Proyecciones

Vuelvo, fracturado y cansado, el entusiasmo antes vivo ahora anda pesado y sollozante. En el único día de la vida, nada parece pasar en vano, y aún así todo se olvida como si nunca hubiera sucedido. Cada momento se sobrepone al anterior con brutalidad tal que condena cualquier recuerdo al fatuo olvido. Un olvido que se asemeja más a una gran mole de concreto que a la libertad. No debería el olvido aligerar el paso? Y en cambio no, todo lo que se echa al olvido en cambio pesa, y es que todo se olvida, y ese todo aunque olvidado existe en alguna parte del espacio-tiempo. No hay remedio. La experiencia se impone. El corazón reina, y todo lo demás se recompone en alguna parte de nuestra historia; para el corazón no hay ayeres ni mañanas, sólo hoyes de enigmática complexión. Y camina. Dale, camina! Muevo la pierna y siento el peso de eso que no me permite correr, ni volar, ni nadar, ni moverme. Camina! Anda! –No puedo, pesa demasiado- Conciente de estar volviendo, sin saber de dónde, sin recordar cuándo me he ido, veo el camino como una larga cueva oscura, un siempre y/o un jamás que parecen ser un mismo castigo. Y aún así todo esto no me parece el caos, sino la normalidad, una tediosa normalidad. Vuelvo por un camino que ya conozco, nada me es ajeno, todo es tan cotidiano, tan jodidamente lo mismo, ese hombre que se me cruza por el camino, los tejados de estas casas, el graffiti de la esquina, la avenida que tomo cada día para bajar a casa, incluso hasta los pensamientos que tengo son los mismos de siempre: el trabajo, las cuentas, los sueños aplazados miles de veces, esa compañía  falta de pasión, las auto recriminaciones, los anhelos, los deberes, y todo eso que se opone entre mí y ese imaginario desenfocado de felicidad que existe en el fondo de mi desear, como una voz que de cierta manera me lleva hacia un algo y en lo cual de cierta manera confío.

No obstante, el destino, el azar o la fatalidad, o dios, o el voodoo, hacen coincidir las situaciones y los rostros menos esperados, en una fuga de lo plana que puede ser la realidad a veces. Camino a casa, el sonido eléctrico de un televisor que suena a alto volumen me llama la atención. Una voz femenina habla, hace preguntas y espera respuestas que no son contestadas sino dejadas en el silencio. La mujer alza el tono de la voz, pero sin rabias, más bien con la seguridad de estar expresando un pensamiento legítimo y digno de ser contestado. Busco la fuente del sonido y alcanzo a ver que al final de la rampa de un parqueadero subterráneo, dos sujetos están sentados frente a un agujero de donde se emite la luz y el sonido. No logro ver la pantalla. Sólo la luz proyectada hacia fuera. Camino hasta allí fascinado por esta voz fuerte y poderosa que reclama un no sé qué con un ímpetu tal que siento que fuese mi propia voz exigiendo al azar otro no sé qué definitivo. Al llegar, me doy cuenta de que los dos hombres de frente a la pantalla están dormidos o muertos, no me interesa tampoco investigar, están inconscientes  Me giro y allí me encuentro de frente a esta pantalla de dimensiones enormes, extremadamente blanca y luminosa. Trato de reconocer la figura o el rostro de la mujer, pero me es difícil, veo sólo un juego de sombras y luces que emergen del recuadro. Entonces la voz vuelve y con ella logro entrever la silueta de la persona que habla y que pareciera acercarse a mí personalmente, de no ser que es sólo un holograma que se filtra dentro de mi cabeza a través de mis ojos. No existe ni fuera ni dentro. Fuera no es más que luz, dentro no es más que electricidad. “No tienes ningún poder sobre el universo simbólico, si acaso sobre el universo real, y ni siquiera” La figura es de tamaño humano y pareciera estar frente a mí y hablarme mirándome a los ojos. Es una figura indiscutiblemente femenina, de belleza sublime, vestidos holgados y claros, cabellos sueltos y desordenados, rostro sereno. La belleza no me permite pronunciar palabra, estoy conmovido, la conozco de siempre y de nunca, su presencia no me inquieta, por el contrario me provoca una claridad tal, que súbitamente logro comprenderlo todo… Este es el artificio en su más elevada potencia.

