perdona si hablé demasiado,
necesitaba decir la verdad.

3 Respuestas a “A ti, mujer invisible

  1. A ti, mujer semilla, que derramas tu amor y re
    galas en flor mis insomnios. Gracias por romper la baraja y tirar ya este espejo tan viejo. Porque los sentimientos sí que son universales, que no nos fuercen a fingir. Perdóname tú si aún a veces, todavía yo, me busco aquí. Algo de tiempo aún… solo un poco más de tiempo. Raros roles nos tocaron: reflejo y cuchilla. Hermanas de morbos, sangre y semen. No los cumplamos nosotras, que lo sabemos todo ya. Y brotaremos con la aurora…

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