La Doble X

Sangre que brota. Pedazos de mujer que se deslizan hacia el fondo de un abismo oscuro. Óvulos desechados. Rosas marchitas que jamás volverán a beber del elixir fresco de la juventud. Mujer que anhela desde antes de nacer, la oportunidad de ser en libertad, sin el pesado yugo de la fertilidad, se toma los senos con las manos y con fuerza los aprieta para así sentir de qué materia están hechos. Los levanta y siente el peso que joroba su espalda. El peso contra el cual habrá de luchar el resto de sus días para no dejarse vencer de la gravedad. La doble X, marca y condena del azar.

El sueño antiguo del amor, el mismo que ha puesto a andar la historia, está guardado y codificado en el interior de cada X. Cada día lucha por sobrevivir en las entrañas profundas de la X y lucha contra la Y, y su fuerza bruta. Aniquiladora.

La arbitraria mutilación de la Y a la X ha tachado por siglos y siglos a la doble X con imágenes sacras y banales, signos y símbolos, escudos y disfraces, escenarios premeditados, cuerpos y vocabularios diseñados. Hace parte todo de lo mismo. Su mensaje regenerador ha sido silenciado y condenado al olvido. No hay mujer que lo recuerde hoy con conciencia. El objetivo ha sido cumplido, el mensaje tergiversado, degradado, desintegrado. Aquí se encuentra ella hoy, en esta nueva época, atrapada y perdida, luchando por una verdad nuevamente etiquetada, seducida y contentada con los poderes de un falo artificial. Abrumada con el brillo plástico del cual se siente reina y señora, es ella quien perpetua el legado de la Y.

Cuán superior es la X a la Y. Cuánta amargura causa en la Y el sólo pensarlo. Cuán enorme es el ego del falo y su legado dictatorial. Cuán poco ella es consciente. No encasillar estas palabras en la retrógrada retórica de la guerra de los sexos. Esta reivindicación es sólo una voz que se enciende como una luciérnaga en la oscuridad en su danza pasional.  Otro frustrado llamado al amor, a esa inocua e insubstancial palabra que todo lo destruye, que todo lo crea y que todo lo supera, donde la vida florece, una y otra, y otra vez, después de la guerra, después de la muerte, cada día, cada segundo, cada siglo, cada eternidad, y de la cual la XX es el axioma.

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