Nueva Entrada – No Retorno

Me desprendo de la acera que conduce el bulevar hasta la estación central. Quito los ojos de la delgada línea que marca el ángulo del concreto. Línea continua gris que delimita la calle y el camino. Serpentea bajo los árboles, entre las hojas secas y las basuras típicas de acera: la bolsa de la farmacia, el empaque del caramelo, las colillas de cigarrillo, la propaganda política. Alejo mi vista de ella, como despegando imanes, con la fuerza magnética de mi cerebro aferrada al hipnótica formación de una línea abstracta. Una ilusión óptica hecha de asfalto.

Entonces, al ubicar mis ojos en el nuevo panorama, contados tres milisegundos entre el suelo antiguo y el frente actual, la estación luce imponente y apabulladora. Enorme agujero negro, que en su interior guarda el mecanismo que conducirá a otro espacio tiempo. Diversas líneas abstractas de concreto han conducidos a todos quienes entran determinados y apurados. Cada uno en su línea privada se dirige a su viaje interespacial. Debo tomar la Metro A para volver a Via Batt, donde habito momentáneamente: una habitación cálida, antigua, oscura, ajena. Mi destino ya está fijado en mi mente, aunque aún esté sorprendida por la inmensidad de la terminal, que es calentada y realzada por el sol inclemente del verano.

Comparto el vagón con el señor del sombrero. El joven de los audífonos. La secretaria obesa. El extranjero alemán. El inmigrante marroquí. La madre sin hijos. El viejo del periódico. El hombre del ipad. La muchacha de la revista de moda y su hermana la de la falda azul y zapatos rojos. El treintañero con arete en la nariz. El indígena ecuatoriano. El gordo de la camisa pequeña. Imagino sus líneas abstractas de concreto, y las veo a través de mis lentes oscuros. El sonido de los rieles me mete en un loop mental que hace del viaje un recorrido a través del horizonte de sucesos.

Abro los ojos y he llegado a Batt. Al salir de la estación camino hacia casa con mi mente fijada en el destino inmediato. Paso tras paso la línea abstracta de concreto vuelve a aparecer, conduciéndome hacia el viejo edificio. Cae la noche sobre la línea y esta toma una tonada que evoca suspenso. Llamo al ascensor. Se abre con olor a Art Deco y vuelve a abrirse de cara al pasillo oscuro. Abro la puerta del departamento y vuelvo a inspeccionarlo superficialmente con la mirada. Guardo silencio. Inhalo el olor del tabaco impregnado en las paredes. Agudizo el oído. Siento la brisa nocturna que llega. El lejano barullo de la calle. No percibo ningún otro respiro aquí dentro.

Abro la puerta de la habitación. Y allí está tan cálida, antigua, solitaria como la recordaba. Me tumbo en la cama. Miro el techo buscando algo. Mañana parto hacia el norte. Otra cama. Otra habitación. Dónde me conducirá esta vez la línea abstracta de concreto… me pregunto entregada al azar.

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