Pecado en el Santo Sepulcro

9:34 AM ya es tarde. Mi objetivo era llegar a la Universidad a eso de las nueve, pero bueno, extenderé el plazo hasta las 10. En 5 minutos llego al Café del Porto, tomo un capuccino y un pedazo de focaccia, y subo a la Facultad. Según mis cálculos cotidianos, a eso de las 10 menos 5 ya estaré posando mis nalgas y mi computador en mi escritorio de siempre. Entre todos estos pensamientos, me pongo la chaqueta, me cuelgo el morral en la espalda y salgo de casa. Mientras estoy cerrando la puerta del apartamento con triple llave, se me acerca un cura vestido completamente con el hábito negro y el collar blanco. Un hombre adulto no muy viejo, estará próximo a sus 50 años, de piel clara y ojos claros, lleva puestos unos lentes y carga consigo un maletín negro en el hombro. “Buongiorno figlia, voi benedire la tua casa?” Ante la sorpresa del cura en mi viejo edificio del medioevo y mi afán por llegar lo más rápido posible a mi cita con mi capuccino matutino, mi cerebro se toma un poco más de un segundo para hallar una respuesta cortés pero negativa ante la petición del sacerdote. Después de todo, hace mucho abandoné toda creencia religiosa “perdóname padre santo” pienso y me río, si me oyera mi abuela.  “Mi scusi don, devo scappare”. El cura que por su cara parecía estar más aliviado que contrariado por mi respuesta, se apresura entonces a salir él también, se nota que no está de humor para andar repartiendo bendiciones a diestra y siniestra, tiene la frente sudada y sus cachetes de montaña completamente rojos, mala suerte que aún le quedaban dos pisos por visitar, el primero y el piano terra. Pasamos el primer piso, yo delante y él detrás, vi que la puerta estaba cerrada, y escuché también que el padrecito no se había detenido a tocar. A este punto mi curiosidad se había despertado, presentí que el cura ya conocía mi edificio, y que sabía de sobra quienes eran las habitantes del primer piso y el piano terra. Bajamos al piano terra, siempre yo adelante, vi que ambas puertas a lado y lado del pasillo estaban cerradas pero sin el escueto candado que las asegura. Abro en mi afán la puerta de la calle, y más atrás el cura aprieta el paso y sale él también al vico más estrecho y oscuro de toda la zona, el Vico del Santo Sepolcro. Curiosamente las dueñas del vico no se encontraban en sus lugares habituales, yo giro a la derecha y el padre a la izquierda, yo ralento el paso mientras él agarra más fuerte el maletín y se dispone a escapar del Santo Sepolcro.

Hacia la derecha al fondo del vico se encuentra Via San Luca, una de las más amplias, comerciales y vivas del centro histórico de Génova, La Superba,  a la izquierda en cambio, hacia donde se dirigía el padrecito, se encuentra la piazzetta del Santo Sepolcro, donde se encuentran de día una decena o más prostitutas colombianas y dominicanas de mediana edad, de 30 para arriba, unas cuantas prostitutas italianas un poco más mayores, de unos 50, y unas tres o cuatro, italianas de la vieja guardia, de unos 70 o quizás más años, a esperar clientes. En la esquina el negocio del árabe. Fuera del negocio fornidos jóvenes africanos venden hachís y marihuana, beben y a veces hasta cantan. Las prostitutas latinoamericanas hablan un español entre caleño y dominicano, mezclado con palabras italianas. Ninguna se hace llamar por su nombre, y visten atractivas ropas ceñidas al cuerpo, pelucas hasta la cintura y botas de piel o tacones rojos muy altos. El vico del Santo Sepolcro y todos los vicos de la zona son famosos por las prostitutas, quienes inician sus jornadas laborales a las 8 de la mañana y terminan a las 8 de la noche, se sientan en las puertas de los edificios, incluído el mío, y desde San Luca o los vicos adyacentes sólo se ven un par de piernas con tacones que invitan a los viejos solitarios a darse una sacudidita a lo latino. Las cincuentonas italianas, fuman y se visten raro, tienen un aspecto más rudo, dan vueltas en un mismo punto y hablan entre ellas. Las veteranas, esas de cabellos blancos, que pasarían por cualquier abuela, se sientan en sus sillitas con la sobriedad que les da la edad y con la autoridad que les da la experiencia, a esperar, quien sabe a qué viejo cliente de toda la vida.

Las latinas me caen bien, son gentiles y les puedo hablar en español. Muchas veces desde mi ventana pongo algo de salsa, vallenato o merengue y las oigo cantar alegres. Se cuentan cómo les va en el día, que hicieron de comida la noche anterior, y ríen, ríen y ríen todo el día. A fin de cuentas no me parece que llevan una vida dura como las de las prostitutas que trabajan en latinoamerica, o incluso esas que se las ve de invierno semidesnudas a los lados de las autopistas de las ciudades europeas. Las del Santo Sepolcro son las dueñas de su vida, no tienen ningún chulo que las presione, viven prácticamente en su lugar de trabajo, trabajan de día, y se dan el lujo de elegir a sus clientes. El otro día escuchaba a una de ellas tratar de convencer a un viejo genovés de gozar un ratito, estos viejos lobos de mar, que a la voz de un mi amor y una piel canela se derriten, conocen ya las calles, los portones y saben cuáles son sus muchachas preferidas, pero este viejo en cambio pasaba desapercibido a botar la basura en uno de los contenedores donde un grupito de cuarentonas latinas se sientan a esperar cliente. “Fa troppo caldo” responde el viejo, las mujeres concuerdan y se echan todos a reír.

No ha alcanzado a llegar el curita hasta la piazzetta del Santo Sepolcro cuando de mi edificio salen cuatro mujerones: Morena, Telma, Yuri y Taty, Morena y Yuri, dominicanas, Telma y Taty, negras caleñas. Valga decir que las colombianas, sin importar la edad, son las más bellas del centro histórico. “Don! Don!” llaman al padre con afán. El curita se gira despavorido y al mismo tiempo derrotado. “Venga venga Don, a benedire la nostra casa” dice Morena, la dominicana mayor, con un italiano golpeado pero exótico. Entre las cuatro lo rodean, mientras More lo lleva por el brazo. El curita cabizbajo, vuelve al viejo edificio, a bendecir las habitaciones donde estas latinas hacen pecar a más de uno.

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