Agosto y La Otredad

El Agosto de Ramiro no comenzó del todo bien. Él sentía que comenzado Agosto, las complicaciones que había sufrido durante los últimos 4 meses por fin comenzarían a solucionarse. Parecía que Agosto sería el inicio de esa etapa final que acabaría de una vez por todas con las situaciones negativas que venían persiguiéndolo. Pero no fue así. Transcurridos los primeros 9 días del mes, Ramiro no había encontrado apartamento donde mudarse luego de haberse peleado con su compañero de piso; el dolor de la rodilla que a fines de Julio había disminuido, volvió a agudizarse; el dinero que le habían jurado que le pagarían en la primera semana del mes con el cual él ya había presupuestado la mudanza, se lo han pospuesto “15 días más”; Gloria, su novia de hace 7 meses, lleva varios días, exactamente 8, sin dar señales; el 2 de Agosto en circunstancias que él no logra esclarecer le robaron su portátil de camino al trabajo, donde no se encuentra nada contento y como si fuera poco justo ayer descubrió que no es el bello y joven Ramiro que era hace poco tiempo. En fin, la luz al final del túnel era sólo un espejismo.

Desolado y compungido, con la cabeza revuelta, Ramiro decide tomarse unas cervezas en el estanco 24 horas de la 82, sólo para distraerse, ver caras diversas, intercambiar dos palabras con alguien, olvidarse de los complicados significados que le encuentra constantemente a todo, a cada mínimo detalle de la vida, y que lo único que hacen es condensar la existencia en un bloque pesado de sobrellevar. Afortunadamente Ramiro sabe que alterar su conciencia cada tanto ayuda a la vida a volver a su estado etéreo. Llegó hasta el lugar caminando unas 26 cuadras desde el apartamento de donde debe irse. Una vez en el estanco, se dirigió a la primera silla que encontró y se desplomó sobre ella como si no pudiese más con su propio cuerpo. Cerró los ojos unos segundos, tomó una bocanada de aire, miró al cielo preguntando “porqué” y pidió la primera cerveza de la noche. Entre trago y trago, y entre cigarro y cigarro, fue ahuyentando de su mente todo tipo de pensamiento, reclamo, queja o lamentación alrededor de sus actuales circunstancias. Se olvidó de su compañero de piso y de Gloria, del portátil, del trabajo y de la plata, no obstante ello, la sensación de no sentirse bello y joven, alguna especie de melancolía combinada con frustración y odio propio (en contraposición al amor propio) no era tan fácil de alejar y contener, aún así, Ramiro hacía su mejor esfuerzo.

Su intención no era tampoco emborracharse y perder la lucidez en una noche de copas y lamentos, era simplemente tratar de relajarse y ver su vida con otra óptica, una menos oscura. Observar la gente que pasa, escuchar música variada, disfrutar de la noche cálida del verano, darse un espacio para él mismo. Al cabo de algunas cuantas cervezas y un par de horas, Ramiro sintió que había llegado al límite alcohólico que se había auto establecido. Había cumplido con su objetivo, alcoholizarse lo suficiente como para no dar importancia a los problemas de la cotidianidad y ver el mundo con ojos “valeverguistas”, ese punto en el que te das cuenta que nada de eso que te suele preocupar a diario en realidad no importa mucho. Ramiro, conciente y lúcido, pagó la cuenta y se sintió feliz de volver a casa caminando solo en una noche de verano. No necesitaba nada más, nada más importaba. Emprendió la marcha tomando una calle con menos tráfico que la que tomó para llegar al estanco. Lo hizo a propósito sabiendo que tomando esa ruta alternativa, pasaría frente a la enorme bonga de la 54 y podría esconderse bajo su sombra nocturna.

De día, la bonga de la 54 con su follaje espeso y tupido, que prácticamente no permite el ingreso de la luz del sol, su tronco de dos metros de diámetro y las lianas de más de 10 metros que caen de las ramas más altas, es el lugar perfecto para refrescarse en un mediodía veraniego, cuando el sol y el calor no tienen clemencia de la ciudad. Además, desprende ese agradable olor a árbol, a verde, a humedad, a madera, a anciano, a sabiduría, que sólo provoca cerrar los ojos y dejarse llevar por las imágenes y las sensaciones que su presencia inspira. Ramiro ama la bonga de la 54, va justo pensando en ella y anticipando la sensación de ya estar allí sentado, solo y disipado por el alcohol. La bocina prolongada de un conductor, probablemente más ebrio y emproblemado que Ramiro, y las luces de una camioneta prácticamente sobre su  cara, lo aturden y lo espantan. Amaga y retrocede ante el paso prepotente del vehículo. A lo lejos las luces rojas del vehículo se alejan, mientras él siente en un lapsus corporeus, que era él quien iba conduciendo la camioneta y se vio a sí mismo con cara de susto iluminado por las luces blancas y brillantes del auto. Salió del lapsus y continuó el paso algo aturdido.

La bonga está cerca, esta es la 52, sólo debe bajar dos cuadras más. A esta altura de la noche, las preocupaciones con las que comienza este relato han desaparecido -al menos temporalmente- de la cabeza  de Ramiro, incluso aquella desagradable sensación de sentirse feo y viejo. Ha logrado olvidarse de lo que él es para el mundo, y ahora caminando en esta cálida noche, Ramiro es lo que él es para él mismo, no sus problemas, no sus relaciones, no nada. En esta conciencia Ramiro llega finalmente a la 54, aquí debe cruzar a la derecha y caminar unos 60 metros para llegar hasta el refugio. Se detiene en el semáforo para encenderse un cigarro. Un sujeto aparece. Sí, una tercera persona. Ramiro no logra evitar sentir un cierto fastidio inicial al encontrar un obstáculo en su camino solitario hacia la bonga nocturna. Pero siendo que es un tipo de buena onda no se rehusa a entender porqué este personaje aparece en su vida.

