Machiavelli

La televisión está encendida y sintonizada en una cadena alemana. Pasan un programa sobre volcanes y lava. El ruido visual de la débil señal del viejo cable hace que el azul se mezcle con el rojo y las formas humanas sean casi imposibles de reconocer. Son las 20:11 del 20.11. En el hotel Machiavelli, la cama está cubierta con un edredón dorado que se combina con las cortinas doradas y rojas, y todo el ambiente trata de rememorar el siglo quince, época dorada de la Florencia dei Medici. Fuerte contraste con el siglo veintiuno que corre por la calle di Via Nazionale. De la habitación contigua se escuchan voces que hablan y ríen. Desde la ventana veo la ventana de enfrente, la única con las cortinas abiertas. Una cama blanca espera en una habitación iluminada tenue y sugestivamente, una figura masculina merodea, busca, da vueltas inquieto. En Madrid llueve, en París se oyen guitarras, en Nueva York se saluda a la familia real, en Génova los hombres se aman. Mientras avanza la noche, todas las voces se apaciguan, también las trompetas de antaño, también el vino que se versa en las copas, e incluso las sevillanas se van a dormir. Queda sólo el ruido estático de la electricidad del frigorífico, el ascensor que sube y baja vacío, y un carro lejano que va a buscar algo no sé dónde. Este texto quiso nacer como un elixir de la noche fiorentina, pero en lo que va, es sólo un enmiendo de las culpas de quien escribe. Frases incongruentes que le vienen a la cabeza en un ambiente que algo inspira. Sensaciones materiales de un plano vivencial que esconde un secreto. Una habitación que no tiene puertas aparentes, sólo la conciencia de que existen en algún rincón de lo no-virtual.  El teclado me pide paradigmas y sintagmas, sintaxis y semántica, conceptos, relatos, algo que quede escrito para la inmortalidad de los hombres, algo que perdure 500 años como el Príncipe. Yo al teclado le pido al menos una pista, pero sus símbolos son plásticos y requieren de la combinación, del cerebro y la imagen, del lenguaje. El teclado es un medio del computador, del internet, y ambos un medio del lenguaje, y el lenguaje el medio de la mente para llegar a otra mente. Lo abstracto desea ser atrapado, encapsulado, condensado y encarcelado para siempre en una simple ecuación. Todo es lenguaje, y todo lenguaje es prisión, por tanto Todo es prisión. Estamos encerrados en el todo, con la ilusión de algún día ser libres en la nada eterna. Un hombre ríe y su risa retumba en la habitación, irrumpe en el pensamiento del escritor, interrumpiendo sus frases incompletas, susurra algo incomprensible y lo entrega a la imaginación del escritor que no sabe qué hacer de ello, teclea un punto. Pasan largos minutos desde ese último punto. Sólo un espacio entre caracter y caracter elimina el tiempo en el que el escritor se pierde, se avergüenza y se frustra buscando palabras para continuar su inocuo texto. El escritor se siente fracasado, y emerge la tentación de borrar cuanto ha escrito con una rápida combinación de teclas. Selecciona todo el texto, Cmd+A. Ubica su dedo índice sobre la tecla Delete, ←, mira atentamente la pantalla, toma un respiro profundo. La lava inicia a desbordarse del viejo televisor.

2 Respuestas a “Machiavelli

  1. Me gustó mucho. En su estructura me recuerda a los relatos de Cortázar. La temática tiene tanto de cierta como de buena. Invita a la relectura.

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