En la misma calle

Las voces se alzan desde el fondo del callejón. Retumban en las paredes de los edificios hasta llegar a la ventana, la última ventana, la única  con la luz encendida. Dos bellas jóvenes, una de rizos rojos y risa luminosa, y la otra de pelo y ojos indios, negros como la misma noche, caminan a paso lento pero brioso. Cercanas la una de la otra para darse calor hablan de sus vidas, con un tono rencoroso que se endurece como una muralla fría entre las dos. Comienzan a caer repentinamente gotas gordas sobre la ciudad, sobre este callejón oscuro y solitario que se tuerce como una culebra en la selva espesa y que parece no terminar jamás. Esta es una selva espesa, me responde la india. Las dos almas solitarias, sienten ganas de reír pero no ríen, necesidad de llorar pero no lloran. Dos personajes pesados y oscuros a pesar de que su belleza sugiere todo lo opuesto. Tú, lector, estás ansioso de que las dos bellezas solitarias que caminan por el callejón, frágiles, húmedas y exuberantes, se revelen fuente de delirio y deseo alegre, las sueñas como esas pequeñas florecillas amarillas que nacen en las grietas de los muros de piedra y entre los adoquines. No te engaño, yo también siento el mismo deseo, pero ellas son indescifrables; su hermosura responde a su juventud, su brillo ilumina la noche y sus voces son capaces de amansar a las fieras,  pero la melancolía es tan pesada, densa como el aire milenario… Ahora llueve y en ellas se desata la furia, quieren luchar, lastimarse, brutalmente destrozar el rostro de la otra, con los mismos puños con los que la india amasa el pan y la roja acaricia a su padre. La rabia quema los gritos heridos que suben reverberando entre los muros de los edificios. Se cruzan, chocan contra las paredes y se fortifican, hasta morir en la libertad del cielo nocturno. Hasta que una voz, no sé bien de quién, si de la india o de la roja, o una hija de ambas, entra por el espacio insólito de la única ventana abierta en la lluvia y con la luz encendida, llega hasta los oídos de alguien y susurra algo. Desde la ventana del último piso, hasta  los adoquines donde termina la visión, al fondo del oscuro callejón, una imagen lejana del paraíso. Mátame, decía la voz.

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