Domingo por la tarde

No sé si será el antiguo ambiente familiar que se respira en el aire dominical, o el casi olvidado rito solemne católico que invita a misa y al descanso en el séptimo día, o la consciencia de que mañana es lunes y reinicia el trabajo, lo que hace del domingo un día cargado de melancolía. Las calles vacías y silenciosas, abuelos y niños en la plaza, ropa tendida en los balcones. Un viento suave que entra por la ventana y se va silencioso después de recorrer toda la casa. La guitarra que no se deja afinar. Perfume de mujer adulta que recuerda su juventud. Hombres ancianos en compañía. En fin, las caras de la gente hoy se me hacen lejanas y se descomponen en adjetivos lúgubres al pasar, las campanas de San Lorenzo suenan tan tristes que casi puedo sentir su olor a hierro milenario desde aquí. Pienso en los amigos y en los amores, y en los verdaderos amigos y amores, hoy los desconozco todos, y de la marea de gente que mi mente ha codificado con el paso de los años sólo unos cuantos rostros permanecen inmóviles ante la verdad. Siento la soledad en la carne, en el cuerpo, y deja de ser un estado mental o del alma (?) para convertirse en un ente físico, un bloque de cemento pesado dormido en el medio de mi sala medieval. Facebook se desliza hacia el pasado. Los platos aún están por lavar, y aún así bajo y recorro las calles del centro buscando un lugar donde hallarme en esta tarde de domingo, se me ocurre ir al McDonalds, extraño lugar pensarán ustedes de esta trágica escritora solitaria, sobre todo para una que vive en uno de los lugares con mejor tradición culinaria del mundo, extraño es efectivamente ir a meterse en un lugar aséptico y artificial como el McDonalds, frío, lejano, con olor a plástico frito, y mientras lo describo y más imágenes me vienen para enriquecer el cuento y justificar mi estancia en susodicho lugar, más me convenzo de que es el lugar perfecto para el spleen del siglo xxi. Allí se reúnen los personajes más absurdos, más insignificantes e inocuos y por tanto extravagantes. La satanización de la que ha sido víctima la famosa cadena de comidas rápidas en los últimos tiempos y su descenso de “lugar de encuentro familiar” a “bassissimi prezzi”, lo han convertido en un lugar odiado y evitado por los intelectuales y gente de bien que conozco, o mejor dicho por la gran mayoría de mis amistades, gente de razón, gente culta, gente que prefiere comer las papas y los tomates de su huerta que cualquier cosa proveniente de las cestas transgénicas de Ronald McDonald. Ha de ser por esto, que entrando al McDonalds siento que me ensucio de mundo real. Los bares bukowskianos se los dejo a los cantautores y a los poetas. Encuentro un banco solitario que da contra una pared, y como mi intuición lo presentía en cuestión de segundos personajes tan diversos como extraños empezaron a pasar con sus bandejas, la mujer de 60 con vestido negro de escote y pelo desteñido, el hombre anciano con peluca negra al estilo Nino Bravo, los novios japoneses con barros juveniles en las frentes, lentes de aumento y camisetas con nombres de universidades gringas. Termino mi merienda y salgo, igual de desubicada pero con algunas palabras en la cabeza, ninguna historia. Por la calle se mueven las sombras de aquellos que en la playa disfrutan de los últimos días de verano.

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