Mami espérame

En este pedazo de hoja quiero hoy plasmar la marea de sentimientos que me aqueja. El agua está brava y no hay canción que la calme. Quisiera tirar mi ancla, y reposar, pero estas aguas tan profundas no son aptas para que mi barca se repose. Debo seguir a pesar de la tormenta. Como un niño a punto de nacer, contengo la respiración y confío en que mi madre me empuje con furia hacia el mundo y me saque de este atolladero. Elimino de mi mente lo externo y evoco entonces imágenes felices que hagan de este parto, justo eso, una transición de estado. Imagino que he de llegar a una playa cálida y de arena blanca. A mi arribo veo salir a mi madre de una enorme cabaña con techo ‘e palma. Viene corriendo y me recibe con una inmensa sonrisa y un plato de fruta fresca, detrás de ella mis abuelos se abrazan alegres y al fondo se escucha la banda. Así, de repente, me olvido de los daños que me han hecho y de aquellos que he hecho. No existen. Desaparece todo de un golpe. Se me olvida la tormenta y la violencia del estrecho canal uterino de mi primeriza madre. Y todo se vuelve radiante, brillante, con un sol que quema. Al son de la música abro mi falda de par en par por primera vez, como las alas de un pichón que finalmente se despliegan y se lanzan al abismo. Quiero que mis amigos me hagan un retrato para mis treinta años, que cada uno me dibuje como les venga en gana, para que quede testimonianza de esta mujer.

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