Instantes comunes y fatales

Y de pronto no, de pronto no depende de mí, de pronto he hecho todo bien. Todo aquello que estuvo bajo mi decisión, lo hice de la manera más coherente, tanto conmigo mismo, como con los demás, traté siempre de no dañar a nadie, de brindar una sonrisa amable, incluso en los días más terribles, a pesar de ser pobre ofrecí siempre todo aquello que tuviera a mano. Sí, he sido un hombre bueno, trabajador, amable, sin mayores pretensiones.  

Pensó don Jorge al despertarse de un profundo sueño. Aún sentía los narcóticos hacer efecto en su cuerpo. No sabía qué horas eran, ni cuánto tiempo llevaba acostado sobre un cartón en el pasillo del hospital Santa Bárbara, recodaba sólo haber sido internado unos días antes por uno de sus vecinos, luego de haber sufrido una falla cardíaca. Le resultaba muy difícil abrir los ojos, sentía los párpados pesados y cuando con fuerza lograba despegar uno del otro, la luz se filtraba dentro de su cabeza como un rayo fulminante. Sentía el frío corriendo a través de sus venas y una molestia en el cuello que al tratar instintivamente de quitarla se dio cuenta de estar conectado a algo. Se acurrucó un poco tratando de calentarse un poco más, pero era inútil, el frío del piso pasaba a través del cartón y de su piel y la sensación, más allá del congelamiento físico, era la del abandono más total. Poco a poco pudo abrir los ojos y con la misma lentitud empezó a reconocer el lugar donde estaba.

Una mujer anciana y un niño de unos 7 años, ocupaban, paradójicamente, las dos únicas camas que había en el pedazo de pasillo donde estaba don Jorge. La mujer tenía la mirada perdida, desesperanzada, ida completamente, pero no por falta de cognición, sino por el contrario, la mirada perdida de la mujer era claramente una decisión que ella misma había tomado para evitar turbarse demasiado. Sus ojos, clavados en el horizonte de la línea que dividía el verde del blanco de la pared de enfrente, expresaban la conciencia del ser impotente ante el destino que la había llevado hasta esa cama y ante el destino que vendría. La mirada de la mujer, inamovible, era extremadamente lúcida, en sus ojos podía leerse el conocimiento más profundo de la vida, así como la rabia más voraz, esa que nace del no haber cumplido el objetivo primordial de nuestro paso por la tierra. Sin embargo, para los ojos de cualquier enfermero despistado, ella no era más que una próxima muerta, un cuerpo enfermo falto de conciencia. Cada tanto la mujer bajaba de su pensamiento para mirar a su alrededor, en especial al niño, quien por el contrario estaba completamente inconciente, su rostro dulce y tierno era víctima de un pesado sueño que injustamente le robaba horas de juego, de aprendizaje, de raspones en las rodillas, de abrazos fraternales.

Acostado en el piso junto a don Jorge en el rincón contiguo a la puerta que iba al pabellón de urgencias, un hombre que aparentaba al menos 15 años más de los pocos 34 años que tenía, sostenía en su mano la bolsa de suero que tenía inyectado en el brazo derecho. Su rostro estaba cubierto por una antigua capa de polvo, barro y calle, le faltaban los cuatro dientes delanteros, y desprendía un olor desagradable. Sin embargo, a pesar de todo esto, en algo se diferenciaba de un vagabundo cualquiera, y es que con la otra mano en una posición algo incómoda sostenía un pequeño librillo de poemas, que probablemente habría leído y releído, visto el maltrecho estado del libro. En efecto, conocía de memoria los 78 poemas del libro, una recopilación de escritores poco conocidos de los años 50, de quienes se supo nada o poco en los años siguientes. Y por algún extraño motivo prefería releer los poemas, aunque supiera dónde estaba cada coma, cada exclamación, cada grito de dolor, e incluso los 13 errores de digitación del anónimo libro.

A los pies de don Jorge recostada contra la pared del pasillo envuelta en una cobija de cuadros amarillos, una mujer de unos 40 años, extremadamente bella, de una belleza poco presumida, muy natural, una belleza que ella misma ignoraba, una belleza que ella pensaba haber perdido muchos años atrás cuando tuvo al primero de sus tres hijos. En su rostro la desesperación, los ojos hinchados de tanto llorar, maldice su suerte, se queja del dolor físico y espiritual que la atormenta, repite sollozando el nombre de sus hijos, Juan José, Laura y Manuel, por momentos se calma, reflexiona, pero es inútil, la desconsolada mujer vuelve a estallar en llanto una y otra vez, y las lágrimas afloran de ella como un manantial de agua pura en la montaña. Lástima que esta agua venga del pozo oscuro de la tristeza y la desilusión. Aún así, la mujer con su llanto llena de feminidad todo el recinto y de cierta manera con su presencia extra feminizada calma las almas de quienes comparten su desdicha, sin quererlo es la madre del niño, del vagabundo, de la anciana y del mismo don Jorge.

Un hombre joven y robusto, de bata blanca, lentes de marco dorado y zapatos deportivos, se acerca por el pasillo directamente hacia don Jorge, echando a su paso una ojeada a cada uno de los pacientes que allí se encuentran.

¿Don Jorge Carranza? Usted necesita una cirugía de la válvula aórtica, ya hemos hablado con su aseguradora, pero me temo decirle que la solicitud ha sido rechazada y deberá emprender medidas legales para que nos autoricen los costes de la cirugía en el menor tiempo posible -dijo el hombre tratando de no mirar a los ojos a su interlocutor, como quien mantiene una fría distancia-

Pero doctor, en estas condiciones, no puedo hacerme cargo, y desafortunadamente mis hijos no responden por mí, mi esposa falleció hace ya varios años, estoy solo – dijo don jorge angustiado-

–  Lamento su situación don Jorge, pero créame que no puedo hacer nada –el joven doctor calló por un momento y detrás de los lentes pudo verse que sus ojos se empañaban- Ya para mí es bastante doloroso ver a mis pacientes en el suelo del hospital, y me he visto obligado a volverme insensible ante tanta crueldad e indolencia de aquellos que realmente podrían hacer algo por todos nosotros –comenzó a desahogarse el mismo doctor dirigiéndose a todos quienes estaban allí- no son ustedes los pacientes los únicos que sufren, quise ser médico para salvar vidas, en cambio cargo cada día con la impotencia de ver las escenas más traumáticas que un ser humano puede vivir y no poder hacer todo lo que podría. No sé quien es usted don Jorge, pero le pido perdón.

–  No me enojo con usted mi doctor, soy conciente de la situación, mírenos no más, ninguno de los congresistas pensó en esto cuando aprobaron que la salud debía ser un negocio. Y aquí estamos cada uno con su enfermedad y su tragedia, esperando algo -los demás pacientes escuchaban atentos reflejando sus dramas en la voz de don Jorge- No quiero, doctor, ni siquiera preguntarle el costo de la operación, ni con todos los ahorros que he hecho trabajando en el campo a lo largo de mi vida podría pagarla. Si me la han negado es porque debe costar mucho, y para esa gente doctor… -Suspiró don Jorge y prosiguió- …mi vida es muy barata.  

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Una respuesta a “Instantes comunes y fatales

  1. Xeh! Que bueno. Eso es un ejemplo de la esencia de la literatura. Usando la fantasía y la belleza me has hecho pensar, reflexionar, me has tocado cuerdas que estaban dormida, me has hecho más sensible y consciente.

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