Un pensamiento que se comunica a través de una pantalla, un cuerpo que en realidad es sólo un haz de luz, la anatomía se ha esfumado, queda sólo una apariencia incluso más verdadera que la forma de la cual ha sido proyectada. Una apariencia que al no poseer una fuente material verificable al instante, posee un poder aún más radical, no pertenece a nada ni a nadie y allí reside su poder. La apariencia juega sólo con mi mente, destruye toda noción de tiempo o espacio, me desubica y debo alcanzar la abstracción máxima para captar de ella el mensaje. Busco a la mujer de nuevo, apretando los ojos para tratar de ver algo, entonces sobre la pantalla su feminidad resalta vibrante y caliente, como una musa, como una bruja. Sus ojos expresan la perversión y la ferocidad, la dualidad sexual a la que está atado el humano. Sus ojos expresan la dualidad entre superficie y profundidad, característica exclusiva de la feminidad. Entonces estallo de deseo. Su secreto resulta a mis ojos la verdad del mundo, el santo grial de la perfección, el remedio para mi tediosa normalidad plana. Ella representa el caos en sí misma. El caos que me va buscando y que voy buscando. El caos que da origen al todo. El caos incierto y oscuro, como sus ojos, como su boca, como su vagina. Un mar de locura dónde perderme. La pulsión del universo, de mi universo, cuya fuerza de gravedad comienza a concentrarse en mi pene. En un arranque de deseo carnal me aviento contra ella dirigiendo mi mano masculina hacia su entrepierna, quiero poseerla, dejar mi marca sobre ella, mancillarla, he ahí el desafío que me enloquece. Pero no encontré ningún cuerpo, sólo una tela inerte, rígida. Ella permanece inmóvil, pero observándome seria y analíticamente. Su encanto supera la materia, y ahora lo comprendo. Vine hasta aquí seducido por una luz, por una voz, por una situación atípica que atraía mi curiosidad y mi interés, pero el haber querido calmar una pulsión que poco  puede hacer frente a la magia del pensamiento y del abstracto, me deja sólo vacío y estúpido.

La pantalla se apaga. Todo queda en silencio y en la oscuridad. Me siento frustrado. Suspiro profundo tratando de comprender lo que sucedió y el sentimiento que la reciente experiencia dejó en mí. Su imagen sigue grabada en mi mente clara y contundente, entonces recuerdo las únicas palabras que logré entender antes de arruinar el encuentro con mis afanes fálicos “No tienes ningún poder sobre el universo simbólico, si acaso sobre el universo real, y ni siquiera” La maldita ya  lo sabía desde antes, y agrega ese ni siquiera a lo último para dejarme clara mi impotencia. Hubiera podido demostrarle mi inteligencia y mi profundidad de no haber sido por el instinto que inequívocamente se me despierta ante la intriga. Demostrar mi inteligencia hubiera sido continuar con el juego de la seducción. Caí frío sobre el pavimento, sobre mí las estrellas, allí cerca los hombres dormidos que no se percatan de mi presencia. Cierro los ojos. Pienso en ella, en cuánto falsa era, y en cuánto cierta. Una imagen, un pensamiento que no cede ante el poder corporal, un poder  que vuela por una ruta mucho más alta de todas las que conocí hasta hoy, de todas las mujeres que conocí, viví y toqué hasta ahora. Y ella era sólo una proyección, una imagen astral, un alguien que hasta el momento de mi equivocación guardó complicidad conmigo, una invitación cordial y erótica a un laberinto de signos… Unos pasos se acercan, puedo sentir las suaves vibraciones en el suelo donde ahora yazco, poco a poco el sonido de los pasos se hace más fuerte y más concreto. Mi mente se alegra de tener un descanso y dejar a los sentidos encargados de la situación. Sé que es ella, no hace falta ni siquiera confirmarlo. Viene a burlarse de mí en mi cara, de mi debilidad. Y aún así no puedo evitar sentirme excitado y atraído sólo de saber su presencia cerca de mí. Los pasos se detienen junto a mis oídos, sin abrir los ojos sé que me está mirando. Lentamente los abro. Ya está amaneciendo. Veo un par de zapatos de tacón, unos pantalones largos negros y una chaqueta negra, no logro ver su rostro a contraluz, pero por su atuendo me doy cuenta de que es una mujer que va a trabajar, probablemente en una oficina, vista la hora y la vestimenta. La imagen se volvió carne y ya no me importa nada. Ella me mira durante unos instantes y luego se aleja apurada, mientras yo todavía trato de comprender qué pasa, dónde estoy, quién soy. Pero no importan los esfuerzos que haga para encontrar un significado, una explicación, una revelación, no hay ningún secreto, no hay nada que entender. Son sólo signos. Indicios. Señales. Tensión.

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