Es una doña, una mujer anciana, sin dientes, lleva una gorra roja desteñida, es pequeña y jorobada, viste unos pantalones viejos y una sudadera, aunque sea verano. Saluda a Ramiro como si lo conociera de siempre con una sonrisa y ojos brillantes. Le dice que lo ha estado buscando y que todos preguntan por él en la casa. Ramiro se extraña y trata de explicarle a la doña que él no es la persona a la cual se refiere. La mujer simplemente ignora las explicaciones de Ramiro, ella parece estar absorta en una felicidad incontenible. Ramiro asume que la doña debe padecer de locura, demencia senil o alzheimer, y comienza a llevarle la corriente para librarse pronto de ella y seguir con su plan inicial. La doña continúa hablando con tono familiar y alegre, y en uno de esos destellos de alegría, saca de su bolsillo una foto a color de lo que parece una reunión o fiesta familiar. Ramiro la toma y se acerca al poste de luz para observar mejor. Hay 7 personas en la foto,  4 mujeres y 3 hombres, el copete ochentero de las mujeres sugiere que la foto tiene más de 20 años. Ramiro observa detenidamente la foto, los rostros, la pared verde menta del fondo, las ropas de la gente, cuando descubre que el hombre que está en el medio de la foto es él, en lo que se asemeja a una celebración donde el homenajeado es él. Perplejo, no entiende cómo puede ser él, si para esas fechas probablemente tendría pocos años de vida o quizá ni siquiera había nacido. Puede ser un simple parecido. Pero no. Ramiro sabe que es él. La doña que emocionada espera la reacción de Ramiro, señala al sujeto y lo señala a él, reiterando que efectivamente es Ramiro el de la foto. Pero no es posible, yo era un niño cuando tomaron esta foto, ese no soy yo, le explica Ramiro a la doña inútilmente pues ella no entiende razones y prácticamente no lo escucha. La mujer vuelve a tomar la fotografía y la guarda nuevamente en su bolsillo. Se aleja de Ramiro -quien permanece petrificado- hablando sola y riendo.

La doña se pierde entre la oscuridad de la siguiente cuadra, mientras Ramiro trata de salir de su estado de shock. No comprende qué acaba de pasar, trata de encontrar una razón lógica a lo que acaba de suceder, pero la única razón lógica que encuentra es  que quizá está más borracho de lo que él creía. Sin embargo, la certeza de saber que era él el de la foto lo perturba. La imagen del rostro del otro sujeto, es decir él, la tiene grabada en su mente, así como las sonrisas de las personas alrededor suyo. No había respuesta alguna. La mujer no había dado detalles de nada.

Cabizbajo y atemorizado, Ramiro retoma el paso hacia la bonga que está a pocos metros de distancia y desde ya se comienza a sentir su aroma. Está oscura, silenciosa y solitaria, como Ramiro la deseaba. Encendió otro cigarro y asumió que el sujeto de la foto era simplemente alguien extremadamente similar a él. Prefirió dejarlo así antes de buscar respuestas místicas y tenebrosas a lo que le acababa de suceder. Finalmente había llegado a la bonga, y se encontraba recostado en un jardín debajo del inmenso árbol. Allí cobijado en la oscuridad que brinda la bonga entre las luces públicas nocturnas de la ciudad, y con los ojos cerrados Ramiro en un tiempo anulado y contemporáneamente como en el Aleph, se ve a sí mismo alumbrado por los faros blancos de una camioneta, sentado detrás del timón y yendo a toda marcha hacia su casa, abre la puerta de su casa, reconoce a sus niños, y saluda a una de las mujeres de la foto, ve la foto en un portarretratos en la mesa de centro de la sala de la casa y recuerda el día de su cumpleaños en el que se tomó esa foto, fugazmente se logra ver en un espejo, más viejo y más feo, rodeado por la infelicidad del futuro y del paso del tiempo, se quita los zapatos y se desploma cansado y agobiado sobre su cama, cierra los ojos y  se imagina que está debajo de la bonga de la 54, donde le encantaba pasar el tiempo cuando joven.

Abre los ojos y allí está. Todo había quedado claro en la confusión de un flash atemporal que no requería más explicaciones y que es mejor dejar pasar como un momento quizás de lucidez extrema, de revelación futurística. Un cortocircuito de las dimensiones temporales, o depronto sólo un exceso de imaginación propiciado por el alcohol y la noche. Encendió otro cigarro y notó que el efecto del alcohol estaba pasando, así como las extrañas contorsiones de su mente. Recordó súbitamente todas sus preocupaciones y en el silencio y la absurdez de la noche trató de hallar alguna salida razonable a cada una de ellas y efectivamente con mucha más calma vislumbró posibles soluciones que pondría en práctica apenas amaneciera el 10 de Agosto, a fin de cuentas la razón sólo pertenece a ese plano, todo lo demás… simplemente… pertenece a la otredad.

Una respuesta a “Agosto y La Otredad

  1. excelente..me.encanto sobre todo la atmósfera,.me.recordó al realismo.mágico..un saludo

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